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Desarrollo y bienestar
Kapú, el maestro que llegó con cuatro patas
Kapú estuvo conmigo durante dieciséis años y terminó formando parte de la estructura de mi vida. Mirar hoy nuestra historia me permite comprender todo lo que aprendí sobre presencia, cuidado, límites, envejecimiento y amor sin necesidad de convertirlo en algo distinto de lo que siempre fue: mi perro y mi familia.
Muy pronto
·

"Kapú no llegó a mi vida para enseñarme nada; las enseñanzas quedaron porque tuvimos la suerte de compartir suficiente vida."
Llamar a Kapú “maestro” puede sonar, a primera vista, como una de esas formas humanas de buscar una enseñanza después de una historia importante. Los perros no llegan a nuestra vida con la intención de transformarnos ni conocen el papel que terminarán ocupando en nuestra biografía; viven, se relacionan con nosotros desde su propia naturaleza y, mientras compartimos los días, somos nosotros quienes vamos cambiando alrededor de esa presencia.
Eso fue lo que ocurrió conmigo.
Kapú no apareció para enseñarme paciencia, amor, fortaleza ni ninguna de esas palabras que solemos reunir cuando intentamos explicar lo que un animal significó. Llegó siendo un perro, con su carácter, sus preferencias, sus horarios y una manera muy particular de relacionarse conmigo; después vinieron los años, tantos que terminó siendo difícil recordar mi vida adulta sin encontrarlo en alguna parte de ella.
Dieciséis años permiten que ocurra algo difícil de explicar a quien nunca ha compartido tanto tiempo con un animal. Ya no hablamos solamente de compañía, porque el otro empieza a formar parte de la estructura misma de los días: sabemos cómo camina cuando tiene sueño, distinguimos un ladrido de otro, reconocemos qué significa una mirada y advertimos pequeñas variaciones que para cualquiera pasarían inadvertidas. La convivencia construye un lenguaje que nunca se estudió y que, sin embargo, ambas partes parecen conocer.
Con Kapú tuve ese lenguaje.
Por eso, cuando pienso en todo lo que aprendí a su lado, no recuerdo grandes revelaciones. Recuerdo una vida compartida.
Y quizá ahí estuvo la enseñanza.
Una relación que se construyó sin que yo supiera cuánto iba a significar
Nadie recibe a un perro sabiendo realmente qué lugar ocupará muchos años después.
Sabemos que lo queremos, imaginamos rutinas, pensamos en cuidados y hacemos promesas que en ese momento pertenecen al presente; lo que todavía no podemos comprender es cuánto de nuestra propia historia terminará ocurriendo mientras ese animal está ahí.
Kapú estuvo mientras yo cambiaba.
Conoció distintas versiones de mí y atravesó etapas que, vistas desde hoy, parecen pertenecer casi a vidas diferentes. Hubo años de trabajo intenso, decisiones empresariales, momentos familiares, preocupaciones, alegrías y períodos en los que mi cabeza estaba tan llena de asuntos pendientes que probablemente yo misma no advertía cuánto necesitaba una forma de compañía que no exigiera nada parecido a una explicación.
Él no sabía quién era yo fuera de nuestra casa.
No conocía cargos, proyectos, números ni responsabilidades y tampoco podía impresionarse con ninguno de ellos. Para Kapú mi importancia se medía con criterios mucho más sencillos: si estaba, si respondía, si respetaba aquello que necesitaba y si llegaba el momento que él consideraba adecuado para hacer alguna de las cosas que formaban parte de nuestra vida.
Esa diferencia fue mucho más importante de lo que comprendí mientras la vivía.
Existe una libertad particular en ser irrelevante para alguien en todos aquellos aspectos que el mundo considera importantes y, al mismo tiempo, ser profundamente importante por algo tan básico como nuestra presencia.
Con él podía volver a ese lugar.
Kapú me enseñó a observar sin palabras
Una de las experiencias más profundas de convivir con animales es reconocer el límite de nuestro propio lenguaje.
Estamos acostumbrados a preguntar qué ocurre, pedir explicaciones y construir relatos; con un perro, gran parte de esa información no existe de la manera en que los humanos esperamos recibirla. Hay que aprender a mirar.
Eso exige atención.
Un cambio en la forma de caminar puede importar. Una comida que no despertó el entusiasmo habitual también puede decir algo, igual que una posición extraña al dormir o una manera distinta de buscar cercanía. Cuando conocemos profundamente a un animal, terminamos construyendo una memoria de sus gestos que permite reconocer diferencias mínimas.
Con Kapú aprendí muchísimo de esa observación cotidiana.
No porque siempre supiera lo que le ocurría ni porque la cercanía pudiera reemplazar la mirada veterinaria; precisamente una de las cosas que la vida con animales me enseñó es que conocerlos no significa creer que podemos diagnosticar aquello que no sabemos. La observación sirve para advertir, consultar, cuidar y entregar información a quienes sí tienen las herramientas profesionales para interpretar lo que está ocurriendo.
Ese aprendizaje terminó influyendo también en mi manera de relacionarme con las personas.
Escuchar no consiste únicamente en esperar palabras.
Hay silencios, cambios, contradicciones y pequeñas señales que pueden abrir una pregunta, aunque después necesitemos tener la humildad suficiente para no confundir nuestra percepción con una certeza.
Kapú me enseñó mucho de esa diferencia sin enseñármela conscientemente.
Yo aprendí porque tuve que conocerlo.
La rutina dejó de parecerme algo pequeño
Hay una tendencia humana a imaginar que los momentos importantes son aquellos que pueden identificarse como extraordinarios.
Una celebración.
Un viaje.
Un logro.
Una despedida.
Sin embargo, cuando perdemos a alguien con quien compartimos la vida, muchas veces aquello que más pesa no pertenece a ninguno de esos momentos.
Es la rutina.
La presencia en determinados lugares de la casa.
Los horarios.
Ese gesto que ocurría todos los días y al que nunca se le habría ocurrido a una otorgarle importancia precisamente porque parecía garantizado.
Kapú estaba hecho de muchas de esas cosas.
Tenía su manera de organizar el día y, como ocurre con tantos animales que viven con nosotros durante años, terminó organizando también una parte del mío. Algunas veces aceptaba esa estructura con ternura; otras probablemente habría preferido que fuera un poco más flexible.
Hoy daría mucho por volver a negociar con él alguna de esas pequeñas exigencias.
La pérdida cambia nuestra relación con lo cotidiano porque demuestra algo que intelectualmente sabemos, aunque pocas veces vivimos de verdad: no existe una cantidad infinita de días ordinarios.
Alguno será el último.
No sabemos cuál.
Esto no significa que debamos vivir cada desayuno, cada paseo o cada noche con la solemnidad de una despedida; sería imposible y, probablemente, bastante triste. Lo que sí cambió en mí fue la forma de mirar aquello que parece repetirse.
La rutina no es el espacio que queda entre los momentos importantes.
También es la vida.
Kapú me lo enseñó de la manera más hermosa mientras estuvo conmigo y de la más dolorosa cuando dejó de estar.
Había cosas que él sabía de mí antes de que yo las reconociera
Con los años, Kapú llegó a conocer ritmos míos que yo misma no siempre respetaba.
Cuando las visitas se prolongaban y mi energía social ya estaba agotada, podía aparecer con una insistencia que resultaba casi cómica para anunciar que había llegado la hora de irnos a acostar. Él no conocía mis altas capacidades ni sabía nada sobre agotamiento social; simplemente conocía nuestra rutina y sabía cuándo quería retirarse conmigo.
La escena, en ese momento, podía parecer una anécdota.
Hoy la entiendo de otra manera.
Antes de que yo tuviera palabras para explicar por qué ciertas situaciones me cansaban tanto, Kapú me ofrecía una salida que no necesitaba justificar demasiado. Podía atribuirle a él la decisión y marcharme con mi pequeño aliado reclamando su horario, sin tener que explicar que yo también necesitaba silencio.
Hay mucha ternura para mí en ese recuerdo.
No porque crea que Kapú estuviera interpretando psicológicamente lo que me ocurría, sino porque una relación construida durante tantos años había generado una sincronía suficiente para que sus necesidades coincidieran muchas veces con las mías.
Él necesitaba retirarse.
Yo también.
Y, por alguna razón, me resultaba mucho más sencillo respetar su necesidad que reconocer la propia.
Esa diferencia dice bastante de la mujer que fui durante muchos años.
Cuidarlo también cambió cuando empezó a envejecer
Queremos a nuestros animales desde el primer día, pero el amor cambia de forma a medida que pasan los años.
Al comienzo hay energía, aprendizaje y descubrimiento. Más adelante llega una familiaridad que parece indestructible, hasta que un día empezamos a notar algo que preferiríamos no mirar demasiado: están envejeciendo.
Con Kapú tuve que aprender también esa parte.
El cuidado comenzó a exigir otro tipo de atención y la observación adquirió un peso diferente, porque una ya no mira únicamente aquello que el animal disfruta, sino también aquello que puede estar costándole. Empieza entonces una conversación interior difícil entre proteger y respetar, entre querer que permanezca con nosotros y reconocer que su bienestar no puede medirse solamente desde nuestro deseo de no perderlo.
No creo que una se prepare verdaderamente para esa etapa.
Podemos conocer el ciclo de la vida, recibir información y tomar decisiones responsables; nada de eso elimina la dimensión emocional de cuidar a alguien que se vuelve más vulnerable frente a nuestros ojos.
Envejecer junto a Kapú me enseñó que cuidar no siempre significa hacer más.
A veces exige observar mejor.
Modificar.
Aceptar límites que antes no existían.
Pedir ayuda.
Y, sobre todo, recordar que el centro de una decisión debe seguir siendo el animal, incluso cuando aquello que nosotros queremos grita mucho más fuerte.
Ese es uno de los lugares donde el amor deja de parecerse al deseo de retener y empieza a exigir algo bastante más difícil.
No pude protegerlo de todo
Esta es probablemente una de las verdades más duras que aprendí.
Querer profundamente a un animal puede generar la fantasía de que, si estamos suficientemente atentos, podremos protegerlo de todo. Buscamos buenos profesionales, observamos cambios, investigamos, preguntamos y hacemos aquello que está a nuestro alcance; aun así, existe un punto en que la vida impone un límite que ninguna cantidad de amor consigue negociar.
Aceptar ese límite fue muy difícil para mí.
Mi manera de enfrentar los problemas ha sido siempre buscar qué puedo hacer, qué información falta y qué alternativa todavía no he considerado. Esa disposición me ha permitido resolver muchísimo a lo largo de mi vida, pero frente a ciertas realidades puede transformarse en una lucha agotadora contra algo que no responde a nuestra capacidad para resolver.
Con Kapú tuve que enfrentar esa impotencia.
Hay cosas frente a las que la pregunta ya no puede ser cómo arreglarlas, porque no existe una solución capaz de devolvernos exactamente aquello que queremos.
Entonces aparece otra forma de cuidar.
Acompañar.
Estar.
Intentar que aquello que no podemos cambiar ocurra con la mayor dignidad y el menor sufrimiento posibles.
Me costó muchísimo llegar a ese lugar porque aceptar un límite puede sentirse, para alguien acostumbrada a buscar soluciones, casi como abandonar.
No lo era.
A veces aceptar es también cuidar.
Amar a un animal incluye reconocer que tendrá una vida distinta de la nuestra
Hay una injusticia evidente en la relación con perros y gatos: sus vidas suelen ser mucho más breves que las nuestras.
Sabemos esto desde el comienzo y aun así vivimos durante años como si el final perteneciera a una realidad lejana.
Quizás tiene que ser así.
Sería imposible construir un vínculo profundo si pasáramos cada día anticipando la despedida.
Lo que ocurre es que, cuando finalmente llega, una comprende que todo aquel amor contenía desde el principio una promesa difícil: probablemente nos tocaría sobrevivirlos.
Yo sabía que Kapú tenía dieciséis años.
Sabía muchas cosas racionalmente.
Nada de eso consiguió que mi casa estuviera preparada para su ausencia.
Porque la muerte de un animal que ha compartido tantos años con nosotros no elimina únicamente a ese ser; modifica espacios, horarios, sonidos y pequeñas costumbres que habían construido alrededor suyo una geografía íntima.
La casa sigue siendo la misma.
Y, sin embargo, no lo es.
Ahí comprendí de una manera muy concreta por qué el duelo por un animal no necesita compararse con ninguna otra pérdida para ser legítimo. No hay que demostrar que duele “tanto como” algo distinto ni defenderlo frente a una jerarquía imaginaria del sufrimiento.
Duele según la relación que existía.
Y la nuestra ocupaba una parte enorme de mi vida.
Su partida no convirtió automáticamente nuestra historia en tristeza
Hubo un momento en que temí que el final contaminara los recuerdos anteriores.
Cuando una pérdida es reciente, el último tramo puede ocupar demasiado espacio. La enfermedad, la preocupación y la ausencia tienen una intensidad capaz de instalarse delante de años completos de vida compartida.
Necesité tiempo para empezar a recuperar otras imágenes.
El Kapú más joven.
Sus costumbres.
Sus exigencias.
Las cosas que me hacían reír.
Esa manera suya de estar presente en mi vida sin que yo tuviera que pensar constantemente en lo extraordinario que era tenerlo.
El duelo fue cambiando lentamente la proporción de los recuerdos.
La tristeza sigue ahí porque extraño a Kapucito y preferiría, sin ninguna elaboración literaria, que todavía estuviera conmigo; al mismo tiempo, su historia contiene demasiada vida como para quedar reducida únicamente a su ausencia.
Eso me importa.
No quiero recordar a Kapú solo desde el dolor de haberlo perdido.
Quiero recordar también la suerte de haber coincidido con él durante tantos años.
Ambas cosas pueden existir juntas sin anularse.
Él no necesitaba que yo fuera extraordinaria
Hay algo que vuelvo a pensar una y otra vez.
Pasé buena parte de mi vida adulta construyendo, resolviendo y exigiéndome. Soy una persona que puede quedar muy involucrada en aquello que hace y que ha tenido que aprender lentamente a separar su valor de su capacidad para producir, solucionar o sostener.
Kapú no participaba de ninguna de esas medidas.
No sabía si había tenido un buen día.
No conocía mis logros.
No podía compararme con nadie.
Tampoco parecía interesado en saber si yo había cumplido con todas las expectativas que llevaba sobre los hombros.
Para él era suficiente que fuera yo.
Esa experiencia, repetida miles de veces a lo largo de dieciséis años, tuvo una profundidad que solo ahora alcanzo a comprender completamente.
Hay relaciones humanas donde también podemos sentir esa aceptación, por supuesto; no creo que los animales posean el monopolio de ninguna forma de amor. Lo que existe con ellos es una ausencia de determinadas capas sociales que puede volver la relación sorprendentemente directa.
Kapú no necesitaba una versión exitosa de mí.
Ni siquiera una especialmente alegre.
Había días en los que bastaba estar juntos.
Ese “bastar” fue una de las cosas más valiosas que me regaló nuestra vida.
Lo que cambió después de él
Decir que Kapú cambió mi vida es verdadero, aunque demasiado amplio para explicar algo.
Lo hizo de muchas maneras pequeñas que solo puedo reconocer al mirar los años completos.
Cambió mi forma de entender el vínculo con los animales y volvió mucho más concreta una convicción que después estaría presente en mi trabajo: detrás del cuidado existe una relación que ninguna ficha de producto ni indicador comercial consigue explicar por completo.
También modificó mi manera de entender la responsabilidad.
Un animal depende de nuestras decisiones sin haber elegido las condiciones de esa dependencia; alimentarlo, atender su salud, respetar sus necesidades y acompañarlo hasta el final no son gestos extraordinarios de bondad, sino parte del compromiso que asumimos cuando lo incorporamos a nuestra vida.
Y cambió mi manera de pensar el tiempo.
Dieciséis años pueden parecer larguísimos mientras están ocurriendo y desesperadamente breves cuando terminan.
Eso todavía me cuesta aceptar.
El maestro nunca supo que lo era
Quizás por eso sigo queriendo este título.
Kapú nunca supo que estaba enseñándome nada.
No hubo lecciones preparadas ni una sabiduría humana escondida detrás de sus ojos. Era un perro, y quiero respetarlo también en eso, porque no necesito transformarlo en otra cosa para reconocer la profundidad de lo que vivimos.
Me enseñó porque conviví con él.
Porque cuidarlo me obligó a mirar fuera de mí.
Porque su envejecimiento me enfrentó a límites que no quería aceptar y su ausencia me mostró la dimensión de todas esas pequeñas rutinas a las que nunca había llamado felicidad mientras estaban ocurriendo.
Me enseñó también algo sobre mí.
Que podía querer de esa manera.
Que existía una parte de mi vida donde no necesitaba demostrar nada.
Que el silencio compartido podía contener tanto como una conversación y que estar presente era, muchas veces, bastante más importante que encontrar la respuesta correcta.
Ninguno de esos aprendizajes ocurrió en un solo momento.
Se fueron acumulando durante dieciséis años hasta convertirse en una parte de mí.
Por eso no sé exactamente dónde termino yo y dónde comienzan las cosas que aprendí viviendo con él.
Tal vez así funcionan las relaciones verdaderamente importantes.
No nos entregan una lista de enseñanzas al final.
Nos transforman tan lentamente que un día descubrimos que miramos el mundo de una manera que ya no habría sido posible sin haberlas vivido.
Kapú sigue estando en la mujer que soy
No me refiero a una presencia sobrenatural ni necesito construir una explicación sobre aquello que ocurre después de la muerte.
Hablo de algo mucho más concreto.
Kapú está en mis recuerdos, pero también en mi manera de mirar a los animales, en ciertas decisiones que tomo y en la sensibilidad que tengo frente a la relación que otras familias construyen con ellos. Está en aquello que sé sobre cuidar y en lo que todavía sigo aprendiendo sobre dejar ir.
Está, inevitablemente, en mi libro y en una parte enorme de la historia que cuento sobre mí, aunque su importancia nunca dependió de que otras personas llegaran a conocerla.
Antes de convertirse en relato, fue vida.
Eso es lo que más quiero preservar.
No el símbolo.
Kapú.
El perro real, con su carácter, sus exigencias y todas esas pequeñas particularidades que lo hacían ser él y no la versión ideal de un animal diseñada por mi memoria.
Extrañarlo incluye extrañar precisamente esas cosas.
Y quizá por eso el amor permanece tan reconocible incluso en su ausencia.
No amo una enseñanza.
Lo amo a él.
Las enseñanzas quedaron porque él estuvo.
Aracely Cretier
Empresaria, comunicadora, autora y fundadora de Club de Perros y Gatos.
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Este contenido tiene fines informativos y no reemplaza la evaluación de un médico veterinario. Cada animal necesita una revisión profesional individual.
La mirada de Aracely