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Liderazgo y propósito
El valor de las conversaciones difíciles
Aprendí que evitar una conversación difícil rara vez elimina el problema. Hablar a tiempo, con claridad y respeto, puede proteger relaciones, corregir situaciones antes de que crezcan y permitirnos escuchar también aquello que no esperábamos.
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5 min

"La claridad puede incomodar en el momento; la ambigüedad prolongada suele hacer mucho más daño."
Hay conversaciones que una sabe que tendrá que enfrentar mucho antes de encontrar el momento para hacerlo. No necesariamente porque falten palabras, sino porque conocemos el efecto que pueden producir: alguien puede sentirse herido, una relación puede cambiar, puede aparecer una respuesta que no sabemos cómo manejar o, simplemente, tendremos que decir en voz alta algo que hasta entonces habíamos mantenido dentro de nosotras.
A mí me ha pasado muchas veces.
En el trabajo, en las relaciones personales, liderando equipos o enfrentando decisiones que afectaban a otras personas, postergar una conversación podía parecer durante un tiempo la opción más amable. Esperaba encontrar un momento mejor, ordenar un poco más lo que quería decir o confirmar que realmente era necesario tocar el tema; a veces también esperaba, aunque no lo reconociera de esa manera, que la situación se resolviera sola y me evitara tener que intervenir.
Rara vez ocurría.
Con los años entendí que evitar una conversación difícil no elimina aquello que está pasando. Lo deja crecer en silencio; mientras nadie lo nombra, cada persona completa los espacios vacíos con sus propias interpretaciones y aquello que podría haberse abordado cuando todavía era pequeño empieza a adquirir una carga que muchas veces ya no corresponde únicamente al problema original.
Esa fue una de las lecciones más importantes de mi vida como líder: la claridad puede incomodar en el momento, pero la ambigüedad prolongada suele hacer mucho más daño.
No todo silencio es prudencia
Me gusta pensar antes de hablar. Necesito entender qué está ocurriendo, separar aquello que realmente sé de mis propias interpretaciones y evitar que una reacción momentánea termine transformándose en una conversación cuyas consecuencias después sean difíciles de reparar.
Ese tiempo puede ser valioso.
El problema aparece cuando pensar se convierte en una excusa para no actuar.
Hay situaciones en las que sabemos bastante pronto que algo necesita hablarse. Una expectativa no se está cumpliendo, existe una tensión dentro de un equipo, una conducta comienza a repetirse o una decisión ha producido un efecto que no habíamos previsto; podemos esperar algunos días para comprender mejor, pero llega un punto en que seguir observando ya no agrega información, solo aumenta la distancia entre lo que todos sienten y lo que nadie se atreve a decir.
A mí me costó reconocer esa diferencia.
Como me importa el efecto que mis decisiones tienen sobre las personas, muchas veces quise asegurarme de no ser injusta antes de enfrentar una conversación; esa intención era legítima, aunque podía llevarme a retrasar demasiado aquello que necesitaba ocurrir.
Aprendí que ser cuidadosa no significa ser indefinida.
Puedo tomarme el tiempo necesario para comprender una situación y, una vez que la comprendo suficientemente, hablar con claridad sin convertir esa claridad en agresión.
Ambas cosas pueden coexistir.
Decir algo difícil no exige decirlo de una manera cruel
Durante mucho tiempo observé dos formas bastante extremas de enfrentar este tipo de conversaciones. Hay personas que las evitan hasta que la situación se vuelve insostenible y otras que confunden franqueza con la libertad de decir cualquier cosa de cualquier manera.
Ninguna me sirve.
Que algo sea cierto no vuelve irrelevante la forma en que lo comunicamos; tampoco el respeto debería obligarnos a maquillar tanto un mensaje que la otra persona termine sin comprender qué quisimos decir.
Encontrar ese equilibrio me ha exigido bastante aprendizaje.
Cuando necesito conversar con alguien sobre un problema, intento recordar que hay una persona completa al otro lado, no solamente un comportamiento que necesito corregir. Puedo cuestionar un resultado sin convertirlo en una definición de su valor; puedo señalar una conducta concreta sin construir alrededor de ella una sentencia sobre quién es esa persona.
Esa distinción cambia mucho.
“No cumpliste con este compromiso” permite hablar de un hecho.
“Eres irresponsable” transforma un comportamiento en identidad.
Puede parecer una diferencia lingüística, pero no lo es. Una conversación orientada a resolver necesita trabajar sobre aquello que puede entenderse, corregirse o decidirse; cuando atacamos la identidad del otro, la conversación deja de girar alrededor del problema y empieza a convertirse en una defensa personal.
He aprendido también a cuidar las generalizaciones.
“Siempre haces esto” o “nunca entiendes” suelen ser frases tan imprecisas como dolorosas. Aunque nazcan de una frustración real, rara vez ayudan a una persona a comprender qué debería cambiar.
La claridad necesita precisión.
A veces el problema era que yo llegaba demasiado tarde
Hay algo que me resultó incómodo admitir: algunas conversaciones se volvieron difíciles precisamente porque yo había esperado demasiado.
Cuando un tema se aborda en el momento adecuado, puede consistir en una observación, una pregunta o un ajuste relativamente sencillo; si lo dejamos acumularse, llega cargado de ejemplos anteriores, frustración y expectativas que la otra persona quizás ni siquiera sabía que estaba incumpliendo.
Entonces creemos que estamos reaccionando a lo que ocurrió hoy, cuando en realidad estamos llevando a la conversación varios meses de cosas que nunca dijimos.
Me ha pasado.
Y no es justo pedirle al otro que responda de inmediato a una historia que solo una de las partes sabía que estaba escribiéndose.
Esa comprensión modificó mi forma de liderar.
Si algo necesita mejorar, prefiero decirlo cuando todavía existe espacio para hacerlo. No esperar a que el problema determine por completo mi percepción de una persona ni convertir una evaluación final en la primera oportunidad real que tuvo de conocer aquello que estaba ocurriendo.
La retroalimentación tardía puede ser cómoda para quien evita el conflicto, pero suele ser bastante injusta para quien la recibe.
Si esperamos un cambio, también tenemos la responsabilidad de entregar información a tiempo.
La conversación no empieza cuando una abre la boca
Una de las cosas que más he aprendido es que preparar una conversación difícil implica revisar primero la historia que una misma se está contando.
¿Qué sé realmente?
¿Qué estoy suponiendo?
¿Hay algo que me molestó porque contradice un acuerdo o porque simplemente fue diferente de lo que yo esperaba?
¿Estoy buscando resolver o demostrar que tengo razón?
Esa última pregunta es especialmente incómoda.
Podemos entrar a una conversación convencidas de que queremos aclarar una situación cuando, en realidad, ya construimos internamente una sentencia y solo estamos esperando que la otra persona la escuche.
En esos casos no estamos conversando.
Estamos notificando.
Hay decisiones que efectivamente necesitan comunicarse y no todas pueden abrirse nuevamente a discusión; aun entonces me parece importante distinguirlo. Si algo está decidido, resulta más honesto decirlo que fingir que estamos pidiendo una opinión que no cambiará nada.
Cuando sí existe espacio para comprender, necesito entrar preparada también para escuchar algo que quizás no esperaba.
Eso implica aceptar que puedo haber interpretado mal una parte de la situación.
No siempre ocurre, pero la posibilidad debe existir.
Escuchar no obliga a estar de acuerdo
A veces confundimos una conversación exitosa con una conversación donde ambos terminan pensando lo mismo.
No creo que sea así.
Hay conversaciones importantes que terminan con desacuerdo y, aun así, dejan mucho más orden que el silencio anterior. Dos personas pueden comprender perfectamente las razones de la otra y seguir teniendo posiciones distintas; la diferencia es que ya no necesitan imaginar intenciones ni completar con supuestos aquello que nunca se habló.
Para mí escuchar significa intentar comprender qué hay detrás de una respuesta antes de decidir qué hacer con ella.
No significa renunciar automáticamente a mi criterio.
Puedo escuchar que una persona se sintió de determinada manera y seguir pensando que una decisión era necesaria; también puedo reconocer que mi forma de comunicarla no fue la mejor aunque el fondo siga pareciéndome correcto.
Aprender a separar ambas cosas me ayudó muchísimo.
Antes podía sentir que reconocer un error en la forma debilitaba mi posición sobre el contenido; hoy sé que puedo decir “esto podría haberlo conversado mejor contigo” sin necesidad de agregar “por lo tanto, todo lo que decidí estaba equivocado”.
Las conversaciones maduras necesitan ese tipo de matices.
No todo es tener razón o perderla.
A veces ambas partes tienen algo que revisar.
Hay conversaciones en las que el poder no está repartido por igual
En el liderazgo esto resulta especialmente importante.
Quien ocupa una posición de autoridad puede creer que está teniendo una conversación franca entre adultos, mientras la otra persona está pensando también en las consecuencias que podría tener cada palabra que diga.
No podemos fingir que esa diferencia no existe.
Si yo soy quien evalúa, decide una promoción, define responsabilidades o puede terminar una relación laboral, mi posición modifica inevitablemente la conversación; por eso tengo una responsabilidad mayor respecto de las condiciones en que ocurre.
No significa que deba eliminar cualquier incomodidad.
Algunas conversaciones serán difíciles por definición.
Significa que debo intentar que la persona pueda comprender claramente el tema, responder, aportar antecedentes y, cuando corresponda, disentir sin sentir que por hacerlo está empeorando automáticamente su situación.
Eso requiere coherencia.
No sirve decir que queremos equipos capaces de hablarnos con honestidad si cada vez que alguien cuestiona una decisión reaccionamos como si hubiera cruzado una línea personal.
Las personas aprenden muy rápido qué conversaciones están realmente permitidas.
Y después actúan en consecuencia.
Si queremos saber lo que ocurre dentro de una organización, necesitamos cuidar especialmente la reacción que tenemos frente a aquello que no queríamos escuchar.
La claridad también puede cuidar una relación
Durante años asocié las conversaciones difíciles con el riesgo de dañar un vínculo.
Hoy pienso bastante en la posibilidad contraria.
Hay relaciones que se deterioran precisamente porque nadie quiso atravesar una incomodidad a tiempo. Se acumulan pequeñas molestias, aparecen interpretaciones, se instala una distancia difícil de explicar y cada nuevo problema encuentra una relación un poco más debilitada que la anterior.
Hablar no garantiza que una relación continúe.
Algunas conversaciones muestran justamente que una etapa terminó, que existen diferencias difíciles de reconciliar o que dos personas necesitan tomar caminos distintos; pero incluso en esos casos la claridad puede permitir que aquello termine desde un lugar mucho más digno que meses de silencios, evasiones y mensajes contradictorios.
También he visto lo contrario.
Conversaciones que parecían amenazar una relación terminaron fortaleciéndola porque ambas personas pudieron decir cosas que llevaban demasiado tiempo evitando.
A veces conocer una incomodidad nos permite corregir.
Otras nos permite comprender.
Y algunas veces simplemente nos permite dejar de imaginar.
Pedir disculpas sin defenderse inmediatamente
Esta ha sido otra parte importante de mi aprendizaje.
Cuando alguien nos dice que algo que hicimos le produjo daño o incomodidad, aparece con mucha facilidad la necesidad de explicar nuestra intención.
“Yo no quise decir eso.”
“Lo hice porque…”
“Lo que trataba de hacer era…”
La intención importa, por supuesto; sin embargo, utilizarla demasiado rápido puede hacer que la otra persona sienta que nuestra primera preocupación es demostrar que no somos culpables, no entender aquello que nos está contando.
Me ha costado aprender a quedarme un momento más en esa incomodidad.
Escuchar.
Preguntar.
Reconocer aquello que corresponde antes de explicar mi propia versión.
Pedir disculpas tampoco significa aceptar una interpretación completa con la que no estamos de acuerdo; puede significar algo mucho más específico y honesto: lamento haberlo comunicado de esa manera, no advertí el efecto que podía tener, debí hablarlo antes, me equivoqué en esto.
Una disculpa precisa vale mucho más que una disculpa total que una no siente verdadera.
Y, por supuesto, tiene que venir acompañada de algo que cambie después.
De poco sirve una organización donde las personas piden disculpas muy bien por aquello que continúan haciendo exactamente igual.
Las conversaciones difíciles también ocurren con una misma
Hay algo que he comprendido más tarde: muchas veces tardamos tanto en hablar con otros porque antes tendríamos que reconocer algo que no queremos decirnos a nosotras mismas.
Que una relación profesional ya no funciona.
Que confiamos en alguien que nos decepcionó.
Que una decisión propia contribuyó al problema.
Que estamos sosteniendo una situación por afecto, miedo o costumbre y no porque todavía sea correcta.
Esas conversaciones internas pueden ser mucho más difíciles que la reunión posterior.
Mientras una no consigue reconocer aquello que realmente piensa, empieza a buscar explicaciones periféricas. El problema parece ser el momento, las circunstancias, una conversación anterior o cualquier otra cosa que permita evitar la pregunta central.
También lo he hecho.
Con el tiempo aprendí a prestar atención cuando una decisión se vuelve extraordinariamente difícil de explicar incluso para mí misma; a veces esa dificultad es una señal de que todavía estoy intentando negociar internamente con una conclusión que ya conozco.
No siempre la primera impresión es correcta.
Pero merece ser examinada.
No toda conversación necesita terminar bien para haber valido la pena
Esto me parece importante porque existe cierta idea de que una buena comunicación debería permitir siempre alcanzar un entendimiento armónico.
La vida real no funciona así.
Podemos preparar cuidadosamente una conversación, hablar con respeto, escuchar y aun así terminar dolidos, en desacuerdo o conscientes de que un vínculo necesita cambiar.
Eso no significa necesariamente que la conversación haya fracasado.
A veces el éxito consiste simplemente en que aquello que estaba implícito finalmente pueda nombrarse.
Hay relaciones laborales que terminan.
Amistades que cambian.
Personas que no comprenden nuestras decisiones.
Situaciones en que alguien se queda con una versión de nosotros que no podemos controlar.
Aprender eso también fue importante para mí, porque durante mucho tiempo sentí una gran responsabilidad por conseguir que la otra persona comprendiera mis motivos.
Hoy sé que puedo explicarlos con honestidad; no puedo decidir cómo serán recibidos.
Mi responsabilidad está en aquello que digo, en cómo lo digo y en las decisiones que tomo después.
La interpretación final también pertenece al otro.
Aceptar ese límite libera mucho.
En los equipos, lo que no se habla termina apareciendo de otra manera
Los problemas dentro de una organización rara vez desaparecen porque nadie los mencione.
Cambian de forma.
Se vuelven comentarios de pasillo, respuestas cada vez más breves, reuniones donde nadie pregunta aquello que realmente quiere preguntar o pequeños conflictos entre áreas que parecen operativos, aunque detrás exista una conversación pendiente desde hace meses.
He aprendido a prestar atención a esas señales.
No porque todo deba transformarse en una gran conversación emocional; muchas veces basta con volver a aclarar una responsabilidad, corregir un procedimiento o recordar un acuerdo.
Lo importante es no permitir que la falta de claridad se convierta en cultura.
Una organización donde todos saben que algo está mal y nadie lo nombra termina enseñando una lección muy peligrosa: hay temas sobre los que conviene guardar silencio.
Después nos sorprende que la información importante no llegue.
La transparencia no se construye pidiéndole a las personas que hablen; se construye demostrando qué hacemos cuando hablan.
También aprendí cuándo una conversación debe terminar
No todas las conversaciones mejoran indefinidamente por seguir hablando.
Hay momentos en que ya se comprendieron las posiciones, los argumentos empiezan a repetirse y continuar solo profundiza una discusión que necesita transformarse en una decisión.
Esto también me costó.
Me interesa entender y puedo quedarme bastante tiempo explorando por qué alguien piensa de determinada manera; sin embargo, liderar exige reconocer cuándo escuchar más dejará de aportar información nueva.
Llegado ese momento, hay que cerrar.
A veces con un acuerdo.
Otras con una decisión.
Y algunas veces reconociendo que no existe una solución capaz de dejar completamente conformes a todos.
Cerrar una conversación con claridad también es respeto.
La ambigüedad puede resultar cómoda para quien todavía no quiere decidir, pero obliga al resto a continuar esperando.
No siempre existe una frase perfecta para terminar.
Existe, en cambio, la posibilidad de ser honesta.
Lo que intento hacer hoy
No creo haberme convertido en una persona a la que le gusten las conversaciones difíciles.
Siguen costándome cuando hay vínculos importantes, decisiones dolorosas o consecuencias que preferiría no tener que enfrentar.
La diferencia está en que ya no interpreto esa incomodidad como una señal automática de que conviene esperar.
Intento preparar mejor.
Elegir el momento.
Separar hechos de interpretaciones.
Escuchar antes de defenderme.
Decir aquello que realmente necesito decir sin utilizar diez rodeos destinados a evitar la frase central.
Y después permitir que la conversación tenga una respuesta que no controlo por completo.
No siempre lo hago perfectamente.
Hay cosas que todavía pospongo más de lo debido y momentos en que encuentro las palabras correctas recién después de haber terminado; también sigo descubriendo cuánto puede cambiar una conversación dependiendo del estado emocional con el que una llega a ella.
Pero hay algo que ya no quiero volver a confundir.
El silencio no siempre es cuidado.
A veces es miedo disfrazado de prudencia.
Y cuando una conversación es necesaria, postergarla para evitar una incomodidad presente puede significar entregarle al problema mucho más espacio del que merecía.
He aprendido que hablar a tiempo no garantiza un resultado fácil; garantiza algo mucho más importante: que la relación, la decisión o el problema puedan construirse sobre lo que realmente está ocurriendo y no sobre aquello que cada persona imaginó mientras nadie decía nada.
Quizás ahí está, para mí, el verdadero valor de las conversaciones difíciles.
No en decir todo lo que pensamos.
En atrevernos a decir lo que necesita ser dicho, de una manera que permita al otro seguir siendo una persona frente a nosotros.
Durante mucho tiempo pensé que los conflictos eran algo que debía evitar.
Como muchas personas, prefería postergar las conversaciones incómodas esperando que el tiempo resolviera aquello que nadie quería enfrentar.
Casi nunca ocurrió.
Con los años descubrí que las conversaciones difíciles no desaparecen cuando las evitamos.
Simplemente se transforman.
Lo que hoy es una duda, mañana puede convertirse en un malentendido.
Lo que hoy es una incomodidad, mañana puede transformarse en resentimiento.
Y lo que hoy podría resolverse con una conversación honesta, mañana puede terminar rompiendo una relación.
Aprender eso cambió profundamente mi manera de liderar.
También cambió mi manera de vivir.
Entendí que las conversaciones difíciles no tienen como objetivo ganar una discusión.
Tienen como objetivo cuidar una relación.
Eso exige algo que muchas veces olvidamos: escuchar.
No escuchar para responder.
Escuchar para comprender.
Porque detrás de casi todas las diferencias existen realidades que desconocemos.
Hay miedos.
Hay expectativas.
Hay heridas.
Hay experiencias que explican por qué dos personas pueden mirar exactamente la misma situación de maneras completamente distintas.
Cuando comprendí eso, dejé de entrar a las conversaciones pensando en convencer al otro.
Empecé a entrar con curiosidad.
¿Qué está viendo esa persona que yo todavía no veo?
¿Qué información tiene que yo desconozco?
¿Qué necesita realmente?
Muchas veces la respuesta era muy distinta de la que imaginaba.
También aprendí que la honestidad y el respeto nunca deberían competir entre sí.
Es posible decir la verdad sin herir.
Es posible poner límites sin perder la empatía.
Y también es posible reconocer un error sin sentir que eso disminuye nuestra autoridad.
De hecho, ocurre exactamente lo contrario.
Las personas confían mucho más en quienes son capaces de reconocer cuándo se equivocan.
En mi experiencia, las organizaciones más sanas no son aquellas donde nunca existen conflictos.
Son aquellas donde las personas saben conversar antes de que los conflictos crezcan.
Porque el silencio rara vez resuelve los problemas.
La conversación sí puede hacerlo.
No siempre será fácil.
No siempre terminará con un acuerdo.
Pero incluso cuando las diferencias permanecen, una conversación honesta suele dejar algo muy valioso: claridad.
Y la claridad siempre permite avanzar.
Hoy sigo teniendo conversaciones difíciles.
La diferencia es que ya no las veo como una amenaza.
Las veo como una oportunidad para fortalecer vínculos, corregir el rumbo y seguir construyendo confianza.
Porque, al final, las relaciones más sólidas no son aquellas donde nunca hubo diferencias.
Son aquellas donde las diferencias pudieron hablarse con respeto.
Mi reflexión
Las conversaciones más importantes de mi vida casi nunca fueron las más cómodas.
Fueron aquellas en las que alguien se atrevió a hablar con honestidad y otro decidió escuchar con humildad.
Quizás ese sea uno de los actos más profundos de liderazgo: crear espacios donde las personas puedan decir la verdad sin miedo y sentirse escuchadas con respeto.
Aracely Cretier
Empresaria, comunicadora, autora y fundadora de Club de Perros y Gatos.
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Este contenido tiene fines informativos y no reemplaza la evaluación de un médico veterinario. Cada animal necesita una revisión profesional individual.
La mirada de Aracely
Las conversaciones más importantes de mi vida casi nunca fueron las más cómodas.
Fueron aquellas en las que alguien se atrevió a hablar con honestidad y otro decidió escuchar con humildad.
Quizás ese sea uno de los actos más profundos de liderazgo: crear espacios donde las personas puedan decir la verdad sin miedo y sentirse escuchadas con respeto.