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Desarrollo y bienestar

Alta sensibilidad: cuando sentir demasiado tiene sentido

Por años interpreté mi sensibilidad como una falta de fortaleza. Con el tiempo comprendí que sentir intensamente también exige aprender límites, distinguir lo propio de lo ajeno y dejar de convertir cada emoción en una razón para juzgarse.

Muy pronto

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"No quiero sentir menos para que la vida me resulte más fácil; quiero aprender a sentir sin desaparecer dentro de aquello que siento."

Hubo una época en que pensé que sentir menos habría hecho mi vida más fácil.

No porque quisiera convertirme en una persona indiferente, sino porque muchas veces tuve la impresión de que ciertas cosas me afectaban más de lo que parecían afectar a quienes estaban a mi alrededor. Una palabra podía quedarse conmigo mucho después de que la conversación había terminado; percibía tensiones que nadie mencionaba, notaba cambios de ánimo casi antes de que fueran evidentes y había situaciones que otras personas parecían dejar atrás con una facilidad que yo no encontraba.

Esa intensidad no siempre resultaba cómoda.

A veces era hermosa. Me permitía emocionarme profundamente, vincularme con los animales de una manera difícil de explicar, conmoverme con una historia, una canción, una injusticia o un gesto que para alguien más podía parecer pequeño. También me entregaba una capacidad de observación que después fue importante en mi vida profesional; podía percibir matices, leer ambientes y comprender que detrás de una reacción había muchas veces algo más que aquello que se estaba diciendo.

Pero esa misma sensibilidad tenía un reverso.

Cuando algo dolía, podía doler mucho. Cuando un ambiente estaba cargado, me costaba actuar como si no ocurriera nada; si alguien cercano estaba mal, una parte de mí parecía quedarse pendiente de aquello incluso aunque la otra persona no quisiera hablar. Y cuando se acumulaban demasiados estímulos, emociones, conversaciones o demandas, necesitaba retirarme para recuperar un equilibrio que durante años no supe defender sin culpa.

Durante mucho tiempo —y esta vez la expresión importa porque describe una etapa de mi vida, no una fórmula— interpreté todo eso como una falta de fortaleza.

Hoy lo miro de otra manera.

No porque haya decidido que sentir intensamente es siempre una ventaja ni porque quiera convertir la sensibilidad en una virtud romántica. Hay momentos en que pesa, cansa y exige aprender límites que a otras personas quizá les resultan menos necesarios; lo que cambió fue mi manera de entenderla.

Dejé de preguntarme por qué no conseguía endurecerme y empecé a preguntarme qué podía aprender de una forma de percibir el mundo que, para bien y para mal, siempre había estado conmigo.

Cuando “eres demasiado sensible” empieza a convertirse en una definición

Hay frases que pueden parecer inocentes hasta que se repiten suficientes veces.

“Te lo tomas todo muy a pecho.”

“No era para tanto.”

“Eres demasiado sensible.”

Escucharlas alguna vez no necesariamente significa nada; escucharlas en distintos momentos de una vida puede terminar construyendo una conclusión bastante más profunda: si algo me afecta y a los demás no, probablemente el problema está en mi reacción.

Así empecé a desconfiar de ciertas emociones.

Antes de preguntarme por qué algo me había dolido, me preguntaba si tenía derecho a sentirlo. Si una situación me incomodaba, intentaba determinar primero si aquello era suficientemente importante como para justificar mi reacción; muchas veces terminé discutiendo conmigo misma antes incluso de decidir qué pensaba sobre lo ocurrido.

Esa vigilancia interior desgasta.

Porque una emoción no desaparece simplemente porque la consideremos inconveniente. Podemos callarla, racionalizarla o intentar convencer a otros —y a nosotras mismas— de que no importa; aun así, aquello que sentimos sigue buscando alguna forma de expresarse.

A mí me tomó tiempo comprender que reconocer una emoción no significa obedecerla.

Puedo sentir algo intensamente y después decidir qué hacer con ello.

Puedo estar herida y, una vez que la intensidad baja, descubrir que interpreté mal una situación; también puedo sentir una incomodidad que parecía excesiva y comprender después que estaba señalando un límite que había ignorado demasiado tiempo.

La sensibilidad no me garantiza tener razón.

Me entrega información.

Y aprender a distinguir una cosa de la otra cambió profundamente mi relación conmigo misma.

Percibir mucho también puede cansar

Hay ambientes que para algunas personas son simplemente ruidosos y para otras parecen estar ocurriendo todos al mismo tiempo.

Conversaciones cruzadas, música, teléfonos, movimientos, luces, interrupciones, preguntas y una cantidad de estímulos que por separado quizá no significan demasiado; cuando se acumulan, pueden producir un agotamiento difícil de explicar a alguien que no lo experimenta de la misma manera.

Yo podía funcionar perfectamente dentro de esos espacios.

Esa fue, probablemente, una de las razones por las que tardé en comprender cuánto me costaban.

Participaba, conversaba, trabajaba y hacía lo que correspondía; el cansancio aparecía después, cuando finalmente podía estar sola y sentía una necesidad casi física de silencio.

No siempre entendía por qué.

Me parecía contradictorio poder desenvolverme bien y, al mismo tiempo, necesitar recuperarme tanto. Con el tiempo he aprendido que la capacidad de sostener una situación no dice necesariamente cuánto esfuerzo estamos haciendo para sostenerla.

Ese matiz fue importante.

Me permitió dejar de medir mis límites exclusivamente por aquello que todavía soy capaz de hacer.

Podemos continuar cuando ya estamos cansadas.

Podemos sonreír, responder y mantener una conversación incluso cuando una parte de nosotras necesita retirarse; hacerlo demuestra adaptación, no necesariamente bienestar.

Comprenderlo me ayudó también a ser más cuidadosa con las pausas.

No esperar siempre a estar completamente agotada para reconocer que necesito silencio.

Aprendí a leer habitaciones antes que a leerme a mí misma

Creo que una parte de mi sensibilidad se manifestó durante años como una enorme atención hacia afuera.

Entraba a un lugar y percibía rápidamente si algo estaba tenso, quién estaba incómodo o cuándo una conversación tenía un tono distinto del que mostraban las palabras. No siempre podía explicar qué había observado; era una suma de gestos, silencios, cambios en la voz o detalles tan pequeños que muchas veces parecían no justificar la conclusión.

Esa capacidad puede ser útil.

En el trabajo me ayudó a comprender equipos, reuniones, clientes y situaciones en las que lo importante no siempre estaba siendo dicho de manera explícita. También hizo que me interesara mucho aquello que ocurre debajo de la primera respuesta, porque rara vez creo que una persona pueda resumirse completamente en la frase que acaba de pronunciar.

El problema fue que me acostumbré tanto a leer a otros que muchas veces me costaba aplicar la misma atención hacia mí.

Podía detectar rápidamente el cansancio de alguien y tardar horas en aceptar el mío; entendía que una persona necesitaba espacio y, sin embargo, me reprochaba necesitarlo yo.

Esa contradicción hoy me resulta evidente.

Entonces no lo era.

Quizás una parte de madurar haya consistido justamente en dejar de utilizar la sensibilidad únicamente para comprender lo que ocurre alrededor y empezar a dirigir una parte de esa observación hacia adentro.

¿Qué estoy sintiendo?

¿De dónde viene?

¿Necesito hacer algo o simplemente necesito dejar que pase?

¿Esto pertenece realmente a mí o estoy absorbiendo algo que ocurre alrededor?

No siempre tengo una respuesta inmediata.

Ya no necesito tenerla.

No todo lo que percibo me pertenece

Este aprendizaje fue especialmente importante.

Cuando una es sensible a los estados emocionales de otras personas puede aparecer una tendencia a asumir responsabilidades que no corresponden.

Si alguien está incómodo, queremos aliviarlo. Si una persona cercana parece triste, buscamos comprender; cuando existe tensión, podemos sentir casi automáticamente la necesidad de hacer algo para que desaparezca.

Con los años tuve que aprender que percibir una emoción ajena no significa que tenga que resolverla.

Parece obvio escrito así.

Vivido es bastante más complejo.

Hay personas que necesitan tiempo, otras que no quieren hablar y situaciones que simplemente no están bajo nuestro control. Podemos acompañar sin convertirnos en responsables del estado emocional de quienes tenemos alrededor.

Eso me costó especialmente en roles donde efectivamente tenía responsabilidad sobre otras personas.

Como madre.

Como líder.

Como empresaria.

Ahí la frontera puede volverse confusa porque sí existen cosas de las que una debe hacerse cargo; sin embargo, tampoco en esos lugares somos responsables de eliminar cada frustración, tristeza, enojo o incomodidad.

Acompañar no es evitar que el otro sienta.

Y cuidar tampoco significa impedir toda experiencia difícil.

Comprenderlo me permitió aliviar una carga que durante mucho tiempo ni siquiera había reconocido como carga.

Endurecerme nunca fue una solución demasiado buena

Hubo momentos en los que pensé que necesitaba aprender a ser más dura.

La lógica parecía razonable. Si ciertas cosas me afectaban demasiado, quizás la solución era dejar de permitirlo; desarrollar una capa más gruesa, no involucrarme tanto y aprender a que las opiniones, los conflictos o las decepciones me resbalaran con mayor facilidad.

Intenté hacerlo de distintas maneras.

Funcionaba durante un tiempo.

El problema era que la coraza no tenía demasiada capacidad para elegir qué dejaba afuera.

Cuando intentaba sentir menos aquello que dolía, también empezaba a alejarme de cosas que valoraba profundamente. La empatía, la capacidad de conmoverme, el cariño por los animales, el interés genuino por las historias de otras personas y esa intensidad con la que puedo involucrarme en aquello que considero importante pertenecen al mismo territorio.

No podía apagar una parte sin modificar también las demás.

Eso no significa vivir completamente expuesta.

He necesitado aprender límites y todavía los estoy aprendiendo; la diferencia está en que hoy no intento conseguirlos volviéndome indiferente.

Un límite no exige dejar de sentir.

Exige reconocer hasta dónde puedo acompañar sin abandonarme a mí misma.

En el liderazgo, la sensibilidad puede ser una fortaleza y también un riesgo

Conducir equipos siendo una persona sensible tiene particularidades que he ido comprendiendo con los años.

Me importa cómo están las personas.

No puedo mirar una decisión únicamente desde la estructura si sé que tendrá consecuencias humanas importantes; me interesa escuchar, entender qué ocurre detrás de un desempeño y reconocer cuándo alguien atraviesa una etapa que puede estar afectando su trabajo.

Esa mirada me ha ayudado.

También he tenido que aprender que una empresa no puede dirigirse intentando evitar que cada decisión produzca incomodidad.

Hay conversaciones que necesitan ocurrir.

Hay estándares que deben cumplirse.

Hay momentos en los que el afecto no puede convertirse en la única variable para decidir.

Encontrar ese equilibrio ha sido difícil porque mi primera reacción muchas veces es comprender.

Hoy sé que comprender no obliga necesariamente a conceder.

Puedo entender perfectamente por qué alguien actuó de cierta forma y, aun así, considerar que necesita hacerse responsable de aquello que ocurrió; puedo empatizar con una situación personal y, al mismo tiempo, reconocer que existe una organización que también necesita funcionar.

La sensibilidad me ayuda a no olvidar que hay una persona delante.

El criterio me recuerda que no puedo abandonar todo lo demás por esa razón.

Necesito ambos.

La sensibilidad y los animales siempre estuvieron relacionadas en mi historia

Probablemente una de las razones por las que los animales han tenido un lugar tan importante en mi vida esté relacionada con esta manera de sentir.

No necesito construir una explicación perfecta.

Simplemente sé que desde muy temprano me afectaron profundamente su vulnerabilidad, la dependencia que tienen de nuestras decisiones y esa imposibilidad de explicarnos con palabras aquello que necesitan.

Observar se vuelve entonces esencial.

Un animal no puede decirnos exactamente qué le duele, qué cambió o por qué determinada situación lo inquieta; tenemos que mirar, conocerlo, reconocer variaciones y aprender a respetar formas de comunicación que no pasan por nuestro lenguaje.

Esa relación siempre me resultó natural.

Con Kapú ocurrió de una manera especialmente profunda.

Nos conocimos a través de años de convivencia, hasta desarrollar códigos que podían parecer insignificantes para cualquiera que estuviera mirando desde afuera y que para nosotros tenían un significado preciso. Yo reconocía sus cambios; él parecía reconocer muchos de los míos.

No necesito decir que comprendía todo lo que me ocurría.

Sería atribuirle algo que no puedo saber.

Me basta con recordar que su manera de estar conmigo no necesitaba explicaciones.

En los momentos en que el mundo se sentía demasiado lleno, su compañía era una presencia que no agregaba ruido.

Eso tuvo un valor enorme.

Sentir intensamente también vuelve más dolorosa la injusticia

Hay cosas frente a las que nunca conseguí desarrollar demasiado desapego.

La injusticia es una de ellas.

Me cuesta observar determinadas situaciones y simplemente asumir que “así son las cosas”. Cuando algo me parece profundamente injusto, mi reacción puede ser intensa y durante años eso me llevó a involucrarme en temas que quizá habría sido más cómodo mirar desde lejos.

No siempre esa intensidad fue bien recibida.

Hay personas que interpretan el compromiso emocional como falta de objetividad; otras consideran que una reacción fuerte frente a algo demuestra que no estamos pensando racionalmente.

Mi experiencia me enseñó algo diferente.

Puedo sentir con mucha intensidad y analizar al mismo tiempo.

De hecho, algunas de las cosas que más profundamente he pensado comenzaron porque algo primero me incomodó.

La emoción puede abrir una pregunta.

Después necesitamos trabajarla.

Investigar.

Escuchar.

Aceptar también la posibilidad de estar equivocadas.

Lo importante es no confundir la intensidad inicial con una conclusión definitiva.

Ese proceso me ha ayudado a utilizar mejor una sensibilidad que antes simplemente me desbordaba.

La otra cara de sentir mucho es necesitar recuperarse

Hay personas capaces de pasar rápidamente de una experiencia intensa a la siguiente.

Yo necesito transiciones.

Después de determinados eventos, reuniones o situaciones emocionales, agradezco tener un espacio para volver a mí. No necesariamente necesito analizar lo ocurrido; muchas veces basta con silencio, estar en mi casa, compartir con mis animales o hacer algo que disminuya la cantidad de estímulos.

Antes veía esa necesidad como una especie de debilidad logística.

¿Por qué no podía simplemente continuar?

Hoy sé que intentar funcionar ignorándola no me vuelve más eficiente. Solo posterga el cansancio.

Eso también ha modificado mi manera de organizarme.

No siempre puedo elegir.

Hay días en que las responsabilidades vienen una detrás de otra y no existe la posibilidad real de retirarse cada vez que una quisiera; aun así, reconocer que voy a necesitar recuperar energía me permite al menos no interpretar después ese agotamiento como un fracaso.

Conocer nuestros ritmos no significa construir una vida donde nada nos incomode.

Significa dejar de sorprendernos cada vez que nuestro cuerpo o nuestra cabeza responden de una manera que ya conocemos.

La sensibilidad no me vuelve buena por definición

Me importa especialmente decir esto.

Existe una tendencia a romantizar la sensibilidad y asociarla automáticamente con empatía, bondad o profundidad.

No creo que funcione así.

Sentir intensamente no nos convierte en mejores personas.

Podemos ser sensibles y reaccionar mal.

Podemos percibir mucho y equivocarnos en la interpretación.

Podemos utilizar nuestra propia sensibilidad para exigir que todos se acomoden a nosotros, del mismo modo que alguien menos sensible puede ser extraordinariamente empático y cuidadoso.

La sensibilidad es una característica.

Lo que hacemos con ella pertenece a otro ámbito.

Esa distinción me ayudó a dejar de moverme entre dos extremos igualmente incómodos: considerarla un defecto que debía corregir o transformarla en una virtud que explicaba todo lo bueno de mí.

No es ninguna de las dos cosas.

Es parte de mi manera de experimentar el mundo.

A veces me ayuda.

Otras me complica.

Y muchas veces hace ambas cosas al mismo tiempo.

Comprenderla también cambió mi relación con la culpa

Una de las transformaciones más importantes ocurrió cuando dejé de sentir que tenía que disculparme por cada límite.

Necesitar silencio no significa rechazar a quienes están conmigo.

Alejarme de una situación muy intensa durante un rato tampoco significa que no me importe.

No responder inmediatamente a todo no me vuelve indiferente.

Estas ideas parecen pequeñas, pero tocaron una culpa muy antigua.

La de no poder estar siempre disponible.

La de cansarme.

La de necesitar recuperarme a solas.

La de no tener energía para una conversación justo cuando otra persona quería tenerla.

He aprendido que respetar mis límites no me autoriza a tratar mal a nadie. Si necesito espacio, puedo decirlo; si una situación me supera, puedo retirarme sin convertir al otro en culpable de lo que me ocurre.

Ese aprendizaje es bastante más útil que obligarme a permanecer hasta terminar completamente agotada.

La culpa no me hacía más considerada.

Solo me hacía más cansada.

La niña que sintió demasiado sigue estando ahí

Hay partes de nuestra personalidad que una puede reconocer hacia atrás con una claridad que no tenía mientras las estaba viviendo.

Cuando pienso en la niña que fui, entiendo mejor algunas cosas.

Su intensidad.

Su manera de involucrarse.

La profundidad con que podía afectarle una situación que los adultos quizá consideraban pequeña.

No quiero reconstruir retrospectivamente cada recuerdo para que encaje en una explicación actual; sería injusto con la complejidad de una infancia que tuvo muchas capas.

Sí puedo mirar a esa niña con más ternura.

Probablemente pasó demasiado tiempo creyendo que necesitaba aprender a ser menos.

Menos intensa.

Menos afectada.

Menos susceptible a aquello que ocurría alrededor.

Hoy no le diría eso.

Le enseñaría algo que yo misma todavía estoy aprendiendo: sentir profundamente no significa que todo aquello que sientes sea una verdad, pero tampoco significa que debas avergonzarte por sentirlo.

Hay una enorme libertad en esa diferencia.

No quiero sentir menos; quiero vivir mejor con lo que siento

Este es, quizás, el cambio más importante.

Ya no aspiro a convertirme en una persona a la que las cosas afecten poco.

Hay días en que todavía me gustaría tener un interruptor, especialmente cuando algo duele o cuando siento que mi cabeza y mis emociones llevan demasiado tiempo procesando lo mismo; aun así, no querría pagar el precio de apagar también aquello que me permite disfrutar con tanta intensidad.

Me gusta emocionarme.

Me gusta que una canción pueda llevarme a otro lugar.

Me importa seguir sintiendo una enorme ternura frente a los animales, conmoverme con las personas y no acostumbrarme completamente a ciertas injusticias.

Lo que necesito no es eliminar eso.

Necesito cuidarlo.

Aprender qué me pertenece y qué no, reconocer cuándo una emoción necesita ser escuchada y cuándo simplemente necesita tiempo para bajar; elegir mejor dónde pongo mi energía y aceptar que no todas las personas van a entender una manera de sentir que no se parece a la suya.

Tampoco tienen que hacerlo.

Durante mucho tiempo busqué cierta validación externa para algunas de mis necesidades porque yo misma todavía no confiaba completamente en ellas; hoy entiendo que puedo explicarlas, pero no necesito convencer a todos.

La sensibilidad dejó de ser para mí una pregunta sobre cómo volverme más dura.

Se convirtió en una pregunta bastante más interesante: cómo permanecer abierta al mundo sin permitir que todo lo que ocurre dentro de él entre en mí sin límite.

Todavía estoy encontrando esa respuesta.

Tal vez nunca sea definitiva.

Lo importante es que ya no parto desde la idea de que sentir demasiado significa necesariamente que algo está mal.

A veces significa simplemente que necesito escuchar con mayor cuidado aquello que siento, darle un lugar proporcionado y decidir después qué merece quedarse conmigo.

No quiero vivir anestesiada para sufrir menos.

Quiero aprender a sentir sin desaparecer dentro de lo que siento.

Aracely Cretier

Empresaria, comunicadora, autora y fundadora de Club de Perros y Gatos.

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Este contenido tiene fines informativos y no reemplaza la evaluación de un médico veterinario. Cada animal necesita una revisión profesional individual.

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