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Liderazgo y propósito

Crecer sin perder la esencia

El crecimiento obliga a cambiar procesos, estructuras y maneras de trabajar. El verdadero desafío está en distinguir qué debe evolucionar y qué convicciones necesitamos preservar para seguir reconociéndonos en aquello que construimos.

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5 min

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"Crecer sin perder la esencia no significa conservar cada forma del pasado; significa saber qué convicciones queremos reconocer todavía cuando todo lo demás haya cambiado."

Hay una etapa en que crecer parece una respuesta evidente. Una empresa vende más, incorpora personas, abre nuevas posibilidades y empieza a llegar a lugares que al comienzo parecían demasiado lejanos; desde afuera, todo aquello suele leerse como avance. Y muchas veces lo es. Lo que aprendí después es que el crecimiento no solo amplifica lo bueno que una organización ha construido: también pone a prueba aquello que decía ser.

Mientras una empresa es pequeña, parte importante de su identidad vive de manera espontánea en quienes la crearon. Las decisiones se conversan cerca, las personas conocen la historia detrás de muchas cosas y existe una relación directa entre una intención y la forma en que termina expresándose. No hace falta explicar demasiado por qué algo importa, porque quienes están ahí participaron en su construcción o llevan suficiente tiempo observándolo.

Con el crecimiento esa proximidad cambia.

Llegan personas que no estuvieron al comienzo, aparecen nuevas áreas y decisiones que antes podían resolverse entre pocos necesitan transformarse en criterios comprensibles para muchos. Surgen procesos, niveles de responsabilidad y una distancia inevitable entre quien imaginó una idea y quien, años más tarde, tendrá que representarla frente a un cliente sin haber escuchado nunca la historia original.

Ahí descubrí una dificultad que no había anticipado: crecer no consiste únicamente en conseguir que una empresa haga más; exige comprender qué parte de aquello que la hizo valiosa no debería perderse mientras todo lo demás cambia.

Y para responder esa pregunta primero hay que saber qué significa realmente la esencia.

La esencia no es hacer todo como se hacía al principio

Existe cierta nostalgia alrededor de los primeros años de una empresa.

Es comprensible.

Al comienzo todo parece más cercano. Las personas se conocen, una decisión puede tomarse rápidamente y las anécdotas de esos primeros tiempos terminan formando parte de una memoria que adquiere un valor especial. También hay una intensidad difícil de reproducir después: todos están construyendo algo que todavía no sabemos exactamente en qué se convertirá.

Pero idealizar esa etapa puede ser peligroso.

Muchas cosas que funcionan en una empresa pequeña dejan de funcionar cuando crece; algunas, de hecho, nunca fueron buenas y sobrevivían únicamente gracias al esfuerzo extraordinario de quienes estaban cerca. Había procesos informales, responsabilidades que dependían de la memoria y decisiones que podían resolverse de determinada forma simplemente porque todas las personas necesarias cabían dentro de una conversación.

Conservar la esencia no puede significar conservar cada costumbre.

Si una empresa quiere seguir atendiendo bien, necesita modificar la manera en que trabaja a medida que cambia su escala; si pretende que todo permanezca exactamente igual, termina convirtiendo su propia historia en un obstáculo.

Me costó comprender esa diferencia porque hay prácticas que se vuelven emocionalmente importantes solo por haber estado desde el principio. Con el tiempo aprendí a hacerme otra pregunta: ¿esto pertenece realmente a aquello que somos o pertenece simplemente a la manera en que funcionábamos cuando todavía éramos más pequeños?

No es lo mismo.

Una organización puede abandonar una herramienta, cambiar un procedimiento, profesionalizar un área o incorporar nuevas formas de trabajar sin traicionarse. Lo que debería preocuparnos no es que cambie la forma, sino que deje de entenderse el propósito que existía detrás.

La identidad se revela en las decisiones pequeñas

Es sencillo hablar de valores cuando nada importante está en juego.

Casi todas las empresas pueden escribir que les importan las personas, el servicio, la confianza o la calidad. La verdadera identidad aparece mucho más claramente en esas decisiones cotidianas donde dos intereses entran en tensión y hay que escoger.

¿Qué hacemos cuando resolver bien un problema cuesta más?

¿Qué ocurre cuando una venta puede cerrarse de una manera que no nos deja completamente tranquilos?

¿Cómo reaccionamos frente a alguien que cometió un error?

¿Qué priorizamos cuando la rapidez amenaza con deteriorar la experiencia de un cliente?

Es ahí donde una organización empieza a demostrar aquello que realmente considera importante.

No porque cada situación tenga una respuesta perfecta, sino porque las decisiones repetidas terminan creando una forma de actuar mucho más poderosa que cualquier declaración escrita.

Yo he aprendido a mirar con especial atención esos momentos.

Una empresa puede perder parte de su esencia sin advertirlo, no necesariamente mediante una gran decisión, sino a través de pequeñas concesiones que empiezan a normalizarse. Algo que antes nos habría incomodado se vuelve aceptable porque estamos creciendo; una respuesta que nunca habríamos dado empieza a justificarse por volumen, presión o falta de tiempo.

Ninguna de esas decisiones parece suficiente por sí sola para cambiar una organización.

El problema es la acumulación.

Por eso preservar aquello que importa requiere atención incluso cuando el crecimiento parece demostrar que las cosas están funcionando.

Profesionalizar no debería significar deshumanizar

He visto muchas veces cómo la palabra profesionalización se utiliza casi como sinónimo de distancia.

De pronto todo necesita un formulario, cada situación debe pasar por un canal y aquello que antes podía resolverse mirando a una persona empieza a transitar por una estructura que nadie se atreve a cuestionar.

Entiendo perfectamente por qué aparecen los procesos. Los he defendido y construido, porque una organización necesita orden para crecer; lo que no creo es que un proceso deba convertirse en una excusa para dejar de pensar.

Un procedimiento debería ayudarnos a entregar una respuesta más consistente.

No reemplazar el criterio.

Hay situaciones que caben perfectamente dentro de una regla y otras que necesitan que alguien mire un poco más allá de ella. Si construimos equipos que únicamente saben obedecer instrucciones, podemos conseguir una operación muy ordenada y, al mismo tiempo, perder aquello que hacía diferente la experiencia de relacionarse con nosotros.

La profesionalización que me interesa no elimina la humanidad.

La protege.

Permite que una persona reciba una buena atención independientemente de quién esté disponible ese día; evita que las respuestas dependan de una amistad, de conocer al dueño o de tener la suerte de encontrar a alguien con más experiencia.

Bien construidos, los procesos democratizan una buena forma de trabajar.

El problema aparece cuando dejamos de recordar para qué existen.

Crecer obliga a explicar aquello que antes se entendía sin hablar

Hay cosas que una fundadora puede sentir de manera casi intuitiva.

Sabe qué tono no corresponde, reconoce cuándo una decisión se aleja de aquello que quería construir y percibe rápidamente si algo está siendo tratado de una forma que no representa a la empresa. Esa intuición es valiosa, pero tiene un límite evidente: no puede ser el sistema mediante el cual una organización grande toma decisiones.

Lo que una siente necesita, en algún momento, poder explicarse.

Ese tránsito me ha parecido uno de los desafíos más complejos del crecimiento.

No basta con decir “esto no se siente como nosotros”.

Hay que ser capaz de explicar por qué.

¿Qué principio se está vulnerando?

¿Qué consecuencia puede tener?

¿Qué queremos que la persona que enfrenta una situación similar comprenda para poder decidir sin consultarnos?

Convertir una intuición en un criterio obliga a pensarla mejor.

A veces incluso descubrimos que aquello que creíamos esencial era simplemente una preferencia propia; otras veces ocurre lo contrario y entendemos que detrás de una costumbre aparentemente pequeña existía una convicción que sí merece ser protegida.

Ese ejercicio también ayuda a separar la identidad de la personalidad de quien fundó la empresa.

Una organización no debería convertirse en una extensión permanente de una sola persona; necesita construir una identidad suficientemente clara para que otros puedan representarla sin imitarla.

Eso, para mí, es una forma mucho más madura de preservar la esencia.

Las personas nuevas no tienen por qué conocer una historia que nadie les contó

A veces esperamos de quienes llegan después una comprensión que nunca nos preocupamos de transmitir.

Nos sorprende que una decisión parezca poco alineada, que alguien no comprenda por qué cierto detalle nos importa o que una persona responda de una manera que jamás habríamos elegido; entonces pensamos que “antes se entendía mejor”.

Quizás antes simplemente estábamos todos más cerca del origen.

Una persona recién llegada no conoce las conversaciones que ocurrieron años atrás ni los errores que dieron forma a determinados criterios. Tampoco sabe qué decisiones nos costaron especialmente, qué cosas juramos no repetir o por qué algo que desde afuera parece trivial tiene para la organización un significado particular.

Si esperamos que todo aquello sobreviva, tenemos que transmitirlo.

No mediante una historia corporativa maquillada donde cada paso parece haber sido brillante, sino contando también qué aprendimos y por qué algunas cosas llegaron a importar.

Me interesa especialmente esa memoria.

No como culto al pasado, sino como contexto.

Saber de dónde viene una decisión permite comprenderla mejor y, llegado el momento, modificarla con mayor inteligencia. Cuando desconocemos el origen de una regla, tenemos dos riesgos: conservarla para siempre por costumbre o eliminarla sin comprender qué problema evitaba.

La historia sirve cuando ayuda a pensar.

No cuando obliga a repetir.

El crecimiento comercial puede poner a prueba aquello que decimos valorar

Crecer genera entusiasmo, pero también presión.

Aparecen metas mayores, costos que aumentan, inversiones que necesitan retorno y decisiones comerciales cada vez más relevantes. En ese escenario puede resultar tentador mirar únicamente aquello que empuja el resultado inmediato.

No creo que exista nada reprochable en querer vender.

Una empresa necesita ingresos para sostenerse, pagar a sus equipos, invertir y seguir existiendo; durante años he sentido cierta incomodidad frente a discursos donde parece que tener un propósito obliga a avergonzarse de la dimensión comercial de un negocio.

No comparto esa idea.

El desafío está en otra parte: cómo conseguimos que la necesidad legítima de vender no termine erosionando la confianza sobre la que esas mismas ventas fueron construidas.

Ese límite puede ser muy concreto.

No recomendar algo que sabemos que una persona no necesita.

No prometer un resultado que no controlamos.

No aprovechar una preocupación para empujar una decisión más costosa.

No presentar como certeza aquello que todavía necesita la evaluación de un especialista.

Cada industria tiene sus propios ejemplos; el principio es parecido.

La confianza demora mucho más en construirse que una venta.

Y una empresa puede crecer comercialmente durante un tiempo mientras empieza, silenciosamente, a perderla.

Para mí no son caminos compatibles en el largo plazo.

El cliente también cambia cuando la empresa crece

Hay algo que puede ocurrir cuando una organización se vuelve más grande: empieza a mirar a sus clientes a través de números.

Es inevitable hasta cierto punto.

Necesitamos conocer conversiones, frecuencia, satisfacción, reclamos, ventas y una gran cantidad de indicadores que ayudan a comprender qué está ocurriendo; sin ellos, administrar una operación de cierta escala sería prácticamente imposible.

Lo importante es recordar qué representan.

Un porcentaje de reclamos está compuesto por personas que tuvieron una experiencia concreta.

Una tasa de recompra representa decisiones individuales.

Una baja en determinada categoría puede esconder un cambio que todavía no alcanzamos a comprender.

Los números permiten mirar lejos.

Las historias individuales permiten mirar cerca.

Necesitamos ambas perspectivas.

He aprendido muchísimo observando datos y también conversando con personas que viven la experiencia que esos datos intentan resumir. A veces una sola historia no demuestra una tendencia, pero puede mostrar una pregunta que vale la pena investigar.

El problema aparece cuando la escala nos convence de que lo individual dejó de importar.

No podemos administrar miles de relaciones como si todas fueran excepciones; tampoco deberíamos olvidar que, para quien está al otro lado, su experiencia no es una estadística.

Es la única experiencia que está teniendo con nosotros en ese momento.

Hay que permitir que la empresa cambie de manos sin perder dirección

A medida que una organización crece, cada vez más partes de ella son construidas por personas que no estuvieron al comienzo.

Esto puede sentirse extraño para una fundadora.

Alguien propone una forma nueva de comunicar, otro equipo transforma un procedimiento y aparecen decisiones que una quizá nunca habría imaginado. La primera reacción puede ser proteger: esto siempre fue de otra manera, esto no se parece a nosotros, aquí estamos perdiendo algo.

A veces esa intuición tiene razón.

Otras veces es simplemente resistencia al cambio.

He tenido que aprender a distinguirlas.

Si quiero trabajar con personas talentosas, necesito permitir que aporten algo propio. No tendría sentido contratar profesionales capaces para pedirles después que reproduzcan exactamente cada decisión anterior.

La identidad necesita espacio para evolucionar.

De hecho, una marca que solo puede conservarse mientras su fundadora supervisa cada detalle probablemente no posee una identidad tan sólida como cree; tiene, más bien, una dependencia enorme de esa persona.

Quiero algo distinto.

Me interesa que quienes llegan puedan comprender aquello que vale la pena proteger y, desde ahí, construir cosas que yo no habría sabido construir sola.

Eso exige confianza.

Y también exige aceptar que el crecimiento puede mejorar una idea original, no solamente amenazarla.

Preservar no significa impedir que otros dejen su huella

Esta idea me ha resultado especialmente importante.

A veces hablamos de “mantener la esencia” como si existiera una versión pura de una organización que debe permanecer intacta para siempre. No creo demasiado en eso.

Las empresas son construcciones colectivas.

Quien las funda pone una primera visión, toma decisiones iniciales y determina muchísimo de aquello que serán; después llegan otras personas, nuevos conocimientos, errores, aprendizajes y realidades que van modificando esa primera idea.

Eso no necesariamente la debilita.

Puede enriquecerla.

Hay personas que dejan una huella importante en una etapa y otras que ayudan a transformar algo que necesitaba cambiar; ciertas ideas sobreviven precisamente porque alguien encontró una forma mejor de expresarlas.

Si quisiera conservar todo exactamente como lo concebí al principio, no estaría construyendo una organización.

Estaría intentando conservar una pieza de museo.

Prefiero pensar la esencia como un conjunto de convicciones suficientemente firmes para sobrevivir al cambio y suficientemente abiertas para encontrar nuevas maneras de expresarse.

Lo que nunca debería crecer es la distancia con la realidad

Una empresa puede hacerse muy buena hablando consigo misma.

Aparecen reuniones, reportes, presentaciones y conversaciones donde todos manejan un lenguaje cada vez más sofisticado; existe el riesgo de que, entre tanta estructura, dejemos de mirar aquello que está ocurriendo realmente afuera.

Ese riesgo me preocupa.

Quiero seguir cerca de la experiencia concreta.

No significa que deba estar personalmente en cada punto de contacto ni conocer cada situación individual; significa que necesito construir mecanismos para que la información real llegue y para que una mala noticia no sea suavizada tantas veces en el camino que termine convertida en algo irreconocible.

A medida que aumenta la jerarquía, puede aumentar también el filtro.

Las personas quieren resolver antes de escalar, proteger a su área o presentar una situación de la manera más favorable posible. Todo eso es humano; el problema aparece cuando quien toma decisiones termina trabajando con una versión demasiado limpia de la realidad.

Por eso valoro los datos, pero también las conversaciones incómodas.

Los reclamos.

Las observaciones de quienes están cerca de los clientes.

Las preguntas que contradicen aquello que queríamos creer.

Una organización preserva mejor su esencia cuando conserva la capacidad de escuchar incluso aquello que resulta desagradable.

También hay que saber qué dejar atrás

No todo merece conservarse.

Esta frase puede parecer contradictoria en un artículo sobre no perder la esencia, pero para mí es justamente lo contrario.

Hay hábitos que nacieron de la falta de recursos.

Formas de trabajar que tenían sentido cuando éramos menos.

Decisiones que resolvieron un problema de otra época.

Incluso ciertas ideas sobre quiénes somos pueden quedar demasiado pequeñas para aquello en que nos convertimos.

Crecer exige una especie de edición.

No podemos añadir indefinidamente sin revisar.

Hay que elegir qué permanece porque sigue teniendo sentido y qué dejamos ir porque cumplió su función.

Esa capacidad de soltar es especialmente difícil cuando la historia tiene valor emocional; sin embargo, conservar todo termina diluyendo precisamente aquello que queremos proteger.

La esencia necesita espacio.

No es la suma de cada decisión que alguna vez tomamos.

Es aquello que, después de quitar lo accesorio, todavía reconocemos como propio.

Lo que quiero reconocer cuando mire hacia atrás

No sé exactamente cómo serán dentro de muchos años los proyectos que hoy forman parte de mi vida.

Espero que cambien.

Si siguen existiendo, deberían haber aprendido cosas que yo todavía no sé, incorporado personas que traerán otras miradas y encontrado respuestas para problemas que hoy ni siquiera existen.

No me gustaría mirar hacia atrás y descubrir que permanecieron idénticos.

Eso significaría que algo dejó de moverse.

Lo que sí espero reconocer es una cierta manera de hacer las cosas; no en un color, una frase o un procedimiento específico, sino en las decisiones que se toman cuando nadie está mirando y en la relación que una organización mantiene con las personas que confían en ella.

Quiero reconocer respeto.

Criterio.

La voluntad de decir la verdad incluso cuando una respuesta más cómoda podría vender mejor.

Quiero que exista espacio para aprender y corregir, y que crecer no termine convirtiéndose en una excusa para olvidar por qué empezamos.

No necesito que todo permanezca igual para sentir que aquello que construí sigue teniendo algo mío.

De hecho, espero que muchas cosas sean mejores.

Tal vez eso sea, finalmente, lo que significa crecer sin perder la esencia: permitir que cambie todo aquello que necesita cambiar sin negociar aquello que, si desapareciera, haría que dejáramos de reconocernos.

La tarea no consiste en defender el pasado.

Consiste en saber qué parte de él merece llegar al futuro.

Uno de los mayores desafíos de cualquier proyecto es crecer.

Pero existe otro desafío del que se habla mucho menos.

Crecer sin dejar de ser quien uno es.

Vivimos en un mundo que cambia constantemente.

Las empresas evolucionan.

Las tecnologías aparecen y desaparecen.

Las formas de comunicarnos se transforman.

Las necesidades de las personas cambian.

Adaptarse es indispensable.

Sin embargo, adaptarse no significa renunciar a aquello que nos dio origen.

He aprendido que una organización puede cambiar su estrategia muchas veces sin perder su identidad.

Puede abrir nuevos caminos.

Incorporar nuevas ideas.

Explorar otros formatos.

Incluso reinventarse.

Lo que nunca debería perder es la claridad sobre el propósito que la mueve.

En mi experiencia, las decisiones más difíciles no suelen ser técnicas.

Suelen ser aquellas en las que uno debe preguntarse:

¿Esto nos acerca a lo que queremos ser o simplemente a un resultado inmediato?

La diferencia parece pequeña.

Pero cambia por completo la manera de construir.

He tenido oportunidades que parecían atractivas.

También he rechazado algunas que podían significar crecimiento económico.

No, porque estuvieran mal.

Sino porque no conversaban con la visión que quería construir a largo plazo.

Con el tiempo entendí que decir “no” también es una forma de liderazgo.

Porque cada vez que aceptamos algo que no representa nuestros valores, también estamos enseñando cuáles son nuestras verdaderas prioridades.

Las personas observan mucho más lo que hacemos que lo que decimos.

Una cultura se fortalece cuando existe coherencia.

Cuando las decisiones reflejan los principios que la organización declara.

Esa coherencia genera confianza.

Y la confianza tarda años en construirse, pero puede perderse en muy poco tiempo.

Lo mismo ocurre con las personas.

También cambiamos.

También evolucionamos.

No somos exactamente quienes éramos hace diez años.

Y eso es bueno.

Madurar no significa abandonar nuestra esencia.

Significa comprenderla mejor.

Hoy sigo sintiendo la misma curiosidad que tenía cuando comencé a emprender.

Sigo emocionándome con una buena idea.

Con una conversación que abre nuevas posibilidades.

Con un proyecto que puede mejorar la vida de otros.

Han cambiado las herramientas.

Ha cambiado mi experiencia.

Ha cambiado mi manera de liderar.

Pero hay algo que permanece intacto.

La convicción de que el crecimiento sólo tiene sentido cuando nos permite generar un impacto positivo en la vida de las personas.

Porque el verdadero éxito no consiste únicamente en llegar más lejos.

Consiste en mirar hacia atrás y reconocer que, a pesar de todo lo aprendido, seguimos siendo fieles a aquello que nos inspiró a comenzar.

Mi reflexión

Con el paso de los años comprendí que crecer nunca fue el objetivo.

El verdadero desafío siempre fue crecer sin perder aquello que hacía que todo tuviera sentido.

Porque las empresas cambian.

Las personas evolucionan.

Pero cuando la esencia permanece, siempre es posible encontrar un nuevo camino sin dejar de reconocernos en él.

Aracely Cretier

Empresaria, comunicadora, autora y fundadora de Club de Perros y Gatos.

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Este contenido tiene fines informativos y no reemplaza la evaluación de un médico veterinario. Cada animal necesita una revisión profesional individual.

La mirada de Aracely

Con el paso de los años comprendí que crecer nunca fue el objetivo.

El verdadero desafío siempre fue crecer sin perder aquello que hacía que todo tuviera sentido.

Porque las empresas cambian.

Las personas evolucionan.

Pero cuando la esencia permanece, siempre es posible encontrar un nuevo camino sin dejar de reconocernos en él.