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Desarrollo y bienestar
Mi abuela: la mujer que creyó en mí antes que yo
Mi abuela creyó en mí antes de que hubiera logros capaces de justificar esa confianza. Con los años entendí cuánto puede significar para una niña sentirse mirada desde la posibilidad y cómo algunas personas continúan acompañándonos mucho después de que aprendemos a caminar solas.
Muy pronto
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"Antes de que existieran los resultados, hubo alguien que creyó; durante un tiempo pude apoyarme en su confianza mientras aprendía a construir la mía."
Hay personas que llegan a nuestra vida cuando todavía no tenemos demasiadas pruebas de aquello que algún día podremos ser y, aun así, parecen ver algo antes que nosotros.
Mi abuela fue una de esas personas para mí.
Cuando pienso en su lugar dentro de mi historia, no intento reconstruir una escena perfecta ni encontrar una frase que explique por sí sola todo lo que significó. Lo que permanece es algo menos espectacular y, probablemente por eso, mucho más profundo: la sensación de haber sido mirada por alguien que confiaba en mí antes de que yo tuviera suficientes razones para hacerlo.
Aquella confianza llegó mucho antes de las empresas, de los cargos, de los proyectos y de todas esas cosas que después permiten construir una historia hacia atrás y hacer parecer lógico un camino que, mientras una lo está viviendo, casi nunca lo es.
Antes de los resultados estaba la posibilidad.
Y ella parecía verla.
Con los años he pensado mucho en lo extraordinario que puede resultar eso para una niña: que exista un adulto cuya mirada no esté concentrada únicamente en aquello que eres en ese momento, sino también en algo que todavía estás empezando a descubrir.
No sé cuánto de la mujer que soy nació de aquella confianza y tampoco quiero atribuirle retrospectivamente cada decisión que tomé. Nuestra identidad nunca proviene de una sola persona, por importante que haya sido; sin embargo, sí creo que algunas miradas dejan una marca tan temprana que terminamos llevándolas dentro mucho después de haber aprendido a caminar solas.
La de mi abuela fue una de ellas.
Ser vista antes de tener que demostrar
Hay una diferencia importante entre ser celebrada por aquello que conseguimos y sentir que alguien confía en nosotros cuando todavía no hemos conseguido gran cosa.
El reconocimiento que llega después del resultado tiene un fundamento visible. Hiciste algo, superaste una dificultad, construiste un proyecto y aparece entonces una razón concreta para que otros reconozcan aquello que eres capaz de hacer.
La confianza anterior funciona de otra manera.
No puede apoyarse completamente en pruebas porque las pruebas todavía no existen.
Quizás por eso tiene un efecto tan particular.
Cuando una persona adulta mira a una niña con la convicción de que puede llegar lejos, esa niña recibe algo que todavía no sabe producir sola: una primera imagen de sí misma que no nace del miedo ni de la comparación, sino de la posibilidad.
No significa que a partir de ahí una crezca segura.
Yo no lo hice.
Tuve dudas, inseguridades y etapas en las que me costó muchísimo reconocer mi propio valor; también pasé años sintiéndome diferente, intentando comprender partes de mí y aprendiendo a moverme dentro de un mundo que no siempre me resultaba fácil de interpretar.
La confianza de otra persona no elimina nada de eso.
Lo que puede hacer es dejar una referencia.
Incluso cuando una misma deja de verla, existe en algún lugar la memoria de haber sido mirada alguna vez desde un lugar diferente.
Creer en alguien no significa asegurarle que todo saldrá bien
Hoy, después de haber vivido suficiente, entiendo la confianza de una manera menos ingenua.
Creer en una persona no significa pensar que tendrá éxito en cada cosa que intente ni construir alrededor suyo una expectativa de excepcionalidad. Tampoco consiste en repetirle que puede conseguir cualquier cosa, porque la vida tiene límites, circunstancias y momentos en los que el esfuerzo no alcanza para producir aquello que queríamos.
La confianza que más me importa es otra.
Es aquella que dice, de muchas maneras posibles, que incluso frente a la dificultad existe algo dentro de ti con lo que podrás construir una respuesta.
Esa diferencia me parece enorme.
Una cosa es prometerle a alguien que nunca caerá; otra muy distinta es transmitirle que una caída no determina todo lo que podrá hacer después.
Creo que una parte importante de lo que recibí de mi abuela tuvo esa profundidad.
No una garantía sobre el futuro, sino una confianza en mí que, con el tiempo, tendría que aprender a convertir en propia.
Y quizás ahí está uno de los regalos más difíciles de dimensionar cuando somos niños: alguien puede prestarnos durante un tiempo una seguridad que todavía no sabemos construir.
Después nos corresponde hacer algo con ella.
Hay apoyos que no necesitan ocupar el centro de la historia
Cuando contamos nuestra vida muchos años después, tendemos a recordar los momentos de ruptura, las grandes decisiones y las personas cuya intervención cambió de manera evidente una dirección.
Sin embargo, una parte importante de aquello que somos se construye con influencias mucho más silenciosas.
Personas que estuvieron.
Que creyeron.
Que no necesitaron convertir su apoyo en una deuda.
Ese tipo de presencia puede pasar casi inadvertido mientras existe, precisamente porque no está intentando demostrar su importancia.
Con mi abuela pienso mucho en eso.
Hay afectos que no empujan.
Sostienen.
No deciden por ti ni necesitan que tu vida se parezca a aquello que imaginaron; simplemente dejan suficiente seguridad para que puedas empezar a averiguar quién eres.
Hoy valoro muchísimo esa forma de amor porque sé lo fácil que puede resultar confundir apoyo con dirección. Cuando queremos a alguien y creemos ver posibilidades en esa persona, aparece también la tentación de decirle qué debería hacer con ellas.
Son cosas distintas.
Ver capacidad en alguien no nos entrega el derecho a diseñar su vida.
Quizás la forma más generosa de confianza sea precisamente aquella que permanece incluso cuando el otro elige un camino que no habríamos escogido nosotros.
La confianza ajena no evita la inseguridad propia
Podría construir una historia mucho más ordenada y decir que haber tenido a una mujer que creyó tempranamente en mí me convirtió en una persona segura.
No sería verdad.
La seguridad llegó de maneras bastante más complicadas.
Hubo épocas en las que dudé profundamente de mis decisiones y otras en las que podía parecer muy firme hacia afuera mientras internamente estaba revisando cada escenario posible. La capacidad para actuar y la seguridad personal tampoco son exactamente lo mismo; una puede tomar decisiones difíciles, asumir responsabilidades enormes y continuar preguntándose después si hizo lo correcto.
Yo conozco bien esa contradicción.
Durante años fui desarrollando una confianza basada en hacer. Cada problema resuelto agregaba una evidencia nueva, cada dificultad atravesada demostraba que podía enfrentar otra y cada proyecto construido ampliaba un poco aquello que creía posible.
Sin embargo, la confianza que nace exclusivamente de los resultados tiene una fragilidad: cuando algo sale mal, también puede tambalearse.
Por eso, con el tiempo, he vuelto muchas veces a una idea más antigua.
Antes de demostrar nada, hubo alguien que creyó.
Esa memoria contiene una forma distinta de seguridad porque no depende del último resultado.
No dice: eres valiosa porque esto salió bien.
Dice algo más parecido a: hay algo en ti que merece confianza mientras todavía estás descubriendo qué hacer con ello.
Mi abuela pertenece también a una historia de mujeres
A medida que he crecido, he pensado de otra manera en las mujeres que estuvieron antes.
No solo en aquello que hicieron, sino en las circunstancias dentro de las cuales tuvieron que hacerlo.
Cada generación recibe un margen distinto para elegir.
Hay decisiones que hoy pueden parecernos naturales y que para una mujer de otra época tenían costos, expectativas o limitaciones diferentes; incluso la posibilidad de imaginar una vida propia ha estado históricamente condicionada por lo que una mujer podía estudiar, trabajar, decidir o construir sin tener que pedir permiso a otros.
Mirar hacia atrás desde el presente puede ser injusto si olvidamos ese contexto.
Por eso me interesa comprender a las mujeres de mi familia no solamente desde aquello que llegaron a hacer, sino también desde las posibilidades que tuvieron delante.
Mi abuela pertenece a esa genealogía.
Y quizá una de las cosas que más significado adquiere para mí con los años es que su confianza llegó desde una mujer que también había vivido dentro de las condiciones de su propio tiempo.
Hay algo profundamente poderoso en que una mujer pueda mirar a otra más joven y ampliar, en vez de estrechar, aquello que imagina posible para ella.
No necesitamos haber vivido las mismas oportunidades para desear que la siguiente generación tenga más.
A veces el progreso empieza justamente ahí.
No quiero idealizarla para agradecerle
Cuando alguien ha sido importante en nuestra historia existe la tentación de convertirlo, con el paso del tiempo, en una figura sin contradicciones.
No me interesa hacer eso.
El amor no necesita perfección para ser verdadero.
Las personas que nos forman también tienen su carácter, sus límites, su propia historia y formas de ver el mundo que pueden ser distintas de las nuestras. Podemos recibir algo extraordinariamente valioso de alguien sin que esa persona tenga que convertirse, por eso, en una versión idealizada dentro de nuestra memoria.
De hecho, creo que recordar de esa manera termina alejándonos de quienes amamos.
Una persona real es mucho más interesante que un monumento.
Mi gratitud hacia mi abuela no depende de construir una mujer perfecta, sino de reconocer aquello concreto que su presencia dejó en mí: una confianza temprana que tuvo valor precisamente porque provenía de alguien real, con su propia historia y su manera particular de querer.
Con los años he aprendido que podemos agradecer sin convertir.
Podemos mirar con amor y conservar también la complejidad.
Eso hace que la memoria respire.
Hubo un momento en que tuve que aprender a creer sin ella
Toda confianza recibida desde afuera tiene un límite inevitable: llega un momento en que necesitamos producirla internamente.
Nadie puede acompañarnos en cada decisión.
Hay etapas de la vida donde las personas que fueron nuestra referencia ya no están disponibles del mismo modo, y otras en las que simplemente enfrentamos algo que nadie puede decidir por nosotras.
Ahí aparece una pregunta bastante más difícil.
¿Qué hago cuando ya no tengo delante la mirada de quien creía en mí?
Creo que una parte importante de crecer consistió en aprender a responderla.
Durante años fui acumulando experiencia y descubriendo capacidades que mi abuela había intuido mucho antes de que yo pudiera demostrarlas. Aprendí que podía trabajar bajo presión, construir, tomar decisiones y recuperarme de algunas que no habían resultado como esperaba; también comprendí que mi fortaleza no significaba ausencia de miedo y que ser independiente no implicaba dejar de necesitar afecto o apoyo.
La confianza dejó entonces de ser una certeza sobre lo que ocurriría.
Se convirtió en algo más profundo: saber que podría seguir siendo yo incluso si una decisión terminaba mal.
Llegar a ese punto tomó muchísimo más que repetirme frases positivas.
Necesitó vida.
También intenté ofrecer a otros aquello que recibí
No siempre somos conscientes de cuánto reproducimos ciertas formas de amor hasta que nos encontramos ocupando un lugar parecido al de quienes las tuvieron con nosotros.
Ser madre me hizo pensar muchas veces en eso.
También liderar personas.
Existe una enorme diferencia entre confiar en alguien y exigirle que cumpla con la imagen que construimos de esa persona; como adulta he tenido que aprenderla porque creer en las capacidades de alguien puede transformarse, sin querer, en una presión enorme si esa confianza viene acompañada de una expectativa demasiado específica.
No quiero que alguien sienta que debe llegar a determinado lugar para justificar que creí en él.
Prefiero que esa confianza funcione de otra manera.
Como espacio.
Como posibilidad.
Como la certeza de que un error no borra todo lo demás.
Esa intención no significa que siempre lo consiga. Soy exigente, especialmente cuando sé que una persona puede desarrollar más de aquello que está mostrando, y he tenido que revisar muchas veces la frontera entre acompañar un crecimiento y empujarlo desde mi propia medida.
Quizás ahí vuelve a aparecer mi abuela.
Porque aquello que hoy recuerdo de su confianza no es una presión por convertirme en alguien.
Es haber sentido que ya existía algo en mí que valía la pena mirar.
Las personas que creen en nosotros también modifican la medida con que después miramos el mundo
Una de las consecuencias menos evidentes de haber recibido confianza es que, con el tiempo, empezamos a reconocer la importancia de entregarla.
He visto personas cambiar muchísimo cuando alguien les permite asumir una responsabilidad real.
También he visto lo contrario: personas capaces que empiezan a dudar de cada movimiento después de haber pasado demasiado tiempo en lugares donde cada error parecía confirmar que no estaban preparadas.
La mirada de los demás no define por completo quiénes somos, pero sería ingenuo afirmar que no influye.
Especialmente cuando somos jóvenes.
Una frase repetida puede convertirse en una voz interior; lo mismo ocurre con la confianza.
Por eso intento ser cuidadosa con aquello que digo cuando estoy en una posición de autoridad. Una observación puede ser necesaria y un error debe poder señalarse, pero corregir algo no debería exigir que una persona salga de la conversación sintiendo que ella completa está equivocada.
Esta sensibilidad probablemente tiene muchas fuentes.
Una de ellas, creo, está en haber conocido el efecto contrario.
Sé lo que significa que alguien vea posibilidades en ti antes de que tú misma consigas verlas.
El éxito no explica retrospectivamente la confianza
Existe una forma muy cómoda de contar estas historias cuando la persona finalmente construye algo: decir que quien creyó en ella “tenía razón”.
La frase es bonita.
También me parece incompleta.
Mi abuela no tendría menos razón si mi vida hubiera tomado otra dirección.
Su confianza no adquirió valor porque después fundé empresas, asumí determinados cargos o hice cosas que podrían considerarse logros. Si la interpretara de esa manera, terminaría convirtiendo precisamente aquello que más valoro en una apuesta cuyo mérito depende del resultado.
No quiero hacerlo.
Lo importante fue que creyó en mí cuando el futuro todavía estaba abierto.
Esa confianza habría seguido siendo un regalo aunque mi historia hubiese sido distinta.
Comprenderlo me ayuda también a separar mi valor de la necesidad de demostrar constantemente que aquella mirada estuvo justificada.
No tengo que seguir consiguiendo cosas para pagar una deuda con la niña en la que alguien creyó.
Puedo simplemente agradecer.
Esa libertad llegó bastante después.
A veces una comprende tarde lo que recibió temprano
La infancia tiene una manera curiosa de normalizar aquello que la rodea.
No pensamos demasiado en las personas que están siempre porque forman parte del mundo tal como lo conocemos. Solo con los años, cuando empezamos a comparar experiencias y a comprender cuánto de nuestra estructura interna se construyó en esas relaciones, algunas presencias adquieren una dimensión diferente.
Me pasa con mi abuela.
Hay cosas que entendí mucho después.
El valor de que alguien confíe.
La importancia de sentirse mirada.
La seguridad que puede ofrecer una presencia que no necesita explicar constantemente por qué está de nuestro lado.
Cuando somos pequeños podemos recibir todo eso sin saber que estamos recibiendo algo excepcional.
Después la vida nos muestra cuánto importa.
Y aparece una gratitud distinta, menos infantil y más consciente, que contiene también algo de tristeza porque muchas veces comprendemos completamente ciertos regalos cuando ya no podemos volver al momento en que fueron entregados.
Quizás por eso escribir sobre quienes estuvieron antes tiene algo de conversación pendiente.
No porque exista necesariamente algo que no dijimos, sino porque la persona que podría agradecer hoy ya no es exactamente la misma que recibió aquello entonces.
La mujer entiende cosas que la niña no podía entender.
Lo que quedó de su mirada
He tenido suficientes experiencias como para saber que una vida no se sostiene únicamente con la confianza de otro.
Hay que trabajar.
Elegir.
Equivocarse.
Volver a decidir.
Aceptar que algunas cosas no resultarán y que habrá momentos en que ninguna persona podrá garantizarnos que estamos tomando el camino correcto.
Todo eso lo aprendí después.
Pero incluso dentro de esa autonomía existe una huella anterior.
Cuando necesito recordar quién soy fuera de los resultados, pienso en las personas que me conocieron antes de que existieran todos esos resultados.
Mi abuela está ahí.
No porque supiera exactamente en quién me convertiría.
Probablemente yo tampoco lo sé todavía.
Está porque me ofreció algo mucho más valioso que una predicción: una mirada capaz de reconocer posibilidades sin exigir primero una demostración.
Hay una parte de mí que aprendió después a hacer eso sola.
Otra parte todavía agradece haber tenido un primer ejemplo.
Hoy sé que creer en una misma no significa sentirse segura permanentemente; significa poder avanzar aun cuando esa seguridad se mueve, sosteniendo una convicción más profunda que no desaparece cada vez que algo sale mal.
Llegar a esa forma de confianza me tomó años.
Mi abuela, de alguna manera, había empezado a enseñármela mucho antes.
No mediante una lección que yo pudiera recordar palabra por palabra, sino a través de algo que terminó siendo más duradero que cualquier frase.
Su manera de mirarme.
Quizás por eso, cuando pienso en ella, no necesito preguntarme exactamente qué vio.
Me basta saber que lo vio antes que yo.
Y que, gracias a esa mirada, hubo un tiempo en que pude apoyarme en su confianza mientras aprendía lentamente a construir la mía.
Aracely Cretier
Empresaria, comunicadora, autora y fundadora de Club de Perros y Gatos.
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Este contenido tiene fines informativos y no reemplaza la evaluación de un médico veterinario. Cada animal necesita una revisión profesional individual.
La mirada de Aracely