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Cultura, viajes y experiencias
Lo que aprendí caminando por la Gran Muralla China
Caminar por la Gran Muralla China cambió mi manera de comprender un lugar que hasta entonces conocía mediante imágenes. La escala, el esfuerzo físico y la historia contenida en cada tramo me hicieron pensar en el tiempo, en aquello que construimos y en nuestra necesidad de ver el camino completo antes de comenzar a recorrerlo.
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“La Gran Muralla me recordó que incluso aquello que parece inmenso está hecho de tramos y que ningún horizonte puede recorrerse de una sola vez.”
Hay lugares que una reconoce antes de conocerlos. Los ha visto tantas veces en fotografías, documentales, libros o películas que, cuando finalmente está delante de ellos, la primera impresión tiene algo extraño: una parte de la imagen resulta familiar, pero el cuerpo todavía no entiende dónde está.
Eso me ocurrió con la Gran Muralla China.
Sabía perfectamente qué era, conocía su importancia histórica y había visto innumerables imágenes de esa línea interminable atravesando las montañas; nada de eso, sin embargo, me había permitido comprender su dimensión real. Una fotografía puede mostrar la extensión, pero no puede hacerte sentir la pendiente ni la irregularidad de los escalones, tampoco transmite de la misma manera la distancia que aparece cuando levantas la mirada y descubres que aquello que acabas de recorrer representa apenas una fracción de lo que continúa delante.
Caminarla cambió mi relación con ese lugar porque dejó de ser una imagen.
De pronto estaba bajo mis pies.
Y mientras avanzaba empecé a pensar menos en la Muralla como uno de los grandes monumentos del mundo y mucho más en lo que significa que una obra construida por seres humanos pueda sobrevivir durante siglos hasta llegar a nosotros convertida en símbolo, paisaje e historia al mismo tiempo.
Quizás por eso aquel recorrido permaneció conmigo. No regresé con una gran revelación ni con una moraleja perfectamente formulada; regresé con una sensación de escala distinta, no solo respecto de aquello que los seres humanos somos capaces de construir, sino también frente a nuestra propia tendencia a creer que el tiempo que vivimos es mucho más grande de lo que realmente es.
Una fotografía nunca me habría explicado el esfuerzo
Hay experiencias que necesitan pasar por el cuerpo para que podamos comprenderlas de otra manera.
Mirar la Gran Muralla desde lejos produce asombro; caminarla incorpora algo adicional, porque cada tramo obliga a sentir que ese recorrido fue construido sobre un terreno que no está ahí para facilitarte nada. Las pendientes modifican el ritmo y la vista puede engañar: una distancia que parece razonable desde un punto se vuelve mucho más exigente cuando una empieza a recorrerla.
Ese esfuerzo físico hizo que la historia dejara de parecerme tan abstracta.
Estamos acostumbrados a resumir obras monumentales mediante cifras: extensión, años, dinastías, materiales, períodos de construcción. Los datos son necesarios para comprender su contexto, aunque también tienen la capacidad de volver casi invisible algo elemental: alguien tuvo que hacer aquello.
Muchas personas, durante muchísimo tiempo.
La piedra que ahora pisamos como visitantes no apareció allí por formar parte de un paisaje extraordinario. Fue trasladada, trabajada y colocada por seres humanos cuyas vidas concretas pueden desaparecer fácilmente detrás de la magnificencia de la obra terminada.
Mientras caminaba, esa dimensión empezó a pesarme más que cualquier cifra.
Admirar una construcción no obliga a ignorar el costo humano que pudo haber detrás de ella. De hecho, creo que conocer realmente un lugar exige cierta disposición a sostener ambas cosas: la capacidad extraordinaria que hizo posible aquello que estamos viendo y las preguntas incómodas que aparecen cuando dejamos de mirar solamente el resultado.
La belleza de una obra no borra su historia.
La vuelve más compleja.
Lo que parece imposible cambia cuando una descubre que ya fue hecho
Estar ahí también modificó mi idea de la escala.
Hay cosas que, vistas desde nuestra experiencia cotidiana, parecen excesivas incluso antes de imaginarlas. Una muralla que atraviesa montañas durante distancias enormes pertenece fácilmente a esa categoría; sin embargo, una vez que estás sobre ella ocurre algo curioso: aquello que parece imposible existe y lleva siglos existiendo.
No significa que cualquier proyecto sea posible solo porque alguien tenga suficiente voluntad. Esa idea me parece demasiado simplista y muchas veces profundamente injusta, porque los recursos, las circunstancias y los límites reales importan.
Lo que sí cambia es la manera de formular ciertas preguntas.
Cuando vemos algo extraordinariamente grande terminado, resulta evidente que no fue construido en un solo gesto. Hubo etapas, interrupciones, modificaciones y generaciones que no necesariamente conocieron el resultado final de aquello en lo que estaban participando.
Esa idea me interesó mucho.
Estoy acostumbrada a pensar en proyectos con objetivos, fechas y resultados que una espera ver dentro de su propia vida profesional. Frente a una construcción cuya historia atraviesa siglos, esa relación entre esfuerzo y resultado adquiere otra proporción.
No todas las personas que participaron pudieron ver aquello que hoy nosotros llamamos la Gran Muralla.
Probablemente muchas ni siquiera podían imaginar cómo sería recordada.
Y, sin embargo, su trabajo quedó dentro de algo que las sobrevivió.
No quiero romantizar esa realidad ni convertirla en una lección empresarial, porque sería reducir una historia enorme a una comparación demasiado cómoda. Lo que sí me produjo fue una pregunta sobre nuestra necesidad de ver inmediatamente el resultado de todo aquello que hacemos.
Hay cosas cuyo valor quizá se construye mucho más lentamente que nuestra capacidad para medirlo.
Caminar obliga a mirar una escala distinta
Cuando una está en medio de una ciudad, la escala humana domina casi todo.
Los edificios, las calles, los vehículos y las distancias fueron diseñados por personas para personas; incluso cuando algo es monumental, sigue existiendo dentro de un entorno donde nosotros ocupamos el centro de la organización.
En la Gran Muralla sentí algo distinto.
La construcción es humana, pero el paisaje no.
Las montañas continúan ahí con una indiferencia absoluta frente a nuestra presencia y la Muralla parece adaptarse a ellas mucho más de lo que consigue dominarlas. Sube, baja, desaparece parcialmente de la vista y reaparece a lo lejos, siguiendo una geografía que existía muchísimo antes de que alguien decidiera construir sobre ella.
Esa relación me impresionó.
Porque estamos frente a una de las expresiones más extraordinarias de la capacidad humana y, al mismo tiempo, basta mirar alrededor para recordar que incluso una obra de esa magnitud sigue inscrita dentro de algo mucho mayor.
No sentí que eso disminuyera la construcción.
La hizo todavía más impresionante.
También modificó, durante un momento, la escala de mis propias preocupaciones.
No porque desaparecieran ni porque un paisaje pueda resolver aquello que nos inquieta, sino porque hay lugares capaces de recordarnos que nuestra vida ocurre dentro de dimensiones que normalmente no tenemos presentes.
Un problema sigue siendo un problema al bajar de la Muralla.
Pero quizá ya no parece ocupar el mundo completo.
La historia deja de ser una línea cuando una puede tocarla
En los libros aprendemos la historia organizada.
Un período sucede a otro, existen nombres, fechas y acontecimientos que permiten construir cierta continuidad; esa estructura es indispensable porque, sin ella, resultaría casi imposible comprender siglos de cambios.
Estar físicamente en un lugar histórico rompe un poco esa limpieza.
La piedra está ahí.
Ha sobrevivido a personas, gobiernos, conflictos, transformaciones sociales y generaciones completas que consideraron su presente tan inmediato como nosotros consideramos el nuestro. Todo aquello que hoy llamamos historia fue alguna vez la vida cotidiana de alguien.
Esa idea siempre me produce una sensación particular.
Nosotros también estamos viviendo un tiempo que algún día será pasado.
Muchas de las cosas que ahora parecen definitivas se modificarán y otras, que apenas registramos, quizá terminarán siendo importantes para personas que todavía no existen.
Frente a una construcción tan antigua, el presente pierde algo de su arrogancia.
No deja de importar, pero deja de parecer eterno.
Para mí esa proporción resulta saludable.
He pasado muchas etapas de mi vida concentrada en aquello que viene después, intentando anticipar, organizar y resolver. Es una forma de estar en el mundo que me permitió construir mucho, aunque puede producir la sensación de que cada problema actual necesita una respuesta inmediata y que cada decisión tiene una importancia definitiva.
La historia recuerda otra cosa.
Las épocas pasan.
También las nuestras.
No todo lo monumental necesita convertirse en una experiencia solemne
Hay algo que quiero cuidar cuando recuerdo viajes importantes: no transformar retrospectivamente cada minuto en un momento de revelación.
Yo también estaba viajando.
Había cansancio, curiosidad y todas esas pequeñas cosas que forman parte de cualquier recorrido. No caminé por la Gran Muralla pensando permanentemente en el sentido de la existencia ni en los siglos de historia contenidos bajo mis pies.
Por suerte.
Creo que los lugares importantes también se viven de manera cotidiana.
Una se detiene, mira, intenta continuar, toma una fotografía y vuelve a mirar hacia adelante; en algún momento puede estar pensando simplemente cuánto falta para llegar a determinado punto.
Eso no disminuye la experiencia.
Al contrario, la vuelve real.
Con los años he empezado a desconfiar de cierta manera de contar los viajes donde todo parece haber sido profundamente transformador en el mismo instante en que ocurrió. Muchas veces no sabemos todavía qué nos produjo una experiencia.
Primero la vivimos.
Después, cuando regresamos y la memoria empieza a colocarla junto a otras cosas, entendemos qué permaneció.
Con la Gran Muralla me pasó así.
El verdadero viaje continuó bastante después de haber dejado de caminarla.
La distancia entre mirar y hacer
Hay una diferencia enorme entre observar algo terminado y pensar en el proceso que lo hizo posible.
Esa idea ha acompañado gran parte de mi vida profesional porque construir una empresa también modifica la manera en que una observa aquello que otros han construido; empiezas a ver detrás del resultado, a imaginar decisiones, problemas y años de trabajo que no aparecen en la versión final.
Frente a la Gran Muralla esa diferencia adquiere una escala casi absurda.
Aquello que hoy contemplamos como una unidad es el resultado de períodos históricos distintos, intervenciones diferentes y una cantidad de trabajo difícil de dimensionar.
Pensé mucho en nuestra tendencia a admirar lo terminado.
Vemos el resultado y parece inevitable.
Una construcción, una empresa, una carrera o incluso una persona vista desde una distancia suficiente puede dar la impresión de haber avanzado mediante una trayectoria mucho más coherente de lo que realmente fue.
La vida desde afuera tiene esa capacidad.
Elimina el polvo.
Borra parte del cansancio.
Ordena los errores dentro de una historia que ya conoce el final.
Por eso me interesa cada vez más aquello que existe detrás de las cosas.
No para restarles belleza, sino porque comprender el proceso hace que admire el resultado desde un lugar diferente.
También pensé en todo aquello que no permanece
Una obra que ha conseguido sobrevivir durante siglos puede hacernos pensar fácilmente en la permanencia.
Sin embargo, la historia está compuesta también por una cantidad inmensa de cosas que desaparecieron.
Personas cuyos nombres no conocemos.
Casas que dejaron de existir.
Conversaciones que no quedaron registradas.
Proyectos que en su momento parecieron fundamentales y de los que hoy no sabemos nada.
Estar frente a algo que sobrevivió me hizo pensar también en todo aquello que no lo hizo.
No desde la tristeza.
Desde cierta humildad.
Invertimos enorme energía tratando de construir cosas duraderas y me parece profundamente humano hacerlo. Queremos que una empresa permanezca, que nuestro trabajo tenga sentido y que aquello que hacemos deje alguna huella.
Yo también lo quiero.
Lo que intento no olvidar es que el valor de una vida no puede depender exclusivamente de aquello que consigue sobrevivirla.
Hay cosas importantes que nunca serán monumentos.
Un cuidado.
Una conversación que cambió la vida de alguien.
La manera en que tratamos a una persona cuando estaba pasando por un momento difícil.
El tiempo compartido con un animal que amamos.
Nada de eso necesita durar siglos para haber tenido significado.
Tal vez contemplar algo monumental me ayudó, paradójicamente, a valorar más aquello que no necesita serlo.
El esfuerzo cambia cuando dejamos de competir con el recorrido completo
Una de las cosas que ocurre al caminar un lugar tan extenso es que mirar demasiado lejos puede resultar engañoso.
La vista muestra una cantidad enorme de camino y la cabeza intenta convertirla inmediatamente en una totalidad: todo aquello que todavía falta, toda la distancia que aún no hemos recorrido.
Conozco bien esa reacción.
Me ocurre también frente a proyectos importantes. Puedo visualizar rápidamente varias etapas y, antes incluso de haber terminado la primera, una parte de mi cabeza ya está ocupada anticipando la quinta.
Eso ayuda a planificar.
También puede volver pesado aquello que todavía ni siquiera ha llegado.
Caminar me obligaba a regresar a una escala más inmediata.
El siguiente tramo.
La pendiente que tenía delante.
El ritmo que podía sostener en ese momento.
No hacía desaparecer la extensión, pero la volvía manejable.
Esa experiencia parece simple y, precisamente por eso, me quedó.
Muchas cosas grandes se vuelven abrumadoras cuando intentamos vivirlas completas antes de haberlas recorrido.
La planificación necesita horizonte; el cuerpo, en cambio, solo puede dar el paso que toca ahora.
Ambas perspectivas son necesarias.
Durante años yo privilegié bastante la primera.
No siempre avanzar más significa comprender más
Podría haber intentado medir la experiencia por la distancia.
Cuánto caminé.
Hasta dónde llegué.
Cuánto más podía continuar.
Esa lógica me resulta familiar porque durante mucho tiempo tuve una relación bastante estrecha entre esfuerzo y mérito: si todavía podía seguir, parecía razonable hacerlo.
Con los años he ido cuestionando esa medida.
No todo necesita llevarse hasta el máximo posible para tener valor.
Un viaje no mejora automáticamente porque recorrimos más kilómetros, del mismo modo que una jornada de trabajo no se vuelve más productiva porque conseguimos extenderla otras dos horas.
Hay un momento en que seguir añade distancia, pero no necesariamente experiencia.
Comprender eso ha sido importante para mí porque la capacidad de resistir puede convertirse fácilmente en una invitación permanente a exigir un poco más.
La Gran Muralla es prácticamente infinita desde la experiencia de quien la visita.
No necesitaba recorrerla completa —algo evidentemente imposible en una visita— para comprender aquello que estaba viendo.
Ese límite tan obvio tiene algo liberador.
A veces basta.
China me obligó a mirar la relación entre continuidad y cambio
Una parte de lo que más me impresionó en China fue esa convivencia entre una historia larguísima y una capacidad extraordinaria para transformarse.
La Gran Muralla pertenece inevitablemente a esa reflexión.
Estamos frente a algo que conserva físicamente una parte del pasado en un país donde, al mismo tiempo, ciudades, tecnología, infraestructura y formas de producción muestran velocidades de cambio impresionantes.
Esa coexistencia rompe una oposición que a veces construimos demasiado fácilmente entre tradición y modernidad.
No siempre hay que escoger una para que pueda existir la otra.
Lo difícil está en decidir qué merece conservarse, qué necesita reinterpretarse y qué debe quedar atrás.
He pensado mucho en eso también al construir organizaciones.
Una empresa que crece necesita cambiar, aunque si transforma indiscriminadamente todo aquello que la hizo reconocible puede perder una parte importante de su identidad; al mismo tiempo, conservar por nostalgia formas que ya no responden a la realidad termina convirtiendo la historia en una limitación.
La Muralla no me entregó una respuesta para ese problema.
Me mostró, simplemente, una imagen extraordinaria de continuidad dentro de un país que no dejó de cambiar.
A veces una imagen basta para seguir pensando durante mucho tiempo.
La experiencia física impide cierta idealización
Hay algo especialmente útil en caminar.
Cuando observamos un lugar únicamente desde una fotografía, podemos imaginarlo perfecto. El encuadre elimina el cansancio, las distancias y todo aquello que no entró en la imagen; al estar ahí, en cambio, la experiencia incluye el cuerpo.
Eso vuelve el lugar más verdadero.
La Gran Muralla podía ser extraordinaria y exigente al mismo tiempo.
Una cosa no anulaba la otra.
Esa convivencia me parece importante porque solemos tener una tendencia parecida con muchas experiencias de la vida. Imaginamos que si algo era realmente bueno no debería haber sido difícil o, al contrario, interpretamos el esfuerzo como una prueba de que estábamos haciendo algo incorrecto.
La realidad suele ser menos ordenada.
Podemos amar algo y cansarnos.
Podemos sentirnos profundamente agradecidas por una experiencia y querer que termine por un rato.
Una decisión puede haber sido correcta y haber tenido un costo importante.
Aceptar esas contradicciones me ha ayudado mucho a mirar mi propia historia con menos necesidad de clasificar cada etapa como buena o mala.
Los lugares también pueden enseñarnos eso cuando dejamos de exigirles que se parezcan únicamente a la fotografía que queríamos llevarnos.
Hay una diferencia entre conquistar un lugar y permitir que el lugar nos afecte
Quizás una de las cosas que menos me interesa del lenguaje asociado a algunos viajes es esa idea de conquista.
“Conquisté la montaña.”
“Conquisté la Muralla.”
Entiendo lo que quiere decir y probablemente yo misma he utilizado alguna vez expresiones parecidas; aun así, con los años me hacen cada vez menos sentido.
La Muralla no necesitaba que yo llegara.
La montaña tampoco.
Ellas estaban ahí antes y continuarían después.
Quien recibió algo fui yo.
Esa inversión de perspectiva me parece importante porque cambia la relación con el lugar. Ya no estamos frente a un escenario diseñado para demostrar nuestra capacidad, sino entrando temporalmente a una realidad que tiene una historia propia.
Podemos recorrerla.
Admirarla.
Cansarnos dentro de ella.
Después tenemos que irnos.
Hay algo profundamente humilde en esa condición de visitante.
Y quizá por eso algunos lugares consiguen quedarse con nosotros.
No porque los hayamos conquistado, sino porque por unas horas permitimos que su escala modificara un poco la nuestra.
Lo que pensé al volver
Con el tiempo he intentado entender qué fue exactamente aquello que permaneció conmigo después de caminar la Gran Muralla.
No fue una idea única.
Quizás por eso el recuerdo sigue vivo.
Quedó la sensación física de una construcción que, desde una fotografía, parecía mucho más sencilla de recorrer; quedó también la conciencia del trabajo humano contenido en aquello que hoy contemplamos como patrimonio y una pregunta sobre todas las personas que participaron sin saber qué significaría ese lugar siglos después.
Me quedó, sobre todo, otra relación con la escala.
Con el tamaño de nuestros proyectos.
Con la velocidad con que esperamos resultados.
Con la importancia desproporcionada que podemos atribuir a algunas urgencias cuando estamos demasiado cerca de ellas.
Nada de esto significa que después haya regresado a mi vida convertida en una persona incapaz de preocuparse por lo pequeño.
Sigo haciéndolo.
Sigo intentando resolver cosas demasiado rápido y a veces necesito recordarme que una parte del camino todavía no corresponde recorrerla hoy.
Los viajes no nos corrigen mágicamente.
Nos entregan referencias.
Y algunas referencias vuelven cuando las necesitamos.
Lo que realmente aprendí caminando
Si tuviera que resumir aquella experiencia, no diría que la Gran Muralla me enseñó que todo es posible.
No lo creo.
Tampoco diría que me demostró que con esfuerzo se llega a cualquier parte, porque esa idea ignora demasiadas realidades y convierte la voluntad en una explicación demasiado cómoda para el mundo.
Aprendí algo menos grandioso y, para mí, mucho más útil.
Que las cosas enormes también están hechas de tramos.
Que observar el resultado completo puede ocultar el esfuerzo, las contradicciones y las vidas que existieron dentro de su construcción; que nuestra propia época, por urgente que nos parezca, ocupa una fracción diminuta dentro de una historia que comenzó muchísimo antes y continuará después de nosotros.
Y aprendí que caminar cambia aquello que sabemos.
Podía haber leído durante años sobre la Gran Muralla y continuar comprendiendo su historia desde una distancia intelectual. Necesité estar ahí para entender, aunque fuera apenas durante unas horas, qué significa que esa línea siga extendiéndose delante de una mientras el cuerpo empieza a sentir la pendiente.
Hay conocimientos que entran por la cabeza.
Otros necesitan pasar también por los pies.
Por eso, cuando recuerdo la Gran Muralla, no pienso primero en una fotografía.
Pienso en avanzar.
En mirar hacia atrás y descubrir cuánto había recorrido, después levantar la vista y comprobar cuánto seguía extendiéndose delante.
Hay algo de la vida en esa imagen que no necesito forzar demasiado para comprender.
Casi nunca vemos el camino completo mientras lo estamos haciendo.
Tenemos una dirección, una parte recorrida y aquello que hoy está delante.
Durante años quise saber mucho más de lo que venía antes de sentirme tranquila para avanzar.
Ahora intento aceptar un poco mejor que hay recorridos cuya única manera de conocerlos es caminarlos.
Aracely Cretier
Empresaria, comunicadora, autora y fundadora de Club de Perros y Gatos.
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La mirada de Aracely