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Cultura, viajes y experiencias
Viajar también es una forma de conocerse
Con los años entendí que viajar no consiste solamente en conocer otros lugares. Cambiar de escenario también puede revelar nuestra relación con el control, el tiempo, la soledad, la curiosidad y muchas de esas preferencias que la rutina vuelve difíciles de distinguir.
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“Viajar no me permitió escapar de quien era; me dio suficiente distancia para reconocer algunas partes de mí que la costumbre había vuelto invisibles.”
Siempre me ha gustado viajar, aunque con los años fui comprendiendo que lo que busco cuando llego a un lugar nuevo ha cambiado tanto como yo. Hubo una época en que el viaje estaba asociado principalmente a descubrir: conocer una ciudad, ver aquello que tantas veces había visto en fotografías, caminar por calles cuyos nombres hasta entonces solo pertenecían a un mapa y sentir esa mezcla de entusiasmo y extrañeza que aparece cuando todo alrededor obliga a prestar atención.
Después empezó a ocurrirme algo diferente.
Seguía interesándome profundamente el lugar que tenía delante, pero comencé a observar también a la persona que yo era dentro de él. Lejos de las rutinas, de los espacios conocidos y de todas esas pequeñas referencias que organizan nuestra vida cotidiana sin que siquiera las notemos, aparecían reacciones mías que en casa podían quedar ocultas detrás de la costumbre. Descubría qué necesitaba cuando nadie conocía mis horarios, cuánto me importaba tener momentos de silencio, cómo reaccionaba cuando algo no salía según lo previsto y qué cosas podían fascinarme aunque no tuvieran ninguna relación con aquello que originalmente había ido a buscar.
Por eso viajar terminó significando para mí mucho más que trasladarme.
No creo que haya que ir lejos para encontrarse ni pienso que una persona vuelva transformada de cada avión que toma; sería convertir el viaje en una promesa que no necesita cumplir. Hay viajes maravillosos que simplemente nos hacen felices, otros que cansan, algunos que decepcionan y unos pocos que permanecen durante años porque, además de mostrarnos otro lugar, consiguieron mover algo dentro de nosotros.
Lo que aprendí es que **salir de lo conocido modifica temporalmente el escenario y, cuando el escenario cambia, a veces podemos ver con mayor claridad aquello que llevábamos con nosotros todo el tiempo**.
Lejos de casa desaparecen muchas de las referencias que nos explican
En nuestra vida cotidiana ocupamos lugares bastante definidos.
Hay personas que saben quiénes somos, trabajos donde existe una historia anterior a nuestra llegada cada mañana, responsabilidades que nadie necesita explicarnos y relaciones en las que nuestro papel se ha construido durante años. Incluso la ciudad participa de esa familiaridad: sabemos cómo movernos, qué lugares evitar, cuánto puede demorar un trayecto y qué pequeñas decisiones resolvemos prácticamente sin pensar.
Viajar interrumpe una parte de esa estructura.
De pronto nadie sabe quién eres.
A la persona que atiende en un hotel no le importa tu cargo, el proyecto que estás desarrollando ni aquello que resolviste la semana anterior; eres simplemente otra viajera intentando comprender una dirección, pedir algo en otro idioma o averiguar cómo llegar a un lugar que nunca has visto.
Siempre me ha gustado esa pequeña pérdida de importancia.
No porque quiera escapar de aquello que soy, sino porque existe algo profundamente saludable en comprobar que la identidad puede descansar un poco de todos los roles que ocupa habitualmente.
Seguimos siendo la misma persona, por supuesto, pero algunas capas pierden volumen.
Y ahí pueden aparecer otras.
La curiosa.
La que observa.
La que entra a un lugar sin saber qué esperar.
La que tiene que preguntar.
No necesito convertir esas versiones en una enumeración de identidades distintas porque todas pertenecen a la misma mujer; lo interesante es comprobar cuánto cambia la proporción entre ellas cuando la vida cotidiana deja de organizar cada hora.
La forma en que viajamos también cuenta algo sobre nosotros
Durante mucho tiempo pensé que las preferencias al viajar eran cuestiones bastante prácticas: a algunas personas les gusta planificar y otras improvisan, algunas prefieren moverse todo el día y otras necesitan más descanso. Con los años entendí que detrás de esas diferencias suelen aparecer maneras mucho más profundas de relacionarnos con el control, la incertidumbre y el tiempo.
Yo necesito cierta estructura.
Me gusta saber dónde estoy, entender aquello que voy a hacer y llegar a un lugar con información suficiente para no depender completamente de la improvisación. Esa forma de organizarme me entrega tranquilidad y me permite aprovechar mejor muchas experiencias, aunque viajar también me ha obligado a aceptar algo que conozco perfectamente en otros ámbitos de mi vida: ninguna planificación consigue negociar con toda la realidad.
Un vuelo cambia.
Algo está cerrado.
El clima altera un plan.
Aquello que parecía imprescindible en el itinerario termina siendo mucho menos interesante de lo esperado y, en cambio, una calle por la que pasamos sin intención de encontrar nada se convierte en uno de los recuerdos más queridos.
Antes podía sentir cierta frustración cuando un plan se desordenaba; ahora intento dejarle más espacio a esa parte imprevisible, no porque haya dejado de organizarme, sino porque descubrí que un viaje demasiado rígido puede terminar haciéndonos recorrer un lugar sin realmente entrar en él.
A veces necesitamos levantar la mirada del itinerario.
Esa idea me ha servido también al volver.
Viajar me mostró cuánto necesito momentos que no estén llenos
Hay personas que disfrutan un viaje aprovechando cada hora disponible, y entiendo perfectamente esa lógica cuando el tiempo es limitado y llegar hasta determinado lugar ha requerido una inversión importante. Yo misma puedo entusiasmarme y querer verlo todo; sin embargo, con los años aprendí que mi experiencia mejora cuando existe algún espacio entre una cosa y la siguiente.
Necesito caminar sin que cada paso tenga un destino.
Sentarme.
Mirar.
Dejar que un lugar se vuelva un poco menos extraordinario para poder empezar a observarlo de verdad.
No siempre entendí esa necesidad. Durante algunas etapas podía organizar los días con la misma lógica con que organizaba el trabajo, pensando que aprovechar significaba hacer la mayor cantidad posible de cosas; terminaba con una colección de experiencias y un cansancio que hacía difícil distinguir unas de otras.
Después comprendí que recordar un viaje no depende necesariamente de cuánto vimos.
Hay ciudades de las que puedo conservar con enorme claridad una escena que jamás habría aparecido en una guía, mientras otros lugares considerados imprescindibles quedaron reducidos a una fotografía y poco más. No porque no fueran extraordinarios, sino porque estar delante de algo importante no garantiza automáticamente que estemos realmente presentes.
La atención también necesita tiempo.
Y yo necesitaba dejar de tratar el descanso como una interrupción del viaje.
Estar en otro lugar permite escuchar mejor algunas preferencias propias
Hay una libertad particular cuando nadie alrededor espera que reaccionemos de determinada manera.
Podemos descubrir que un lugar famoso no nos conmueve demasiado y que, en cambio, algo aparentemente secundario nos fascina; podemos cansarnos antes de lo previsto o querer permanecer mucho más tiempo en un sitio que no ocupaba un lugar especial dentro del plan.
Ese tipo de experiencias me enseñó a confiar más en el gusto propio.
Parece una cosa pequeña, aunque no siempre lo es.
Vivimos rodeados de referencias sobre aquello que deberíamos disfrutar, admirar o considerar importante. Esto ocurre con los viajes, pero también con el arte, la música, la comida y prácticamente cualquier experiencia cultural; algunas opiniones llegan con tal autoridad que podemos sentir casi la obligación de emocionarnos correctamente.
Yo he ido aprendiendo a no hacerlo.
Puedo reconocer el valor histórico o artístico de algo y aceptar que no produjo en mí una emoción especial. También puedo sentirme profundamente atraída por un lugar del que nadie me había hablado.
No necesito convertir mi experiencia en una evaluación universal.
Decir “esto no fue para mí” es muy distinto de afirmar que aquello carece de valor.
Esa distinción me ha vuelto una viajera más libre y, probablemente, también una persona menos interesada en ordenar el mundo según aquello que yo prefiero.
Viajar sola y viajar acompañada no me muestran las mismas cosas
He vivido experiencias de ambas maneras y no siento la necesidad de declarar una mejor que la otra.
Viajar acompañada puede ser precioso porque la memoria se construye entre personas. Años después basta una referencia mínima para que alguien recuerde una escena que quizá una misma había olvidado, y existen momentos cuya alegría se amplifica precisamente porque podemos girarnos y encontrar al lado a una persona que está viendo lo mismo.
La compañía, sin embargo, también exige acuerdos.
Los ritmos son diferentes.
Aquello que para una persona resulta irresistible puede producir bastante indiferencia en la otra; alguien necesita descansar cuando tú todavía quieres caminar y, si la convivencia no tiene suficiente flexibilidad, un viaje que debería acercar puede empezar a mostrar tensiones que en la rutina eran mucho más fáciles de administrar.
No considero eso necesariamente negativo.
Viajar con alguien puede revelar mucho sobre una relación porque obliga a negociar permanentemente pequeñas decisiones en un contexto donde ambos están fuera de sus hábitos.
Viajar sola tiene otra textura.
La decisión puede ser completamente propia y existe una atención distinta sobre el entorno porque no estamos conversando permanentemente con alguien conocido. Al mismo tiempo, no tenemos a quién entregar algunas pequeñas responsabilidades que en compañía se distribuyen casi sin notarlo; tenemos que orientarnos, preguntar y resolver aquello que ocurra.
He disfrutado esa autonomía.
También he aprendido que hacer cosas sola no necesita convertirse en una demostración de independencia. Hay experiencias que quiero compartir y otras que puedo vivir perfectamente sin compañía; la libertad, para mí, está justamente en no necesitar transformar ninguna de las dos opciones en una declaración sobre quién soy.
Lo desconocido también revela nuestra relación con el miedo
Hay una parte de cada viaje que exige confianza.
No hablo de ser imprudente ni de esa idea romántica de lanzarse a lo desconocido sin preparación, porque siempre he valorado informarme y entender los riesgos reales de un lugar. Me refiero a una incertidumbre mucho más cotidiana: aceptar que durante un tiempo no sabremos exactamente cómo funciona todo.
Ese estado puede ser incómodo.
En casa poseemos una cantidad enorme de conocimiento implícito que solo advertimos cuando desaparece. Sabemos cómo pedir determinadas cosas, cómo leer las reacciones de los demás y qué conductas son normales dentro de nuestro contexto; en otro país podemos sentirnos menos competentes simplemente porque parte de ese conocimiento deja de servir.
A mí esa experiencia me ha hecho bien.
Recordar lo que significa no saber obliga a cierta humildad.
También devuelve perspectiva sobre la facilidad con que podemos juzgar a alguien que se está moviendo dentro de códigos que no domina. Cuando somos nosotros quienes tardamos en entender una indicación o necesitamos observar qué hacen los demás antes de actuar, la sensación de competencia permanente pierde un poco de importancia.
No todo tiene que saberse inmediatamente.
Esa frase, que parece tan simple, me costó bastante aprender en otras áreas de mi vida.
Viajar me la recordó muchas veces sin necesidad de explicármela.
Algunos viajes empiezan mucho antes de subir al avión
Hay lugares que deseamos conocer durante años.
Los hemos visto en películas, leído sobre ellos o imaginado a partir de historias de otras personas, de modo que cuando finalmente llegamos llevamos con nosotros una versión previa que ya ocupa bastante espacio.
Esa expectativa puede ser maravillosa, aunque también puede impedirnos mirar.
Si estamos demasiado concentrados en encontrar aquello que imaginábamos, corremos el riesgo de decepcionarnos porque la realidad no se parece a la fotografía o, en el extremo contrario, de forzarnos a sentir que una experiencia fue extraordinaria simplemente porque llevábamos demasiado tiempo esperando vivirla.
He aprendido a aceptar esa diferencia.
El lugar real no tiene ninguna obligación con mi imaginación.
Puede ser más hermoso.
Puede ser menos impresionante.
Puede mostrarme algo completamente distinto de aquello que fui a buscar.
En algunos de mis viajes más significativos ocurrió precisamente eso: el recuerdo que terminó acompañándome no fue siempre aquel que había anticipado antes de partir.
Esa posibilidad me encanta.
Significa que todavía podemos sorprendernos.
Los lugares no nos transforman solos
A veces se habla de viajar como si bastara cambiar de país para convertirse en otra persona.
No lo creo.
Podemos recorrer medio mundo llevando exactamente las mismas certezas, los mismos prejuicios y la misma incapacidad para observar aquello que contradice nuestras ideas. Viajar ofrece una posibilidad, pero necesita una cierta disposición para que esa experiencia consiga mover algo.
También podemos aprender muchísimo sin salir de nuestra ciudad.
Por eso nunca he querido utilizar los viajes como una medida de apertura mental ni como una especie de credencial cultural. Tener la posibilidad de conocer otros lugares es un privilegio que agradezco, no una prueba de superioridad.
Lo valioso empieza cuando aquello que vimos continúa haciéndonos preguntas después.
Una cultura diferente puede obligarnos a revisar una costumbre propia.
Una conversación puede poner en duda algo que dábamos por sentado.
La manera en que otra sociedad resuelve un problema puede enseñarnos una alternativa, aunque también podemos regresar comprendiendo que determinada práctica de nuestro propio país tenía un valor que nunca habíamos reconocido.
El viaje más interesante no es necesariamente el que confirma que todo afuera es mejor.
Es aquel que vuelve más compleja nuestra mirada.
Hay viajes que nos devuelven a nuestra historia
Conocer algo nuevo también puede producir recuerdos inesperados.
Un olor puede llevarnos a la infancia.
Una comida a alguien que ya no está.
Una ciudad desconocida puede despertar una sensación extrañamente familiar y hacernos pensar en un lugar completamente distinto.
Siempre me ha interesado esa capacidad de la memoria para relacionar cosas que, desde afuera, no tienen conexión evidente.
Quizás porque viajamos con todo aquello que fuimos.
Podemos dejar temporalmente la casa, el trabajo y las rutinas, pero llevamos la historia dentro. El lugar nuevo no la borra; a veces precisamente la vuelve más visible.
Eso me ha ocurrido en momentos que no podría haber planificado.
Estar lejos puede hacer que una persona aparezca con una claridad inesperada en el recuerdo o que echemos de menos algo cotidiano que en casa apenas registrábamos.
La distancia cambia la escala.
Y, de pronto, aquello que parecía pequeño adquiere otra importancia.
También aprendí a observar cómo vuelvo
Me interesa mucho el regreso.
Después de días o semanas en otro lugar, entrar nuevamente a los espacios conocidos produce una sensación particular. Todo está prácticamente igual y, sin embargo, una llega con referencias nuevas.
Algunas veces el viaje confirma cuánto necesitábamos nuestra casa.
Otras deja una inquietud.
Hay hábitos que regresan cómodamente y otros que, después de haber vivido de otra manera durante un tiempo, empiezan a sentirse menos inevitables.
Me gusta prestar atención a esas pequeñas incomodidades.
No porque toda experiencia deba producir un cambio inmediato, sino porque pueden revelar algo que no habíamos notado antes de irnos.
Quizá echamos menos de menos una rutina de lo que esperábamos.
Tal vez descubrimos cuánto necesitamos determinados vínculos o comprendemos que una forma de organizar nuestros días estaba dejando demasiado poco espacio para algo que nos hace bien.
El regreso permite medir no solamente qué extrañamos estando lejos, sino qué dejamos de extrañar.
Esa información puede ser muy valiosa.
A medida que he cambiado, también cambió aquello que busco
No viajo ahora como habría viajado a los veinte años.
Sería extraño que lo hiciera.
Tengo otra historia, una relación diferente con el cansancio y una conciencia mucho mayor de cuánto necesito determinados espacios para disfrutar realmente una experiencia. También miro el tiempo de otra manera porque he vivido pérdidas que modificaron la sensación de permanencia con la que antes podía observar ciertas cosas.
Eso no significa que cada viaje se haya vuelto solemne.
Todo lo contrario.
Creo que precisamente porque conozco mejor el valor del tiempo quiero conservar también la capacidad de disfrutar sin convertir cada experiencia en una lección.
Puedo reírme.
Comer algo que me encanta.
Caminar sin hacer una reflexión sobre el sentido de la vida.
No quiero que la conciencia de que el tiempo es limitado convierta la vida en una obligación de producir recuerdos memorables.
Sería otra forma de ansiedad.
Me interesa algo más simple: estar suficientemente presente para que, si un momento resulta importante, yo haya estado realmente ahí.
Viajar me enseñó que no necesito gustar de todos los lugares para respetarlos
Esta idea parece evidente y, sin embargo, me ha resultado cada vez más importante.
Un lugar puede ser extraordinario y no despertar en mí el deseo de volver.
Otro puede tener problemas evidentes y, aun así, generar una conexión difícil de explicar.
Nuestro vínculo con una ciudad no es una auditoría objetiva.
Está atravesado por el momento en que llegamos, las personas que encontramos, el clima, aquello que esperábamos y hasta el estado emocional con el que viajábamos.
Por eso he dejado de intentar convertir cada experiencia personal en un juicio sobre el lugar.
Esto me ha enseñado también algo sobre las personas.
No conectar con alguien no significa que esa persona tenga que estar equivocada.
A veces simplemente existen ritmos, sensibilidades y maneras de habitar el mundo que no encuentran un espacio común.
Podemos respetar sin necesitar pertenecer.
Viajar vuelve muy visible esa posibilidad.
Hay lugares a los que no necesito volver físicamente para seguir regresando
Algunos viajes terminan cuando regresamos a casa y, con el tiempo, quedan convertidos en una experiencia agradable que recordamos de vez en cuando.
Otros continúan.
Una imagen regresa años después.
Una conversación cobra sentido mucho más tarde.
Cierta decisión tomada en aquel momento parece distinta cuando descubrimos todo lo que ocurrió después.
Eso hace que un viaje pueda seguir modificándose en la memoria.
No creo que recordemos de manera completamente fiel; inevitablemente reconstruimos, seleccionamos y otorgamos importancia a detalles que quizá en el momento pasaron casi inadvertidos. Lo que permanece no es un registro exacto, sino la relación actual que tenemos con aquello que vivimos.
Por eso también quiero escribir sobre algunos lugares de manera separada.
Hay experiencias que merecen un espacio propio porque no quiero reducirlas a ejemplos dentro de una reflexión general. La Gran Muralla, ciertas montañas, Asia y otros sitios que dejaron algo particular en mí pertenecen a historias que necesitan su propio ritmo.
Este artículo habla de otra cosa.
De aquello que todos esos viajes, juntos, fueron enseñándome acerca de mí.
No siempre encontré lo que fui a buscar
Quizás esa sea una de las razones por las que sigo queriendo viajar.
Puedo organizar una ruta y saber qué quiero conocer, pero existe una parte que nunca podré programar.
No sé cuál será la escena que recordaré años después.
Qué conversación terminará importándome.
Qué lugar me producirá una emoción inesperada o cuál de aquellos que esperaba con entusiasmo dejará una impresión mucho más pequeña.
Esa incertidumbre me gusta.
En otros ámbitos de mi vida he necesitado aprender a convivir con aquello que no puedo controlar; viajar me ha permitido practicarlo desde un lugar muchas veces más amable, donde lo inesperado no siempre representa una amenaza y puede convertirse simplemente en una sorpresa.
Quizás por eso me sigue fascinando salir.
No para escapar de mi vida.
Quiero mi casa, mis afectos y esa sensación de regresar a un lugar que conozco.
Salgo porque, durante un tiempo, el mundo recupera una dimensión que la rutina puede volver invisible. Tengo que mirar nuevamente, preguntar, comparar, equivocarme de referencia y recordar que mi forma de hacer las cosas es solamente una entre muchas.
Y en medio de todo eso suele aparecer algo de mí.
Viajar no me permitió escapar de quien era; me ayudó a verla desde otra distancia
Hubo una época en que pensaba que conocerse era principalmente mirar hacia adentro.
Ahora creo que también necesitamos contraste.
Es difícil reconocer algunas características propias cuando nunca han sido puestas frente a algo diferente. Solo cuando cambia el contexto advertimos cuántas de nuestras decisiones eran costumbre, cuáles eran realmente preferencia y qué necesidades continúan apareciendo aunque todo alrededor sea nuevo.
Yo sigo necesitando silencio aunque esté en una ciudad extraordinaria.
Sigo observando.
Me sigue interesando comprender cómo funcionan las cosas y puedo entusiasmarme frente a una historia que jamás había escuchado. También sé que necesito alguna estructura, aunque ya no quiera controlar cada hora, y que disfruto profundamente de la posibilidad de estar sola sin que eso signifique estar aislada.
Muchas de esas cosas ya estaban en mí antes de viajar.
El viaje no las creó.
Las hizo visibles.
Quizás por eso digo que viajar también es una forma de conocerse, aunque no porque exista una versión secreta de nosotros esperando al otro lado del mundo.
La persona que encontramos sigue siendo la misma.
Solo que está lejos de sus referencias habituales y, por un momento, puede observarse sin tantas cosas alrededor diciéndole quién se supone que debe ser.
He vuelto de viajes con fotografías, recuerdos y esa alegría particular de haber conocido algo que antes solo podía imaginar; algunas veces también regresé con una pregunta que no sabía que necesitaba hacerme.
Esas preguntas son, probablemente, lo que más agradezco.
Porque los lugares quedan atrás.
Nosotras volvemos.
Y cuando un viaje ha sido realmente importante, el lugar al que regresamos puede ser exactamente el mismo, aunque la mujer que cruza nuevamente la puerta ya lo mire desde unos centímetros más lejos de aquello que antes consideraba inevitable.
Aracely Cretier
Empresaria, comunicadora, autora y fundadora de Club de Perros y Gatos.
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La mirada de Aracely