Inicio > Artículos
Desarrollo y bienestar
El perfeccionismo invisible
Mi perfeccionismo no siempre fue visible; muchas veces se parecía demasiado a responsabilidad, análisis y cuidado. Aprender a reconocerlo significó distinguir la excelencia de la necesidad de controlar, revisar y anticipar cada posibilidad antes de sentir que algo podía estar terminado.
Muy pronto
·

"No quiero renunciar a la excelencia; quiero dejar de convertir cada imperfección en una prueba de que debería haber hecho más."
El perfeccionismo no siempre se reconoce en alguien que necesita que todo sea impecable. A veces se esconde en lugares mucho menos evidentes: revisar una decisión una vez más aunque ya esté tomada, sentir que todavía falta algo antes de mostrar un trabajo, asumir que un error podría haberse evitado si una hubiera pensado un poco más o terminar algo bien y, en lugar de disfrutarlo, empezar inmediatamente a ver aquello que habría podido hacerse mejor.
Yo conocí esa forma de perfeccionismo mucho antes de llamarla así.
No estaba ordenando objetos por colores ni rehaciendo una tarea hasta volverla irreconocible. Mi exigencia ocurría principalmente dentro de la cabeza; tenía que ver con la necesidad de anticipar, comprender, revisar posibilidades y reducir todo lo que pudiera salir mal. Cuando algo me importaba de verdad, me costaba entregarlo sin haber recorrido mentalmente una cantidad enorme de escenarios.
Esa forma de funcionar fue muy útil en muchas etapas de mi vida. Me ayudó a prepararme, a detectar detalles, a cuidar aquello que construía y a no conformarme con la primera respuesta solo porque era suficiente; el problema apareció cuando la misma capacidad empezó a utilizarse también contra mí.
Había una distancia constante entre lo que hacía y lo que consideraba que podría haber hecho.
No necesitaba que alguien señalara un error.
Muchas veces yo ya había encontrado cinco antes.
La exigencia puede parecer responsabilidad
Me costó distinguir el perfeccionismo de la responsabilidad porque, desde afuera, ambos pueden parecerse bastante.
Llegar preparada, revisar un documento antes de enviarlo, pensar las consecuencias de una decisión o corregir algo que no está bien son comportamientos razonables; de hecho, una parte importante de mi vida profesional se construyó precisamente sobre esa atención.
El problema no estaba en revisar.
Estaba en no saber cuándo dejar de hacerlo.
Existe un momento en que una revisión mejora un trabajo y otro en el que simplemente intenta protegernos de la posibilidad de que alguien encuentre algo imperfecto. La diferencia puede ser mínima, pero internamente se siente de otra manera: ya no estamos buscando calidad, estamos buscando una seguridad que probablemente no existe.
Yo podía dedicar una cantidad enorme de energía a intentar eliminar cualquier espacio para el error.
No siempre porque temiera la crítica externa; muchas veces era mi propia evaluación la que más pesaba. Si algo no resultaba como esperaba, mi primera pregunta rara vez era si la situación había sido compleja o si existían elementos imposibles de controlar. Pensaba qué podría haber visto antes.
Qué señal pasé por alto.
En qué momento habría podido actuar distinto.
Esa forma de análisis puede ser valiosa si nos ayuda a aprender; deja de serlo cuando el aprendizaje se transforma en una especie de juicio retrospectivo donde siempre suponemos que la versión actual de nosotras debería haber sabido ayer aquello que solo comprendimos después.
Me ha tomado tiempo aprender a reconocer esa injusticia.
Saber mucho también puede aumentar la sensación de no saber suficiente
Hay una paradoja que he vivido varias veces: cuanto más conozco un tema, más consciente soy de todo lo que podría faltar.
Cuando recién empezamos, muchas decisiones parecen relativamente simples porque todavía no conocemos todas sus capas; la experiencia, en cambio, agrega variables. Sabemos qué puede salir mal, recordamos excepciones y comprendemos consecuencias que antes no habríamos considerado.
Eso mejora el criterio.
También puede complicar la tranquilidad.
Una parte de mi perfeccionismo se alimentaba justamente de esa capacidad para ver alternativas. Mientras otra persona podía considerar que una decisión estaba suficientemente resuelta, yo todavía veía escenarios que merecían revisión; no siempre estaba equivocada, pero tampoco todos esos escenarios necesitaban gobernar mi conducta.
Aprender a decidir significó aceptar algo profundamente incómodo para una mente que busca comprender: podemos tomar una buena decisión sin haber agotado todas las posibilidades.
No existe una cantidad de análisis capaz de convertir el futuro en algo completamente previsible.
Aceptar ese límite no me volvió menos rigurosa.
Me obligó a utilizar mejor el rigor.
El perfeccionismo también posterga
No siempre se manifiesta trabajando más.
A veces consigue exactamente lo contrario.
Hay ideas que una demora en mostrar porque todavía no están suficientemente maduras, textos que siguen esperando una última revisión o proyectos que podrían comenzar con una versión razonable, pero permanecen detenidos mientras intentamos resolver por anticipado cada una de sus etapas.
Conozco esa sensación.
No se vive necesariamente como miedo.
Muchas veces parece prudencia.
“Todavía tengo que pensar esto.”
“Me falta revisar una cosa.”
“Prefiero hacerlo bien.”
El problema aparece cuando hacerlo bien se convierte en una condición tan exigente que impide hacer.
Emprender me obligó a confrontarlo.
Una empresa no permite que todo llegue terminado antes de empezar. Hay decisiones que deben probarse, productos que necesitan recibir información del mundo real y procesos que solo pueden mejorarse después de haber sido utilizados; si esperamos tener resuelto cada detalle antes de movernos, probablemente otra parte de la realidad ya habrá cambiado cuando finalmente estemos listas.
Esa experiencia me enseñó a valorar algo que antes me costaba mucho más: una primera versión suficientemente buena.
No descuidada.
No improvisada.
Suficientemente buena para existir.
Después se puede mirar, corregir y mejorar desde algo concreto.
Hay una diferencia entre excelencia y perfección
Esta distinción se volvió importante para mí.
No quiero renunciar a la excelencia.
Me gusta hacer las cosas bien y sigo creyendo que los detalles importan; no encuentro ningún mérito especial en bajar los estándares para sentirnos más cómodas.
La perfección es otra cosa.
La excelencia trabaja con la realidad.
La perfección intenta eliminarla.
Una reconoce límites, recursos, tiempos y la posibilidad de error; la otra construye una expectativa donde cualquier falla parece demostrar que algo no estuvo suficientemente pensado.
Yo confundí ambas durante bastante tiempo.
Creía que bajar la exigencia interna equivalía a volverme menos profesional, menos responsable o menos ambiciosa; con los años comprendí que la excelencia también necesita discernimiento.
No todo merece el mismo nivel de detalle.
No toda decisión requiere el mismo tiempo.
No cada error tiene la misma consecuencia.
Tratar cada asunto como si fuera crítico no aumenta la calidad; muchas veces solo agota a quien intenta sostenerla.
El error tenía para mí un peso mayor del que mostraba
No me ha resultado fácil equivocarme.
Puedo reconocer un error, corregir y seguir; profesionalmente aprendí a hacerlo muchas veces. Lo más complejo ocurría después, en esa parte privada donde una vuelve sobre la decisión y reconstruye todo lo que habría podido hacer de otra manera.
Había una tendencia a convertir el error en una prueba.
No solamente “me equivoqué aquí”, sino “debería haber sabido”.
Esa frase tiene un peso especial.
Supone que la experiencia, la inteligencia o la responsabilidad deberían protegernos del error; cuando no lo hacen, aparece casi una sensación de deuda con nuestra propia imagen de competencia.
He tenido que desmontar esa idea con paciencia.
La experiencia reduce ciertos errores y permite reconocer señales antes. No nos vuelve omniscientes.
Podemos conocer mucho y equivocarnos.
Podemos haber hecho un análisis serio y recibir un resultado distinto.
También podemos tomar una mala decisión, simplemente.
Nada de eso borra todo lo anterior.
Parece una conclusión evidente cuando se aplica a otra persona. Aplicarla a una misma puede ser bastante más difícil.
La exigencia silenciosa también llega a los demás
Este fue uno de los aspectos que más me obligó a revisar mi perfeccionismo.
Aunque gran parte de la exigencia ocurriera dentro de mí, no terminaba ahí.
Cuando una está acostumbrada a detectar rápidamente aquello que podría mejorarse, corre el riesgo de mirar primero la falla antes que el trabajo completo; si además procesa con rapidez determinadas situaciones, puede olvidar cuánto razonamiento necesitó otra persona para llegar a un lugar que a una le parece evidente.
Eso importa cuando se lideran equipos.
Mi estándar interno no podía convertirse automáticamente en la medida con la cual evaluar cada proceso ajeno.
Tenía que comunicar.
Explicar qué era realmente importante.
Distinguir entre un error que comprometía algo fundamental y una diferencia de estilo que simplemente no coincidía con mi preferencia.
Esa separación ha sido muy valiosa.
Porque el perfeccionismo puede disfrazarse de estándar y terminar produciendo equipos que trabajan más preocupados de no equivocarse que de pensar.
No quiero eso.
Una persona que siente que cualquier error será leído como incapacidad empieza a protegerse, evita riesgos y pregunta antes de cada decisión; una organización puede volverse extraordinariamente cuidadosa y, al mismo tiempo, perder autonomía, creatividad y velocidad.
También yo tuve que aprender a dejar espacio para que las cosas fueran bien sin necesitar que fueran exactamente como yo las habría hecho.
Controlar cada detalle no evita el miedo
Hay algo engañoso en el perfeccionismo: promete tranquilidad.
Si revisamos suficiente, si anticipamos todo, si llegamos preparadas y reducimos los márgenes de error, entonces podremos relajarnos.
A mí esa tranquilidad me duraba poco.
En cuanto un asunto estaba resuelto aparecía el siguiente.
La seguridad dependía siempre de otra revisión.
Otro control.
Una última comprobación.
En algún momento comprendí que no estaba consiguiendo tranquilidad; estaba construyendo un sistema que necesitaba control permanente para producirla.
Y ese sistema tenía un problema evidente: la vida no es completamente controlable.
Una empresa puede cambiar.
Las personas toman decisiones que no podemos anticipar.
Un mercado se mueve.
Alguien se enferma.
Un plan falla.
A veces hacemos todo razonablemente bien y algo sale mal de todos modos.
Aceptar eso no es pesimismo.
Es realidad.
Lo que cambió en mí fue la necesidad de interpretar cada elemento fuera de control como algo que debía haber previsto.
También hubo perfeccionismo en la manera de verme
No todo tenía relación con el trabajo.
Existe un perfeccionismo más íntimo, ligado a la idea de cómo una debería ser.
Una buena madre.
Una buena líder.
Una persona suficientemente disponible.
Alguien capaz de controlar sus emociones y reaccionar de la manera correcta.
Una mujer que puede con mucho sin convertir ese esfuerzo en un problema para los demás.
Esas expectativas no estaban reunidas en una lista consciente; justamente por eso podían resultar tan difíciles de cuestionar.
Simplemente aparecían cuando sentía que había fallado en alguna.
Si necesitaba estar sola, podía preguntarme si estaba siendo poco amable.
Si me cansaba, si debía tener más resistencia.
Cuando una decisión afectaba a alguien, revisaba cuánto de aquello podría haber hecho de otra manera.
Había siempre una versión ideal de mí esperando unos pasos más adelante.
El problema de perseguir permanentemente esa versión es que nunca alcanzamos a habitar por completo a la persona que ya somos.
Siempre estamos corrigiéndola.
Las altas capacidades me ayudaron a entender una parte, no a justificarla
Comprender algunas características de mis altas capacidades me permitió mirar esta forma de exigencia desde otro lugar.
Una mente que conecta rápidamente, analiza múltiples posibilidades y puede permanecer mucho tiempo concentrada en aquello que le interesa tiene herramientas extraordinarias; también puede volverse una máquina bastante eficiente para encontrar aquello que falta.
Eso explicaba una parte.
No resolvía todo.
Nunca quise utilizar el diagnóstico para decir “soy así y, por lo tanto, no puedo cambiar”. Me sirvió más como una oportunidad para reconocer ciertos mecanismos y decidir cuáles quería conservar.
No quiero perder la profundidad.
Ni la curiosidad.
Ni esa capacidad de detectar detalles que ha sido tan valiosa en mi vida.
Quiero perder, o al menos disminuir, la necesidad de convertir cada detalle detectado en una obligación inmediata de corregir.
No todo aquello que veo necesita mi intervención.
Esa idea, aplicada tanto al trabajo como a mí misma, ha sido bastante liberadora.
Terminar algo también requiere coraje
A veces pensamos que el coraje está en empezar.
Para una persona perfeccionista, muchas veces también está en terminar.
Decir: hasta aquí.
Enviar.
Publicar.
Tomar la decisión.
Aceptar que la versión actual representa honestamente aquello que podíamos hacer con el tiempo, la información y los recursos disponibles.
Siempre podría existir una revisión más.
Este mismo artículo podría seguir modificándose indefinidamente.
Podría cambiar una frase, encontrar una palabra mejor o decidir mañana que un párrafo merecía otro enfoque; llega un momento, sin embargo, en que seguir corrigiendo ya no significa cuidar el trabajo.
Significa evitar la incomodidad de entregarlo.
Aprender a reconocer ese momento me ha servido muchísimo.
Terminar no significa afirmar que algo es perfecto.
Significa aceptar que está listo para dejar de pertenecernos exclusivamente.
Y esa pérdida de control forma parte inevitable de crear.
He aprendido a preguntar qué está realmente en juego
Una herramienta sencilla me ha ayudado bastante frente a la exigencia.
¿Qué ocurre si esto no queda exactamente como imaginé?
La respuesta cambia mucho según el contexto.
Hay asuntos donde el error puede tener consecuencias importantes y corresponde revisar con enorme rigurosidad; en otros, la diferencia será apenas perceptible y dedicarle varias horas adicionales no mejorará realmente el resultado.
Antes podía invertir una energía parecida en ambos.
Hoy intento distinguir.
No siempre lo consigo, pero hacerme la pregunta ya cambia algo.
Me obliga a separar el estándar real de la ansiedad.
También me ayuda a elegir dónde quiero utilizar una capacidad limitada: mi atención.
Porque incluso si podemos mejorar infinitamente una cosa, existe siempre un costo de oportunidad. El tiempo dedicado a perfeccionar aquello que ya estaba bien no estará disponible para otra conversación, otro proyecto, el descanso o simplemente la vida que ocurre mientras seguimos revisando.
Kapú nunca necesitó una versión mejorada de mí
Hay recuerdos que parecen pequeños y después encuentran su lugar dentro de reflexiones que una jamás habría imaginado.
Con Kapú no había demasiado espacio para el perfeccionismo.
Él no sabía si un trabajo estaba terminado, si yo había tomado la mejor decisión o si algo podía haberse hecho de otra manera; tampoco necesitaba una versión particularmente ordenada de mí.
Podía estar agotada.
Equivocarme.
Tener un mal día.
Estar en silencio.
Para él seguía siendo yo.
Esa aceptación no era una idea consciente de su parte; simplemente era la forma en que funcionaba nuestra relación.
Ahora que no está, pienso mucho en la libertad que había dentro de aquello.
Con los animales no necesitamos demostrar competencia.
No nos aman más porque produjimos más.
No evalúan la calidad de nuestras decisiones empresariales ni conocen aquello que nos reprochamos cuando termina el día.
Kapú me devolvía constantemente a una relación donde mi valor no dependía de hacer algo especialmente bien.
Solo tenía que estar.
Quizás por eso su compañía descansaba tanto una parte de mí.
La vida no siempre necesita optimización
Esta ha sido una de las ideas más difíciles y más bonitas de aprender.
Hay cosas que no necesitan mejorarse.
Una conversación puede ser simplemente agradable.
Un viaje no tiene que aprovechar cada minuto.
Una tarde puede no tener objetivo.
Una comida no tiene que convertirse en experiencia.
Una fotografía puede estar imperfecta y conservar exactamente aquello que queríamos recordar.
Pasé mucho tiempo pensando cómo mejorar.
Es una forma mental que probablemente seguirá conmigo, porque también está relacionada con mi curiosidad y mi manera de construir; lo que quiero aprender es a no aplicarla indiscriminadamente a todo.
Hay momentos que pierden algo cuando intentamos optimizarlos.
La vida necesita también espacios que no estén siendo evaluados.
Ser suficiente no es lo mismo que conformarse
Durante bastante tiempo me incomodó la idea de “ser suficiente”.
La asociaba con dejar de crecer.
Hoy la entiendo de otra manera.
Ser suficiente no significa pensar que ya no tengo nada que aprender ni renunciar a la ambición; significa reconocer que mi valor presente no depende de alcanzar primero una versión futura.
Puedo querer mejorar y no despreciar aquello que soy ahora.
Puedo reconocer un error sin convertirlo en un juicio completo sobre mí.
Puedo terminar algo sabiendo que mañana probablemente lo haría mejor y, aun así, considerar que la versión de hoy merece existir.
Ese equilibrio me resulta mucho más sano que la persecución permanente de una perfección que, por definición, siempre se desplaza un poco más lejos.
Lo que quiero conservar de mi exigencia
No quiero convertirme en una persona indiferente a la calidad.
Hay algo profundamente mío en cuidar aquello que hago, revisar, hacer preguntas y no conformarme con respuestas superficiales; esa exigencia me ayudó a construir muchísimo y forma parte de mi manera de relacionarme con el trabajo.
No necesito eliminarla.
Necesito que deje de gobernarlo todo.
Quiero conservar el estándar sin convertirlo en castigo.
La atención al detalle sin creer que cada detalle tiene la misma importancia.
La capacidad de analizar sin transformar cada decisión en una prueba de mi valor.
El deseo de mejorar sin vivir permanentemente insatisfecha con aquello que ya existe.
Eso es bastante más difícil que simplemente “dejar de ser perfeccionista”.
También me parece más honesto.
Dejar algo suficientemente bien
Todavía hay veces en que me descubro revisando una cosa de más.
Una frase.
Una decisión.
Una conversación que ya terminó.
La diferencia es que ahora puedo reconocerlo antes.
Puedo preguntarme si estoy aprendiendo algo o simplemente intentando modificar un pasado que ya no está disponible.
También puedo mirar un trabajo y decidir que no es perfecto.
Y dejarlo ir.
Ese acto pequeño contiene mucho de lo que he tenido que aprender.
No todo error necesita convertirse en una lección enorme.
No toda imperfección merece corregirse.
No cada situación necesita ser llevada hasta su versión óptima.
Hay cosas que simplemente necesitan estar bien.
Y estar bien puede ser suficiente.
Mi perfeccionismo fue invisible porque durante mucho tiempo se parecía demasiado a características que yo valoraba: responsabilidad, profundidad, criterio y cuidado. Solo pude verlo cuando comprendí que esas cualidades seguían existiendo incluso si dejaba de exigirme una versión imposible de ellas.
Hoy no quiero hacer menos bien las cosas.
Quiero dejar de necesitar que todo salga bien para sentirme tranquila conmigo misma.
Quizás esa sea la diferencia que más me importa.
Aracely Cretier
Empresaria, comunicadora, autora y fundadora de Club de Perros y Gatos.
← Volver a Artículos
Este contenido tiene fines informativos y no reemplaza la evaluación de un médico veterinario. Cada animal necesita una revisión profesional individual.
La mirada de Aracely