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Liderazgo y propósito

Liderar también es saber soltar

Construir algo desde cero puede hacernos sentir responsables de cada detalle; con el tiempo entendí que liderar también exige confiar, entregar decisiones y permitir que otras personas desarrollen un criterio propio.

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5 min

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"Soltar no es retirarse de la responsabilidad; es dejar de confundir responsabilidad con control."

Durante años asocié la responsabilidad con estar presente. Si algo dependía de mí, quería conocerlo; si existía un problema, necesitaba entenderlo, y cuando una decisión podía afectar aquello que había construido, me resultaba natural involucrarme hasta sentir que el asunto estaba realmente resuelto. Esa forma de trabajar me permitió levantar proyectos desde muy temprano, atravesar etapas complejas y aprender muchísimo sobre áreas que probablemente nunca habría conocido con tanta profundidad de otra manera.

Con el crecimiento apareció, sin embargo, una paradoja que tardé en reconocer: aquello que había sido una fortaleza indispensable al comienzo podía transformarse en una limitación si no aprendía a modificarlo.

Una empresa no puede crecer verdaderamente alrededor de la capacidad de su fundadora para estar en todas partes. Puede hacerlo durante un tiempo, incluso durante bastante tiempo, especialmente cuando esa persona tiene energía, conoce el negocio en profundidad y está acostumbrada a resolver; tarde o temprano, sin embargo, aparece un límite que no tiene relación con la voluntad ni con el compromiso. Simplemente llega un momento en que una sola persona no puede seguir siendo el lugar donde convergen todas las decisiones sin empezar a frenar aquello mismo que quiere hacer avanzar.

Aceptar eso me costó más de lo que habría imaginado.

No porque creyera que solo yo podía hacer bien las cosas, sino porque soltar implica bastante más que repartir tareas. Exige confiar, aceptar otras maneras de llegar a un resultado y reconocer que la organización necesita desarrollar una inteligencia propia que no dependa permanentemente de la nuestra.

Ahí comprendí algo que hoy considero central en mi forma de liderar: soltar no es retirarse de la responsabilidad; es dejar de confundir responsabilidad con control.

Lo que cuesta dejar cuando una estuvo desde el comienzo

Quien llega a una empresa cuando ya existen procesos puede conocerlos, cuestionarlos y mejorarlos; quien estuvo cuando todavía no existían recuerda por qué nacieron.

Esa diferencia pesa.

Una sabe cuál fue el problema que llevó a tomar determinada decisión, recuerda una conversación que modificó una forma de trabajar y conoce excepciones que nunca llegaron a escribirse en ninguna parte. Hay una memoria acumulada que facilita muchísimo la toma de decisiones, pero también puede alimentar la sensación de que nuestra participación sigue siendo necesaria porque los demás todavía no conocen toda la historia.

En parte es cierto.

Nadie que llega después puede poseer inmediatamente quince años de contexto; tampoco debería ser ese el requisito para asumir una responsabilidad. Si la única manera de tomar buenas decisiones consiste en haber vivido personalmente todo lo anterior, entonces no hemos construido una organización, sino una dependencia de la memoria de determinadas personas.

Esa fue una de las cosas que tuve que aprender a transformar.

No podía transferir años de experiencia, pero sí podía compartir criterios; explicar por qué algo importaba, entregar suficiente contexto y permitir que otra persona construyera a partir de ahí su propio conocimiento.

Eso significaba aceptar que algunas decisiones ya no llevarían exactamente mi forma.

Y ahí apareció una dificultad más personal.

Cuando una ha construido algo con enorme involucramiento, es fácil confundir una manera distinta de hacer las cosas con una manera equivocada. Me ocurrió más de una vez. Veía un camino que yo habría tomado de otra forma y sentía inmediatamente la necesidad de intervenir; con los años fui aprendiendo a detener esa reacción y observar primero el resultado que buscábamos.

¿Era realmente incorrecto o simplemente no era mi manera?

La pregunta parece simple; responderla con honestidad puede costar bastante.

Delegar una tarea es fácil comparado con entregar una decisión

Hay un tipo de delegación que no exige demasiado desprendimiento. Una define exactamente qué quiere, entrega instrucciones y recibe después aquello que solicitó; la ejecución pasó a otra persona, pero la decisión siguió perteneciendo completamente a quien dio la orden.

Eso ayuda a distribuir trabajo, aunque no necesariamente construye autonomía.

La verdadera dificultad comenzó para mí cuando entendí que necesitaba delegar también decisiones.

En ese punto ya no bastaba con explicar qué había que hacer; debía compartir el propósito, los límites, la información relevante y aceptar que quien asumía esa responsabilidad podía llegar a una conclusión distinta de la mía.

Para alguien acostumbrada a resolver, ese proceso tiene algo incómodo.

Hay que esperar.

Hay que permitir que otro piense antes de entregar nuestra respuesta y resistir la tentación de intervenir apenas vemos un camino más rápido. También hay que aceptar que una persona que está desarrollando criterio necesitará atravesar procesos que nosotros ya recorrimos, porque no existe una forma honesta de entregar experiencia como si fuera un archivo que simplemente pudiera copiarse.

Yo podía advertir.

Podía acompañar.

No podía vivir por otros aquello que a mí me había enseñado a decidir.

Ese aprendizaje cambió mi forma de mirar los errores. Empecé a distinguir entre aquellos que una organización no puede permitirse y los que forman parte razonable del desarrollo de una persona; si pretendía eliminar cualquier posibilidad de equivocación, también estaba eliminando buena parte del espacio necesario para aprender.

No siempre fue fácil.

Todavía no lo es.

Soltar también pone a prueba el ego

Hay una dimensión del liderazgo de la que se habla menos y que, para mí, merece ser reconocida: ser necesaria puede resultar gratificante.

Que las personas pregunten, que una decisión importante espere nuestra opinión o que un problema complejo termine llegando hasta nosotras confirma que nuestro conocimiento tiene valor. No hay nada necesariamente malo en ello; el riesgo aparece cuando comenzamos a necesitar esa sensación para sentir que seguimos siendo importantes dentro de aquello que construimos.

He tenido que hacerme esa pregunta con mucha franqueza.

Si una situación puede resolverse perfectamente sin mí, ¿por qué querría seguir participando?

A veces la respuesta es legítima: porque me corresponde, porque afecta una definición estratégica o porque puedo aportar una mirada que todavía no existe en el equipo. Otras veces la respuesta es bastante menos cómoda: porque estoy acostumbrada a estar.

Reconocerlo no me quitó autoridad.

Me permitió utilizarla mejor.

Una empresa no debería necesitar demostrar permanentemente el valor de su fundadora haciéndola indispensable. Si después de años todas las conversaciones relevantes todavía dependen de ella, quizás no estamos frente a una señal de liderazgo excepcional, sino frente a una estructura que todavía no aprendió a distribuir suficiente responsabilidad.

Entenderlo me obligó a cambiar también mi propia medida del éxito.

Antes podía sentir satisfacción al comprobar cuántos problemas era capaz de resolver; hoy existe otro tipo de orgullo cuando descubro que algo importante se resolvió bien y nadie necesitó llamarme.

No me siento menos necesaria.

Me siento mejor acompañada.

Confiar no significa dejar de mirar

Nunca he entendido delegar como una invitación a desentenderse.

Quien lidera sigue siendo responsable de conocer aquello que ocurre en la organización y debe contar con información suficiente para detectar tendencias, preguntar cuando algo no cuadra y actuar cuando la situación lo requiere. La diferencia está en no convertir esa responsabilidad en una supervisión permanente que termine anulando la autonomía que decimos querer construir.

Ahí los procesos adquieren un valor enorme.

Confiar resulta mucho más sencillo cuando existen responsabilidades claras, información disponible y criterios que permiten saber qué requiere una escalada y qué puede resolverse dentro de cada área. Sin esa estructura, delegar puede sentirse como cerrar los ojos; con ella, se convierte en una manera distinta de observar.

Yo necesito información.

Probablemente siempre la necesitaré, porque forma parte de mi manera de trabajar. Me interesa comprender qué está ocurriendo, qué dicen los números y dónde podría existir un problema antes de que se vuelva evidente; lo que he aprendido es que conocer no exige intervenir en cada movimiento.

Puedo mirar sin ocupar.

Puedo preguntar sin entregar inmediatamente la respuesta.

Puedo pedir una explicación y descubrir que la decisión que alguien tomó tenía fundamentos que yo no había considerado.

Ese cambio parece pequeño, pero transforma la relación con un equipo. Una persona que sabe que deberá explicar su criterio desarrolla una responsabilidad muy distinta de aquella que simplemente espera instrucciones; también entiende que autonomía no significa actuar sin rendir cuentas.

Para mí ambas cosas deben crecer juntas.

Hay personas que necesitan que una se retire un poco para poder crecer

Esta fue una de las constataciones más importantes de mi vida como líder.

A veces una persona competente parece insegura no porque le falte capacidad, sino porque trabaja demasiado cerca de alguien que siempre tiene una respuesta.

Si cada vez que aparece una duda yo respondo primero, mi experiencia puede terminar ocupando el espacio donde debía aparecer su propio criterio; si intervengo antes de que termine de pensar, quizás nunca sabré qué habría decidido sin mí.

No necesariamente lo hacemos por desconfianza.

Muchas veces queremos ayudar.

El problema es que una ayuda demasiado rápida puede convertirnos involuntariamente en el techo de otra persona.

Empecé entonces a hacer algo que al principio me resultaba menos natural: esperar.

Preguntar qué haría ella.

Escuchar su razonamiento antes de explicar el mío.

A veces coincidíamos; otras aparecía una respuesta distinta y perfectamente válida. También hubo ocasiones en que veía un riesgo que la otra persona todavía no alcanzaba a identificar y entonces mi experiencia seguía teniendo un lugar, pero entraba de una manera diferente.

Ya no tenía que reemplazar el pensamiento de otro.

Podía ayudar a ampliarlo.

Esa diferencia me parece fundamental.

Quiero personas capaces de tomar decisiones cuando yo no esté disponible, y eso solo puede ocurrir si tienen oportunidades reales de decidir mientras sí estoy.

No todo el mundo se queda, y eso también forma parte de liderar

Soltar adquiere otro significado cuando hablamos de personas.

Las empresas cambian y quienes trabajan en ellas también. Hay etapas en las que un camino compartido tiene muchísimo sentido y momentos en que deja de tenerlo; no necesariamente porque alguien haya hecho algo malo, sino porque las necesidades, las oportunidades o las aspiraciones ya no coinciden de la misma manera.

Esto me ha costado emocionalmente.

Soy una persona que construye vínculos y me importa la historia compartida; cuando alguien ha participado en una etapa importante de un proyecto, no puedo mirar su partida exclusivamente como una modificación en un organigrama.

Al mismo tiempo, aprendí que aferrarse a una relación laboral por todo lo que significó en el pasado no siempre es justo para ninguna de las partes.

Hay personas que necesitan crecer en otro lugar.

También hay organizaciones que necesitan una capacidad diferente para la etapa siguiente.

Reconocerlo no borra lo anterior.

Esa idea me ayudó mucho.

Una relación profesional puede haber sido valiosa aunque termine; alguien puede haber realizado una contribución enorme y, aun así, llegar a un momento en que nuestros caminos se separan.

No quiero medir cada historia únicamente por su permanencia.

Hay personas que estuvieron el tiempo exacto para construir algo importante.

Dejarlas ir también puede ser una forma de respeto.

Las conversaciones difíciles forman parte de soltar

No siempre la separación ocurre porque alguien voluntariamente decidió emprender otro camino.

Hay momentos en que quien lidera debe tomar decisiones que afectan a personas que aprecia, y pocas cosas me han parecido tan incómodas como aceptar que el cariño o la historia compartida no pueden ser los únicos criterios para definir aquello que una organización necesita.

He aprendido a no trivializar esas conversaciones.

Una desvinculación no debería transformarse en un acto mecánico simplemente porque forma parte de administrar; existe una persona al otro lado y, aunque una decisión sea necesaria, eso no elimina la obligación de tratarla con dignidad.

También he comprendido algo que antes me costaba más: retrasar demasiado una conversación difícil no siempre es una forma de cuidado.

A veces postergamos porque no queremos provocar dolor, pero mientras esperamos dejamos crecer una situación que ya está dañando al equipo, a la organización o incluso a la misma persona que no sabe con claridad dónde está parada.

Ser transparente antes puede ofrecer una posibilidad real de corregir.

Y cuando esa posibilidad ya no existe, ser claro evita prolongar una relación que dejó de funcionar.

Soltar, en ese sentido, no es abandonar a alguien.

Puede ser reconocer honestamente que una etapa terminó.

También tuve que soltar versiones anteriores de mí misma

Algunas de las cosas más difíciles de dejar no fueron tareas ni decisiones.

Fueron identidades.

La mujer que podía con todo.

La que conocía cada detalle.

La que estaba disponible para resolver.

La que encontraba una salida cuando nadie más sabía qué hacer.

Esas versiones de mí tuvieron un propósito y me ayudaron muchísimo. No quiero mirarlas con desprecio ni convertir mi evolución en una crítica hacia quien fui; hice lo que sabía hacer con las circunstancias, las herramientas y la experiencia que tenía.

Lo que ya no quiero es obligarme a seguir siendo exactamente esa mujer para demostrar que todavía soy fuerte.

Cambiar una manera de liderar no significa renunciar a las características que nos permitieron llegar hasta aquí.

Sigo siendo involucrada.

Sigo preguntando.

Sigo teniendo una tendencia natural a entrar a los problemas y tratar de entenderlos.

La diferencia es que hoy puedo elegir mejor cuándo hacerlo.

Ese pequeño espacio entre el impulso y la acción ha sido uno de mis mayores aprendizajes.

Soltar no es perder lo construido

Creo que una parte de mi resistencia venía de una asociación bastante humana: si dejaba de estar en determinadas cosas, quizá empezaría también a perder la conexión con aquello que había creado.

No ocurrió.

La relación cambió.

Hay una intimidad muy particular con un proyecto cuando una estuvo presente desde el comienzo; esa historia no desaparece porque otras personas empiecen a asumir espacios importantes.

Al contrario, a veces observar cómo una idea inicial crece más allá de nuestras propias manos puede ser una de las experiencias más gratificantes de emprender.

Significa que algo dejó de existir solamente dentro de ti.

Otras personas lo comprendieron, lo hicieron suyo desde sus responsabilidades y comenzaron también a transformarlo.

Por supuesto que eso implica aceptar cambios.

Si quiero que algo crezca, no puedo esperar que permanezca congelado en la versión que yo imaginé al comienzo. Hay cosas que deben conservarse porque pertenecen al propósito y otras que necesitan evolucionar porque el contexto, las personas o la propia organización cambiaron.

Aprender a distinguir unas de otras es parte del liderazgo que todavía sigo construyendo.

Saber cuándo quedarse y cuándo apartarse

No creo que liderar consista en retirarse progresivamente de todo hasta volverse una figura distante.

Hay momentos en los que una organización necesita que quien lidera esté profundamente presente; también existen decisiones que no deberían delegarse y situaciones en las que nuestra intervención puede cambiar significativamente el resultado.

Soltar no es una doctrina.

Es criterio.

A veces liderar exige entrar.

Otras, quedarse al lado.

Y en determinados momentos, hacerse a un costado.

Lo difícil está en no escoger siempre la respuesta que nos resulta más cómoda.

Para algunas personas será intervenir; para otras, desaparecer. Mi tendencia históricamente estuvo mucho más cerca de la primera, por eso mi aprendizaje ha consistido en reconocer cuándo estar demasiado presente puede ser tan problemático como no estar.

Hoy trato de hacerme una pregunta sencilla: ¿qué necesita realmente esta situación de mí?

No qué puedo hacer.

No qué sé hacer.

No dónde podría intervenir.

Qué necesita de mí.

La respuesta cambia.

Y quizás ahí está la madurez que antes no tenía.

El verdadero desafío era confiar en lo que había construido

Con el tiempo entendí que soltar estaba estrechamente relacionado con la confianza, aunque no solamente con la confianza en otras personas.

También tenía que confiar en mi propio trabajo anterior.

Si había formado equipos, construido criterios, definido responsabilidades y compartido suficiente contexto, necesitaba permitir que todo aquello funcionara; de lo contrario, ¿para qué lo había construido?

Seguir entrando en cada decisión podía convertirse en una manera de decir que nada de eso era suficiente.

A veces no lo era y correspondía corregir.

Otras veces sí.

El problema era que yo tenía que aprender a darle la oportunidad de demostrarlo.

Hoy sigo muy involucrada en mis proyectos. No imagino que eso cambie porque forma parte de mi manera de vivir aquello que construyo; sí estoy aprendiendo que involucrarse no significa poseer cada decisión.

Puedo cuidar algo sin sostenerlo permanentemente con mis propias manos.

Puedo conocer profundamente una empresa y permitir que otras personas la conozcan desde lugares que yo nunca ocuparé.

Puedo seguir siendo responsable sin convertirme en indispensable.

Tal vez esa sea la parte más difícil y, al mismo tiempo, una de las más bonitas de construir con otros.

Llega un momento en que el liderazgo deja de demostrarse por todo aquello que pasa por una y empieza a verse también en lo que ocurre bien cuando una no está.

Antes podía interpretar esa ausencia como pérdida de control.

Hoy la entiendo de otra manera.

Si las personas pueden decidir, si los equipos conocen su responsabilidad y si aquello que construimos conserva su propósito aunque yo no intervenga en cada movimiento, entonces soltar no significa que algo dejó de pertenecerme.

Significa que finalmente dejó de depender solamente de mí.

Hay una idea que durante mucho tiempo confundí con el compromiso.

Pensaba que, mientras más cosas dependieran de mí, más importante era mi aporte.

Hoy sé que no era así.

Era miedo.

Miedo de que las cosas no salieran bien.

Miedo a perder el control.

Miedo a que nadie cuidara el proyecto con el mismo cariño con que yo lo hacía.

Es un miedo muy común entre quienes emprenden.

Porque una empresa no nace como un negocio.

Nace como un sueño.

Y cuando un sueño lleva nuestro nombre, cuesta muchísimo dejar que otras personas también lo sostengan.

Durante años fui la primera en llegar y la última en irme.

Sentía que debía conocer cada detalle, revisar cada decisión y resolver cada problema.

Lo hacía porque amaba profundamente lo que estaba construyendo.

Pero un día entendí que ese mismo amor podía convertirse, sin querer, en un obstáculo para el crecimiento.

Las organizaciones evolucionan.

Y los líderes también deben hacerlo.

Hay una etapa en la que el mayor aporte del fundador consiste en estar en todas partes.

Pero llega otra en la que su mayor aporte consiste precisamente en dejar espacio para que aparezcan nuevos liderazgos.

Soltar no significa abandonar.

Tampoco significa desentenderse.

Significa confiar en que el propósito que dio origen a un proyecto puede seguir vivo a través de otras personas.

He aprendido que las empresas más sanas no son aquellas en las que todo pasa por una sola voz.

Son aquellas en las que muchas personas se sienten parte de una misma visión.

Cuando eso ocurre, las decisiones dejan de depender exclusivamente del fundador y comienzan a responder a una cultura compartida.

Y esa cultura vale mucho más que cualquier procedimiento escrito.

Porque permanece incluso cuando las personas cambian.

Hoy sigo involucrándome profundamente en aquello que considero esencial.

Pero también aprendí a preguntarme algo antes de intervenir:

¿Esta decisión necesita que la tome yo… o que otra persona tenga la oportunidad de crecer?

Esa pregunta cambió mi manera de liderar.

También cambió mi manera de vivir.

Porque entendí que el tiempo es un recurso limitado.

Y quiero dedicar cada vez más energía a aquello que sólo yo puedo hacer: imaginar, crear, comunicar, escribir, conectar a personas y abrir nuevos caminos.

Todo lo demás también importa.

Pero no todo necesita pasar por mis manos.

Quizás esa sea una de las lecciones más difíciles del liderazgo.

Comprender que nuestro verdadero legado no está en las decisiones que tomamos.

Son las personas a las que ayudamos a formarse para que algún día puedan tomar las suyas.

Mi reflexión

Durante años pensé que soltar era perder.

Hoy sé que, muchas veces, es exactamente lo contrario.

Cuando confiamos, permitimos que otros descubran lo que son capaces.

Y cuando eso ocurre, el proyecto deja de pertenecer a una sola persona.

Comienza a convertirse en una obra colectiva.

Aracely Cretier

Empresaria, comunicadora, autora y fundadora de Club de Perros y Gatos.

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Este contenido tiene fines informativos y no reemplaza la evaluación de un médico veterinario. Cada animal necesita una revisión profesional individual.

La mirada de Aracely

Durante años pensé que soltar era perder.

Hoy sé que, muchas veces, es exactamente lo contrario.

Cuando confiamos, permitimos que otros descubran lo que son capaces.

Y cuando eso ocurre, el proyecto deja de pertenecer a una sola persona.

Comienza a convertirse en una obra colectiva.