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Desarrollo y bienestar
La niña que siempre sintió demasiado
Desde niña percibí y sentí algunas cosas con una intensidad que muchas veces no sabía cómo explicar. Mirarla hoy me permite comprender cuánto aprendí a adaptarme y por qué crecer no significaba volverme más dura, sino aprender a relacionarme con mi sensibilidad sin juzgarla ni dejar que lo ocupara todo.
Muy pronto
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"Durante mucho tiempo pensé que crecer consistía en dejar atrás a la niña que sentía demasiado; hoy sé que necesitaba aprender a vivir con ella sin pedirle que desapareciera."
Cuando pienso en la niña que fui, hay recuerdos que aparecen con nitidez y otros que solo puedo reconstruir a partir de ciertas sensaciones que permanecieron conmigo. No me interesa mirar esa infancia desde las palabras que conozco hoy para diagnosticar retrospectivamente cada comportamiento ni encontrar una explicación capaz de ordenar toda mi historia; sé que las personas somos bastante más complejas que cualquier categoría y que una memoria, observada muchos años después, puede adquirir significados que entonces no tenía.
Hay, sin embargo, algo que reconozco sin demasiado esfuerzo: sentía con una intensidad que muchas veces no sabía cómo manejar.
Una palabra podía quedarse conmigo más tiempo del que probablemente quien la había pronunciado imaginaba; percibía cambios en el ánimo de los demás, me afectaban ciertas injusticias y había situaciones aparentemente pequeñas que continuaban dando vueltas en mi cabeza después de que para todos los demás parecían haber terminado. También podía entusiasmarme de la misma manera, querer profundamente, interesarme por algo hasta perder la noción del tiempo o conmoverme frente a cosas que otras personas apenas registraban.
Cuando una es niña no piensa que posee una sensibilidad particular. Simplemente vive desde ella.
El problema aparece cuando empieza a descubrir que su medida no siempre coincide con la de quienes la rodean.
Si aquello que te duele es recibido muchas veces con un “no es para tanto”, la pregunta deja poco a poco de estar puesta en lo que ocurrió y comienza a dirigirse hacia una misma: ¿por qué me afecta tanto?, ¿por qué no puedo olvidarlo?, ¿por qué necesito tiempo cuando los demás ya siguieron adelante?
No recuerdo haber tomado conscientemente la decisión de moderarme. Creo que fue un aprendizaje mucho más sutil, construido a partir de pequeñas experiencias, observaciones y ajustes que terminaron enseñándome algo que después haría muy bien: leer el ambiente antes de decidir cuánto de mí mostrar.
Aprender a adaptarme antes de comprenderme
Los niños perciben mucho más de lo que los adultos solemos creer.
No necesitan que alguien les diga expresamente que una determinada reacción resulta incómoda; basta con observar una mirada, un cambio de tono o la forma en que una conversación termina cuando hacen cierta pregunta. De ese modo van entendiendo qué partes de sí mismos circulan fácilmente por el mundo y cuáles requieren cierto cuidado.
Creo que yo aprendí pronto a observar.
Prestaba atención a aquello que se decía, pero también a lo que parecía estar ocurriendo alrededor de las palabras; me fijaba en los silencios, en los cambios de humor y en esas pequeñas contradicciones que una todavía no sabe nombrar, aunque percibe con claridad suficiente para que algo se mueva por dentro.
Aquella capacidad tuvo después un lugar importante en mi vida adulta, tanto en mis relaciones como en el trabajo, porque me permitió reconocer matices que no siempre aparecen en una primera conversación. La experiencia me enseñaría, además, una segunda parte indispensable: percibir algo no significa comprenderlo necesariamente bien. Una intuición puede abrir una pregunta, pero necesita contrastarse con hechos, escuchar al otro y aceptar que nuestra lectura también puede estar equivocada.
La niña que fui no sabía hacer todavía esa separación; si sentía que algo estaba ocurriendo, aquello podía ocupar muchísimo espacio y, como tampoco tenía herramientas para distinguir lo propio de lo ajeno, era fácil que una tensión alrededor terminara instalándose dentro de mí.
Con los años aprendí a regular mejor esa permeabilidad, aunque antes de conseguirlo pasé bastante tiempo intentando otra cosa: ser menos sensible.
Creí que crecer significaba endurecerme
Durante buena parte de mi vida asocié la madurez con una cierta capacidad para soportar.
La vida, además, me dio suficientes oportunidades para desarrollar esa habilidad. Hubo responsabilidades que aparecieron temprano, etapas en las que no podía detenerme a procesar cada emoción y decisiones que tenían que tomarse aunque yo no me sintiera especialmente preparada para hacerlo; aprendí a separar temporalmente lo que sentía de aquello que necesitaba resolver y descubrí que era capaz de funcionar incluso en momentos muy difíciles.
Esa fortaleza fue real y me ayudó muchísimo.
Lo que tardé en comprender fue que no había reemplazado a la sensibilidad, sino que había aprendido a trabajar alrededor de ella.
Podía sostener una conversación complicada mientras por dentro estaba afectada, continuar trabajando después de algo doloroso y ocuparme de otras personas antes de preguntarme qué necesitaba yo; como además lo hacía bien, resultaba fácil pensar que aquello no tenía un costo importante.
La mujer fuerte empezó entonces a ocupar mucho espacio en la manera en que me veía y también, probablemente, en la manera en que otros comenzaron a verme. Era la que resolvía, continuaba, encontraba una alternativa y conseguía seguir funcionando aun cuando las condiciones fueran difíciles.
Durante mucho tiempo me sentí orgullosa de esa versión de mí, y todavía lo estoy. Lo que ya no hago es pedirle que demuestre su fortaleza negando todo aquello que le afecta.
Porque ser capaz de seguir no significa que algo no duela, del mismo modo que necesitar tiempo para recuperarse no invalida la capacidad que tuvimos para atravesarlo.
Esa diferencia parece evidente hoy; llegar a comprenderla me tomó mucho más tiempo.
El mundo animal fue un lugar donde no necesitaba traducirme tanto
Mi relación con los animales pertenece profundamente a esta historia, aunque no porque ellos hayan sido una especie de refugio perfecto ni porque quiera atribuirles capacidades humanas que no les corresponden.
Era algo más sencillo.
Con ellos no necesitaba explicar demasiado.
Un perro no pregunta por qué estás callada ni interpreta necesariamente tu necesidad de silencio como un rechazo; aprende tus movimientos, tú aprendes los suyos y, con el tiempo, se construye una forma de conocimiento mutuo que depende mucho menos de las palabras.
Eso siempre me resultó natural.
También me obligó a observar.
Convivir de verdad con un animal significa aprender a reconocer cambios que muchas veces son mínimos, entender sus preferencias, respetar sus límites y recordar que tiene una manera propia de experimentar el mundo que no necesariamente coincide con la nuestra. Quizás esa forma de relación encontró en mí un territorio especialmente receptivo porque yo ya estaba acostumbrada a prestar atención a aquello que no se decía.
Con Kapú esa experiencia alcanzó una profundidad que atravesó muchos años de mi vida.
Lo conocí en sus rutinas, en sus maneras de pedir, en los momentos en que quería estar cerca y en aquellos en que simplemente se acomodaba junto a mí sin necesidad de que ocurriera nada más. Él también aprendió mis horarios y mis formas, hasta el punto de que construimos códigos cotidianos que probablemente habrían parecido insignificantes para cualquier otra persona.
Hoy puedo mirar esa relación y comprender algo que entonces simplemente vivía: junto a él no necesitaba regular constantemente cuánto hablaba, cuánto silencio necesitaba o de qué manera estaba ese día. Podía estar cansada, preocupada o feliz y nuestra relación no necesitaba una explicación distinta para cada versión.
No quiero convertir a Kapú en una metáfora para todo lo que aprendí; fue demasiado importante en mi vida como para reducirlo a una función narrativa. Sin embargo, cuando escribo sobre aquella parte de mí que pasó tantos años intentando entender si sentía de una manera equivocada, su presencia pertenece naturalmente a la historia porque junto a él hubo algo que siempre experimenté sin demasiadas preguntas: podía simplemente ser.
La sensibilidad también necesitó límites
Comprenderme mejor no significó empezar a considerar correcta cada emoción que aparecía.
Eso habría sido pasar de un extremo al otro.
Sentir intensamente no me vuelve infalible; puedo interpretar mal una situación, reaccionar desde una herida anterior o atribuirme responsabilidades que no me corresponden. También puedo percibir el malestar de alguien y creer, por costumbre, que tengo que hacer algo para aliviarlo aunque esa persona necesite atravesar su propio proceso.
Esta parte ha sido especialmente importante para mí porque durante mucho tiempo la sensibilidad estuvo muy mezclada con la responsabilidad.
Si alguien cercano estaba mal, yo lo percibía y empezaba rápidamente a preguntarme qué podía hacer. Si había tensión en un equipo, necesitaba entenderla; cuando algo resultaba injusto, mi reacción natural era involucrarme y buscar alguna forma de intervenir.
Hay mucho de mí en esa respuesta y no quiero perderlo, pero sí necesitaba aprender que notar algo no me convierte automáticamente en responsable de resolverlo.
Puedo acompañar sin absorber.
Puedo preocuparme por una persona sin hacerme cargo de todas sus emociones y escuchar un problema sin asumir inmediatamente que debo encontrar la solución.
También puedo sentir algo con enorme intensidad y esperar antes de actuar.
Este último aprendizaje cambió mucho mi relación con mis propias emociones porque me permitió dejar de pensar que solo tenía dos alternativas: obedecerlas o negarlas. Existe un espacio intermedio mucho más amplio, donde puedo reconocer lo que me está ocurriendo, dejar que la intensidad disminuya y decidir después qué merece realmente una respuesta.
Ese espacio no lo tenía de niña.
La adultez, para mí, ha consistido en buena medida en construirlo.
Hay una parte de mí que nunca aprendió a mirar ciertas injusticias con indiferencia
Cuando observo mi historia profesional y algunas decisiones que tomé alrededor del mundo animal, reconozco una continuidad que no nació de una estrategia empresarial.
Hay situaciones que simplemente me resultan difíciles de normalizar.
No estoy hablando de reaccionar ante todo lo que parece injusto ni de asumir que la indignación otorga automáticamente claridad moral; la experiencia me enseñó que los problemas reales suelen ser bastante más complejos que nuestra primera reacción y que, si queremos intervenir de manera responsable, necesitamos información, conocimiento y la capacidad de escuchar a quienes llevan mucho más tiempo trabajando en ellos.
Aun así, para mí muchas acciones empiezan ahí, en esa incomodidad que no permite mirar hacia otro lado con facilidad.
La sensibilidad puede ser el comienzo de una acción, aunque nunca debería reemplazar el trabajo necesario para convertirla en algo útil.
Eso lo aprendí también con los años.
Sentir mucho frente a una injusticia no basta.
Hay que saber qué se quiere cambiar, entender las consecuencias de las propuestas, reunir a otras personas y aceptar que la realidad rara vez se modifica con la rapidez que nuestra emoción quisiera.
Quizás una parte de la diferencia entre aquella niña y la mujer que soy esté justamente ahí: sigo sintiendo primero muchas cosas con intensidad, pero ya no creo que la intensidad, por sí sola, sea suficiente.
Comprender ciertas partes de mi historia llegó mucho después
Cuando apareció el diagnóstico de altas capacidades, varias cosas adquirieron un contexto que antes no tenían.
No cambió quién era ni convirtió cada experiencia anterior en una consecuencia de ese diagnóstico; tampoco pretendo superponer altas capacidades y alta sensibilidad como si fueran exactamente lo mismo. Lo que sí hizo fue ayudarme a mirar con menos juicio algunas características que habían acompañado mi vida desde mucho antes.
La intensidad.
La necesidad de comprender.
El agotamiento después de determinados contextos sociales.
Una mente que podía permanecer durante mucho tiempo ocupada en algo que me interesaba o preocupaba.
Y esa sensación, tan antigua, de no funcionar exactamente de la misma manera que muchas personas que tenía alrededor.
Comprenderlo no produjo una revelación dramática, pero sí modificó el punto desde el cual miraba mi propia historia.
Había pasado mucho tiempo preguntándome qué debía corregir.
Por primera vez podía preguntarme también qué necesitaba comprender.
Hay una diferencia enorme entre ambas cosas, porque entenderse no significa concederse automáticamente la razón ni convertir una característica en una excusa; significa dejar de empezar cada reflexión desde la sospecha de que hay algo defectuoso en una misma.
Para mí eso fue importante.
La niña que fui no necesita convertirse en una explicación de todo
Hay una tentación comprensible cuando empezamos a entender nuestro pasado: regresar a cada escena buscando una confirmación.
Esto ocurrió por aquello.
Yo reaccioné así porque era de esta manera.
Esta relación se explica por esto otro.
No quiero hacer eso conmigo.
Mi historia contiene demasiadas personas, circunstancias, decisiones, alegrías, pérdidas y contradicciones para reducirla a una sola característica. La sensibilidad explica una parte, las altas capacidades iluminan otra y seguramente existen muchas experiencias que responden simplemente a que la vida humana es compleja y no siempre dispone de una causa ordenada.
Tampoco quiero transformar a la niña que fui únicamente en alguien que necesitaba ser comprendida.
Sería injusto con ella.
Además de aquello que le costaba, estaba su curiosidad, su imaginación, la facilidad para entusiasmarse y una forma muy intensa de querer. Había una niña capaz de sufrir profundamente algunas cosas y también de disfrutar otras con la misma profundidad.
No todo lo intenso necesita repararse.
Una parte importante de crecer ha consistido precisamente en reconocer qué debía aprender a regular y qué había pasado demasiados años intentando reducir sin que realmente fuera necesario.
Ser adulta no hizo desaparecer a esa niña
Todavía puedo reconocerla.
A veces aparece cuando algo me conmueve más de lo que esperaba, cuando una palabra queda dando vueltas demasiado tiempo o cuando necesito alejarme un poco después de un día lleno de estímulos y conversaciones. Está también en aquello que sigo observando, en ciertas injusticias que no consigo normalizar y en la relación que he tenido siempre con los animales.
La diferencia es que hoy esa parte de mí no está sola frente a lo que siente.
Hay una mujer adulta que puede preguntarse qué ocurrió realmente antes de sacar una conclusión, que aprendió a poner límites y sabe que no necesita permanecer en todos los lugares hasta agotarse para demostrar cariño o educación. Una mujer capaz, al menos muchas veces, de reconocer cuándo un problema le pertenece y cuándo está intentando cargar algo que corresponde a otro.
No siempre lo hago bien.
Todavía puedo exigirme demasiado y, frente a determinadas situaciones, reaparece esa pregunta antigua sobre si estoy reaccionando más de la cuenta; la diferencia está en que ya no respondo automáticamente que sí.
Me doy un poco más de tiempo.
Eso ha cambiado mucho.
Hoy no le enseñaría a sentir menos
Si pudiera hablar con aquella niña, no intentaría explicarle quién será ni entregarle un mapa de todas las cosas que algún día conseguirá comprender.
Probablemente tampoco le hablaría de diagnósticos.
Le diría que habrá momentos en que su sensibilidad le hará la vida más difícil y otros en que se convertirá en una parte preciosa de la manera en que se vincula con el mundo; que necesitará aprender a distinguir una intuición de un hecho, a no responsabilizarse de cada emoción ajena y a retirarse cuando necesite espacio sin interpretar esa necesidad como una falla.
Sobre todo, no le enseñaría a avergonzarse por sentir.
Porque una parte importante de lo que ocurrió después fue justamente intentar acomodar esa intensidad para volverla más fácil de recibir, cuando lo que realmente necesitaba no era desaparecer un poco, sino aprender a convivir con ella.
Hoy no quiero sentir menos.
Tampoco quiero que todo me atraviese sin filtro.
Quiero conservar la capacidad de conmoverme, de observar y de implicarme profundamente en aquello que considero importante, pero acompañada de un criterio que me permita decidir qué merece mi energía y qué puedo dejar pasar.
Esa combinación me parece mucho más cercana a la mujer que quiero ser.
No una versión endurecida de aquella niña.
Tampoco una adulta gobernada por cada cosa que siente.
Una mujer que puede mirar hacia atrás y reconocer que esa intensidad, que tantas veces pareció un problema, contenía también una parte esencial de su manera de estar en el mundo.
Durante mucho tiempo pensé que crecer consistía en dejar a aquella niña atrás. Hoy entiendo que nunca fue necesario hacerlo; lo que necesitaba era construir una vida en la que pudiera seguir existiendo sin tener que defender constantemente su derecho a sentir como sentía.
Y quizá por eso la miro ahora de una manera distinta.
No con pena.
Tampoco idealizándola.
La miro sabiendo todo lo que todavía tendría que aprender y todo lo que, sin saberlo, ya llevaba consigo.
Aracely Cretier
Empresaria, comunicadora, autora y fundadora de Club de Perros y Gatos.
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Este contenido tiene fines informativos y no reemplaza la evaluación de un médico veterinario. Cada animal necesita una revisión profesional individual.
La mirada de Aracely