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Desarrollo y bienestar

Las decisiones que cambiaron mi vida

Mirando hacia atrás, las decisiones más importantes parecen mucho más claras de lo que fueron al tomarlas. Mi vida se fue construyendo entre certezas incompletas, caminos que tuve que dejar, elecciones que corregí y momentos en los que avanzar significó aceptar que nunca tendría toda la información.

Muy pronto

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"Las decisiones que cambiaron mi vida no llegaron cuando dejé de tener miedo; llegaron cuando comprendí que el miedo no podía ser la única voz con derecho a decidir por mí."

Cuando miramos hacia atrás, algunas decisiones parecen mucho más claras de lo que fueron mientras las estábamos tomando. El tiempo ordena la historia, conecta acontecimientos que entonces estaban separados y puede hacernos creer que siempre supimos hacia dónde íbamos; incluso aquello que alguna vez nos produjo miedo termina convertido, años después, en una frase sencilla: decidí hacerlo.

Mi experiencia ha sido bastante menos ordenada.

Las decisiones que más cambiaron mi vida no siempre llegaron acompañadas de una certeza profunda ni de esa sensación casi cinematográfica de estar frente a un momento decisivo. Algunas nacieron después de meses de darle vueltas a una idea; otras aparecieron porque continuar exactamente donde estaba empezó a parecerme más difícil que moverme, y hubo también elecciones cuyo verdadero alcance comprendí cuando ya no había posibilidad de regresar al lugar anterior.

Eso me enseñó a desconfiar de la manera en que contamos nuestras propias historias una vez que conocemos el resultado.

Es muy fácil mirar una decisión que funcionó y atribuirle una valentía impecable que probablemente no existía en ese momento. Yo he tenido miedo, he dudado y he revisado caminos una cantidad enorme de veces antes de avanzar; muchas veces, además, seguí dudando después de haber tomado la decisión.

La vida no cambió porque un día dejara de tener miedo.

Cambió porque hubo momentos en los que decidí que el miedo no sería la única variable con derecho a decidir por mí.

Hay decisiones que primero parecen renuncias

Trabajé durante años dentro de estructuras donde existían cargos, procedimientos, equipos y una forma relativamente clara de comprender qué significaba avanzar profesionalmente. Ese mundo me enseñó muchísimo: análisis, disciplina, responsabilidad y la importancia de entender bien aquello que una está recomendando antes de pedirle a otra persona que confíe en su criterio.

También ofrecía algo que una valora especialmente cuando ha tenido que construir seguridad: previsibilidad.

Salir de un camino conocido para empezar a construir otro no se sintió, por lo tanto, como abandonar algo malo para dirigirme hacia algo evidentemente mejor. Esa sería una versión demasiado cómoda de la historia.

Había cosas que estaba dejando y sabía perfectamente lo que significaban; aquello hacia lo que avanzaba, en cambio, contenía muchas más preguntas que respuestas.

Creo que las decisiones verdaderamente importantes suelen tener esa característica. Si una alternativa fuera completamente segura y la otra claramente equivocada, probablemente no hablaríamos de una gran decisión; hablaríamos simplemente de elegir lo obvio.

Lo difícil aparece cuando ambos caminos contienen algo valioso y, precisamente por eso, escoger uno significa aceptar que también estamos perdiendo algo del otro.

Me tomó tiempo entender que renunciar a una posibilidad no convierte en equivocada la decisión que tomamos.

Elegir es inevitablemente dejar algo fuera.

Y una vida en la que intentáramos conservar todas las posibilidades abiertas terminaría, en realidad, sin avanzar hacia ninguna.

Dejar lo conocido no significó dejar de valorar lo aprendido

Durante mucho tiempo existió una idea bastante simplificada alrededor del emprendimiento, como si para construir algo propio hubiera que rechazar todo aquello que vino antes.

Nunca lo sentí así.

Las etapas anteriores de mi vida profesional siguieron conmigo.

Muchas herramientas que había desarrollado dentro de organizaciones más estructuradas fueron precisamente las que después me permitieron enfrentar problemas que, como empresaria, ya no podía derivar a otra área ni esperar que alguien más resolviera.

La diferencia era que ahora debía utilizarlas en un terreno donde las respuestas no venían construidas.

Eso modificó también mi relación con el riesgo.

Había aprendido a analizarlo, pero emprender me obligó a convivir con él.

Una cosa es estudiar escenarios y otra muy distinta tomar una decisión sabiendo que la consecuencia llegará directamente hasta algo que una misma está construyendo. Allí los números continúan siendo imprescindibles, aunque dejan de producir esa fantasía de que, si analizamos suficiente, conseguiremos eliminar la incertidumbre.

No ocurre.

Podemos reducirla.

Comprenderla.

Prepararnos mejor.

Al final, algunas decisiones siguen exigiendo un paso que ninguna planilla puede dar por nosotras.

Emprender cambió mucho más que mi trabajo

Construir empresas terminó modificando partes de mí que inicialmente no tenían nada que ver con una definición profesional.

Me obligó a conocer mis fortalezas y, con bastante menos comodidad, mis tendencias más difíciles.

Descubrí cuánto podía trabajar, pero también cuánto podía excederme.

Comprobé que tenía una enorme capacidad para resolver y tardé bastante más en comprender que esa capacidad podía llevarme a asumir responsabilidades que ya no deberían depender solamente de mí.

Aprendí a decidir rápido cuando era necesario y después tuve que aprender algo que me resultó más complejo: no todas las cosas mejoran porque yo intervenga inmediatamente.

Una decisión inicial puede contener muchas decisiones posteriores.

Eso ocurrió con el emprendimiento.

No fue simplemente escoger un trabajo distinto, sino entrar en una forma de vida donde mi relación con el control, la responsabilidad, el fracaso, la confianza y la incertidumbre iba a ser puesta a prueba una y otra vez.

Si hubiera conocido de antemano cada una de esas dificultades, no sé si habría sentido más seguridad.

Probablemente no.

Hay caminos que solo podemos escoger porque todavía no sabemos completamente cuánto nos van a exigir.

Y quizá eso también sea una suerte.

Elegir el mundo animal cambió el lugar desde donde entendía los negocios

No todo lo que terminó definiendo mi trayectoria estaba contenido en una decisión empresarial clásica.

Acercarme cada vez más al mundo de los perros y gatos cambió profundamente la manera en que empecé a pensar aquello que construía, porque dejó de ser posible mirar cada relación únicamente desde la lógica de una transacción.

Había familias.

Había afecto.

Había animales que dependían de decisiones humanas y personas que muchas veces llegaban buscando orientación precisamente porque querían hacer lo correcto y no siempre sabían qué era.

Trabajar cerca de esa realidad fue modificando mis preguntas.

No bastaba con pensar qué podía venderse; importaba también qué correspondía recomendar, cómo se comunicaba algo y qué responsabilidad adquiríamos cuando una persona confiaba en nosotros para tomar una decisión relacionada con un ser que quería.

Esa mirada no apareció de una vez.

Se fue construyendo a partir de años de experiencia, de conversaciones, de errores y de aquello que mi propia relación con los animales me había enseñado mucho antes de que pudiera convertirlo en una visión empresarial.

Kapú fue, naturalmente, una parte profunda de esa historia.

No porque yo haya decidido dedicarme al mundo animal únicamente por él ni porque quiera reducir una trayectoria completa a una relación, sino porque convivir tantos años con un perro al que amé de esa manera hacía imposible que los animales fueran para mí una categoría abstracta.

Detrás de cada familia podía reconocer algo de aquello que yo misma vivía.

Y esa cercanía cambió mi manera de decidir.

Algunas decisiones importantes consistieron en dejar de demostrar

Hay elecciones que transforman nuestra vida hacia afuera y otras que apenas pueden verse.

Estas últimas, con los años, me parecen igual de importantes.

Durante buena parte de mi historia hubo una relación muy estrecha entre mi valor y mi capacidad para hacerme cargo. Ser capaz de resolver, resistir y continuar me entregó seguridad en momentos en que la necesitaba; lo complejo fue comprender cuándo esa fortaleza había dejado de ser únicamente una herramienta para convertirse en una exigencia permanente.

Una de las decisiones que más ha modificado mi vida fue empezar a dejar de demostrarme que podía con todo.

No ocurrió en una fecha concreta.

Tampoco puedo decir que esté completamente resuelto.

Fue apareciendo lentamente, cuando empecé a reconocer que asumir una responsabilidad solo porque era capaz de hacerlo no significaba necesariamente que me correspondiera; también cuando acepté que necesitar ayuda, silencio o descanso no anulaba todas las cosas que había sido capaz de sostener antes.

Esa decisión no produjo una fotografía.

No hubo un anuncio.

Sin embargo, cambió mi manera de trabajar, de liderar y de relacionarme conmigo misma.

A veces una vida cambia mucho antes de que alguien desde afuera pueda notarlo.

También tuve que decidir qué versiones de mí ya no necesitaba seguir defendiendo

Hay identidades que nos resultan útiles durante años.

La fuerte.

La que resuelve.

La que siempre encuentra una salida.

Podemos recibir reconocimiento por ellas hasta el punto de olvidar que fueron, al menos en parte, respuestas a determinadas circunstancias.

El problema aparece cuando seguimos habitándolas incluso después de que ya no necesitamos vivir exactamente de esa manera.

A mí me costó mucho cuestionar algunas versiones de mí porque no eran falsas.

Yo realmente era fuerte.

Realmente podía resolver.

Y sigo pudiendo.

La pregunta dejó de ser si esas características me pertenecían y empezó a ser si tenían que gobernar cada decisión.

Ahí apareció una libertad diferente.

Podía elegir no resolver algo inmediatamente.

Podía dejar una responsabilidad en manos de otra persona.

Podía decir que estaba cansada antes de llegar al límite.

Ninguna de esas elecciones parecía extraordinaria y, sin embargo, iban desmontando una idea de mí que había funcionado durante muchísimo tiempo.

Cambiar no siempre exige convertirnos en alguien nuevo.

A veces consiste en dejar de obligarnos a ser una sola versión de quien ya somos.

Comprenderme fue también una decisión

El diagnóstico de altas capacidades llegó mucho después de que se hubieran formado una gran parte de mis mecanismos, pero tuvo un efecto importante porque me entregó un contexto para mirar ciertas experiencias sin partir automáticamente desde la culpa.

La decisión, sin embargo, vino después.

Podía recibir esa información y utilizarla solamente como una explicación interesante, o podía permitir que modificara la forma en que me trataba.

Esto último fue mucho más difícil.

Comprender que ciertas necesidades tenían una explicación no eliminó inmediatamente años de preguntarme por qué no podía funcionar de otra manera; tampoco hizo desaparecer la exigencia ni resolvió de un día para otro mi relación con el agotamiento social o la intensidad con que experimento determinadas cosas.

Tuve que decidir creerle un poco más a aquello que estaba aprendiendo sobre mí.

Dejar de discutir automáticamente con cada necesidad.

No esperar a estar exhausta para aceptar que necesitaba silencio.

Reconocer que comprenderme no significaba abandonar la responsabilidad sobre mi conducta, sino asumirla desde un lugar menos punitivo.

Esa decisión sigue ocurriendo.

Hay elecciones que no hacemos una sola vez.

Tenemos que volver a hacerlas cada vez que el mecanismo antiguo intenta recuperar su lugar.

Elegir una vida propia también significa decepcionar expectativas

No todas las decisiones que cambian nuestra vida serán comprendidas por quienes nos rodean.

Esto me ha costado aceptar porque siempre he tenido una gran conciencia del efecto que mis decisiones pueden producir en otras personas; cuando alguien importante no entiende un camino que estoy tomando, mi primera reacción puede ser explicar más, encontrar mejores argumentos o intentar demostrar que no estoy actuando impulsivamente.

Con los años aprendí un límite.

Podemos escuchar a quienes nos quieren.

Debemos hacerlo, especialmente cuando ven algo que nosotros quizás no estamos viendo.

Pero escuchar no significa entregarles la decisión.

Hay momentos en los que una persona que nos conoce profundamente seguirá prefiriendo otro camino para nosotros y no existe una explicación perfecta capaz de eliminar esa diferencia.

Eso también forma parte de crecer.

Una vida completamente diseñada para no decepcionar expectativas ajenas puede ser muy correcta desde afuera y profundamente ajena desde dentro.

No quiero confundir autonomía con indiferencia; me importa lo que sienten las personas que quiero.

Lo que ya no quiero es utilizar esa preocupación como la única brújula.

Algunas decisiones cambiaron porque yo también cambié

Durante mucho tiempo pensé que modificar una decisión podía interpretarse como falta de consistencia.

Si había escogido un camino, debía sostenerlo.

Si había defendido una idea, cambiarla podía parecer una manera de admitir que antes estaba equivocada.

La experiencia me hizo mucho más flexible frente a eso.

Hay decisiones que fueron correctas para una etapa y dejan de serlo después.

No porque hayamos engañado a nadie ni porque el pasado deba reescribirse, sino porque aparece información nueva, cambia el contexto o cambiamos nosotros.

Sostener una decisión únicamente para demostrar consistencia puede terminar siendo mucho más incoherente que revisarla.

Esto ha sido especialmente importante en la vida empresarial.

Las condiciones cambian demasiado rápido como para enamorarse de cada estrategia.

Una idea puede haber funcionado y dejar de funcionar.

Un proyecto puede haber tenido sentido y completar su ciclo.

Una forma de liderar puede haber sido necesaria en una empresa pequeña y transformarse después en un obstáculo para su crecimiento.

El criterio no consiste en defender eternamente aquello que una vez elegimos.

Consiste en saber por qué seguimos eligiéndolo hoy.

También hubo decisiones que no resultaron como esperaba

No quiero contar mi historia únicamente a través de elecciones cuyos resultados permiten presentarlas ahora como grandes aciertos.

Sería falso.

He tomado decisiones equivocadas.

He confiado cuando habría sido mejor esperar, he insistido más de lo necesario y seguramente también me retiré tarde de situaciones cuyo desgaste ya era visible. Hubo elecciones que no produjeron aquello que esperaba y algunas cuyo costo solo pude dimensionar cuando ya estaba dentro de ellas.

Eso no significa que todas hayan sido errores evidentes que debería haber anticipado.

Esta distinción me importa porque mi tendencia perfeccionista puede reconstruir el pasado con información que entonces no tenía y concluir que debería haber sabido.

No siempre podía saber.

A veces una decisión solo revela sus consecuencias después de haber sido tomada.

Lo que sí puedo exigir de mí es otra cosa: mirar honestamente cuando la realidad contradice aquello que esperaba, corregir si todavía existe espacio para hacerlo y aprender sin convertirme en una enemiga de la mujer que decidió con la información disponible entonces.

He tardado mucho en aprender esa forma de compasión.

No elimina la responsabilidad.

La vuelve más justa.

Hay decisiones que solo se entienden cuando algo termina

Las pérdidas modifican nuestra escala.

Después de la partida de Kapú, muchas cosas que antes parecían importantes cambiaron de proporción y otras, que habían formado parte silenciosa de mi vida cotidiana, adquirieron un peso inmenso.

No creo que el duelo entregue automáticamente sabiduría.

A veces solo entrega dolor.

Pero cuando ese dolor empieza a convivir con la memoria, aparecen preguntas que una quizá había postergado.

¿Dónde estoy poniendo mi tiempo?

¿Qué estoy dejando siempre para después?

¿Cuántas cosas quiero hacer cuando tenga una vida más tranquila, como si existiera algún momento futuro donde las responsabilidades fueran a desaparecer completamente?

La muerte tiene una manera brutal de recordarnos que el tiempo no es una idea.

No puedo decidir cuánto dura la vida de las personas o de los animales que amo.

Sí puedo decidir algo sobre la manera en que estoy presente mientras están.

No siempre lo haré perfectamente.

Nadie puede vivir consciente de la pérdida en cada instante sin volver la existencia insoportable; lo que cambió en mí fue algo más sencillo: dejé de pensar que lo cotidiano estaba garantizado solo porque se había repetido muchas veces.

Aquello influyó también en mis decisiones.

Algunas cosas empezaron a merecer más espacio.

Otras dejaron de merecer tanto.

Escribir también fue tomar una decisión

Hay historias que podemos conservar en privado durante toda la vida.

Escribirlas significa otra cosa.

Una vez que empezamos a poner palabras sobre experiencias íntimas, tenemos que decidir cuánto queremos mostrar, desde qué lugar y con qué responsabilidad hacia las otras personas que también forman parte de esos recuerdos.

Para mí escribir ha supuesto mirar escenas que durante mucho tiempo estaban guardadas de una manera bastante menos ordenada.

He tenido que regresar a la niña que fui, a la mujer que sobrevivió determinadas etapas, a mis vínculos, mis pérdidas y también a cosas que hice mal; no para construir una versión impecable de mi historia, sino para intentar comprender qué ocurrió dentro de mí mientras la vida seguía avanzando.

Decidir escribir significó aceptar cierta vulnerabilidad.

Hay una diferencia enorme entre comprender algo en silencio y permitir que otra persona lo lea.

También hubo otra decisión detrás: no quería contar mi historia como si todo hubiera tenido sentido desde el principio.

No lo tuvo.

Precisamente por eso me interesa.

Las decisiones importantes rara vez saben, en el momento en que las tomamos, qué capítulo terminarán ocupando.

No quiero evaluar mi vida solamente por las decisiones que funcionaron

Si midiera cada elección únicamente por su resultado, terminaría construyendo una relación demasiado estrecha con el éxito.

Una buena decisión puede producir un resultado malo porque existen variables que nunca controlamos; una decisión poco cuidadosa puede, por casualidad, terminar bien.

El resultado importa.

No es la única medida.

Hoy intento preguntarme también desde dónde decidí.

Cuánta información tenía.

Si escuché aquello que necesitaba escuchar.

Qué parte de la elección nació del miedo y cuál correspondía a una convicción.

Si estaba intentando proteger algo importante o simplemente evitando una incomodidad.

Esas preguntas no garantizan nada.

Lo que hacen es ayudarme a construir criterio.

Y el criterio, a diferencia de una respuesta específica, puede acompañarnos después a muchas decisiones distintas.

La vida que tengo no nació de una sola gran elección

Me resulta tentador identificar un punto de inflexión y decir: aquí cambió todo.

La realidad fue más compleja.

Mi vida se fue construyendo mediante decisiones que se afectaban unas a otras, algunas enormes y otras tan pequeñas que probablemente ni siquiera las reconocí como decisiones mientras ocurrían.

Elegir seguir.

Elegir salir.

Aceptar una oportunidad.

Rechazar otra.

Confiar.

Corregir.

Dejar de insistir.

Dar espacio.

Volver a empezar.

Miradas desde lejos pueden parecer una secuencia lógica, aunque mientras las vivía eran simplemente respuestas a aquello que tenía delante.

Por eso no creo demasiado en la idea de que existe una decisión perfecta capaz de encaminarnos definitivamente.

Seguimos eligiendo.

Una elección importante puede abrir una puerta y después tendremos que tomar muchas otras dentro de aquello que encontramos al cruzarla.

Eso le quita algo de dramatismo a decidir.

También le entrega una responsabilidad más real.

No tenemos que acertar de una vez para siempre.

Tenemos que permanecer disponibles para mirar nuevamente.

Hoy decido de una manera distinta

La mujer que soy ahora tiene más experiencia.

Eso ayuda.

También tiene más conciencia de todo aquello que no puede controlar.

Antes podía buscar certeza durante mucho tiempo, como si en algún lugar existiera una cantidad suficiente de información capaz de eliminar por completo el riesgo; hoy intento reconocer antes cuándo necesito investigar algo más y cuándo simplemente estoy aplazando una decisión porque quisiera sentir una seguridad que probablemente nunca llegará.

Sigo analizando.

Sigo preguntando.

Probablemente continúe imaginando varios escenarios antes de escoger uno, porque esa es una parte profunda de mi manera de pensar.

La diferencia está en que ya no considero la duda una prueba de que todavía no estoy preparada.

Puedo dudar y decidir.

Puedo sentir miedo y avanzar.

Puedo cambiar de opinión después si aparece una razón suficientemente importante para hacerlo.

Esa flexibilidad me costó años.

Quizás las decisiones más importantes sean aquellas que nos acercan a nosotras mismas

Cuando miro aquellas elecciones que verdaderamente modificaron mi vida, encuentro una característica común que no tiene demasiado que ver con el éxito externo.

De alguna manera, me obligaron a acercarme a quien era.

Salir de lugares donde sabía funcionar para descubrir si podía construir otros.

Aceptar que mi fortaleza tenía límites sin considerar que eso me volvía menos fuerte.

Comprender ciertas partes de mí sin seguir tratándolas automáticamente como defectos.

Permitir que aquello que sentía tuviera un lugar en mis decisiones sin dejar que cada emoción se convirtiera en una orden.

Escribir.

Recordar.

Y empezar, lentamente, a elegir también una vida que no estuviera construida únicamente alrededor de aquello que podía sostener por los demás.

Ninguna de esas decisiones me convirtió en una persona terminada.

Afortunadamente.

Todavía cambio.

Todavía me equivoco y hay elecciones frente a las que puedo pasar mucho más tiempo del que quisiera evaluando posibilidades.

Lo que sí sé ahora es que no necesito ver toda la carretera para saber si quiero dar el siguiente paso.

La vida que tengo no nació porque alguna vez conseguí escoger sin miedo.

Nació porque, una y otra vez, llegó un momento en que tuve que aceptar que no habría una certeza mayor esperando unos metros más adelante.

Entonces decidí.

Algunas veces acerté.

Otras tuve que corregir.

Y en medio de todo eso fui construyendo algo que solo hoy puedo reconocer mirando hacia atrás: no una sucesión perfecta de buenas elecciones, sino una vida que poco a poco empezó a parecerse más a la mujer que estaba aprendiendo a ser.

Aracely Cretier

Empresaria, comunicadora, autora y fundadora de Club de Perros y Gatos.

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Este contenido tiene fines informativos y no reemplaza la evaluación de un médico veterinario. Cada animal necesita una revisión profesional individual.

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