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Desarrollo y bienestar
Aprender a volver a vivir
Después de mucho tiempo concentrada en resolver, sostener y seguir adelante, tuve que aprender algo diferente: volver a desear, disfrutar, estar presente y aceptar que la vida no comienza cuando finalmente desaparecen los problemas.
Muy pronto
·

"Volver a vivir no fue regresar a quien era antes; fue dejar de esperar a que todo estuviera resuelto para permitirme estar plenamente en lo que todavía estaba aquí."
Hay momentos en que seguir adelante parece suficiente. Una se levanta, cumple, resuelve lo urgente y consigue llegar al final del día; desde afuera, la vida continúa y muchas veces incluso parece avanzar. Por dentro puede estar ocurriendo algo bastante distinto: toda la energía está puesta en sostener, mientras aquello que alguna vez despertaba curiosidad, entusiasmo o deseo va quedando silenciosamente relegado.
Yo conocí esa forma de vivir.
No podría señalar un día exacto en que empezó ni otro en que terminó, porque estas cosas rara vez ocurren de manera tan ordenada. Hubo períodos exigentes, responsabilidades asumidas muy temprano, decisiones que no podían esperar, trabajo, pérdidas y etapas en las que mi principal objetivo era simplemente conseguir que aquello que dependía de mí siguiera funcionando.
Me acostumbré a responder.
Lo hice tan bien que por bastante tiempo confundí funcionamiento con bienestar.
Podía trabajar, tomar decisiones, preocuparme por otros y seguir construyendo; lo que no siempre sabía era cuánto espacio quedaba para preguntarme qué quería yo cuando no había una necesidad inmediata reclamando mi atención.
Esa pregunta parece sencilla hasta que una ha vivido demasiado tiempo respondiendo otras.
¿Qué necesito resolver?
¿Quién depende de mí?
¿Qué falta?
¿Qué puede salir mal?
Esas preguntas tienen respuestas concretas. En cambio, preguntarse qué deseo, qué disfruto o cómo quiero vivir cuando ya no estoy intentando salvar nada puede abrir un silencio mucho más incómodo.
Ahí empezó para mí otro aprendizaje: sobrevivir me había enseñado a avanzar; volver a vivir iba a exigir que aprendiera nuevamente a sentir deseo por aquello hacia lo que avanzaba.
Cuando la vida deja de ser una urgencia y una no sabe muy bien qué hacer con eso
Existe una forma de seguridad dentro de la urgencia.
Puede parecer extraño, porque las épocas difíciles son agotadoras, pero también organizan las prioridades con mucha claridad. Hay un problema y debe resolverse; alguien necesita algo y corresponde responder. No hay demasiado espacio para preguntarse qué sentimos frente a cada cosa porque la acción ocupa casi todo.
Cuando la presión disminuye, aparece algo diferente.
Espacio.
Y el espacio no siempre se siente inmediatamente como libertad.
A veces se siente como desconcierto.
Recuerdo haber pensado en determinadas etapas que, cuando finalmente las cosas estuvieran un poco más tranquilas, iba a descansar, disfrutar y hacer todo aquello que había postergado; sin embargo, cuando aparecía una pausa, mi cabeza encontraba rápidamente una nueva tarea, una preocupación o un proyecto donde poner la atención.
No sabía estar quieta demasiado tiempo.
Más que eso: no sabía muy bien quién era dentro de esa quietud.
Había construido una identidad alrededor de hacerme cargo, resolver y continuar. Cuando nada requería una respuesta inmediata, una parte de mí parecía preguntarse qué función debía cumplir.
Aprender a vivir de otra manera significó aceptar que no necesitaba estar siempre resolviendo algo para justificar mi lugar en el mundo.
Eso fue bastante más difícil de aprender que trabajar mucho.
El deseo también puede adormecerse
Hay una pregunta que durante ciertos períodos me habría costado muchísimo responder: ¿qué quiero?
No qué corresponde.
No qué sería conveniente.
No qué esperan los demás.
Qué quiero.
Cuando una vive concentrada en cumplir, el deseo puede empezar a volverse secundario. No desaparece necesariamente; simplemente aprendemos a dejarlo para después porque casi siempre existe una razón más urgente que atender.
Más adelante quiero viajar.
Después voy a descansar.
Cuando termine esto voy a tener tiempo.
Cuando todo esté más tranquilo haré aquello que me gusta.
El problema es que después puede convertirse en un lugar donde dejamos acumulada una vida que nunca encuentra el momento adecuado para comenzar.
Yo fui muy buena postergando.
No porque no tuviera sueños ni intereses, sino porque podía convencerme con facilidad de que primero había algo más importante.
Reconocerlo no me llevó a abandonar mis responsabilidades. Me hizo preguntarme por qué había construido una jerarquía donde aquello que me hacía bien necesitaba llegar siempre al final para demostrar que era legítimo.
Volver a vivir empezó, de alguna manera, cuando permití que algunas cosas no tuvieran que esperar a que todo lo demás estuviera resuelto.
Disfrutar también puede necesitar aprendizaje
Durante mucho tiempo pensé que disfrutar era algo espontáneo: ocurre algo bueno y una simplemente lo disfruta.
Ahora creo que no siempre funciona así.
Cuando la mente se acostumbra a anticipar problemas, puede continuar haciéndolo incluso en los momentos buenos. Estás viviendo algo que querías y, en lugar de entregarte completamente a la experiencia, una parte de ti sigue pensando en aquello que vendrá después.
Cuánto tiempo queda.
Qué hay que hacer mañana.
Qué podría pasar.
Es una manera bastante eficiente de estar físicamente en un lugar y mentalmente en otro.
Me pasó muchas veces.
No significa que no haya disfrutado mi vida; tengo recuerdos hermosos, viajes, personas, momentos con mis animales, experiencias profesionales y escenas familiares que guardo profundamente. Lo que comprendo hoy es cuánto me costaba, en ocasiones, permanecer completamente dentro de ellos sin empezar a administrarlos.
Hay momentos que no necesitan ser aprovechados.
Necesitan ser vividos.
Parece una diferencia pequeña, pero para una persona acostumbrada a convertir el tiempo en algo útil puede ser enorme.
Volver a vivir también fue recuperar la curiosidad
Una de las señales que más valoro hoy es la curiosidad.
Cuando estoy bien, quiero saber.
Me interesa aprender algo que no tiene ninguna utilidad inmediata, descubrir una historia, leer sobre un tema por puro interés, mirar un lugar con tiempo o entrar en una conversación sin estar pensando de antemano qué resultado debería producir.
La curiosidad tiene algo opuesto a la supervivencia.
Sobrevivir mira aquello que necesita resolverse.
La curiosidad puede permitirse preguntar simplemente porque algo existe.
Recuperar esa parte de mí fue importante.
No tenía que convertir cada interés en un proyecto, una idea comercial o un objetivo. Podía leer algo y no hacer nada con ello; podía viajar sin transformar cada experiencia en contenido, escuchar una historia sin preguntarme inmediatamente cómo utilizarla y aprender por el placer de comprender.
Sé que mi cabeza seguirá conectando cosas.
Es una parte muy mía.
Lo que estoy aprendiendo es que no toda conexión necesita convertirse después en trabajo.
Algunas pueden quedarse conmigo.
Permitirme estar contenta sin prepararme inmediatamente para lo malo
Hay una prudencia que protege y otra que nos impide entregarnos completamente a lo bueno.
Cuando una ha atravesado suficientes situaciones difíciles, puede desarrollar una pequeña vigilancia incluso frente a la felicidad.
Todo está bien, pero…
Algo bueno ocurre y casi inmediatamente aparece la necesidad de moderar la emoción, como si entusiasmarse demasiado pudiera convertir una posible pérdida futura en algo más doloroso.
No sé si alguna vez pensé conscientemente de esa manera.
Sí reconozco el mecanismo.
No confiar demasiado en la calma.
No celebrar antes de tiempo.
Esperar a que aquello esté realmente asegurado.
El problema es que muchas cosas importantes nunca están completamente aseguradas.
Las relaciones cambian.
Los proyectos pueden terminar.
Las personas se van.
Los animales envejecen.
La vida no nos ofrece un certificado que garantice cuánto durará aquello que amamos antes de permitirnos disfrutarlo.
Y quizá por eso mismo importa estar cuando está.
Esta comprensión se volvió mucho más dolorosa después de perder a Kapú.
Hay rutinas que mientras existen parecen tan normales que una difícilmente imagina cuánto las extrañará; hoy daría cualquier cosa por algunos de esos momentos comunes que entonces pertenecían simplemente a un día cualquiera.
No necesito convertir esa pérdida en una lección bonita.
Preferiría tenerlo aquí.
Lo que sí cambió en mí fue la conciencia de que la normalidad también merece ser vivida con presencia, porque muchas veces solo comprendemos su valor cuando deja de estar disponible.
El duelo no se atraviesa volviendo a ser quien una era antes
Hay pérdidas que dividen la vida de una manera muy particular.
Una puede seguir haciendo prácticamente las mismas cosas y, aun así, saber que algo cambió definitivamente.
Al principio existe cierta fantasía de volver a sentirse como antes, como si sanar significara recuperar exactamente a la persona que éramos antes de perder aquello que amábamos.
No creo que funcione así.
Al menos no para mí.
Hay experiencias que se incorporan.
No necesariamente determinan todo lo que viene después, pero modifican la manera en que miramos algunas cosas.
Volver a vivir, entonces, no significa regresar.
Significa continuar siendo alguien que ya sabe lo que ocurrió.
Eso me parece especialmente importante cuando pienso en Kapú. No quiero construir una vida donde recordarlo me obligue a permanecer detenida en su ausencia; tampoco quiero sentir que avanzar exige dejarlo atrás.
No son las únicas alternativas.
Puedo volver a reírme.
Interesarme por algo.
Viajar.
Construir nuevos proyectos.
Disfrutar de mis animales.
Y extrañarlo.
La alegría nueva no compite con el amor anterior.
Durante un tiempo me costó aceptar algo tan sencillo.
Hay una culpa extraña en volver a estar bien
Después de ciertos dolores, sentirse bien puede producir una emoción inesperada.
Culpa.
Una se sorprende riendo y, por un instante, recuerda que estaba triste.
Pasa un día completo sin pensar de manera consciente en aquello que perdió y después aparece la sensación de haber olvidado.
Seguimos avanzando y una parte de nosotras puede preguntarse si hacerlo significa que aquello no era tan importante como creíamos.
No.
La vida simplemente tiene una fuerza propia.
Continúa entrando.
Eso no traiciona a nadie.
Necesité comprenderlo.
Recordar no exige sufrir con la misma intensidad todos los días. Amar a alguien que ya no está tampoco obliga a convertir la tristeza en la única forma legítima de mantenerlo presente.
Puedo cuidar una memoria desde la ternura.
Tal vez incluso desde la risa.
Hay recuerdos de Kapú que todavía me duelen y otros que empiezan a hacerme sonreír antes de que aparezca el dolor.
No necesito elegir uno.
Ambos pertenecen a nuestra historia.
Volver al cuerpo
Pasé mucho tiempo viviendo principalmente desde la cabeza.
Analizando.
Proyectando.
Organizando.
Pensando en aquello que venía después.
Mi cuerpo aparecía muchas veces cuando necesitaba algo de manera suficientemente evidente: hambre, sueño, dolor o agotamiento. No era un lugar al que prestara atención de forma especialmente delicada.
Volver a vivir también significó empezar a reconocer señales más pequeñas.
Cuándo estoy cansada antes de estar exhausta.
Cuándo necesito silencio.
Cuándo algo me produce tranquilidad.
Cuándo una situación me tensa aunque racionalmente todavía no haya decidido qué pienso de ella.
No significa convertir cada sensación en una verdad definitiva.
El cuerpo también se equivoca, se asusta y reacciona a historias anteriores; lo importante para mí fue dejar de tratarlo como un inconveniente que debía acomodarse siempre a los planes de mi cabeza.
Somos una sola persona.
Parece obvio.
Yo había vivido muchas veces como si mi cuerpo tuviera que seguir el ritmo que mi voluntad decidiera.
Aprender a decir “quiero” sin agregar inmediatamente una razón
“Quiero” puede ser una frase difícil para una persona acostumbrada a justificar.
Quiero descansar.
Quiero viajar.
Quiero estar sola.
Quiero hacer esto.
La tendencia aparece enseguida: porque lo necesito, porque me lo gané, porque llevo demasiado tiempo trabajando, porque tiene sentido, porque puede ser útil.
Como si desear algo necesitara también una argumentación.
He tratado de quitar algunas de esas explicaciones.
No todas.
Somos adultos y muchas decisiones tienen consecuencias que necesitan pensarse; querer algo no significa automáticamente que corresponda hacerlo.
Lo que estoy aprendiendo es a permitir que el deseo exista antes de someterlo a evaluación.
Primero puedo saber qué quiero.
Después decidir qué hago con eso.
Durante mucho tiempo saltaba directamente a la segunda parte.
La espontaneidad había quedado demasiado lejos
Siempre he sido organizada en muchas áreas de mi vida.
Planificar me ayuda.
Me entrega tranquilidad y me permite hacer cosas que de otra manera podrían resultar caóticas.
No quiero dejar de hacerlo.
Lo que sí comprendí es cuánto extrañaba aquello que no había sido completamente planificado.
Cambiar una idea.
Salir.
Aceptar una invitación.
Quedarme más tiempo en un lugar porque estoy bien.
Hacer algo que no estaba en ninguna agenda.
La espontaneidad requiere cierta confianza en que no todo se desordenará si dejamos un espacio abierto.
Eso puede resultar difícil cuando durante años sentimos que mantener el orden dependía mucho de nosotras.
Me ha gustado recuperar pequeñas formas de improvisación.
No necesito transformar mi vida completa.
A veces basta con permitir que una tarde no sepa exactamente en qué terminará.
Estar sola dejó de parecerse a aislarme
Mi necesidad de soledad también ha cambiado de significado.
Hubo momentos en que estar sola era principalmente recuperación; después de demasiados estímulos, conversaciones o demandas, necesitaba retirarme para poder volver a sentir que mi cabeza tenía espacio.
Sigue siendo así algunas veces.
Pero también descubrí otra soledad.
Una que no llega después del agotamiento.
Una elegida.
Estar conmigo sin estar escapando de nadie.
Eso fue nuevo.
Cuando la soledad deja de funcionar únicamente como refugio puede convertirse en un lugar de encuentro.
Leer.
Pensar.
Escuchar música.
Simplemente estar en mi casa y sentir que no necesito llenar ese momento.
Quizás esta diferencia sea pequeña para quien siempre ha tenido una relación tranquila con el estar sola.
Para mí tiene mucho significado.
Porque ya no quiero necesitar estar agotada para concederme ese espacio.
Volver a vivir no es perseguir felicidad todo el tiempo
Hay algo que quiero dejar claro.
No creo en una vida donde el objetivo sea sentirse bien permanentemente.
Sería otra exigencia imposible.
Hay días malos.
Preocupaciones.
Etapas complejas.
Duelo.
Enojo.
Miedo.
La vida completa incluye todo eso.
Cuando hablo de volver a vivir no me refiero a eliminar las emociones difíciles, sino a dejar de organizar toda la existencia alrededor de ellas antes incluso de que lleguen.
Poder preocuparme cuando hay algo que merece preocupación sin mantenerme permanentemente preparada para la siguiente.
Estar triste cuando algo duele sin pensar que esa tristeza será mi única forma de estar.
Disfrutar cuando aparece algo bueno sin pedirle garantías sobre cuánto va a durar.
Eso, para mí, se parece mucho más a estar viva que una idea permanente de felicidad.
También tuve que aprender a no convertir la recuperación en otro proyecto
Tengo una tendencia natural a trabajar sobre las cosas.
Si identifico un problema, quiero entenderlo.
Si comprendo algo, quiero saber qué hago con ello.
Esa forma de pensar puede ser extraordinariamente útil; también puede convertir incluso el bienestar en una tarea que necesitamos ejecutar correctamente.
Me pasó.
Leer.
Reflexionar.
Intentar comprender qué tenía que cambiar.
En algún momento tuve que reírme un poco de mí misma: estaba intentando optimizar mi capacidad de dejar de vivir optimizando todo.
No todo necesita convertirse en un plan.
Hay aprendizajes que ocurren mientras vivimos.
Sin una tabla.
Sin una meta.
Sin una fecha.
Empecé a permitirme algo que antes me costaba: no saber exactamente qué estoy aprendiendo de una etapa mientras todavía la estoy atravesando.
Ya habrá tiempo de entender.
La mujer que soy ahora no necesita borrar a la que sobrevivió
No quiero mirar a la mujer que vivió tantos años respondiendo a lo urgente y decirle que estaba equivocada.
No lo estaba.
Hizo muchas veces aquello que era necesario.
Gracias a ella llegué hasta aquí.
Me sostuvo cuando todavía no tenía otras herramientas, tomó decisiones difíciles y encontró maneras de continuar cuando la vida no estaba preguntando si yo tenía energía suficiente.
Le tengo respeto.
Lo que ya no quiero es obligarla a seguir trabajando cuando la emergencia terminó.
Hay estrategias que nos salvan en una etapa y nos aprisionan en la siguiente.
Reconocer cuándo una de ellas cumplió su función es también una forma de gratitud.
Puedo agradecer la fortaleza sin vivir permanentemente desde ella.
Puedo valorar mi capacidad para resolver sin convertir cada día en un problema que necesita una solución.
Puedo seguir siendo responsable y permitirme también algo de ligereza.
La vida que quiero no necesita ser extraordinaria
Quizás una de las sorpresas más bonitas de este proceso haya sido entender que volver a vivir no requiere necesariamente grandes cambios.
No necesito estar viajando por el mundo, comenzando proyectos nuevos o acumulando experiencias memorables para sentir que estoy viva.
A veces aparece en algo muchísimo más sencillo.
Una conversación que disfruto.
Una comida tranquila.
Mis animales cerca.
Una canción.
Una tarde en la que nadie necesita nada urgente de mí.
Un momento en el que me descubro riendo sin haber pensado antes si correspondía.
Después de una vida donde muchas veces lo importante estuvo asociado a grandes responsabilidades, he aprendido a mirar con más atención estas escenas pequeñas.
Son fáciles de perder porque no hacen ruido.
Quizás por eso mismo importan.
Volver a vivir es volver a estar
Todavía tengo días en los que me descubro corriendo mentalmente hacia adelante.
La cabeza empieza a organizar lo siguiente, aparece un problema y mi impulso es resolverlo antes de preguntarme si realmente es urgente; no creo que vaya a desaparecer completamente esa parte de mí.
Tampoco quiero.
Me ayudó a construir una vida de la que me siento profundamente responsable.
Lo que ha cambiado es que ahora puedo reconocer cuándo estoy otra vez convirtiendo la existencia en una sucesión de cosas que necesito superar para llegar, finalmente, a un lugar donde se supone que podré descansar.
Ese lugar no existe.
La vida no comienza después de terminar los pendientes.
Está ocurriendo mientras los tenemos.
Esa quizá sea la idea más sencilla y más difícil que he tenido que aprender.
No necesito esperar a que todo esté bien.
No necesito sentirme completamente reparada.
No necesito haber entendido cada parte de mi historia.
Puedo seguir aprendiendo mientras vivo.
Puedo tener una pena y, al mismo tiempo, sentir alegría por otra cosa; puedo estar preocupada por un problema y encontrar belleza en algo que está ocurriendo hoy.
Antes tendía a pensar las etapas de manera mucho más ordenada.
Primero resolver.
Después descansar.
Primero sanar.
Después vivir.
Hoy sé que la vida no respeta esas divisiones.
Todo ocurre junto.
Y quizá volver a vivir consista precisamente en dejar de esperar una versión completamente despejada de nuestra historia para atrevernos a entrar nuevamente en ella.
No quiero sobrevivir menos porque ahora sea más débil.
Quiero vivir más porque ya entendí que mi fortaleza también puede utilizarse para otra cosa.
Para elegir.
Para estar.
Para disfrutar sin sentir que debería estar haciendo algo más.
Para permitir que entre aquello que todavía puede sorprenderme.
Y para aceptar que seguir adelante no siempre significa alejarme de lo que perdí; algunas veces significa llevarlo conmigo mientras vuelvo, poco a poco, a mirar hacia todo lo que todavía está aquí.
Aracely Cretier
Empresaria, comunicadora, autora y fundadora de Club de Perros y Gatos.
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Este contenido tiene fines informativos y no reemplaza la evaluación de un médico veterinario. Cada animal necesita una revisión profesional individual.
La mirada de Aracely