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Desarrollo y bienestar

La culpa de descansar

Por años postergué el descanso hasta sentir que había hecho suficiente. Comprender esa culpa me obligó a revisar mi relación con la productividad, la responsabilidad y la idea de que una pausa solo era legítima cuando ya no podía continuar.

Muy pronto

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"Descansar dejó de parecerme algo que debía ganarme; empecé a entenderlo como una parte de la vida que no necesita justificar su utilidad."

Descansar debería ser una de las cosas más sencillas de la vida. El cuerpo se cansa, la cabeza necesita silencio, llega un momento en que una debería poder detenerse y recuperar energía sin convertir esa pausa en una discusión consigo misma. En mi caso, sin embargo, descansar nunca fue completamente neutro.

Durante mucho tiempo podía estar sentada, sin trabajar aparentemente, y seguir sintiendo que había algo pendiente que debería estar haciendo. Bastaba recordar un correo, una conversación, una decisión o cualquier asunto que todavía no estuviera cerrado para que la tranquilidad se transformara en una especie de deuda. El descanso existía, pero tenía condiciones: primero había que terminar, responder, ordenar o dejar suficientemente encaminado aquello que estaba abierto.

El problema es que la vida rara vez queda completamente terminada.

Siempre existe algo que podría adelantarse, alguien a quien responder, un proyecto que necesita atención o una decisión que podríamos revisar una vez más. Cuando una acostumbra su descanso a depender de que todo esté resuelto, termina construyendo una condición imposible de cumplir.

Yo tardé bastante en verlo porque esa inquietud podía confundirse fácilmente con responsabilidad. Me parecía lógico ocuparme primero de mis obligaciones y descansar después; todavía me parece razonable en muchos contextos. Lo que no era razonable era que el después se desplazara permanentemente hasta que descansar necesitara una justificación.

Entonces entendí que el verdadero problema no era cuánto trabajaba, sino la dificultad para considerar legítimo un momento que no estuviera produciendo nada visible.

Cuando hacer se convierte en una medida del propio valor

Trabajar ha ocupado un lugar importante en mi vida desde muy joven. No solamente por necesidad, aunque hubo etapas en las que esa dimensión fue evidente; también porque siempre encontré una enorme satisfacción en construir, resolver, aprender y comprobar que algo que antes no existía empezaba a tomar forma.

Me gusta trabajar.

Eso sigue siendo cierto.

La dificultad apareció cuando esa capacidad empezó a mezclarse con una idea menos saludable: sentirme más tranquila conmigo misma cuando estaba haciendo algo útil.

La productividad entrega una validación inmediata. Terminaste una tarea, solucionaste un problema, avanzaste en un proyecto y existe una prueba concreta de que el tiempo tuvo un resultado; descansar, en cambio, no produce ese tipo de evidencia.

Una hora de silencio no deja un documento terminado.

Una tarde sin obligaciones no genera un informe.

Dormir más, caminar sin un objetivo, sentarse a leer o simplemente no hacer nada puede resultar profundamente necesario y, al mismo tiempo, parecer improductivo desde una lógica acostumbrada a medir el día por aquello que consiguió completar.

Yo había internalizado mucho esa lógica.

No necesitaba que alguien me reclamara por descansar. Podía hacerlo perfectamente sola.

Siempre parecía existir alguien o algo que necesitaba más mi tiempo

Una de las razones por las que la culpa se volvió tan persistente tenía que ver con las responsabilidades reales que formaban parte de mi vida.

No todo era una exigencia inventada.

Había un hijo, trabajo, empresas, equipos, animales, problemas concretos y personas que en determinados momentos dependían de decisiones mías. Existieron etapas en las que verdaderamente no podía simplemente desaparecer porque estaba cansada.

Eso enseña.

Aprendes a continuar aunque no sea el mejor momento, a postergar una necesidad y a confiar en que más adelante habrá espacio para ti.

El problema empieza cuando la circunstancia cambia, pero el mecanismo queda.

La emergencia ya terminó, aunque una sigue funcionando como si todavía estuviera dentro de ella. Existe ayuda, pero cuesta pedirla; otras personas pueden hacerse cargo, aunque la primera reacción continúa siendo asumir personalmente. El cuerpo pide una pausa y la cabeza responde con todo aquello que todavía podría resolverse antes.

Entonces la responsabilidad deja de ser únicamente una respuesta a lo que ocurre afuera.

Se convierte en una voz interior.

Y esa voz puede ser bastante más exigente que cualquier jefe.

La culpa tiene una manera extraña de ocupar también el descanso

No hay verdadero descanso cuando una pasa todo el tiempo pensando que no debería estar descansando.

Parece obvio, pero yo pude tardar años en comprenderlo.

Podía sentarme después de una jornada larga y empezar inmediatamente a calcular cuánto tiempo era razonable permanecer ahí. Si llevaba un rato sin hacer nada, aparecía la sensación de que ya había sido suficiente; en cuanto surgía algo pendiente, levantarse parecía casi un alivio porque volvía a un terreno conocido.

Hacer.

Resolver.

Avanzar.

La culpa convertía la pausa en una interrupción del deber, no en una parte necesaria de la vida.

Por eso tampoco servía simplemente “darme permiso” para descansar si internamente seguía tratándolo como una concesión excepcional. Necesitaba revisar algo más profundo: por qué sentía que mi tiempo debía estar permanentemente justificado.

No encontré una sola respuesta.

Había historia, necesidad, hábitos, una personalidad muy orientada a la acción y una forma de medir la responsabilidad que durante años me había servido para salir adelante. Todo eso podía convivir dentro de la misma reacción.

Comprenderlo me ayudó a dejar de tratar la culpa como una prueba de que efectivamente estaba haciendo algo mal.

A veces una emoción habla del presente.

Otras veces es simplemente la memoria de una manera antigua de funcionar.

Descansar antes de llegar al límite me parecía casi injustificado

Durante mucho tiempo sabía descansar cuando ya no podía más.

Eso sí resultaba legítimo.

Si estaba completamente agotada, había una explicación; el cuerpo prácticamente había conseguido autorización mediante evidencia suficiente.

Lo que me costaba era detenerme antes.

Reconocer que estaba cansándome y hacer algo al respecto sin esperar a estar exhausta podía parecerme una forma de exageración. Si todavía podía continuar, ¿por qué no hacerlo?

Hoy esa pregunta me parece mucho menos inocente.

Poder continuar no significa que continuar sea siempre la mejor decisión.

Podemos sostener mucho más de aquello que nos conviene sostener; de hecho, las personas acostumbradas a funcionar bajo presión suelen ser especialmente buenas haciéndolo.

Yo conocía muy bien mi resistencia y bastante menos mis límites.

Necesité aprender que el descanso no funciona únicamente como una reparación después del daño. También puede evitar que lleguemos a ese punto.

No deberíamos tener que rompernos un poco para demostrar que la pausa estaba justificada.

Mi relación con el descanso también estaba atravesada por el control

Descansar implica dejar cosas sin hacer.

Esa es una de sus características más incómodas.

Mientras una se detiene, el mundo continúa. Llegan mensajes, alguien puede necesitar una respuesta y existe siempre la posibilidad de que aparezca un problema mientras no estamos mirando.

Para alguien acostumbrada a anticipar y resolver, eso puede generar una sensación de pérdida de control.

A mí me ocurría.

No necesitaba estar trabajando activamente para permanecer conectada mentalmente con aquello que podía pasar. Revisar una vez más, dejar algo adelantado o tener el teléfono cerca producía una tranquilidad aparente; en realidad, mantenía abierta la misma puerta por la que seguía entrando todo aquello de lo que necesitaba descansar.

Aprender a desconectarme no consistió solamente en cerrar un computador.

Tuve que aceptar que algunas cosas podían ocurrir sin mí.

Que alguien podía tomar una decisión.

Que un mensaje podía esperar.

Que si algo realmente urgente sucedía encontraríamos una manera de resolverlo.

Parece elemental, aunque para mí implicó desafiar una forma de vivir profundamente arraigada.

Cuando eres la persona que resuelve, descansar puede sentirse como abandonar tu puesto

Hay identidades que se construyen lentamente y después terminan condicionando nuestra manera de comportarnos.

Yo fui muchas veces “la que resuelve”.

Esa descripción tenía mucho de verdad y también algo de orgullo. Me gustaba saber que podía ayudar, encontrar una alternativa o reaccionar cuando las cosas se complicaban; el problema apareció cuando estar disponible para resolver empezó a sentirse como una responsabilidad permanente.

¿Qué pasaba si alguien necesitaba algo mientras yo descansaba?

¿Y si había una decisión pendiente?

¿Si un problema empeoraba porque no lo vi a tiempo?

Eran preguntas capaces de convertir cualquier pausa en un estado de alerta.

Con el crecimiento de mis empresas tuve que enfrentar algo bastante evidente: si todo se detenía porque yo descansaba, el problema no era mi descanso.

Era la estructura.

Esa idea, que primero entendí profesionalmente, terminó ayudándome también a nivel personal.

Una vida donde todo depende de nuestra vigilancia permanente es una vida demasiado frágil.

Crear apoyo, compartir responsabilidades y aceptar que otras personas también pueden sostener cosas no es solamente una decisión eficiente; puede ser una forma de recuperar libertad.

Las mujeres aprendemos muchas veces a descansar después de todos

No quiero convertir una experiencia personal en una explicación universal, pero hay algo que he observado repetidamente en mujeres de distintas generaciones.

Existe una enorme naturalidad para poner primero las necesidades de otros.

Los hijos.

La familia.

El trabajo.

Las personas que necesitan cuidado.

No siempre es producto de una imposición directa. A veces la expectativa está tan incorporada que nadie tiene que pedirlo; una simplemente observa qué falta y lo hace.

Yo reconocí mucho de eso en mi propia historia.

Podía sentarme y ver inmediatamente aquello que todavía necesitaba atención. Si alguien requería algo, mi pausa podía esperar; después, cuando finalmente no había una urgencia externa, aparecía esa otra exigencia que ya había aprendido a reproducir sola.

Por eso tampoco me interesa hablar de descanso como una receta de bienestar, una obligación más que añadir a todo lo anterior.

No quiero hacer de la pausa una nueva tarea que tengamos que ejecutar perfectamente.

Me interesa algo más básico: la posibilidad de considerarnos también dentro de las personas cuyas necesidades cuentan.

No después de todo el mundo.

Dentro.

Kapú entendía el descanso de una manera mucho más sencilla

Hay muchas cosas cotidianas que después de la partida de Kapú adquirieron otra dimensión.

Él tenía horarios.

Podía considerar que había llegado el momento de irnos a acostar aunque yo todavía estuviera trabajando o hubiera visitas en casa; ladraba, insistía y terminaba consiguiendo que me levantara.

En ese momento no pensaba en aquello como una enseñanza.

Era Kapú siendo Kapú.

Hoy recuerdo esas escenas con una mezcla de ternura y dolor, porque descubro cuánto espacio me entregaba sin saberlo. Había una vida que interrumpía la lógica de seguir haciendo; alguien para quien ninguna tarea era suficientemente importante como para modificar indefinidamente la hora de dormir.

Kapú no necesitaba que yo hubiese terminado.

Quería que estuviera.

Hay una diferencia enorme entre ambas cosas.

Con él podía acostarme sin sentir que el silencio debía llenarse de otra actividad; podía estar ahí y eso bastaba.

Extraño profundamente esa forma de compañía.

También extraño que alguien viniera a recordarme, con la insistencia de un perro que no estaba interesado en mis argumentos, que el día podía terminar aunque todavía quedaran cosas pendientes.

Ahora me toca aprender a reconocer esa hora sin que él venga a buscarme.

Descansar no siempre significa no hacer nada

Otra cosa que tuve que revisar fue mi propia definición de descanso.

Hay días en los que necesito dormir.

Otros en que lo que realmente necesito es silencio.

A veces descansar puede ser leer, caminar, escuchar música o estar con mis animales sin intentar hacer otra cosa al mismo tiempo. También existen momentos en que una conversación agradable me devuelve energía y otros en que incluso una conversación que disfruto puede dejarme necesitando estar sola después.

No existe una única pausa.

Eso fue importante para mí porque durante mucho tiempo podía pensar que había descansado simplemente porque no estaba trabajando, aunque hubiese pasado varias horas recibiendo estímulos, conversando o ocupándome de otras responsabilidades.

Mi cuerpo podía estar quieto.

Mi cabeza no.

Aprender a distinguir esas diferencias me permitió preguntarme no solamente si tenía tiempo libre, sino qué necesitaba realmente para recuperarme.

No siempre coincide con aquello que desde afuera parece descanso.

La alta sensibilidad también me obligó a mirar esto de otra manera

Comprender mejor mi sensibilidad y, más adelante, algunas características relacionadas con mis altas capacidades me ayudó a mirar el agotamiento desde un lugar menos moral.

Había situaciones sociales que requerían mucha energía.

Espacios con demasiados estímulos.

Días en que mi cabeza parecía haber procesado demasiadas cosas simultáneamente.

Antes podía interpretar esa necesidad posterior de silencio como una especie de debilidad: había personas capaces de continuar, por lo tanto yo también debería poder hacerlo.

Hoy no necesito hacer esa comparación.

Las personas no procesamos todo de la misma manera, y reconocer nuestros ritmos no significa construir una vida protegida de cualquier exigencia; significa comprender mejor qué costo tiene para cada una aquello que hacemos.

Yo puedo ser extraordinariamente resistente en determinados contextos y necesitar recuperar energía intensamente después.

Esas dos cosas no se contradicen.

Lo contradictorio era exigirme durante años que una anulara la otra.

Aprender a detenerme sin justificarlo

Este ha sido probablemente uno de los aprendizajes más difíciles.

No explicar siempre.

No esperar una razón suficientemente importante.

No convertir el descanso en un premio por haber cumplido bien.

Hay días en que puedo detenerme porque estoy cansada.

Punto.

Incluso ese punto me cuesta escribirlo así, porque mi tendencia natural sería continuar la frase y justificar por qué el cansancio es válido; precisamente ahí aparece el hábito que estoy intentando abandonar.

No todo necesita una defensa.

Las necesidades básicas no deberían presentarse ante un tribunal interior antes de ser aceptadas.

Esto no significa que cada vez que estoy cansada abandone mis responsabilidades. La adultez está llena de momentos en que hacemos cosas sin tener ganas y cumplimos compromisos aunque preferiríamos estar descansando; lo que cambió es que ya no convierto esa realidad en una razón para ignorarme permanentemente.

Hay obligaciones.

También hay límites.

Madurar, para mí, ha consistido muchas veces en aprender a convivir con ambos.

La culpa no desapareció de un día para otro

Entender algo no siempre modifica automáticamente la emoción asociada.

Puedo saber perfectamente que necesito descansar y sentir todavía una pequeña incomodidad cuando lo hago. Hay días en que cierro el computador y mi cabeza continúa enumerando aquello que podría avanzar; otras veces aparece la tentación de utilizar una hora libre para resolver algo “rápido”, sabiendo perfectamente que después surgirá otra cosa.

La diferencia es que hoy reconozco esa voz.

Ya no la confundo inmediatamente con responsabilidad.

Puedo escucharla y decidir no obedecerla.

Ese espacio entre sentir culpa y actuar desde la culpa ha sido importante.

No necesito conseguir una relación perfecta con el descanso para empezar a descansar mejor.

A veces basta con aceptar que la incomodidad estará ahí un rato y que no por eso tengo que levantarme.

Hay vidas muy llenas que pueden estar vacías de pausa

Esta idea me ha acompañado bastante.

Podemos tener una vida llena de proyectos, personas, experiencias y responsabilidades y, aun así, no dejar espacio para simplemente estar.

Yo sé llenar.

Puedo convertir rápidamente cualquier momento disponible en una oportunidad para avanzar algo.

Esa capacidad fue extraordinariamente útil para construir; también significó que, si quería recuperar espacios verdaderamente míos, tenía que dejar de esperar a que aparecieran espontáneamente.

No iban a aparecer.

Siempre habría algo más que hacer.

La pausa necesitaba convertirse en parte de la vida, no en aquello que quedaba después de vivirla.

Eso cambió mi manera de pensar el tiempo.

Una tarde tranquila no es tiempo perdido entre dos momentos importantes.

También es vida.

Dormir no es una interrupción de lo productivo.

Estar sola un rato no significa que estoy desperdiciando la posibilidad de compartir.

Hay experiencias cuyo valor no necesita transformarse después en un resultado.

Todavía estoy aprendiendo a creerlo del todo.

Descansar también fue aprender que no soy únicamente lo que produzco

Quizás esta sea la capa más profunda de todo esto.

Cuando una ha pasado años construyendo, resolviendo y asumiendo responsabilidades, resulta fácil reconocerse principalmente en aquello que hace.

Empresaria.

Madre.

Líder.

La persona que ayuda.

La que organiza.

La que sostiene.

Todos esos lugares forman parte de mí y no quiero abandonarlos. Lo que necesitaba era recordar que existe alguien antes y después de cada uno de esos roles.

Yo.

Sin un problema que resolver.

Sin una meta que alcanzar.

Sin necesidad de justificar mi presencia mediante utilidad.

Esa mujer también merece tiempo.

Me ha tomado mucho aprenderlo.

Probablemente porque durante algunas etapas de mi historia hacer fue una forma de sobrevivir, de avanzar y de demostrarme que podía construir algo distinto; abandonar la asociación entre movimiento y seguridad no podía ocurrir simplemente porque las circunstancias cambiaran.

Había que aprender otra forma de estar.

Ya no quiero llegar al descanso derrotada

Por mucho tiempo descansar significaba haber llegado al final de mis recursos.

Caer en una cama.

Cerrar una puerta después de un día excesivo.

Necesitar que nadie me hablara durante un rato.

La pausa aparecía cuando ya no quedaba mucho más que entregar.

Hoy quiero una relación diferente.

Quiero poder descansar teniendo todavía energía.

Parar antes del agotamiento.

Dormir porque llegó la hora, no porque el cuerpo finalmente consiguió ganar una discusión.

Dejar un asunto para mañana sin convertirlo en una falla moral.

No siempre lo consigo.

Sigo teniendo períodos intensos y probablemente siempre los tendré, porque hay una parte de mí que disfruta profundamente involucrarse en aquello que le importa; no busco una vida sin esfuerzo.

Busco dejar de creer que el esfuerzo permanente es la única evidencia de que estoy aprovechando la vida.

La culpa de descansar nació de muchas cosas y seguramente no desaparecerá mediante una sola conclusión. Lo que sí cambió es mi disposición a cuestionarla.

Cuando aparece, ya no pregunto inmediatamente qué debería estar haciendo.

A veces me hago otra pregunta.

¿Qué pasaría si, por una vez, no hago nada de eso ahora?

Casi siempre la respuesta es bastante menos dramática de lo que mi cabeza imaginaba.

El mundo continúa.

La empresa continúa.

Las personas continúan.

Y yo, después de descansar, también.

Tal vez allí estaba la parte que durante años no había entendido: descansar no me aleja de la vida que estoy intentando sostener.

Me permite regresar a ella.

Aracely Cretier

Empresaria, comunicadora, autora y fundadora de Club de Perros y Gatos.

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Este contenido tiene fines informativos y no reemplaza la evaluación de un médico veterinario. Cada animal necesita una revisión profesional individual.

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