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Liderazgo y propósito
Aprender a construir antes que administrar
Trabajar dentro de una estructura y construir una desde cero me enseñaron cosas muy distintas. Emprender significó aprender a convertir problemas en procesos, intuiciones en criterios y esfuerzo personal en una organización capaz de funcionar más allá de quien la fundó.
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5 min

"Resolver hace posible el presente; construir permite que aquello que hoy depende de una persona pueda funcionar mañana sin ella."
Trabajar dentro de una organización que ya funciona y construir una desde el comienzo son experiencias profesionales completamente distintas. Yo conocí primero la estructura: empresas donde existían procesos, jerarquías, presupuestos, responsabilidades definidas y una historia anterior a mi llegada. Había mucho que aprender, por supuesto, y también decisiones que tomar, problemas que resolver y espacios donde aportar; aun así, buena parte de las preguntas fundamentales ya habían sido respondidas por otros.
Cuando empecé a emprender descubrí el escenario contrario.
De pronto había situaciones para las que no existía un procedimiento, porque nadie lo había escrito; tampoco había un área a la cual derivar determinado problema ni una experiencia anterior dentro de la empresa que permitiera decir “esto se hace así”. Había que decidir cómo queríamos trabajar, qué prometíamos, qué no estábamos dispuestos a hacer, qué información necesitábamos conservar y qué debía ocurrir cuando algo saliera distinto de lo esperado.
Al principio no pensé en aquello como construcción organizacional. Simplemente había cosas que resolver y yo las resolvía.
Esa capacidad fue muy útil, especialmente en los primeros años, cuando una empresa necesita avanzar aunque todavía falten muchas piezas; con el crecimiento, sin embargo, entendí que resolver personalmente cada dificultad podía mantener el negocio funcionando y, al mismo tiempo, impedir que la organización terminara de construirse.
La diferencia parece pequeña, pero cambió mi manera de entender una empresa: resolver hace posible el presente; construir permite que aquello que hoy depende de una persona pueda funcionar mañana sin ella.
Al comienzo una hace mucho más que su cargo
Emprender obliga a convivir con una cierta falta de fronteras.
Una puede estar pensando una estrategia y, unas horas después, resolviendo un problema operativo que en una empresa más grande nunca llegaría a su escritorio. Hay períodos en que las responsabilidades cambian dentro del mismo día y una aprende áreas que jamás imaginó necesitar conocer, no porque quiera dominarlas todas, sino porque todavía no existe alguien más que pueda hacerse cargo.
Esa etapa tiene algo muy valioso.
Permite conocer el negocio desde lugares que más adelante pueden quedar mucho más lejos. Entender cómo compra un cliente, qué problema se repite, dónde se produce una demora, qué pregunta recibe continuamente un equipo o qué decisión aparentemente pequeña genera una consecuencia en otra área entrega un conocimiento que después resulta difícil adquirir exclusivamente desde los reportes.
El problema comienza cuando lo transitorio se transforma en permanente.
Aquello que fue necesario porque la empresa estaba empezando puede convertirse, años después, en una costumbre que nadie se atreve a revisar. La fundadora continúa participando en decisiones que ya deberían vivir en otras áreas; ciertas personas consultan cada movimiento porque siempre funcionó así y, sin darse cuenta, la organización sigue comportándose como si fuera pequeña aunque haya dejado de serlo hace mucho.
Me ha tocado aprender esa transición.
No basta con incorporar personas si todas las decisiones importantes continúan buscando el mismo escritorio. Tampoco sirve crear cargos si la autonomía termina dependiendo de preguntar qué habría hecho yo en cada situación.
En algún momento tuve que comprender que mi capacidad para resolver no podía seguir siendo la arquitectura sobre la cual descansara todo lo demás.
Resolver una vez no crea un proceso
Hay problemas que parecen distintos y, cuando se observan con atención, son siempre el mismo problema.
Un cliente recibe una respuesta equivocada, alguien utiliza información distinta a la de otra área, una tarea se repite porque nadie sabe quién era responsable o una excepción vuelve a aparecer porque nunca quedó claro qué hacer cuando ocurriera nuevamente. Podemos resolver cada caso por separado y sentir que estamos trabajando muchísimo; sin embargo, si la situación reaparece, quizá nunca solucionamos realmente aquello que la provocaba.
Esta fue una de las diferencias más importantes que tuve que aprender.
Resolver una situación significa conseguir que ese caso avance. Construir exige preguntarse por qué ocurrió, qué necesitamos modificar y cómo conseguiremos que la próxima persona pueda enfrentarlo sin empezar nuevamente desde cero.
Parece obvio cuando lo escribo ahora; mientras una empresa está creciendo, no siempre lo es.
La urgencia tiene una enorme capacidad para ocupar el espacio de lo importante. Hay clientes esperando, pagos que realizar, decisiones comerciales, problemas del día y una cantidad interminable de asuntos que producen resultados visibles apenas se resuelven; detenerse a documentar un proceso, aclarar una responsabilidad o revisar el origen de una falla puede parecer menos urgente, aunque a largo plazo sea precisamente lo que evita que continuemos apagando el mismo incendio.
Yo también caí muchas veces en esa lógica.
Podía resolver rápido, entonces resolvía. Lo que tardé más en entender fue que mi rapidez podía convertirse en una solución demasiado cómoda para un problema que la organización necesitaba aprender a enfrentar por sí misma.
Si cada vez que algo se complica la respuesta es llamar a la misma persona, no tenemos un proceso; tenemos dependencia.
Construir implica transformar intuiciones en criterios
Cuando una persona está presente desde el comienzo de una empresa acumula una enorme cantidad de conocimiento que nunca fue escrito.
Sabe por qué determinado cliente necesita una respuesta diferente, recuerda el origen de una política, comprende una excepción porque estuvo allí cuando se creó y puede detectar que algo no está funcionando simplemente porque conoce cómo debería sentirse cuando funciona bien.
Ese conocimiento parece natural para quien lo posee.
Para los demás no lo es.
Una de las dificultades más grandes del crecimiento consiste precisamente en hacer visible aquello que durante años estuvo solamente dentro de algunas personas. No todo necesita convertirse en un manual interminable; sí necesitamos transformar ciertas intuiciones en criterios que otros puedan comprender y utilizar.
¿Por qué tomamos determinada decisión? ¿Qué estamos intentando proteger? ¿Cuándo una excepción realmente se justifica? ¿Qué información debería mirar alguien antes de decidir?
Responder esas preguntas construye mucho más que un procedimiento.
Construye criterio.
Con el tiempo empecé a valorar esa diferencia porque un equipo que solo conoce instrucciones puede funcionar bien mientras nada cambie; cuando aparece una situación nueva, en cambio, necesita comprender la lógica que existía detrás de esas instrucciones para encontrar una respuesta coherente.
Enseñar únicamente qué hacer crea dependencia.
Explicar también por qué permite que alguien piense.
Ese paso es esencial cuando una organización quiere crecer sin convertir cada cambio en una consulta hacia arriba.
Delegar no era simplemente entregar trabajo
Durante una etapa entendí la delegación de una forma demasiado práctica: había tareas que yo ya no debía hacer y necesitaba encontrar a alguien capaz de ejecutarlas.
No estaba completamente equivocada, pero era una comprensión incompleta.
Delegar una tarea es relativamente sencillo; delegar verdaderamente implica entregar también información, contexto, capacidad de decisión y responsabilidad sobre el resultado. Si una persona recibe el trabajo pero necesita autorización para cada movimiento, en realidad hemos trasladado la ejecución sin transferir el criterio.
Ahí aparece una dificultad muy propia de quienes hemos construido algo desde cero.
Una conoce el origen de cada detalle y, por lo mismo, puede sentir rápidamente que sería más eficiente intervenir. A veces efectivamente lo sería; puedo resolver en diez minutos algo que otra persona necesitará una hora para comprender. El problema es que, si actúo siempre desde esa eficiencia inmediata, la organización nunca desarrolla capacidad fuera de mí.
Tuve que aprender a tolerar ese tiempo.
Explicar.
Esperar.
Permitir que alguien llegara a una solución diferente de la que yo habría escogido y evaluar el resultado antes de decidir que el camino era incorrecto.
También tuve que aceptar algo que puede parecer obvio, pero que no siempre resulta fácil para una fundadora: otras personas pueden hacer determinadas cosas mejor que yo.
De hecho, eso debería ocurrir.
Si contratamos profesionales para que se especialicen y luego esperamos que simplemente reproduzcan nuestras decisiones, estamos utilizando apenas una fracción de aquello que podrían aportar.
Construir un equipo requiere algo más exigente que conseguir personas obedientes; necesita crear el espacio suficiente para que puedan desarrollar criterio, discutir, proponer y asumir la responsabilidad de aquello que deciden.
La cultura se construye antes de que sepamos llamarla cultura
Hay una etapa temprana de las empresas en que casi nadie habla de cultura organizacional; hay demasiado que hacer y la palabra puede parecer incluso grandilocuente para una estructura pequeña.
Sin embargo, la cultura ya se está formando.
Se forma cuando alguien comete un error y observa qué sucede después; cuando un cliente plantea un problema y el equipo descubre qué pesa más, si resolverlo o encontrar rápidamente a quién culpar. También se construye cuando una persona propone algo distinto, cuando existe una decisión incómoda o cuando los resultados de alguien son buenos, pero su manera de relacionarse con los demás empieza a producir daño.
Lo que permitimos enseña.
Lo que corregimos también.
Y aquello que decimos que importa pierde valor rápidamente si nuestras decisiones cotidianas muestran lo contrario.
Esta fue una de las dimensiones que más cambió para mí con el crecimiento. Mientras una empresa es pequeña, la presencia de sus fundadores transmite muchísima información de manera informal; todos ven cómo reaccionan, qué valoran y qué preguntas hacen. A medida que aparecen nuevos equipos, áreas y niveles de responsabilidad, esa transmisión deja de ser suficiente.
Entonces hay que construir algo más consciente.
No una colección de frases bonitas en una pared, sino criterios que puedan sobrevivir incluso cuando la persona que los originó no está presente.
Para mí ese es uno de los verdaderos desafíos de una cultura: que aquello que consideramos importante pueda expresarse también en una decisión tomada lejos de nosotros.
Administrar bien exige haber comprendido primero qué estamos intentando sostener
Con el tiempo aprendí a valorar mucho más la administración.
Al comienzo mi inclinación natural estaba en crear, imaginar, resolver y abrir caminos. La administración puede parecer menos atractiva cuando se la compara con ese impulso inicial, porque trabaja con repetición, seguimiento, controles, presupuestos y consistencia; sin embargo, una idea extraordinaria puede desaparecer rápidamente si no construimos una estructura capaz de sostenerla.
La administración convierte algunas promesas en realidad cotidiana.
No basta con decidir que queremos entregar un buen servicio; alguien tiene que definir qué significa eso cuando existen cientos o miles de interacciones. Tampoco alcanza con decir que cuidamos los recursos, porque necesitamos información que permita saber dónde se utilizan y si aquello que estamos haciendo sigue teniendo sentido.
La gestión vuelve concreta una intención.
Lo que aprendí es que administrar sin haber construido antes ciertos fundamentos puede producir una organización muy ordenada alrededor de decisiones que nadie volvió a cuestionar.
Por eso sigo considerando importante el orden de las palabras en este artículo.
Primero construir; después administrar.
Construir significa entender qué queremos lograr, qué decisiones deben permanecer cerca del propósito y qué necesitamos transformar en una estructura repetible. Administrar consiste en conseguir que todo eso ocurra con consistencia, medirlo, corregir desviaciones y revisar periódicamente si los procesos que creamos siguen sirviendo a la realidad actual.
Una empresa necesita ambas capacidades.
Lo difícil es saber cuándo corresponde cambiar de una a otra.
Los números ayudan a administrar, pero también enseñan dónde construir
Mi formación profesional hizo que nunca sintiera los números como algo ajeno al negocio. Siempre fueron una manera de comprenderlo.
Lo que fui aprendiendo al emprender es que una cifra rara vez cuenta una historia completa.
Las ventas pueden crecer mientras otra parte de la operación comienza a deteriorarse; una categoría puede parecer extraordinaria hasta que miramos su rentabilidad, y un problema financiero puede haber comenzado mucho antes en una decisión comercial, en inventario o en la manera en que estamos ejecutando un proceso.
Administrar exige mirar los números.
Construir exige preguntarse qué hay detrás.
Esa relación me parece especialmente importante porque a veces podemos reaccionar frente al indicador sin intervenir sobre aquello que lo produjo. Si un resultado se desvía, la pregunta no debería ser únicamente cómo volver a la cifra anterior; necesitamos entender qué cambió, si se trata de una excepción o de una tendencia y qué parte de nuestra estructura necesita revisarse.
Ahí los datos dejan de ser solamente una herramienta de control.
Se convierten en información para volver a construir.
Crecer expone aquello que antes podíamos compensar
Una empresa pequeña puede funcionar durante bastante tiempo gracias al compromiso extraordinario de unas pocas personas.
Alguien recuerda algo que nunca quedó registrado, otra persona arregla una falla antes de que el cliente la note y una tercera se queda más tiempo porque conoce el problema y sabe cómo resolverlo. Desde afuera todo funciona.
El crecimiento vuelve ese modelo insostenible.
No porque las personas dejen de comprometerse, sino porque la cantidad de interacciones supera la capacidad de compensar informalmente aquello que la organización todavía no construyó.
Entonces aparecen problemas que parecen nuevos y que muchas veces estaban ahí desde antes.
La diferencia es que ya no podemos cubrirlos con esfuerzo individual.
Ese momento puede resultar frustrante porque una empresa que está creciendo debería, en teoría, sentirse más fuerte; en la práctica, el crecimiento también puede exponer con mucha crudeza sus debilidades.
Lo viví y sigo aprendiéndolo.
No siempre más actividad significa una organización mejor. Podemos vender más, incorporar personas y aumentar la complejidad mientras los procesos quedan atrás; tarde o temprano esa distancia se hace visible.
En esas etapas la respuesta intuitiva puede ser acelerar.
A veces hay que hacer exactamente lo contrario.
Detenerse lo suficiente para ordenar aquello que el crecimiento dejó incompleto.
Hay que saber cuándo dejar de construir personalmente
Quizás la parte más difícil no sea aprender a construir, sino aceptar que una no puede seguir construyéndolo todo.
La fundadora que fue necesaria para levantar las primeras etapas de una empresa no necesariamente debe conservar el mismo rol cuando esa organización madura. Hay capacidades que siguen siendo valiosas y otras intervenciones que, si permanecen demasiado tiempo, pueden terminar ocupando el espacio que otras personas necesitan para crecer.
He tenido que hacerme esa pregunta muchas veces.
¿Estoy entrando porque realmente mi mirada agrega algo que nadie más puede aportar o porque me cuesta tolerar que una decisión importante ocurra sin mí?
No siempre me gusta la respuesta.
Construir una organización implica también construir la posibilidad de que no dependa permanentemente de nuestra presencia. Eso no significa desentenderse ni abandonar responsabilidades; significa desarrollar personas, criterios y estructuras que permitan que aquello que creamos tenga una vida más amplia que nuestro propio alcance.
Para alguien que ha estado desde el comienzo, esa transición puede sentirse extraña.
Ser necesaria da una cierta tranquilidad.
Dejar de serlo en cada detalle exige otra clase de confianza.
Una empresa nunca termina completamente de construirse
Con los años también abandoné la idea de que existe un momento en el que una organización finalmente queda terminada y solo resta administrarla.
No funciona así.
Cambian los clientes, la tecnología, el mercado y las personas; algunas estructuras que fueron correctas durante una etapa dejan de serlo y ciertos procesos que resolvieron un problema terminan generando otros cuando la escala cambia.
Por eso construir y administrar no son fases completamente separadas.
Se alternan.
Hay momentos en que necesitamos consolidar, medir y repetir; en otros debemos volver a abrir preguntas que creíamos resueltas, revisar una estructura y aceptar que aquello que funcionó hasta ayer ya no necesariamente servirá mañana.
La experiencia ayuda, aunque también puede convertirse en un obstáculo si la utilizamos para decir “siempre lo hemos hecho así”.
Una organización madura debería conservar memoria sin convertirse en prisionera de ella.
Eso también vale para quien la fundó.
No todo lo que construí necesita permanecer para validar que alguna vez tuvo sentido; algunas decisiones cumplieron su función y después necesitaron cambiar. Entenderlo me permitió relacionarme de una manera mucho más sana con la evolución de las empresas.
Construir algo que pueda continuar
Si tuviera que resumir lo que aprendí en esta parte de mi vida profesional, probablemente volvería al comienzo.
Yo sabía trabajar dentro de estructuras; después tuve que aprender qué ocurre cuando la estructura todavía no existe.
Descubrí que crear una empresa no significa únicamente desarrollar una idea, encontrar clientes o conseguir que los números funcionen. También hay que construir una manera de tomar decisiones, transformar experiencias en procesos, convertir intuiciones en criterios y formar personas que puedan asumir responsabilidades sin depender permanentemente de quien estuvo primero.
Administrar viene después, aunque en algún momento ambas cosas empiezan a convivir.
Todavía hay áreas en las que mi impulso inicial es intervenir y resolver. Supongo que una parte de mí siempre tendrá algo de esa constructora que quiere entrar al problema, comprenderlo y encontrar una salida; ahora sé que mi aporte no siempre está en hacerlo personalmente.
A veces construir consiste precisamente en resistir esa tentación.
Crear el contexto.
Entregar información.
Hacer una buena pregunta y permitir que otro encuentre la respuesta.
Confiar en un equipo que también necesita experimentar la responsabilidad completa de decidir.
Quizás una empresa termina de cambiar verdaderamente cuando su fundadora puede observar una situación que años atrás habría dependido completamente de ella y descubrir que alguien más la resolvió bien, con criterio propio y sin necesidad de preguntarle cada paso.
No veo ahí una pérdida de control.
Veo una señal de construcción.
Porque levantar algo desde cero puede requerir una presencia enorme; conseguir que aquello pueda sostenerse, crecer y seguir aprendiendo sin depender de esa presencia requiere una madurez completamente distinta.
Esa fue la parte que tuve que aprender después.
Cuando una empresa nace, casi todo depende de quien la crea. Se vende, se compra, se responde a clientes, se pagan cuentas y se resuelven problemas de manera directa porque todavía no existe una estructura capaz de hacerlo por sí sola. Es una etapa intensa y necesaria, pero también puede instalar una idea difícil de abandonar: que el compromiso se mide por la cantidad de cosas que una persona es capaz de sostener.
Durante años pensé así. Mientras más decisiones pasaban por mí, más sentía que estaba cuidando el proyecto. Hasta que entendí que construir una empresa y administrarla no son la misma tarea. La primera exige abrir camino; la segunda, aprender a crear las condiciones para que el camino no dependa de una sola persona.
Del impulso inicial a una organización
En la primera etapa hay que construir una cultura, definir un propósito, ganarse la confianza de las personas y tomar decisiones difíciles mientras se conoce el mercado. El fundador suele ser imprescindible porque la organización todavía se está formando. Sin embargo, si esa lógica no evoluciona, el crecimiento queda limitado por la energía, el tiempo y la mirada de una sola persona.
Delegar para multiplicar
Delegar no es perder el control ni pedir a otros que reproduzcan exactamente nuestra manera de hacer las cosas. Es construir procesos claros, compartir conocimiento y permitir que las personas desarrollen criterio desde su propia experiencia. Esa transición requiere paciencia y, sobre todo, la disposición a aceptar que el talento de un equipo no se expresa cuando todos imitan al líder, sino cuando pueden aportar una mirada propia.
Con el tiempo comprendí que mi mayor aporte ya no estaba en resolver cada problema operativo. Estaba en formular mejores preguntas, conectar personas e ideas y proteger el horizonte mientras el equipo hacía suyo el camino. Una empresa sólida no es aquella en la que todo depende de su fundadora; es aquella donde muchas personas encuentran un espacio real para crecer y sostener, juntas, lo que se ha construido.
Aracely Cretier
Empresaria, comunicadora, autora y fundadora de Club de Perros y Gatos.
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Este contenido tiene fines informativos y no reemplaza la evaluación de un médico veterinario. Cada animal necesita una revisión profesional individual.
La mirada de Aracely
Las organizaciones más fuertes son aquellas en las que el conocimiento se comparte, las responsabilidades se distribuyen y el liderazgo se multiplica.