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Desarrollo y bienestar
Cuando entendí que la fortaleza también se rompe
Durante años medí mi fortaleza por la capacidad de seguir funcionando frente a la dificultad. Con el tiempo entendí que resistir también tiene un límite y que reconocer cansancio, pérdida o necesidad de ayuda no invalida la fuerza que nos permitió llegar hasta aquí.
Muy pronto
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"Ser fuerte durante mucho tiempo no me hizo indestructible; me tomó años comprender que reconocer una grieta no borraba todo aquello que había sido capaz de sostener."
Durante una parte importante de mi vida, la fortaleza fue una cualidad que aprendí a reconocer en mí sin demasiadas dudas. Cuando aparecía un problema, mi reacción natural era buscar una salida; si las circunstancias se complicaban, intentaba ordenar las variables y decidir qué debía hacerse, y cuando alguien dependía de mí, encontraba la manera de continuar incluso si emocionalmente habría preferido detenerme un poco.
Esa capacidad fue real y me sostuvo en momentos importantes, por lo que no quiero mirar hacia atrás y convertirla ahora en un defecto. Ser capaz de reaccionar frente a la dificultad, trabajar bajo presión y asumir responsabilidades cuando la vida no ofrecía demasiado margen para esperar me permitió construir mucho de aquello que hoy forma parte de mi historia. El problema apareció cuando dejé de entender la fortaleza como un recurso y empecé, casi sin advertirlo, a tratarla como una obligación: si había podido con situaciones difíciles antes, parecía lógico suponer que podría seguir haciéndolo cada vez que fuera necesario.
Así fui construyendo una medida exigente de mí misma. El cansancio podía postergarse porque todavía era capaz de funcionar; la tristeza podía esperar porque había algo concreto que resolver, y una preocupación importante encontraba rápidamente un lugar detrás de otra aparentemente más urgente. Como seguía avanzando, me resultaba difícil reconocer que cada esfuerzo también dejaba algo y que aquello que una persona consigue sostener no necesariamente desaparece de su interior solo porque haya podido atravesarlo.
Con los años entendí que la resistencia tiene límites, pero el aprendizaje más difícil no consistió en aceptar que podía cansarme. Tuve que comprender algo bastante más profundo: ser fuerte durante mucho tiempo no me hacía inmune a quebrarme, y reconocer esa fragilidad no borraba nada de la fortaleza que había construido antes.
Cuando ser fuerte deja de ser una capacidad y se convierte en una exigencia
Hay identidades que se forman lentamente, a partir de experiencias repetidas y de la manera en que otras personas empiezan también a reconocernos. En mi caso, resolver fue durante años una de ellas.
Yo sabía que podía responder frente a situaciones complejas porque lo había comprobado muchas veces. Esa experiencia daba seguridad y me permitía entrar en escenarios difíciles con una confianza que no nacía de pensar que todo saldría bien, sino de saber que probablemente encontraría alguna manera de actuar. El problema fue que esa certeza comenzó a funcionar también en sentido contrario: cada vez que algo me costaba más de lo habitual, aparecía la sospecha de que quizá estaba fallando en una característica que siempre había considerado propia.
No pensaba solamente que estaba cansada; podía preguntarme por qué ese cansancio me afectaba tanto. Si una situación me sobrepasaba, era fácil compararla con otras que había enfrentado antes y concluir que, si entonces pude continuar, debería ser capaz de hacer lo mismo ahora.
Ahí había una trampa que tardé en reconocer.
Las personas no llegamos a cada experiencia desde cero. Cargamos aquello que ocurrió antes, incluso cuando creemos haberlo dejado atrás, y nuestros recursos no permanecen idénticos simplemente porque una parte de nuestra historia demuestre que alguna vez fuimos capaces de sostener mucho. Existen etapas en las que estamos más disponibles y otras en que venimos acumulando preocupaciones, pérdidas, responsabilidades o cansancios que reducen el margen interior con el que enfrentamos lo siguiente.
Comprenderlo modificó bastante mi manera de mirar la resistencia. Ya no me parecía razonable utilizar una versión anterior de mí como argumento para exigirle a la actual que respondiera exactamente de la misma forma, porque cada una estaba enfrentando una realidad distinta y llegaba a ella con una historia que también había cambiado.
Funcionar bien puede ocultar durante mucho tiempo que algo no está bien
Creo que una de las razones por las que tardé en cuestionar mi relación con la fortaleza fue precisamente que seguía funcionando.
Trabajaba, cumplía mis responsabilidades, participaba en decisiones y era capaz de ocuparme de aquello que necesitaba atención. No había necesariamente una escena evidente que permitiera decir: aquí algo se rompió. Por eso resultaba sencillo interpretar el cansancio como una consecuencia normal de una etapa exigente o atribuir determinadas emociones a circunstancias que seguramente pasarían.
Mientras una continúa haciendo todo aquello que se espera de ella, incluso una misma puede subestimar lo que está ocurriendo por dentro.
Con el tiempo empecé a entender que funcionar es una información importante, pero insuficiente. Podemos cumplir y estar agotadas; podemos tomar decisiones razonables mientras atravesamos una tristeza enorme, del mismo modo que podemos mantener una conversación, sonreír y continuar con el día sin que eso diga demasiado sobre la cantidad de esfuerzo que estamos haciendo para sostener esa aparente normalidad.
Esta comprensión me obligó a cambiar la pregunta.
En lugar de utilizar siempre “¿todavía puedo?” como criterio, empecé a preguntarme cuánto me estaba costando y si tenía sentido seguir pagando ese precio solo porque técnicamente todavía era capaz de hacerlo.
Parece una diferencia pequeña, aunque para mí modificó mucho.
La capacidad dejó de funcionar como una obligación.
La fortaleza también puede transformarse en una forma de no mirar
Resolver tiene algo tranquilizador para una persona como yo porque convierte la dificultad en acción. Cuando existe un problema, puedo buscar información, evaluar alternativas y decidir qué hacer; mientras estoy ocupada en eso, hay una sensación de movimiento que resulta mucho más cómoda que permanecer frente a aquello que no tiene solución inmediata.
Con los años entendí que esa capacidad también podía protegerme de cosas que necesitaban otro tipo de respuesta.
Hay dolores que no pueden resolverse.
Hay incertidumbres que ninguna cantidad de análisis elimina por completo y experiencias que necesitan tiempo antes de que podamos comprender qué hicieron con nosotros.
Frente a ellas, mi impulso seguía siendo hacer.
Si podía organizar algo, lo organizaba; si existía una decisión práctica, la tomaba, y después de resolver aquello que estaba a mi alcance encontraba rápidamente la siguiente responsabilidad.
Durante años interpreté esa conducta como una expresión bastante pura de fortaleza. Hoy creo que muchas veces también contenía una manera de postergar el encuentro con emociones frente a las que mi capacidad para resolver tenía poco que ofrecer.
No se trataba de negar conscientemente lo que sentía. En realidad, el mecanismo era más sutil: siempre había algo que parecía requerir mi atención antes.
El problema es que el mundo ofrece responsabilidades suficientes para aplazar esa conversación durante muchísimo tiempo.
Pedir ayuda fue una de las cosas que más me costó aprender
Ayudar me resultaba bastante más natural que pedir ayuda.
Cuando alguien que me importaba atravesaba un momento complejo, podía escuchar, pensar con esa persona, acompañar o hacerme cargo de una parte concreta si estaba dentro de mis posibilidades; situarme en el otro lado de esa relación era diferente, porque implicaba reconocer que había circunstancias frente a las que yo también necesitaba apoyo.
Durante años confundí bastante la autonomía con la obligación de resolver sola.
No porque pensara que los demás no podían ayudarme, sino porque había construido una seguridad importante alrededor de mi capacidad para hacerme cargo de mi propia vida. Pedir apoyo podía activar entonces una sensación extraña, como si estuviera entregando una parte de aquello que tanto me había costado construir.
La experiencia me hizo ver que estaba mezclando cosas distintas.
Recibir ayuda no significa entregar nuestra vida ni renunciar al propio criterio. Podemos seguir tomando decisiones y aceptar, al mismo tiempo, que alguien nos acompañe, nos ayude a mirar una situación desde otro lugar o sostenga una parte práctica cuando nuestros recursos no alcanzan para todo.
Esta idea parece sencilla cuando se aplica a otras personas; conmigo necesitó bastante más trabajo.
Tuve que aceptar que la autosuficiencia también puede convertirse en aislamiento cuando la utilizamos como requisito para demostrar que seguimos siendo fuertes.
La pérdida me mostró el límite más radical de mi manera de resolver
Hay experiencias frente a las cuales nuestra estrategia habitual deja de servir.
Para mí, la pérdida fue una de ellas.
Cuando algo puede repararse, mi cabeza busca rápidamente una alternativa; cuando existe un problema médico, una decisión o una dificultad concreta, necesito comprender qué opciones están disponibles. Esa forma de enfrentar la realidad me ha sido enormemente útil, pero también había alimentado durante años una expectativa silenciosa: mientras hiciera suficiente, siempre quedaría algo por intentar.
La vida no funciona así.
Con Kapú tuve que enfrentar esa verdad de una manera que todavía me cuesta escribir sin sentirla.
Durante tantos años cuidar había significado observar, estar pendiente, buscar ayuda profesional cuando correspondía y tomar decisiones pensando en su bienestar. Había una relación entre amor y acción: si algo ocurría, yo podía hacer algo.
Hasta que llegó un momento en que esa relación dejó de existir de la forma en que yo quería.
No había una decisión capaz de devolverme el resultado que necesitaba.
Aceptar ese límite fue especialmente doloroso porque tocaba una parte muy profunda de mi manera de estar en el mundo. No bastaba con buscar otra alternativa ni con pensar un poco más; tampoco podía convertir la tristeza en un problema que, trabajado correctamente, desapareciera.
Kapú murió y yo seguí aquí.
No quiero transformar esa experiencia en una lección bonita porque hay pérdidas que no necesitan ser embellecidas para adquirir significado. Preferiría tenerlo conmigo. Lo que sí puedo reconocer es que su partida modificó de manera irreversible mi comprensión de la fortaleza, porque me obligó a aceptar que hay situaciones donde continuar no consiste en superar aquello que ocurrió, sino en aprender a vivir siendo una persona a la que eso le ocurrió.
Esa diferencia fue enorme para mí.
Romperse no siempre se parece a derrumbarse
Durante años la palabra quebrarse me habría hecho pensar en una pérdida evidente de funcionamiento, en alguien incapaz de continuar o en un momento dramático que divide claramente una vida entre un antes y un después.
Ahora sé que existen quiebres mucho más silenciosos.
Una persona puede seguir trabajando y, sin embargo, sentirse distinta frente a aquello que antes manejaba con facilidad; puede advertir que ciertas exigencias pesan más, que necesita recuperar energía de otra manera o que alguna experiencia modificó una parte de su estructura interior aunque desde afuera casi nada parezca haber cambiado.
También entendí que no todo lo que se rompe necesita ser reconstruido exactamente igual.
Esta idea fue importante porque durante mucho tiempo mi reacción frente a cualquier dificultad había sido intentar volver a la normalidad lo antes posible. Si algo alteraba el funcionamiento, había que corregirlo; si una etapa me había desgastado, la recuperación parecía consistir en regresar al estado anterior.
Hoy no estoy tan segura de querer volver siempre a la mujer que era antes.
Hay aspectos suyos que admiro profundamente y continúan conmigo, pero también había formas de exigencia que ya no quiero recuperar. No necesito reconstruir exactamente la misma relación con el control, ni volver a una disponibilidad permanente que confundía responsabilidad con estar siempre accesible.
Algunas rupturas también muestran qué partes de nuestra estructura llevaban demasiado tiempo sosteniéndose de una manera que ya no era saludable.
Eso no convierte el dolor en algo necesario ni obliga a agradecerlo.
Solo significa que, una vez ocurrido, podemos decidir qué hacemos con aquello que quedó.
La vulnerabilidad no llegó para reemplazar mi fortaleza
No me reconozco en una historia donde antes era fuerte y después aprendí a ser vulnerable, como si una característica tuviera que desaparecer para permitir que existiera la otra.
Sigo siendo una mujer fuerte.
Puedo enfrentar problemas, tomar decisiones difíciles y trabajar con enorme intensidad cuando las circunstancias lo requieren. La diferencia está en que ya no necesito utilizar esas capacidades para discutir con todo aquello que me afecta.
Puedo reconocer una tristeza sin convertirla inmediatamente en algo que debo superar, admitir que estoy cansada antes de llegar al agotamiento y pedir ayuda sin sentir que estoy renunciando a la autonomía que he construido durante años. También puedo no saber qué hacer frente a una situación y permanecer un tiempo dentro de esa incertidumbre sin sentir que mi identidad completa está siendo cuestionada.
Esa vulnerabilidad tiene poco que ver, para mí, con mostrar públicamente cada emoción.
Es mucho más íntima.
Consiste en no mentirme sobre mi propio estado.
Durante años fui capaz de sostener una enorme cantidad de cosas y esa verdad no cambia porque hoy también conozca mis límites. Más bien ocurre lo contrario: comprenderlos me permite utilizar mejor la fortaleza que sigo teniendo, porque ya no necesito gastarla demostrando que es infinita.
Comprender mis límites también cambió la manera en que miro los de otros
Hay algo que me incomoda reconocer, pero forma parte de este aprendizaje.
Cuando una está acostumbrada a resistir mucho, corre el riesgo de utilizar su propia capacidad como medida para interpretar a otras personas. Podemos pensar, aunque nunca lo digamos explícitamente, que alguien se rindió demasiado pronto o que determinada situación no debería afectarle tanto porque nosotras habríamos seguido funcionando.
Esa comparación es profundamente injusta.
Las personas llegamos a cada experiencia desde historias distintas y contamos con recursos diferentes en cada etapa. Incluso nosotras mismas cambiamos: aquello que en un momento pudimos sostener sin grandes consecuencias puede resultar mucho más difícil años después, no porque nos hayamos vuelto peores, sino porque somos personas distintas atravesando condiciones diferentes.
Reconocer mis propios límites me volvió más cuidadosa con los ajenos.
Hoy me interesa menos cuánto puede aguantar alguien y mucho más si esa persona puede reconocer aquello que necesita antes de dañarse intentando demostrar que todavía puede un poco más.
También cambió mi manera de liderar.
Una organización necesita estándares y las responsabilidades existen; comprender a alguien no significa eliminar automáticamente aquello que le corresponde. Sin embargo, liderar desde una mirada humana exige aceptar que las personas no son recursos idénticos cuya capacidad puede medirse únicamente por cuánto producen bajo presión.
Aprender eso conmigo misma hizo mucho más difícil olvidarlo frente a otros.
No todo cansancio necesita convertirse en una emergencia para ser válido
Antes me resultaba mucho más sencillo detenerme cuando existía una razón indiscutible.
Si estaba físicamente agotada, enferma o había ocurrido algo suficientemente importante, la pausa tenía una explicación. Lo difícil era reconocer señales más pequeñas y considerarlas legítimas antes de que se convirtieran en algo imposible de ignorar.
Eso estaba directamente relacionado con mi idea de fortaleza.
Mientras pudiera continuar, detenerme podía parecer prematuro.
Ahora intento mirar las cosas de otra manera, porque esperar siempre al límite significa utilizar el agotamiento como única prueba válida de que necesitábamos cuidarnos.
Ya no quiero vivir así.
No porque aspire a una existencia sin exigencia —sería poco realista y tampoco se parecería a mí—, sino porque quiero conservar recursos para una vida mucho más amplia que el trabajo o la capacidad de resolver problemas.
Puedo atravesar períodos intensos.
Lo sigo haciendo.
La diferencia está en que ya no quiero convertir esa intensidad en mi estado natural.
Algunas cosas se rompieron y era necesario decidir qué quería reconstruir
Después de una etapa difícil puede aparecer una urgencia por volver a la normalidad, casi como si recuperar rápidamente la versión anterior de una misma demostrara que aquello no consiguió vencernos.
Conozco muy bien ese impulso.
Durante años la recuperación estuvo asociada para mí con volver a funcionar de la misma manera de antes; sin embargo, algunas experiencias me obligaron a preguntarme si esa era realmente la meta.
¿Qué parte de la vida anterior quería recuperar?
¿Y cuál había llegado el momento de revisar?
Estas preguntas resultaron mucho más transformadoras que intentar restaurarlo todo.
Había una forma de responsabilidad que quería conservar porque sigue siendo una parte central de mí, pero no necesitaba que viniera acompañada de culpa cada vez que descansaba. Quería seguir siendo capaz de resolver problemas sin convertir cada dificultad en algo que debía pasar necesariamente por mis manos; deseaba conservar la intensidad con la que me involucro en aquello que me importa, aunque ya no quería demostrar esa intensidad viviendo permanentemente al borde del agotamiento.
Reconstruir, entonces, dejó de significar regresar.
Empezó a significar elegir.
La fortaleza que quiero conservar tiene otra forma
Hoy no podría medir la fortaleza únicamente por la capacidad de soportar.
Me interesa mucho más una forma que pueda convivir con la honestidad.
Ser capaz de actuar cuando corresponde y reconocer también cuándo una situación necesita tiempo; sostener a otros sin asumir que eso obliga a desaparecer como persona, y tomar decisiones difíciles sin negar que algunas de ellas pueden doler incluso cuando sabemos que eran necesarias.
Esa fortaleza permite pedir ayuda.
Permite cambiar de opinión.
Admite que una pérdida puede transformar profundamente nuestra vida sin convertir esa transformación en fracaso.
Y, sobre todo, no necesita una demostración permanente.
Durante años pensé que ser fuerte consistía, en buena medida, en seguir adelante. Ahora sé que también puede consistir en detenerse a tiempo para preguntarse hacia dónde una está avanzando y por qué sigue haciéndolo.
Hay una diferencia profunda entre ambas cosas.
Ya no quiero ser indestructible
No sé si alguna vez lo fui.
Probablemente solo había aprendido a resistir muy bien.
Esa capacidad merece mi gratitud, porque me acompañó en momentos en los que necesitaba precisamente eso de mí y me permitió construir una vida que habría sido distinta sin ella. No necesito despreciar a la mujer que aprendió a sostener para poder reconocer que hoy quiere vivir de otra manera.
Sigo siendo ella.
Solo que ahora la conozco mejor.
Sé que puede cansarse, que algunas pérdidas no pueden resolverse y que hay momentos en los que otra persona tendrá que acercarse porque sostener sola dejó de ser una prueba que tenga interés en superar.
También sé que ninguna de esas cosas borra aquello que soy capaz de hacer.
Quizás ese haya sido el cambio más importante: dejé de considerar la fragilidad como el opuesto de la fortaleza y empecé a verla como una parte inevitable de cualquier persona que ha amado, construido, perdido y vivido suficiente.
La fortaleza puede romperse.
Una estructura que durante años pareció sostenerlo todo puede dejar de alcanzar, y entonces tenemos que mirar qué ocurrió sin apresurarnos a reparar cada grieta como si todas fueran un defecto.
Algunas merecen atención.
Otras muestran simplemente que ya no somos exactamente la persona que éramos antes.
Yo no quiero volver a una versión de mí incapaz de romperse, porque esa mujer nunca existió realmente. Quiero seguir siendo capaz de enfrentar aquello que la vida me ponga delante, pero sin necesitar demostrar que nada consigue atravesarme.
Ahora sé que las cosas pueden atravesarnos profundamente y, aun así, podemos continuar.
No intactas.
No iguales.
Pero completas de otra manera.
Aracely Cretier
Empresaria, comunicadora, autora y fundadora de Club de Perros y Gatos.
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Este contenido tiene fines informativos y no reemplaza la evaluación de un médico veterinario. Cada animal necesita una revisión profesional individual.
La mirada de Aracely