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Desarrollo y bienestar
Altas capacidades: el diagnóstico que no cambió quién era
Durante años interpreté mi necesidad de silencio, mis pausas y mi agotamiento social como defectos que debía corregir. El diagnóstico de altas capacidades no cambió quién era; me permitió comprender algunas partes de mi historia sin mirarlas siempre desde la culpa.
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Durante años intenté corregir aquello que no entendía de mí; comprenderlo no cambió quién era, pero sí la forma en que aprendí a mirarme.
Durante muchos años pensé que había algo en mí que debía aprender a corregir.
No sabría decir exactamente cuándo comenzó esa sensación. Probablemente estuvo ahí desde mucho antes de que pudiera ponerle palabras. Era la impresión persistente de funcionar de una manera diferente; de sentir demasiado algunas cosas, de pensar demasiado otras y, sobre todo, de necesitar espacios que las personas de mi entorno parecían no necesitar.
Durante mucho tiempo lo interpreté como un defecto de carácter.
Me culpaba por cansarme cuando había demasiadas personas alrededor, por necesitar silencio después de estar mucho tiempo conversando, por querer retirarme antes que los demás o por sentir un alivio enorme cuando finalmente podía cerrar una puerta y quedarme sola.
Hubo personas que interpretaron eso como distancia. Algunas probablemente pensaron que era poco sociable; otras, que era maleducada.
Y durante años pensé que quizá tenían razón.
Porque cuando una forma de estar en el mundo parece natural para quienes te rodean y tú no consigues sostenerla con la misma facilidad, es muy sencillo llegar a la conclusión de que el problema está en ti.
No sabía entonces que una de las cosas más difíciles de sentirse diferente no es necesariamente la diferencia misma.
Es pasar años intentando parecerse a los demás para que esa diferencia no incomode.
La culpa de necesitar estar sola
Hay una escena que se repitió muchas veces en mi vida.
Había visitas en casa, conversaciones, gente entrando y saliendo, ruido, preguntas, risas, distintas conversaciones ocurriendo al mismo tiempo. Podía estar contenta de que esas personas estuvieran ahí y quererlas profundamente; aun así, después de un rato, comenzaba a sentir que necesitaba apartarme.
No era rechazo.
No estaba enojada.
Tampoco quería que se fueran.
Simplemente necesitaba unos minutos sola.
A veces me iba a mi dormitorio. Otras veces buscaba cualquier pequeño espacio donde pudiera bajar el volumen de lo que estaba ocurriendo afuera y, de alguna manera, también de lo que estaba ocurriendo dentro de mí.
Para otras personas aquello podía ser incomprensible.
¿Cómo podía retirarme si había invitados? ¿Cómo podía querer estar sola justo cuando se suponía que debíamos compartir? ¿Por qué no podía seguir conversando como todos los demás?
Yo tampoco sabía responderlo.
Y cuando no puedes explicar una necesidad que los demás consideran extraña, empiezas a pedir disculpas incluso antes de ejercerla.
Aprendí a quedarme más tiempo del que quería, a continuar conversaciones cuando ya estaba agotada y a intentar disimular la necesidad de silencio. Muchas veces logré hacerlo; el costo aparecía después, cuando finalmente estaba sola y sentía que no me quedaba energía para nada más.
Durante años llamé a eso cansancio.
Hoy sé que era algo bastante más complejo.
Sentirse un bicho raro
Hay experiencias que no parecen suficientemente importantes cuando ocurren de manera aislada.
Una conversación en la que entendiste algo antes que los demás. Una pregunta que hiciste y que fue recibida como demasiado intensa. Una necesidad de profundizar cuando el resto ya había cambiado de tema. Una sensibilidad que te hizo percibir detalles que otros parecían no notar.
Ninguna de esas cosas, por sí sola, explica una vida.
Pero cuando se acumulan durante décadas pueden construir una sensación muy particular: la de ser permanentemente un poco extranjera en lugares a los que, en teoría, perteneces.
Yo muchas veces me sentí un bicho raro.
No necesariamente porque estuviera sola. He estado rodeada de personas durante gran parte de mi vida, he construido empresas, he liderado equipos, he trabajado en ambientes exigentes y he tenido una vida pública que difícilmente podría describirse como aislada.
La soledad de la que hablo es otra.
Es la que aparece cuando sientes que la forma en que procesas el mundo necesita una traducción permanente para que los demás puedan entenderla.
Durante mucho tiempo traté de hacer esa traducción sin saber siquiera que la estaba haciendo.
Me preguntaba por qué ciertas injusticias me afectaban tanto; por qué podía involucrarme profundamente en determinados proyectos y, al mismo tiempo, sentirme completamente agotada después de situaciones sociales aparentemente sencillas. Me costaba comprender cómo podía tener tanta energía para algunas cosas y necesitar retirarme de otras que, desde afuera, parecían mucho menos exigentes.
Esa contradicción también me generó culpa.
Porque la conclusión fácil era pensar que elegía.
Si podía trabajar durante horas, resolver problemas difíciles, levantar proyectos o enfrentar situaciones complejas, ¿cómo podía después decir que una reunión social me había dejado exhausta?
Parecía incoherente.
Para mí no lo era.
Solo que todavía no tenía un marco para comprenderlo.
Kapú nunca necesitó que se lo explicara
Y después estaba Kapú.
Hay cosas que me cuesta escribir sobre él todavía, porque su ausencia sigue teniendo una forma demasiado presente.
Kapú me acompañó durante una parte enorme de mi vida y hubo algo entre nosotros que nunca necesitó demasiadas explicaciones.
Él sabía.
Cuando había visitas y la noche comenzaba a alargarse, podía llegar un momento en que Kapú empezaba a ladrarme. No era cualquier ladrido; yo conocía perfectamente lo que significaba.
Nos teníamos que ir a acostar.
Era como si hubiese decidido que ya habíamos cumplido nuestra cuota social y que había llegado el momento de retirarnos.
Y yo le hacía caso.
Muchas veces esa pequeña escena me salvó de tener que justificarme.
No era yo diciendo que estaba cansada o que necesitaba irme; era Kapú reclamando su rutina, recordándome que ya era hora de terminar el día.
Él se convertía, sin saberlo, en mi cómplice.
Hoy, cuando pienso en aquello, me emociona comprender que durante años tuve al lado a alguien que respetaba mis ritmos sin pedirme explicaciones. Los animales tienen esa capacidad extraordinaria de acompañarnos sin intentar corregir aquello que no comprenden.
Kapú nunca pensó que era maleducada porque necesitara silencio.
Nunca interpretó mi necesidad de retirarme como una ofensa.
Simplemente se iba conmigo.
Y quizás por eso su compañía fue siempre un lugar tan seguro.
Con él no necesitaba traducirme.
El diagnóstico llegó mucho después
Cuando finalmente recibí un diagnóstico de altas capacidades, no sentí que hubiera descubierto una nueva persona.
Seguía siendo exactamente la misma.
No había aparecido de repente una explicación mágica para cada decisión de mi vida, ni creo que un diagnóstico deba convertirse en una respuesta universal para todo lo que somos.
Pero sí ocurrió algo importante.
Muchas piezas que durante años había mirado por separado comenzaron a relacionarse.
La intensidad con la que podía involucrarme en determinadas cosas, la rapidez de algunos procesos de pensamiento, la necesidad de comprender en profundidad, la sensibilidad, el agotamiento que me producían ciertos contextos y esa necesidad casi física de recuperar espacios de silencio dejaron de parecer características aisladas de una personalidad difícil de explicar.
Por primera vez pude mirarlas sin partir desde la culpa.
Eso fue probablemente lo más significativo.
No necesitaba utilizar un diagnóstico como excusa para mi comportamiento; necesitaba dejar de utilizar mi comportamiento como prueba de que había algo malo en mí.
Hay una diferencia enorme entre ambas cosas.
Comprenderse no significa dejar de hacerse responsable.
Significa comenzar a relacionarse con uno mismo desde un lugar más justo.
También aprendí cuánto esfuerzo había puesto en adaptarme
Una de las cosas que más me impresionó al mirar hacia atrás fue reconocer la cantidad de energía que había utilizado intentando funcionar como se esperaba.
Adaptarse es parte de vivir con otras personas. Todos lo hacemos. Convivir requiere generosidad, consideración y, muchas veces, salir de nuestras propias preferencias para encontrarnos con las de otros.
El problema aparece cuando adaptarse deja de ser un movimiento ocasional y se convierte en una forma permanente de ocultarse.
Yo había aprendido a permanecer en espacios aun cuando estaba agotada, a disimular determinadas incomodidades y a sentir vergüenza cuando necesitaba retirarme.
Había construido explicaciones para no parecer extraña.
Y también había aprendido a juzgarme antes de que alguien más pudiera hacerlo.
Eso, con el tiempo, pesa.
Porque no existe descanso verdadero si incluso cuando estás sola sigues evaluando si tienes derecho a necesitar esa soledad.
El diagnóstico no eliminó automáticamente ese hábito.
Pero me permitió empezar a cuestionarlo.
Entenderme no significó aislarme
Quiero decir esto porque podría ser fácil interpretar todo lo anterior como una reivindicación de encerrarse o evitar a los demás.
No lo es.
Me gustan las personas. He construido gran parte de mi vida trabajando con ellas, escuchándolas, liderando equipos, comunicando, creando comunidades y haciendo proyectos que dependen profundamente de los vínculos humanos.
También disfruto una buena conversación y puedo pasar horas cuando existe interés, profundidad y conexión.
Lo que cambió fue entender que disfrutar de las personas y necesitar descanso social no son ideas contradictorias.
Puedo querer compartir y, después, querer estar sola.
Puedo estar feliz de recibir a alguien en mi casa y, algunas horas más tarde, necesitar silencio.
Puedo disfrutar un evento, una entrevista o una reunión y sentir luego que necesito recuperar energía antes de volver a estar disponible.
Antes trataba de decidir cuál de esas dos versiones era la verdadera.
Hoy sé que ambas lo son.
Hay alivios que llegan tarde y aun así llegan a tiempo
A veces me pregunto cómo habría sido mi vida si hubiera entendido algunas de estas cosas antes.
Quizás me habría sentido menos culpable.
Tal vez habría aprendido a poner ciertos límites sin tener que inventar explicaciones. Habría entendido antes que descansar no siempre significa dormir y que, para algunas personas, una pausa puede consistir simplemente en dejar de recibir estímulos durante un rato.
También habría sido más compasiva conmigo misma.
Pero no puedo reescribir esos años desde lo que sé ahora.
Y tampoco quiero convertir mi historia en una larga búsqueda de aquello que habría podido ser diferente.
Prefiero utilizar lo que hoy comprendo para vivir de otra manera lo que todavía tengo por delante.
Eso incluye aprender a escuchar mis propios límites antes de llegar al agotamiento, permitir que existan pausas sin sentir que tengo que justificarlas y aceptar que algunas personas quizá nunca comprenderán completamente determinadas necesidades.
No necesito que todo el mundo las comprenda.
Necesito empezar por respetarlas yo.
También cambió mi manera de mirar a los demás
Comprender algo propio inevitablemente modifica la manera en que uno observa a otras personas.
Hoy intento ser mucho más cuidadosa antes de interpretar determinados comportamientos.
Alguien que se retira puede estar agotado, no molesto. Una persona que necesita silencio puede seguir disfrutando profundamente de nuestra compañía. Quien no participa de todas las actividades quizás no está rechazando al grupo; simplemente está intentando regular aquello que puede sostener.
No conocemos todo lo que ocurre dentro de los demás.
Yo viví muchos años viendo cómo algunas de mis necesidades eran interpretadas desde afuera sin que nadie pudiera sentir lo que ocurría dentro de mí.
Probablemente yo también hice interpretaciones equivocadas sobre otras personas.
Entenderme me ha hecho un poco más prudente al juzgar.
Y eso quizás sea una de las partes más valiosas de todo este proceso.
El diagnóstico no cambió quién era
Esta es, finalmente, la idea que más me importa.
Recibir un diagnóstico de altas capacidades no convirtió mi historia anterior en otra historia.
No cambió las decisiones que tomé, no borró los errores, no explicó cada dificultad ni transformó automáticamente aquello que durante años me había costado comprender.
Tampoco necesitaba hacerlo.
Lo que me entregó fue un lenguaje.
Una manera de mirar determinadas experiencias sin recurrir inmediatamente al reproche.
Me permitió volver sobre la niña, la mujer, la empresaria, la madre y la persona que había sido durante tantos años y preguntarme si quizás algunas cosas que había considerado defectos necesitaban una lectura diferente.
No una lectura complaciente.
Una lectura más completa.
Y, sobre todo, me permitió perdonarme un poco.
Perdonarme por haber necesitado irme antes.
Por haber cerrado una puerta alguna vez cuando había personas afuera.
Por haber deseado silencio.
Por haber sentido un cansancio que otros no comprendían.
Por haber sido esa persona que, aun rodeada de gente, a veces necesitaba retirarse para volver a encontrarse consigo misma.
Y mientras escribo esto pienso inevitablemente en Kapú.
En ese ladrido suyo que tantas veces parecía decirme que ya era suficiente por ese día.
En nosotros dos yéndonos a acostar mientras la vida continuaba afuera.
Hoy entiendo que quizá durante mucho tiempo él hizo algo que yo todavía no sabía hacer por mí misma.
Me dio permiso para irme.
Y ahora que él ya no está para ladrarme cuando llega la hora, estoy aprendiendo lentamente a escuchar esa señal dentro de mí.
No para apartarme del mundo.
Sino para poder volver a él siendo yo.
Aracely Cretier
Empresaria, comunicadora, autora y fundadora de Club de Perros y Gatos.
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Este contenido tiene fines informativos; no reemplaza la evaluación de un médico o psicólogo
La mirada de Aracely
Si alguna vez sentiste que eras “demasiado”
Quizás no eres demasiado.
Quizás simplemente nadie te explicó cómo funciona tu mente.
Y cuando eso sucede, la diferencia deja de percibirse como un defecto.
Empieza a convertirse en una forma distinta de habitar el mundo.