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Cultura, viajes y experiencias
La montaña que me enseñó a soltar el control
Durante mucho tiempo encontré seguridad en anticipar escenarios y comprender las variables antes de actuar. Una experiencia en la montaña me ayudó a distinguir entre prepararse responsablemente y pretender controlar aquello que nunca dependió por completo de mí.
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“Soltar el control no fue dejar de prepararme; fue aprender a confiar en que también podría responder cuando la realidad dejara de parecerse al plan.”
Siempre he encontrado cierta tranquilidad en comprender aquello que tengo delante. Saber cuáles son las variables, anticipar posibles dificultades y llegar a una decisión después de haber pensado sus consecuencias forma parte de mi manera natural de relacionarme con el mundo; no lo considero un defecto que deba corregir, porque esa capacidad me ha servido para trabajar, construir proyectos, cuidar a quienes dependen de mí y enfrentar situaciones en las que improvisar habría sido bastante menos responsable que prepararme.
Lo difícil fue descubrir que una herramienta tan útil podía terminar ocupando un territorio que no le correspondía.
Durante mucho tiempo, si algo me inquietaba, mi primera reacción consistía en intentar entenderlo mejor. Buscaba información, imaginaba escenarios posibles y trataba de anticiparme a aquello que podía ocurrir, porque mientras existiera una acción concreta sentía que todavía había un lugar desde el cual intervenir. Esa manera de actuar me daba seguridad, aunque escondía una expectativa que solo fui reconociendo con los años: una parte de mí confiaba en que, si pensaba lo suficiente y me preparaba bien, podría reducir casi por completo el margen de incertidumbre.
La vida se encargó varias veces de demostrarme que no funciona así, pero hubo una experiencia en la montaña que volvió esa diferencia especialmente visible. Allí comprendí que prepararse y controlar no son la misma cosa, porque una puede haber hecho todo lo razonable antes de empezar y encontrarse, de todos modos, frente a una realidad que no tiene ninguna obligación de parecerse a lo que imaginó.
Esa idea, que parece sencilla cuando se escribe, tocó una parte bastante profunda de mi manera de vivir.
El control también puede ser una forma de seguridad
Nunca me he reconocido demasiado en la caricatura de la persona controladora que necesita decidir cada detalle de aquello que ocurre a su alrededor. Mi relación con el control ha sido distinta y, probablemente por eso, me costó más identificarla: yo quería estar preparada.
Existe una diferencia importante.
Prepararse permite tomar mejores decisiones y reduce riesgos que sí podemos anticipar; controlar, en cambio, comienza a volverse problemático cuando pretendemos extender esa capacidad hacia resultados que dependen también del tiempo, de otras personas, de circunstancias que desconocemos o simplemente de una realidad que puede cambiar mientras estamos tratando de comprenderla.
Durante años esa frontera no siempre fue clara para mí.
Si todavía existía algo que revisar, podía sentir que todavía no había pensado suficiente; si una decisión producía incertidumbre, mi reacción natural consistía en buscar una variable adicional que pudiera despejarla y, cuando las cosas no avanzaban como esperaba, intentaba encontrar aquello que aún podía modificar antes de aceptar que tal vez ya no existía una acción capaz de garantizar el resultado que quería.
En el trabajo esa persistencia ha sido muchas veces una fortaleza. Hay problemas que se resuelven precisamente porque alguien no acepta demasiado rápido la primera respuesta y continúa buscando una alternativa; sin embargo, fuera de esos escenarios también aprendí que insistir no siempre produce más claridad y que, a partir de cierto punto, seguir analizando puede convertirse en una forma bastante sofisticada de postergar el momento de aceptar que no tenemos todas las certezas.
La montaña hizo visible ese límite de una manera que mi cabeza no podía discutir demasiado.
Podía prepararme para estar allí, informarme y actuar con responsabilidad; una vez frente al recorrido real, sin embargo, era el terreno el que entregaba la información decisiva.
La realidad tiene derecho a modificar el plan
Una planificación funciona con supuestos.
Podemos construirlos cuidadosamente y hacerlos razonables, pero siguen siendo una representación de algo que todavía no ha ocurrido. Cuando la realidad finalmente aparece, trae consigo información que no estaba disponible mientras organizábamos el futuro y ahí se produce una decisión que me parece mucho más importante que haber hecho un plan perfecto: necesitamos saber si somos capaces de modificarlo sin interpretar ese cambio como un fracaso.
Eso fue lo que aquella experiencia empezó a enseñarme.
Yo había estado acostumbrada a pensar que una buena preparación debía permitir que las cosas ocurrieran de una forma relativamente cercana a la prevista. Frente a una montaña, esa expectativa pierde rápidamente su autoridad, porque hay condiciones que no se modifican por nuestra voluntad y una relación con el esfuerzo que obliga a abandonar la fantasía de que el recorrido debe adaptarse a aquello que habíamos imaginado antes de empezar.
La montaña no necesita saber qué habíamos planeado.
Tampoco tiene que justificar por qué el trayecto resulta diferente de aquello que esperábamos.
Somos nosotros quienes tenemos que leer las condiciones reales y decidir desde ahí.
Esa inversión me hizo pensar en la cantidad de veces en que, fuera de un paisaje natural, había intentado hacer exactamente lo contrario: sostener una estrategia porque era la que había diseñado, defender una expectativa porque había invertido mucho en ella o sentir frustración frente a circunstancias que, desde el principio, nunca estuvieron completamente bajo mi control.
A veces seguimos intentando modificar la realidad cuando lo verdaderamente inteligente sería actualizar nuestra lectura de ella.
No considero esa flexibilidad una forma de renuncia. Al contrario, requiere una capacidad que puede ser bastante más exigente que continuar obstinadamente, porque obliga a desprenderse de aquello que habíamos imaginado y decidir de nuevo con información que quizá contradice nuestras expectativas.
El cuerpo también tiene información
Hay algo que la experiencia física vuelve imposible de ignorar: la voluntad tiene límites.
Durante una parte importante de mi vida confié muchísimo en mi capacidad para continuar, porque efectivamente podía hacerlo. Frente al cansancio encontraba una reserva; cuando aparecía una dificultad, solía aumentar la concentración y, si una situación exigía más de mí, mi primera respuesta era organizarme para sostenerla.
Esa resistencia fue necesaria en distintos momentos y sería injusto mirar hacia atrás como si hubiera sido únicamente una forma equivocada de vivir. Me permitió sacar adelante responsabilidades importantes y atravesar etapas en las que no existía demasiado espacio para detenerme a preguntarme cuánto esfuerzo estaba utilizando.
Con el tiempo, sin embargo, tuve que revisar la medida que estaba usando.
Ser capaz de continuar no significa necesariamente que continuar sea siempre la mejor decisión.
La montaña volvió esa diferencia mucho más concreta porque el cuerpo participa de una manera que no acepta demasiadas interpretaciones. Una puede querer avanzar a determinado ritmo y descubrir que necesita otro; puede imaginar el recorrido desde una distancia y comprenderlo de manera completamente distinta cuando empieza a transitarlo.
Ese aprendizaje terminó acompañándome fuera de allí.
Durante años la pregunta “¿puedo hacerlo?” tuvo un enorme peso en mis decisiones, mientras que ahora intento incorporar otra que me parece bastante más difícil: “¿tiene sentido hacerlo de esta manera?”
La diferencia entre ambas preguntas es enorme.
La primera mide capacidad; la segunda obliga a introducir contexto, costo y propósito.
Puedo tener energía suficiente para asumir una responsabilidad adicional y decidir, aun así, que no quiero utilizarla ahí. Puedo ser capaz de resolver algo personalmente y comprender que sería mejor que otra persona lo hiciera; del mismo modo, puedo sostener una etapa exigente durante bastante tiempo sin concluir por eso que esa intensidad debería convertirse en mi forma habitual de vivir.
Reconocer el propio límite dejó de parecerme una derrota precisamente cuando entendí que no necesitaba esperar a quedar sin fuerzas para concederle legitimidad.
Avanzar no siempre significa mantener la dirección original
Tenemos una relación bastante particular con la idea de progreso.
Nos gusta imaginarlo como movimiento hacia adelante porque esa dirección permite construir una historia clara: empezamos en un lugar, hacemos un esfuerzo y llegamos a otro. Cambiar de camino, detenerse o regresar sobre una decisión introduce una incomodidad narrativa, como si todo aquello que no mantiene la trayectoria inicial amenazara con convertir el recorrido anterior en tiempo perdido.
Yo he sentido esa resistencia.
Cuando he invertido trabajo, energía o expectativas en algo, abandonar una determinada dirección puede costarme considerablemente más que reconocer desde el principio que no funcionaba. Una parte de la dificultad proviene precisamente de todo aquello que ya entregué y de la necesidad de justificarlo mediante un resultado que confirme que valió la pena seguir.
Con los años he aprendido que esa lógica puede resultar muy cara.
Lo que ya ocurrió no cambia porque sigamos.
El tiempo invertido permanece invertido, una decisión anterior continúa formando parte de nuestra historia y aquello que aprendimos no desaparece porque decidamos utilizarlo para tomar otro camino. En ciertas circunstancias, insistir únicamente para demostrar coherencia puede terminar aumentando el costo de una decisión que ya necesita ser revisada.
La montaña me ayudó a comprender esta idea desde un lugar mucho menos abstracto: el objetivo importa, pero nunca más que la capacidad de leer las condiciones desde las que intentamos alcanzarlo.
Hay situaciones en las que avanzar consiste precisamente en cambiar.
Esa afirmación me costó mucho más incorporarla a la vida que entenderla intelectualmente, porque obliga a separar convicción de obstinación. La primera puede sostenerse incluso mientras modifica su estrategia; la segunda necesita que la realidad termine cediendo para no sentirse cuestionada.
Hoy intento preguntarme con mayor frecuencia cuál de las dos está hablando.
Soltar el control no es abandonar la responsabilidad
Probablemente una de las razones por las que me resistí durante tanto tiempo a la idea de “soltar” es que suele presentarse como si la alternativa al control fuera entregarse pasivamente a aquello que ocurra.
Esa idea no me representa.
Hay decisiones que requieren investigación, prevención y criterio; hay riesgos que deben evaluarse y responsabilidades que no desaparecen porque emocionalmente resulte más cómodo confiar en que todo saldrá bien. Para mí, aprender a soltar nunca significó dejar de hacer aquello que me corresponde.
El cambio estuvo en reconocer dónde termina esa responsabilidad.
Puedo preparar una estrategia, pero no decidir cómo responderá completamente el mercado; puedo hablar con honestidad dentro de una relación, aunque no tengo autoridad sobre lo que otra persona hará con aquello que escuche. Puedo cuidar, acompañar y buscar todas las alternativas disponibles frente a una situación difícil sin obtener por eso el derecho a definir su desenlace.
Hay una libertad dolorosa en esa distinción.
Dolorosa porque aceptar aquello que no depende de nosotros significa renunciar a una fantasía de poder que, aunque agotadora, también puede resultar tranquilizadora. Mientras creemos que todavía existe alguna acción pendiente, seguimos teniendo algo que hacer; reconocer el límite nos deja frente a emociones mucho menos manejables, como la incertidumbre, la impotencia o la pena.
En distintos momentos de mi vida tuve que aprender que esas emociones no representan necesariamente una falla de acción.
A veces aparecen precisamente cuando ya hicimos aquello que estaba en nuestras manos y solo queda admitir que la realidad contiene una parte que no nos pertenece.
La pérdida llevó este aprendizaje mucho más lejos
Años después de aquella experiencia, la vida me enfrentó a situaciones frente a las cuales la idea de control adquirió un peso completamente distinto.
Con Kapú, cuidar significó durante muchísimo tiempo observar, estar atenta, consultar a quienes correspondía y tomar decisiones pensando en su bienestar. Era una forma de amor profundamente ligada a la acción, porque mientras existiera algo que pudiera hacerse yo necesitaba comprender qué era y hacerlo.
La pérdida introdujo un límite para el que ninguna capacidad de planificación podía prepararme realmente.
Llegó un momento en que querer otro resultado no podía producirlo.
No relaciono aquello con una montaña porque la magnitud emocional pertenece a otro lugar y sería injusto convertir el duelo en una metáfora; sin embargo, algo que había empezado a comprender antes regresó de una manera mucho más profunda: aceptar que algo no depende de mí no significa que deje de importarme ni que haya dejado de hacer todo aquello que estaba a mi alcance.
Esa diferencia fue fundamental.
Durante mucho tiempo había asociado hacerme cargo con encontrar una respuesta y, cuando no existía una respuesta capaz de modificar aquello que ocurría, tuve que descubrir otra forma de permanecer dentro de la experiencia.
No había nada que conquistar.
Tampoco una estrategia mejor que estuviera esperando que yo pensara un poco más.
Había amor, pérdida y una realidad frente a la que la fortaleza necesitaba adoptar otra forma.
Soltar el control, en ese contexto, no se pareció en absoluto a la serenidad con que muchas veces se utiliza esa expresión. Fue reconocer un límite que yo no había elegido y continuar amando incluso cuando el amor ya no podía protegerme del resultado.
Hay una diferencia entre aceptar y estar de acuerdo
Este matiz se volvió importante para mí porque durante mucho tiempo la palabra aceptar me producía cierta resistencia.
Parecía implicar conformidad.
Como si reconocer que una situación es real significara aprobarla, considerarla justa o dejar de desear que hubiera sido distinta.
No es así como hoy la entiendo.
Aceptar consiste, para mí, en dejar de discutir con el hecho de que algo ya está ocurriendo.
Puedo no quererlo.
Puedo sentir rabia.
Puedo trabajar para modificarlo cuando existe una posibilidad real de hacerlo.
Lo que no puedo es construir indefinidamente mis decisiones sobre la expectativa de que una realidad ya establecida desaparezca solo porque no coincide con aquello que yo había imaginado.
Esa diferencia me permitió revisar situaciones muy distintas.
Hay relaciones que cambian, etapas profesionales que terminan y proyectos cuyo desarrollo no se parece al plan original. Algunas de esas realidades pueden modificarse; otras exigen elaborar una vida distinta alrededor de algo que ya ocurrió.
La aceptación no elimina nuestra capacidad de actuar.
La vuelve más precisa porque impide gastar energía intentando intervenir donde ya no existe margen.
Quizás por eso la considero hoy una forma de inteligencia más que una rendición.
El presente también necesita una parte de nuestra atención
Una de las consecuencias del control es que puede trasladar continuamente la mente hacia adelante.
Si estoy pensando en aquello que podría ocurrir, intentando anticipar un riesgo o preparando la siguiente etapa, existe una parte del presente que inevitablemente recibe menos atención. Durante muchos años viví con una gran capacidad para imaginar lo que venía después y esa disposición fue útil, aunque también podía hacerme experimentar el momento actual principalmente como preparación para el siguiente.
En la montaña esa tendencia encontraba un límite bastante concreto.
Mirar únicamente hacia aquello que faltaba no hacía más fácil el tramo que estaba recorriendo; de hecho, podía volverlo más pesado porque convertía la distancia futura en una carga que intentaba llevar antes de llegar a ella.
Necesitaba atender a aquello que estaba delante.
No como una consigna sobre disfrutar cada segundo, sino porque el presente contenía la información necesaria para decidir cómo continuar.
Esa idea regresó conmigo.
No siempre necesito resolver hoy aquello que corresponde a una versión futura de la realidad.
Hay problemas que efectivamente requieren anticipación, pero otros todavía no existen más allá de la posibilidad que he construido en mi cabeza. Pensarlos puede ayudarme a prepararme; vivirlos emocionalmente antes de que ocurran no me entrega necesariamente ninguna ventaja.
Aprender esa diferencia sigue siendo un trabajo para mí.
Mi cabeza continúa adelantándose.
La diferencia es que ahora puedo reconocer con mayor rapidez cuándo está intentando protegerme mediante escenarios que ya dejaron de ser útiles.
La flexibilidad exige una seguridad distinta
Si nuestra tranquilidad depende de que todo ocurra como estaba previsto, cualquier desviación amenaza con convertirse en una pérdida de control.
Necesitaba construir otra fuente de seguridad.
No podía ser la certeza de saber qué iba a suceder porque la vida había demostrado demasiadas veces que esa garantía no existe; tenía que confiar, en cambio, en mi capacidad para responder frente a aquello que apareciera.
Este cambio fue importante.
Hay una enorme diferencia entre pensar “estaré bien porque sé lo que va a pasar” y poder decirse “no sé exactamente qué va a pasar, pero confío en que sabré buscar una respuesta cuando llegue el momento”.
La segunda forma de seguridad admite incertidumbre.
También admite pedir ayuda, cambiar un plan o reconocer que todavía no sabemos qué hacer.
Durante mucho tiempo habría interpretado esas posibilidades como fisuras dentro de la confianza; ahora me parecen parte de ella, porque la seguridad más frágil es precisamente aquella que necesita que ninguna variable inesperada aparezca para poder sostenerse.
Yo sigo preparando.
Sigo haciendo preguntas.
Sigo queriendo comprender aquello que puedo comprender.
La diferencia está en que ya no necesito exigirle a esa capacidad una promesa que nunca estuvo en condiciones de cumplir.
No quiero vivir improvisando; quiero dejar espacio para la realidad
Soltar el control no transformó mi personalidad y tampoco quiero que lo haga.
Me gusta ser rigurosa.
Disfruto pensar antes de decidir y creo que muchas de las cosas que he construido existen precisamente porque me he tomado en serio detalles que podían parecer menores. No necesito convertirme en una persona completamente espontánea para demostrar que aprendí algo sobre la incertidumbre.
Mi aprendizaje ha sido mucho más específico.
Quiero continuar planificando sin enamorarme tanto del plan que deje de escuchar aquello que ocurre; quiero sostener una decisión mientras siga teniendo sentido y poder modificarla cuando la información cambie, sin sentir que esa flexibilidad disminuye mi capacidad.
También quiero distinguir entre aquello que necesita esfuerzo y aquello que estoy intentando forzar únicamente porque me cuesta aceptar otro resultado.
Esa diferencia no siempre es evidente.
Todavía puedo insistir demasiado.
Todavía aparece la tentación de revisar una variable adicional cuando en realidad estoy buscando una certeza que nadie podría darme.
Lo importante es que ahora reconozco el mecanismo.
Y reconocerlo permite elegir.
La montaña cambió menos mi manera de planificar que mi manera de confiar
Tal vez esa sea la forma más exacta de explicar lo que quedó.
No volví queriendo controlar menos todo aquello que efectivamente necesita cuidado; volví comprendiendo que mi capacidad para prepararme sería siempre insuficiente si la utilizaba con el objetivo de eliminar cualquier posibilidad de sorpresa.
La vida necesita una parte de previsión y otra de respuesta.
Durante años yo había depositado mucho más valor en la primera.
La montaña me obligó a confiar también en la segunda.
Hay algo liberador en saber que una no necesita tener el recorrido completo resuelto antes de avanzar, porque algunas respuestas solo existen después de haber llegado al punto desde el cual pueden verse.
Eso no es actuar a ciegas.
Es aceptar la secuencia real de las cosas.
Hay información que corresponde al inicio y otra que solamente aparece en el camino; intentar obtenerla toda antes de empezar no demuestra mayor responsabilidad, del mismo modo que negarse a modificar una decisión frente a nuevos antecedentes no demuestra mayor convicción.
Hoy sigo prefiriendo saber dónde estoy antes de moverme.
Lo que ya no quiero es confundir orientación con dominio.
Puedo tener un mapa y encontrar un terreno distinto.
Puedo preparar una conversación y descubrir que la otra persona trae una verdad que modifica aquello que yo había pensado decir. Puedo construir un proyecto con enorme cuidado y tener que revisar parte de él cuando la realidad entregue información nueva.
Nada de eso elimina el trabajo anterior.
Lo completa.
Quizás por eso, cuando pienso en aquella montaña, no la recuerdo como el lugar donde aprendí a renunciar al control, porque eso nunca habría sido verdad.
Fue más bien el lugar donde entendí que una planificación inteligente necesita saber cuándo dejar de defenderse a sí misma.
Hay momentos en que el plan ya cumplió su función.
Nos llevó hasta donde podía.
Después tenemos que levantar la mirada, observar aquello que realmente está delante y decidir desde ahí, porque continuar obedeciendo una realidad imaginada cuando la verdadera ya cambió no es control.
Es dejar de mirar.
Y yo quiero seguir mirando.
Aracely Cretier
Empresaria, comunicadora, autora y fundadora de Club de Perros y Gatos.
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Este contenido tiene fines informativos y no reemplaza la evaluación de un médico veterinario. Cada animal necesita una revisión profesional individual.
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