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Liderazgo y propósito
El día que entendí que no podía hacerlo todo
Por mucho tiempo mi respuesta frente a cualquier problema fue resolver. Aprender que no podía hacerlo todo implicó revisar mi relación con la responsabilidad, el control, la ayuda y esa necesidad de sentir que siempre debía poder un poco más.
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5 min

"No poder hacerlo todo dejó de parecerme una limitación; entenderlo me obligó a elegir qué merecía realmente mi tiempo, mi energía y mi presencia."
Durante buena parte de mi vida fui la persona que resolvía.
No recuerdo haber tomado conscientemente la decisión de ocupar ese lugar; simplemente ocurrió. Cuando aparecía un problema, mi reacción natural era intentar entenderlo y buscar una salida. Si faltaba algo, lo conseguía; si nadie sabía cómo hacer una tarea, aprendía, y cuando una situación parecía demasiado complicada para esperar, prefería asumirla antes que quedarme mirando cómo se acumulaba.
Esa capacidad me ayudó muchísimo.
Me permitió avanzar en momentos difíciles, asumir responsabilidades muy temprano, desenvolverme en entornos profesionales exigentes y, más tarde, construir proyectos propios cuando todavía no existían equipos suficientemente grandes para repartir todo lo que había que hacer.
El problema no estaba en ser capaz.
Estaba en haber convertido esa capacidad en la idea de que, porque podía hacer muchas cosas, debía seguir haciéndolas.
Esa diferencia tardé bastante en verla.
Cuando una persona lleva años resolviendo, los demás aprenden a recurrir a ella y una misma termina acostumbrándose a ser el último lugar donde aterrizan los problemas. En algún punto ya no resulta extraño que todo llegue; lo extraño empieza a ser aquello que se resuelve sin nuestra intervención.
A mí me pasó.
No porque creyera conscientemente que nadie podía hacer las cosas como yo, aunque seguramente hubo momentos en los que mi necesidad de controlar ciertos detalles transmitió algo parecido; me costaba más bien abandonar la sensación de responsabilidad que aparecía cuando sabía que podía intervenir.
Si veía un problema y conocía una posible solución, ¿cómo no iba a entrar?
La pregunta parecía razonable hasta que la vida empezó a devolverme otra: ¿cuánto tiempo puede una persona ser la respuesta para todo sin empezar a desaparecer dentro de aquello que sostiene?
Poder hacerlo no significa que te corresponda hacerlo
Hay una trampa muy particular en la eficiencia.
Cuando haces algo rápido y bien, resulta tentador seguir haciéndolo. Explicarlo a otra persona puede tomar más tiempo; revisar después cómo quedó requiere paciencia y, al principio, delegar incluso puede parecer menos eficiente que resolver directamente.
Esa lógica funciona bastante bien para una tarea.
Funciona muy mal para construir una vida.
No entendí de inmediato cuánto espacio ocupaban pequeñas responsabilidades que se habían quedado conmigo simplemente porque en algún momento había sido más sencillo asumirlas. Algunas pertenecían al trabajo, otras a decisiones cotidianas y muchas eran tan pequeñas que ninguna parecía justificar una revisión; juntas, sin embargo, formaban una cantidad enorme de asuntos que necesitaban permanentemente una parte de mi atención.
Mi cabeza estaba acostumbrada a guardar pendientes.
Recordar.
Anticipar.
Comprobar.
Preguntar si algo se había hecho antes de que alguien tuviera que decirme que no.
Por mucho tiempo interpreté esa capacidad como organización y responsabilidad. En gran medida lo era, pero existía un costo que fui entendiendo después: cuando una persona se acostumbra a llevar demasiadas cosas mentalmente, incluso los momentos en que aparentemente está descansando pueden seguir ocupados por aquello que todavía necesita recordar.
No hacía falta que estuviera trabajando frente a un computador.
El trabajo podía continuar dentro de mi cabeza.
Y, como había conseguido funcionar así durante años, no tenía una señal evidente que me obligara a detenerme.
Seguía cumpliendo.
Ese era precisamente el problema.
La responsabilidad puede convertirse en una forma de control
Me costó reconocer esta parte porque siempre valoré mucho la responsabilidad.
Todavía la valoro.
Hacerse cargo de aquello que una promete, no esperar que otro resuelva automáticamente nuestras consecuencias y cumplir con quienes confían en nosotros son principios que siguen siendo importantes para mí; lo que aprendí fue que existe un punto en el que la responsabilidad puede mezclarse con la necesidad de controlar demasiado.
A veces es difícil saber dónde termina una y comienza la otra.
Si reviso porque necesito asegurar un estándar, probablemente estoy ejerciendo mi responsabilidad; si sigo revisando cada detalle aun después de haber entregado a otra persona la autoridad y las herramientas para decidir, quizás ya estoy haciendo otra cosa.
Yo he estado en ambos lugares.
Construir empresas desde el comienzo refuerza fácilmente ese hábito. Una conoce la historia de cada procedimiento, recuerda por qué se tomó una decisión y tiene una relación con los detalles que quienes llegan después simplemente no pueden tener al principio; esa experiencia puede aportar muchísimo, pero también puede transformarse en el argumento perfecto para seguir entrando en todas partes.
“Es más rápido si lo hago yo.”
“Déjame revisarlo.”
“Yo sé por qué esto se hizo así.”
Todas esas frases pueden ser ciertas.
También pueden impedir que alguien más termine de aprender.
Con el tiempo tuve que aceptar que, si quería equipos capaces de asumir responsabilidades reales, yo también tenía que permitir que las asumieran de verdad. No podía pedir autonomía y conservar simultáneamente el derecho de intervenir en cada movimiento porque la solución no se parecía exactamente a la que habría elegido.
Delegar me obligó a revisar no solamente cuánto confiaba en los demás, sino cuánto era capaz de tolerar que las cosas ocurrieran sin mi control directo.
El agotamiento no siempre llega como una caída
Durante años pensé que, si realmente estuviera sobrepasada, mi cuerpo o mi cabeza terminarían obligándome a parar.
Imaginaba el agotamiento como algo evidente.
Una persona que ya no puede levantarse, que deja de funcionar o que sencillamente no consigue seguir haciendo aquello que hacía antes.
Mi experiencia fue bastante menos dramática y, quizás por eso, más fácil de ignorar.
Yo seguía funcionando.
Respondía.
Tomaba decisiones.
Llegaba.
Resolvía.
Desde afuera, probablemente no existía demasiada razón para pensar que algo estuviera ocurriendo.
El cansancio aparecía de otras maneras. Tenía menos espacio interno para aquello que no fuera urgente, necesitaba cada vez más silencio, determinadas interacciones sociales me dejaban completamente agotada y podía sentir que mi cabeza seguía trabajando incluso cuando yo ya quería terminar el día.
No asociaba inmediatamente una cosa con la otra.
Si estaba siendo capaz de hacer todo lo que correspondía, pensaba que podía continuar.
Esa ha sido una de las ideas más difíciles de desmontar en mi vida: funcionar no es una prueba suficiente de que estamos bien.
Hay personas que continúan siendo extraordinariamente eficientes mientras llevan mucho tiempo necesitando una pausa; justamente porque funcionan, reciben nuevas responsabilidades, y como son capaces de resolverlas, el sistema parece confirmar que todavía existe espacio para agregar una más.
Hasta que deja de existir.
Yo no quería esperar a ese punto para aprender.
Pedir ayuda me costaba más que ofrecerla
Siempre me resultó mucho más natural ayudar que pedir ayuda.
Cuando otra persona tenía un problema, podía entrar rápidamente en modo solución; cuando el problema era mío, mi primera reacción solía ser intentar resolverlo antes de involucrar a alguien más.
No lo vivía como orgullo.
Probablemente había algo mucho más antiguo detrás: una autonomía construida durante años, la convicción de que debía poder salir adelante y cierta incomodidad con la idea de entregar a otra persona una preocupación que sentía como propia.
Recibir ayuda tiene una vulnerabilidad particular.
Cuando ayudas, conservas una posición conocida; cuando necesitas que alguien te sostenga una parte del peso, tienes que aceptar que no tienes todo bajo control.
Eso me costó.
Podía delegar una tarea profesional mucho antes de aprender a decir sencillamente: esto me supera por ahora, necesito que alguien me ayude.
Son conversaciones diferentes.
También descubrí que muchas veces las personas no ofrecen ayuda porque creen que no la necesitas. Si una pasa años mostrando únicamente la versión que resuelve, no es extraño que los demás terminen creyendo que esa es toda la historia.
Yo misma había contribuido a construir esa percepción.
No podía esperar que alguien adivinara aquello que yo me encargaba cuidadosamente de esconder.
Ser fuerte no debería significar ser infinita
Hay palabras que pueden convertirse en una especie de jaula cuando las escuchamos demasiadas veces.
“Fuerte” fue una de ellas para mí.
Me dijeron muchas veces que era fuerte y sé que había cariño y admiración detrás; yo también me reconocía en esa característica. Había enfrentado situaciones difíciles, asumido responsabilidades desde joven y construido una vida en la que detenerse demasiado tiempo rara vez parecía una alternativa.
El problema surgió cuando ser fuerte empezó a confundirse con no necesitar nada.
No es lo mismo.
La fortaleza puede ayudarnos a atravesar períodos extraordinariamente exigentes; lo que no debería hacer es obligarnos a vivir permanentemente como si estuviéramos atravesando uno.
Nadie está diseñado para sostener indefinidamente una emergencia.
Ni siquiera quienes son muy buenos haciéndolo.
Entender eso modificó la forma en que empecé a mirar algunos períodos de mi vida. No necesitaba sentir vergüenza porque algo que antes había podido sostener dejara de parecerme razonable; tal vez no me estaba volviendo más débil, sino que finalmente estaba aprendiendo a preguntarme cuánto costaba.
Esa pregunta fue nueva.
Yo sabía medir resultados, tiempos, dinero, riesgos y muchas otras variables; me costaba mucho más incorporar mi propia energía dentro de la ecuación.
En una empresa, hacerlo todo también puede ser una irresponsabilidad
Este aprendizaje adquirió otra dimensión cuando lo llevé al trabajo.
Una fundadora que está en todas partes puede parecer profundamente comprometida y, en algunas etapas, efectivamente necesita estarlo; sin embargo, si una organización depende de que esa persona revise, recuerde, decida y resuelva cada asunto importante, existe una fragilidad que ninguna cantidad de esfuerzo individual puede solucionar para siempre.
Lo entendí con el crecimiento.
Yo podía trabajar más.
Lo había hecho muchas veces.
Podía extender el día, asumir otra tarea y entrar en un problema adicional; lo que ya no podía asegurar era que esa fuera la decisión correcta para la empresa.
Porque cada vez que yo resolvía algo que otra persona debía aprender a resolver, reforzaba sin querer la dependencia.
Cada vez que aceptaba una responsabilidad que no correspondía a mi rol, evitaba que la organización se hiciera la pregunta más importante: ¿quién debería hacerse cargo realmente de esto?
La capacidad de una fundadora para trabajar muchísimo puede esconder problemas estructurales durante bastante tiempo.
Aprendí que no quería ser la solución permanente para ellos.
Si una empresa necesita heroísmo cotidiano para funcionar, probablemente necesita revisar algo más profundo que la disposición de sus equipos.
Dejar espacio también es una forma de liderar
Hubo un momento en que empecé a observar algo que me resultó incómodo: a veces mi manera de ayudar estaba impidiendo que otros terminaran de hacerse cargo.
No porque les quitara deliberadamente responsabilidades, sino porque intervenía demasiado pronto.
Veía una dificultad y entraba.
Sabía una respuesta y la entregaba.
Detectaba que algo podía salir mal y trataba de evitar el error antes de que ocurriera.
Desde mi perspectiva estaba colaborando.
Desde otra mirada, podía estar reduciendo el espacio que alguien necesitaba para desarrollar criterio.
Esa comprensión cambió bastante mi manera de relacionarme con los equipos.
Acompañar no siempre significa resolver.
A veces requiere preguntar qué piensa la otra persona antes de ofrecer nuestra respuesta; otras, permitir que pruebe un camino que no habríamos elegido, siempre que el riesgo sea razonable.
También significa tolerar ciertos errores.
No errores graves que podríamos evitar responsablemente, sino aquellos que forman parte inevitable del aprendizaje cuando alguien empieza a asumir decisiones reales.
Yo había aprendido muchísimo equivocándome.
No podía esperar formar personas autónomas protegiéndolas de cada posibilidad de equivocarse.
Soltar no fue desentenderme
Me costaba la palabra “soltar” porque podía sonar a abandono.
Yo no quería desentenderme de aquello que había construido, ni convertirme en una persona que delegara simplemente para alejarse de las consecuencias; quería seguir involucrada, conocer, preguntar y asumir las decisiones que efectivamente me correspondían.
Lo que necesitaba era aprender otra forma de presencia.
Estar sin ocupar todo el espacio.
Conocer sin intervenir en cada detalle.
Acompañar sin convertir cada pregunta en una instrucción.
Esa forma de liderazgo requiere confianza, pero también buenos sistemas. Resulta mucho más difícil retirarse de una decisión cuando no existen criterios, información o responsabilidades claras; por eso aprender a no hacerlo todo estuvo inevitablemente relacionado con aprender a construir mejor.
No podía simplemente decir “esto ya no lo hago yo” y esperar que funcionara.
Había que crear las condiciones para que alguien más pudiera hacerlo bien.
Cuando esas condiciones existen, soltar deja de parecer abandono.
Se vuelve una transferencia.
También tuve que aprender a dejar cosas sin resolver
Quizás esta haya sido la parte más difícil.
Hay días en que simplemente no alcanza el tiempo para todo.
Durante años mi respuesta era extender el día hasta que la lista disminuyera lo suficiente como para poder descansar con cierta tranquilidad; el problema era que, mientras más responsabilidades existían, menos probable era llegar realmente a ese punto.
Siempre podía aparecer otra cosa.
Un correo.
Una decisión.
Una idea que quería revisar.
Algo pendiente para mañana.
Si el descanso dependía de que todo estuviera terminado, entonces el descanso quedaba condenado a esperar.
Tuve que acostumbrarme a cerrar el computador con asuntos pendientes.
Parece una cosa mínima.
Para alguien habituada a resolver, no lo es.
Significa aceptar que hay problemas que pueden esperar hasta mañana, que una respuesta no pierde necesariamente calidad porque no se entregue a las once de la noche y que mi cabeza no tiene la obligación de mantener abiertos todos los procesos de la empresa mientras intento dormir.
No siempre lo consigo.
Todavía hay noches en que una idea me sigue, momentos en que siento la tentación de resolver algo inmediatamente porque sé que podría hacerlo y días en que mi primera reacción vuelve a ser asumir más de lo necesario.
La diferencia es que ahora lo veo.
No podía hacerlo todo y tampoco era necesario
Creo que esta fue la parte que más alivio me produjo cuando finalmente la comprendí.
No solo era imposible hacerlo todo.
Tampoco hacía falta.
Muchas de las cosas que cargaba podían hacerlas otras personas; algunas incluso podían hacerlas mejor. Otras no necesitaban hacerse todavía y había asuntos que, si esperaba suficiente, terminaban demostrando que nunca habían sido tan importantes como parecían.
Mi responsabilidad no era convertirme en la persona capaz de absorber cada necesidad.
Era aprender a distinguir.
Qué necesitaba realmente mi intervención.
Qué correspondía entregar.
Qué podía esperar.
Qué había que dejar de hacer.
Ese último punto ha sido especialmente importante, porque una de las dificultades de las personas muy orientadas a la acción es que solemos pensar primero cómo hacer mejor una tarea y no siempre nos preguntamos si esa tarea debería seguir existiendo.
A veces la mejor forma de liberar espacio no es delegar.
Es eliminar.
Hacer espacio también fue hacerme espacio a mí
Con el tiempo comprendí que detrás de esta conversación no había solamente un problema de productividad o liderazgo.
También estaba mi vida.
Mi necesidad de silencio.
El tiempo con las personas que quiero.
La posibilidad de leer algo sin convertirlo inmediatamente en trabajo, estar en mi casa sin sentir que debería aprovechar para resolver otro asunto o sencillamente tener momentos que no necesitan justificar su utilidad.
Durante años fui extraordinariamente eficiente ocupando el espacio disponible.
Si aparecía una hora libre, encontraba algo pendiente; si terminaba antes una tarea, podía comenzar la siguiente.
Llenar era fácil.
Aprender a dejar espacio ha sido mucho más difícil.
Quizás porque el espacio vacío obliga también a encontrarse con una misma.
No hay problema que resolver, correo que responder ni persona que esté esperando algo; estás tú.
Y para alguien que ha construido parte importante de su identidad alrededor de hacer, aprender simplemente a estar puede convertirse en un desafío bastante mayor de lo que parece.
Kapú nunca necesitó que yo hiciera tanto
Cuando pienso en esta parte de mi historia, Kapú también aparece.
No porque estuviera relacionado con mi trabajo, sino precisamente porque representaba un lugar completamente distinto.
A él no le importaba cuántas cosas había resuelto ese día.
No sabía si una reunión había salido bien, cuánto había vendido una empresa ni cuántos problemas seguían pendientes. Podía estar sentado a mi lado mientras mi cabeza seguía repasando asuntos que para él no tenían ninguna existencia.
Lo que quería de mí era mucho más sencillo.
Mi presencia.
A veces un paseo, otras una caricia, su comida o que finalmente entendiera que era hora de acostarnos.
Hoy pienso cuánto necesitaba también esa interrupción.
Kapú no sabía que estaba recordándome nada; simplemente vivía dentro de un tiempo donde muchas de las urgencias que gobernaban mi cabeza no tenían importancia.
Hay algo que extraño profundamente de eso.
Su capacidad de traerme de vuelta a un lugar más pequeño.
Más inmediato.
Mientras yo podía estar pensando en diez cosas al mismo tiempo, él estaba ahí.
Quizás parte de aprender que no podía hacerlo todo consistió también en comprender que no quería que una vida completa se me fuera solamente intentándolo.
La renuncia a ser imprescindible
Durante mucho tiempo ser necesaria me hizo sentir útil.
Hoy sigo queriendo ser útil, pero ya no necesito que eso signifique ser imprescindible.
La diferencia es enorme.
Cuando una organización, una familia o un equipo necesita permanentemente a una sola persona para funcionar, esa persona puede sentirse muy valiosa; al mismo tiempo, todo lo que existe alrededor queda limitado por su capacidad.
Yo no quiero construir así.
Quiero que las personas puedan crecer, que los equipos desarrollen autonomía y que existan sistemas suficientemente buenos para que mi ausencia en determinados asuntos no provoque una crisis.
También quiero tener una vida que no dependa de mi capacidad para mantener todos los platos girando.
Todavía estoy aprendiendo.
No creo que una personalidad construida durante décadas cambie simplemente porque entendimos algo; sigo sintiendo satisfacción al resolver y continúo teniendo una tendencia natural a involucrarme cuando veo un problema.
La diferencia es que ahora puedo hacerme una pregunta antes de entrar.
¿Realmente me corresponde?
A veces la respuesta sigue siendo sí.
Otras, para mi sorpresa, es no.
Y ese “no” dejó de parecerme indiferencia.
Lo que cambió cuando dejé de intentar llegar a todo
Aceptar que no podía hacerlo todo no me hizo menos ambiciosa ni menos comprometida.
Tampoco disminuyó mi responsabilidad.
Me obligó a ejercerla mejor.
Empecé a comprender que elegir dónde poner mi energía era también una decisión de liderazgo; que dedicarme a algo significaba inevitablemente no estar en otra parte y que ninguna cantidad de organización iba a cambiar el hecho elemental de que el tiempo y la atención son limitados.
Eso me permitió abandonar una fantasía bastante agotadora: la idea de que, si encontraba el sistema perfecto, algún día conseguiría finalmente llegar a todo.
No existe ese sistema.
Siempre habrá más cosas que podríamos hacer.
La pregunta es cuáles merecen realmente nuestra vida.
Hoy sigo trabajando mucho, construyendo, imaginando proyectos y participando intensamente en aquello que me importa; no quiero convertirme en una versión distante de mí misma solo para demostrar que aprendí a delegar.
Lo que estoy intentando aprender es otra cosa.
A elegir.
A permitir que otras personas ocupen espacios que antes llenaba yo.
A aceptar que algunos asuntos pueden resolverse de otra manera y seguir estando bien.
A cerrar el día aunque todavía exista algo pendiente.
Y, quizás lo más difícil, a comprender que mi valor no depende de cuántas cosas soy capaz de sostener al mismo tiempo.
El día que entendí que no podía hacerlo todo no fue el día en que dejé de ser capaz.
Fue el momento en que empecé a preguntarme por qué necesitaba demostrarlo constantemente.
La respuesta todavía se está escribiendo.
Lo que sí sé es que ya no quiero medir mi fortaleza por la cantidad de peso que puedo cargar sin pedir ayuda; prefiero medirla también por mi capacidad para reconocer qué me corresponde, qué puedo entregar y qué necesito dejar en el suelo antes de que llevarlo se convierta simplemente en una costumbre.
No poder hacerlo todo dejó de parecerme una limitación.
Empezó a parecerme una verdad.
Y aceptar esa verdad, lejos de quitarme posibilidades, comenzó finalmente a devolverme espacio.
Durante mucho tiempo creí que mi mayor fortaleza era ser capaz de resolverlo todo.
Si aparecía un problema, ahí estaba.
Si hubiera una decisión difícil, la tomaría.
Si alguien necesitaba ayuda, buscaba una solución.
Mirándolo en retrospectiva, entiendo que esa forma de actuar tenía mucho menos que ver con el liderazgo y mucho más con mi propia vida.
Cuando una persona aprende desde pequeña que muchas veces sólo puede contar consigo misma, desarrolla una enorme capacidad para hacerse cargo de todo.
Esa habilidad puede parecer una ventaja.
Y, durante un tiempo, realmente lo es.
Permite avanzar.
Permite construir.
Permite sobrevivir.
Pero también tiene un costo.
Porque llega un momento en que el fundador deja de ser el motor de la organización y se convierte, sin querer, en su principal límite.
Eso fue difícil de aceptar.
No, porque dudaba del talento de las personas con las que trabajaba.
Sino porque, durante años, había asociado mi valor con mi capacidad de resolver.
Sentía que, si yo no estaba presente, algo importante podía quedar sin hacer.
Con el tiempo, comprendí que esa manera de pensar no solo me agotaba a mí.
También impedía que otros crecieran.
Cuando todas las decisiones recaen en una sola persona, nadie desarrolla plenamente su propio criterio.
Y una organización necesita exactamente lo contrario.
Necesita personas capaces de pensar, proponer, equivocarse, aprender y volver a intentarlo.
Delegar no significa desentenderse.
Significa confiar.
Y la confianza no aparece de un día para otro.
Se construye.
A través de conversaciones, formación, acompañamiento y, muchas veces, aceptando que los demás harán las cosas de una forma distinta a la nuestra.
Eso no las convierte en peores.
Simplemente diferentes.
Hoy sigo involucrándome profundamente en los proyectos que considero importantes.
Pero también aprendí que mi tiempo tiene un valor distinto al que tenía cuando recién emprendía.
Ya no soy más útil respondiendo cada pequeño problema.
Soy más útil imaginando el siguiente paso.
Pensando en nuevas ideas.
Creando proyectos.
Conectando personas.
Abriendo caminos.
Paradójicamente, cuanto más dejé de intentar controlarlo todo, más crecieron las personas que me rodeaban.
Y también crecí yo.
Porque descubrí algo que nunca me enseñaron:
No todo lo que depende de nosotros necesita seguir dependiendo de nosotros para siempre.
Hay un momento en la vida de todo emprendedor en que el desafío deja de ser demostrar cuánto puede hacer.
El verdadero desafío pasa a ser construir una organización capaz de avanzar con la inteligencia, el compromiso y el talento de muchas personas.
Ese día entendí que no estaba perdiendo protagonismo.
Estaba haciendo espacio para que otros también encontraran el suyo.
Mi reflexión
Hubo un tiempo en que pensaba que liderar era estar presente en todas las decisiones.
Hoy creo que liderar consiste, muchas veces, en preparar a otros para que puedan tomar buenas decisiones incluso cuando nosotros no estamos.
Porque las organizaciones más fuertes no son las que dependen de una persona.
Son las que logran multiplicar el talento de muchas.
Aracely Cretier
Empresaria, comunicadora, autora y fundadora de Club de Perros y Gatos.
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La mirada de Aracely