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Cultura, viajes y experiencias
Lo que una obra de teatro puede enseñarte sobre la vida
El teatro concentra en pocas horas muchas de las cosas que nos toma años comprender: los papeles que asumimos, aquello que callamos, los finales que nos cuesta aceptar y la imposibilidad de controlar por completo una historia que está ocurriendo en vivo.
Muy pronto
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"Una buena obra no necesita decirme cómo vivir; a veces basta con mostrarme, desde otra historia, algo de la mía que todavía no había sabido mirar."
Siempre me ha parecido fascinante que una obra de teatro pueda construir un mundo completo dentro de un espacio tan reducido. Hay un escenario, algunas personas, luces, silencios, palabras que alguien escribió mucho antes y un público que sabe perfectamente que aquello que está viendo es una representación; aun así, durante un par de horas podemos olvidarnos de esa convención y emocionarnos frente a una historia que no nos pertenece.
Quizás lo extraordinario no sea que creamos lo que ocurre sobre el escenario, sino que reconocemos algo verdadero dentro de aquello que sabemos que es ficción.
Una frase pronunciada por un personaje puede tocar una parte de nuestra historia que nunca habíamos sabido expresar; una escena puede incomodarnos sin que comprendamos inmediatamente por qué y, en ocasiones, una situación completamente alejada de nuestra vida consigue mostrarnos algo que llevaba años delante de nosotros.
Eso es lo que me interesa del teatro.
No necesito que una obra me entregue una enseñanza explícita ni que termine explicándome cuál era su mensaje. De hecho, probablemente las que más permanecen conmigo son aquellas que dejan alguna pregunta abierta, porque la experiencia continúa después de que se encienden las luces y una vuelve a su vida con algo ligeramente desplazado dentro de sí.
Con el tiempo he pensado que quizá el teatro nos afecta de esa manera porque concentra, en apenas unas horas, muchas de las cosas que nosotros tardamos años en comprender: los papeles que asumimos, aquello que callamos, las versiones que construimos frente a los demás, los momentos en que creemos controlar una historia y todo aquello que ocurre cuando la realidad decide improvisar.
Pasamos buena parte de la vida interpretando papeles
La palabra interpretar puede parecer falsa, como si asumir un papel significara dejar de ser quienes somos. No lo veo de esa manera.
Todos ocupamos distintos lugares.
Somos hijos, madres, amigos, parejas, profesionales, líderes o personas que simplemente intentan encontrar su lugar dentro de una situación determinada; cada uno de esos espacios activa partes distintas de nosotros y exige también comportamientos diferentes. No hablamos de la misma manera en una reunión de trabajo que frente a alguien a quien amamos, y no necesariamente porque una de esas versiones sea impostada, sino porque ninguna persona puede expresar al mismo tiempo todo aquello que es.
El problema aparece cuando un papel comienza a ocupar tanto espacio que terminamos confundiéndolo con nuestra identidad completa.
A mí me ocurrió durante años con la mujer que resuelve.
Era una parte verdadera de mí, formada por experiencias reales y por una capacidad que me ayudó en momentos importantes; sin embargo, cuando esa versión se volvió demasiado dominante, empecé a sentir que cualquier necesidad que no coincidiera con ella resultaba incómoda. Estar cansada, no saber una respuesta o necesitar que alguien más sostuviera algo podía sentirse casi como salirme de personaje.
El teatro vuelve muy visible esta tensión porque sabemos que un actor puede interpretar a alguien durante toda una obra y seguir siendo otra persona cuando termina. En la vida, en cambio, los límites son menos evidentes.
Podemos llevar un papel durante tantos años que olvidar dónde termina.
Quizás por eso algunas etapas de cambio resultan tan desconcertantes. No estamos modificando únicamente aquello que hacemos, sino una identidad con la que aprendimos a reconocernos y con la que los demás también se acostumbraron a relacionarse.
Dejar de ser siempre la fuerte no significa dejar de tener fortaleza.
Dejar de resolver cada problema no elimina nuestra capacidad para hacerlo.
Cambiar de papel tampoco invalida los años en que ese papel nos sirvió.
Solo significa que la historia avanzó y que nosotras también necesitamos permitirnos hacerlo.
Sobre el escenario, como en la vida, importa tanto lo que se dice como aquello que queda en silencio
Hay escenas teatrales donde una pausa contiene más información que el diálogo anterior.
El personaje no responde de inmediato, alguien mira hacia otro lado y durante unos segundos no ocurre aparentemente nada; sin embargo, el público comprende que algo importante acaba de pasar.
Me interesa mucho ese lenguaje.
Quizás porque siempre he prestado atención a aquello que ocurre alrededor de las palabras y porque con los años he aprendido que las personas podemos ser extraordinariamente precisas al hablar de temas que no son exactamente aquello que necesitamos decir.
Podemos discutir sobre un detalle mientras el problema está en otra parte.
Podemos responder “estoy bien” y creer sinceramente que estamos diciendo la verdad porque todavía somos capaces de funcionar.
También podemos pasar años explicando una decisión mediante argumentos impecables sin reconocer que debajo existe miedo, culpa, necesidad de aprobación o simplemente el deseo de tomar otro camino.
Los silencios no siempre esconden algo profundo, por supuesto; a veces una pausa es solamente una pausa. Lo que el teatro me recuerda es que necesitamos aprender a soportarla antes de llenarla inmediatamente con una interpretación.
Eso también ha sido un aprendizaje para mí.
Mi cabeza tiende a buscar respuestas y, cuando percibo que algo no encaja, quiero entenderlo. Esa curiosidad puede ser muy valiosa, aunque existe una diferencia entre observar y completar aquello que desconocemos con una historia propia.
En el escenario, una buena obra sabe dejar al público unos segundos dentro de la incertidumbre.
En la vida también necesitamos aprender a permanecer ahí algunas veces.
No todo silencio exige una respuesta inmediata.
El público ve cosas que el personaje todavía no sabe
Una de las particularidades del teatro es esa posibilidad de observar una historia desde fuera.
El espectador puede reconocer una contradicción antes que quien está viviendo la escena, comprender que un personaje está evitando algo o advertir que dos personas siguen hablando sin tocar aquello que realmente las separa.
Desde la butaca parece evidente.
Dentro de la escena, no tanto.
Algo parecido ocurre cuando miramos nuestra propia vida muchos años después.
Hoy puedo reconocer mecanismos que mientras los estaba viviendo me parecían simplemente normales. Puedo ver cuánto confundía responsabilidad con estar siempre disponible, cuántas veces postergaba el descanso esperando terminar primero todo lo pendiente y cómo algunas formas de fortaleza terminaron convirtiéndose en exigencias que yo misma reproducía.
Desde aquí parece más claro.
Entonces no lo era.
Por eso he aprendido a ser cuidadosa cuando juzgo decisiones anteriores desde la información que tengo ahora. El espectador conoce elementos que el personaje todavía no ha descubierto y nosotros hacemos algo parecido cuando revisamos el pasado: sabemos cómo terminó la historia y, sin querer, empezamos a creer que también deberíamos haberlo sabido mientras ocurría.
No es justo.
La mujer que tomó una decisión hace diez años no tenía todo aquello que yo aprendí después.
Podemos revisar su criterio.
Podemos reconocer errores.
Lo que no deberíamos hacer es exigirle retrospectivamente una información que todavía no existía.
Esta idea me ha permitido mirar algunas partes de mi historia con bastante más compasión, no para liberarme de responsabilidad, sino para evitar esa forma de perfeccionismo donde el presente se convierte en un juez omnisciente del pasado.
Ninguna función ocurre exactamente dos veces
El teatro tiene algo que otras formas narrativas no poseen de la misma manera: está ocurriendo delante de nosotros.
Puede existir un texto ensayado cientos de veces, una puesta en escena precisa y actores que conocen cada movimiento; aun así, esa función concreta no volverá a existir.
La respiración será distinta.
El público reaccionará de otra manera.
Una frase puede caer con una intensidad inesperada y algo que ayer funcionó perfectamente puede sentirse diferente hoy.
Me gusta esa fragilidad.
Hay una belleza especial en saber que algo fue preparado con enorme cuidado y, al mismo tiempo, aceptar que una parte permanecerá fuera del control.
Durante buena parte de mi vida habría intentado reducir al máximo ese margen.
Prepararme bien me entrega seguridad; investigar, anticipar escenarios y revisar posibilidades forma parte de mi manera natural de enfrentar cosas importantes. No quiero perderlo porque esa rigurosidad me ha servido muchísimo.
Lo que he tenido que aprender es que la preparación no garantiza el resultado.
Podemos haber hecho todo razonablemente bien y enfrentarnos a una variable que no habíamos considerado. Una conversación cuidadosamente pensada puede tomar otro rumbo, un proyecto puede encontrar una realidad distinta de la esperada y una relación puede cambiar aunque nuestra intención fuera conservarla.
La vida ocurre en vivo.
Y esa condición tiene consecuencias.
No podemos editar una conversación después de haberla tenido ni regresar a determinados momentos con la versión más experimentada de nosotros mismos; podemos reparar algunas cosas, pedir disculpas, cambiar una decisión o construir algo nuevo, pero no existe una segunda función idéntica donde podamos volver a ejecutar la misma escena sabiendo aquello que aprendimos la primera vez.
Quizás por eso el presente merece un poco más de atención de la que solemos darle.
Ensayar ayuda, aunque en algún momento hay que salir al escenario
Hay personas a las que la acción les resulta más difícil que la preparación.
En mi caso, muchas veces el análisis puede convertirse en una forma sofisticada de permanecer un poco más antes de decidir.
Una pregunta adicional.
Otra posibilidad que revisar.
Una última variable.
No siempre es perfeccionismo; hay decisiones que realmente necesitan tiempo y sería irresponsable apresurarlas. El problema aparece cuando la información dejó de modificar sustancialmente nuestra evaluación y seguimos buscando algo que en realidad no es información.
Estamos buscando certeza.
El teatro vuelve visible ese límite.
Se puede ensayar durante meses, pero llega una noche en que el público está sentado y la obra tiene que empezar. No existe un ensayo capaz de eliminar por completo la posibilidad de equivocarse frente a otros.
En la vida también llega ese momento.
Hay que enviar el texto.
Tomar la decisión.
Decir algo que llevamos demasiado tiempo preparando.
Empezar un proyecto aun sabiendo que la primera versión no será la definitiva.
Esta parte me ha costado especialmente porque mi exigencia puede hacerme creer que mejorar una preparación siempre mejora el resultado. No necesariamente.
Hay un punto a partir del cual la siguiente información solo puede provenir de la experiencia.
Y la experiencia empieza cuando dejamos de ensayar.
Hay personajes que permanecen demasiado tiempo dentro de una historia que ya terminó
Una obra sabe que debe terminar.
La vida no siempre ofrece una señal tan clara.
Hay relaciones, proyectos y etapas profesionales cuyo final no llega acompañado de una última escena perfectamente escrita; simplemente empiezan a perder sentido, mientras una parte de nosotros continúa intentando recuperar aquello que alguna vez fueron.
Nos cuesta aceptar esos finales porque solemos medir una historia por su duración.
Si algo fue importante, queremos que permanezca.
Cuando termina, aparece la tentación de pensar que quizá habíamos interpretado mal su valor.
Con el tiempo he aprendido que no funciona así.
Una relación puede haber sido profundamente significativa y terminar.
Un proyecto puede haber cumplido una función enorme en nuestra vida y dejar de representarnos.
Una persona puede haber pertenecido de manera muy importante a una etapa sin que eso garantice que estará en la siguiente.
El final no invalida necesariamente aquello que ocurrió antes.
Esta comprensión me ha ayudado mucho porque yo construyo vínculos profundos y no siempre me resulta sencillo aceptar que algunas cosas terminan sin que exista un culpable claro.
A veces la historia simplemente llegó hasta ahí.
El teatro no considera un fracaso que caiga el telón; forma parte de la estructura.
Quizás en la vida necesitemos aprender algo de esa capacidad para cerrar sin convertir cada final en una negación de todo aquello que lo precedió.
Algunas historias nos incomodan porque reconocemos algo propio
No todas las obras que permanecen en nosotros son aquellas que nos hacen sentir bien.
A veces ocurre exactamente lo contrario.
Un personaje toma una decisión que nos irrita de una manera particular y, con cierta distancia, empezamos a sospechar que la incomodidad no proviene únicamente de él. Reconocemos una actitud propia, una relación que no queremos mirar demasiado o una contradicción que resulta mucho más fácil identificar sobre un escenario que dentro de nuestra vida.
Creo que el arte tiene esa posibilidad extraordinaria.
Nos permite acercarnos indirectamente a cosas para las que quizá todavía no tenemos palabras.
Podemos observar una historia ajena con cierta seguridad y, precisamente desde esa distancia, descubrir algo propio.
No significa que cada obra deba convertirse en una sesión de introspección ni que exista siempre un gran mensaje esperando ser descifrado. A veces una historia puede ser simplemente bella, entretenida o conmovedora.
Lo interesante es que nunca sabemos qué traeremos nosotras a la sala.
El mismo texto puede producir efectos completamente distintos según la persona que lo observa y el momento de su vida en que lo encuentra.
Eso me fascina.
No recibimos una obra únicamente desde lo que ocurre en el escenario.
También la recibimos desde todo aquello que llevamos sentado con nosotros en la butaca.
Una misma escena cambia cuando cambia nuestra historia
Hay libros, canciones, películas y obras a las que podemos volver años después y descubrir algo que juraríamos que antes no estaba.
El texto no cambió.
Cambiamos nosotros.
Una frase que a los veinte años parecía secundaria puede adquirir un significado completamente distinto después de haber amado, perdido, criado, trabajado, fracasado o acompañado el envejecimiento de alguien a quien queremos.
Esta idea me emociona porque demuestra cuánto de nuestra mirada está construido por la vida que ya atravesamos.
Hoy no veo algunas historias de la misma manera que antes de perder a Kapú.
Hay escenas sobre ausencia, tiempo o despedida que ahora encuentran un lugar diferente en mí, no porque necesariamente sean más profundas que antes, sino porque existe una experiencia propia capaz de encontrarse con ellas.
Lo mismo ocurre con la maternidad, el liderazgo, la pérdida y todas aquellas cosas que una cree comprender intelectualmente hasta que la vida les entrega otra dimensión.
Por eso tampoco pienso que comprender una obra signifique encontrar su interpretación correcta.
Una buena historia puede acompañarnos de distintas maneras según cuándo lleguemos a ella.
Quizás las personas también seamos un poco así.
Hay partes de nosotros que solo conseguimos leer correctamente cuando hemos vivido suficiente para comprender el idioma en que estaban escritas.
En el teatro nadie puede controlar completamente la mirada del otro
Un actor puede prepararse, un director puede construir cuidadosamente una puesta en escena y quien escribió el texto puede haber tenido una intención muy clara; aun así, ninguna de esas personas puede decidir exactamente qué comprenderá cada espectador.
Esto me parece profundamente liberador.
Una vez que una obra llega al público, deja de pertenecer exclusivamente a quien la creó.
Algo parecido ocurre cuando hacemos visible cualquier parte de nosotros.
Podemos explicar una decisión, escribir un libro, expresar una opinión o contar nuestra historia con toda la honestidad posible y, aun así, alguien puede interpretarla desde un lugar que nunca imaginamos.
Durante mucho tiempo me importó muchísimo ser comprendida.
Todavía me importa.
Cuando existe una diferencia entre mi intención y aquello que otra persona recibió, mi tendencia natural es intentar explicar mejor; en muchas ocasiones corresponde hacerlo, especialmente si he herido a alguien o si una comunicación confusa puede corregirse.
Lo que estoy aprendiendo es el límite.
No puedo controlar completamente la interpretación ajena.
Puedo cuidar aquello que digo y ser responsable de mis actos, pero no puedo entrar a la cabeza de cada persona para asegurarme de que construya exactamente la lectura que yo esperaba.
Esto se vuelve especialmente relevante al escribir.
Hay una parte de mi historia que puedo contar con enorme precisión y otra persona la leerá inevitablemente desde la suya.
No es un error del proceso.
Es parte de él.
El escenario también necesita oscuridad
Hay algo profundamente hermoso en el instante anterior a que una obra comience.
La sala se oscurece y, durante unos segundos, nadie sabe exactamente qué encontrará.
La oscuridad no es todavía la obra, pero permite que la veamos.
Pienso bastante en esa imagen porque pasé muchos años tratando de iluminar demasiado rápido aquello que no comprendía.
Si existía una duda, buscaba resolverla; si algo me inquietaba, intentaba descubrir qué significaba. Esa disposición me ha permitido aprender muchísimo, aunque con el tiempo he tenido que aceptar que hay momentos de la vida que todavía no tienen una interpretación disponible.
No sabemos por qué algo terminó.
No sabemos qué haremos después de una pérdida.
A veces ni siquiera sabemos todavía qué queremos.
La incertidumbre puede sentirse como una falta de información que deberíamos solucionar, cuando quizá estamos simplemente en una parte de la historia que todavía necesita oscuridad.
Esto no significa quedarse inmóvil esperando revelaciones.
Podemos continuar viviendo, tomar decisiones pequeñas y buscar ayuda cuando la necesitamos sin exigirnos comprender inmediatamente el sentido completo de aquello que estamos atravesando.
Algunas respuestas llegan después.
Otras no llegan nunca.
Y quizás la madurez consista también en aprender que una vida puede seguir teniendo sentido aunque no consigamos explicar cada una de sus escenas.
La vida no tiene público de ensayo
Hay una frase que escuchamos de distintas maneras: vivir como si cada día fuera el último.
Nunca me ha resultado especialmente útil.
Si realmente creyéramos que hoy es nuestro último día, probablemente tomaríamos decisiones imposibles de sostener como forma cotidiana de vida. No podemos despedirnos permanentemente ni convertir cada momento en una experiencia extraordinaria.
La vida necesita también normalidad.
Lo que sí me enseña el teatro es algo más sobrio: esta función concreta no vuelve.
Puedo tener muchas otras conversaciones con alguien, pero esta conversación ocurrirá una sola vez. Habrá otros paseos, otras comidas y otras noches aparentemente iguales; ninguna será exactamente esta.
Después de la partida de Kapú comprendí esa verdad de una manera que preferiría no haber tenido que aprender.
Durante dieciséis años hubo miles de momentos cotidianos a los que nunca se me habría ocurrido otorgar un significado especial porque formaban parte de nuestra normalidad; cuando terminaron, comprendí que precisamente aquella repetición había sido una de las formas de nuestra felicidad.
No quiero vivir intentando convertir cada instante en memorable.
Quiero algo bastante más sencillo.
Estar un poco más dentro de aquello que está ocurriendo mientras ocurre.
Cuando cae el telón, lo importante no es haber interpretado una vida perfecta
Quizás la metáfora teatral tiene también un límite importante.
En una obra existe un texto.
En la vida, no.
Podemos intentar escribir algunas partes, planificar y tomar decisiones pensando en el futuro, aunque nunca tendremos control completo sobre los personajes que entrarán, aquello que perderemos o la cantidad de tiempo disponible.
Eso podría resultar aterrador.
También puede ser una forma de libertad.
Si no existe un libreto perfecto, entonces tampoco tenemos que vivir buscando permanentemente la manera correcta de ejecutar nuestra historia.
Podemos equivocarnos.
Cambiar una decisión.
Descubrir tarde algo importante.
Volver a empezar en una edad en la que pensábamos que determinadas cosas ya deberían estar resueltas.
Una vida humana no necesita una continuidad narrativa impecable para tener sentido.
La mía no la tiene.
Hay caminos que tomé y después dejé, certezas que cambiaron, versiones de mí que fueron necesarias durante un tiempo y maneras de comprender algunas experiencias que solo llegaron muchos años después.
Hoy no intentaría editar todas esas contradicciones.
Son parte de la historia.
Quizás por eso sigo encontrando algo profundamente humano en una obra de teatro: durante un tiempo limitado, personas imperfectas intentan comprender qué hacer con aquello que les está ocurriendo, mientras creen saber más de sí mismas de lo que realmente saben.
Nosotros hacemos algo parecido.
La diferencia es que no podemos leer las páginas siguientes.
Y quizá no necesitamos hacerlo.
Tal vez vivir consista, en buena medida, en entrar a escena con aquello que sabemos hoy, prestar suficiente atención a quienes están ahí con nosotros y aceptar que habrá partes que no saldrán como fueron ensayadas.
Después caerá el telón sobre esa etapa y comenzará otra.
Con suerte, habremos aprendido algo.
No necesariamente una moraleja ni una respuesta definitiva, sino una manera un poco más amplia de mirar aquello que viene.
Eso es lo que una buena obra puede hacer conmigo.
Durante algunas horas observo una historia que no es la mía y, cuando vuelvo a la calle, descubro que estoy pensando de otra manera en mi propia vida.
Aracely Cretier
Empresaria, comunicadora, autora y fundadora de Club de Perros y Gatos.
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La mirada de Aracely