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Desarrollo y bienestar

Lo que Asia vino a enseñarme

Mis viajes por Asia me enseñaron a observar antes de interpretar, a comprender que los negocios también se construyen desde relaciones y a descubrir cuánto puede cambiar nuestra propia mirada cuando dejamos de considerar universal aquello que simplemente nos resulta familiar.

Muy pronto

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"Viajar lejos no solo amplió mi idea del mundo; volvió visibles muchas certezas que llevaba conmigo sin saber que podían ser cuestionadas."

Viajar a Asia me obligó a reconocer algo que parece evidente hasta que una sale suficientemente lejos de aquello que conoce: muchas de las cosas que consideramos normales no son universales, sino costumbres, códigos y maneras de interpretar el mundo que aprendimos tan temprano que dejamos de verlas como una posibilidad entre muchas.

No regresé de mis viajes pensando que había comprendido “Asia”. Sería una pretensión absurda hablar de un continente tan diverso como si pudiera resumirse en una experiencia, del mismo modo que nadie podría recorrer dos o tres países de Latinoamérica y afirmar que ya entendió nuestra manera de vivir. Lo que conocí fueron ciudades, empresas, personas, formas de relacionarse y escenas cotidianas que ampliaron mi perspectiva precisamente porque muchas veces no coincidían con aquello a lo que yo estaba acostumbrada.

También viajé desde lugares distintos de mi propia vida.

Una no observa de la misma manera cuando viaja únicamente como turista que cuando existen reuniones, fábricas, productos, negociaciones o proyectos que necesitan convertirse en realidad. Trabajar mientras conocía otra cultura me obligó a mirar con una atención diferente; ya no bastaba con encontrar algo hermoso o sorprendente, porque necesitaba entender cómo se construían las relaciones, de qué manera se comunicaban ciertas cosas y cuánto de aquello que yo interpretaba inicialmente respondía a mis propios códigos.

Creo que ese fue el aprendizaje que terminó atravesando todos los demás: viajar lejos no solo permite conocer otras formas de vivir; también vuelve mucho más visibles las certezas que una llevaba consigo sin saber que eran certezas.

La primera lección fue observar antes de interpretar

Tengo una tendencia natural a mirar, conectar información y tratar de comprender rápidamente qué está ocurriendo. Esa capacidad me ha servido durante años en el trabajo y en la vida, aunque viajar a culturas muy diferentes me recordó los límites de cualquier lectura rápida.

Un gesto puede significar algo distinto.

Un silencio no necesariamente expresa aquello que yo habría interpretado en Chile.

La forma de decir que no, de mostrar desacuerdo, de establecer confianza o de conducir una negociación puede estar atravesada por códigos que una desconoce; cuando ignoramos ese contexto, corremos el riesgo de juzgar una situación utilizando exclusivamente nuestra propia escala.

Eso me obligó a disminuir la velocidad de algunas conclusiones.

No porque haya dejado de confiar en mi observación, sino porque comprendí que observar bien incluye reconocer cuánto todavía no sabemos. Hay una diferencia importante entre percibir que algo ocurre y asumir inmediatamente que comprendemos por qué está ocurriendo.

En un entorno familiar podemos compensar muchas cosas con experiencia. Sabemos cómo suele funcionar una reunión, qué significa determinada forma de responder y cuáles son los códigos implícitos; cuando una parte importante de esas referencias desaparece, escuchar se vuelve mucho más literal y, al mismo tiempo, mucho más profundo.

Había que preguntar.

Esperar.

Dejar que la relación entregara información que ninguna preparación previa podía ofrecer por completo.

Ese ejercicio terminó siendo útil mucho después de los viajes, porque me recordó que incluso dentro de nuestra propia cultura podemos creer demasiado rápido que comprendemos a alguien solo porque reconocemos la forma externa de una situación.

Hacer negocios también puede ser aprender otra forma de relacionarse

Una de las cosas que más me interesó al viajar por trabajo fue comprobar que una relación comercial nunca ocurre únicamente alrededor de un producto.

Hay personas detrás.

Historias.

Formas distintas de construir confianza.

Expectativas que no siempre están escritas y tiempos que pueden obedecer a lógicas diferentes de aquellas que una llevaba preparadas.

Cuando una está acostumbrada a trabajar con objetivos, costos, plazos y especificaciones, resulta tentador pensar que una reunión de negocios consiste principalmente en resolver esos elementos. Por supuesto que importan; una negociación necesita claridad y los acuerdos requieren precisión, especialmente cuando existen distancias enormes, idiomas distintos y procesos productivos que no podemos supervisar todos los días.

Sin embargo, descubrí que comprender a la contraparte podía ser tan importante como comprender la propuesta.

No hablo de convertir una relación comercial en amistad ni de romantizar culturas donde los vínculos personales pueden tener un peso distinto. Hablo de reconocer que la confianza no se construye de la misma manera en todas partes y que llegar con la expectativa de imponer nuestros propios tiempos puede hacernos perder información valiosa.

Eso me obligó a hacer algo que no siempre me resulta fácil: permitir que ciertas relaciones maduraran antes de exigirles una definición inmediata.

Soy una persona orientada a resolver y, cuando tengo suficiente información, prefiero avanzar. En otros contextos aprendí que avanzar demasiado rápido también puede significar no haber comprendido todavía aquello que necesitaba comprender.

La escala modifica la idea de lo posible

Hay lugares donde la dimensión de aquello que una observa altera inevitablemente la propia referencia.

Infraestructuras enormes.

Ciudades que parecen no terminar.

Procesos productivos cuya escala cuesta imaginar antes de verlos funcionando.

Una convivencia entre velocidad, tecnología y tradiciones que desde lejos podríamos haber considerado incompatibles.

Estar frente a esas realidades me produjo algo más interesante que admiración: me hizo cuestionar algunas limitaciones que una puede incorporar simplemente porque ha desarrollado toda su experiencia dentro de determinado entorno.

Cuando vemos repetidamente las mismas dimensiones, empezamos a pensar dentro de ellas.

No porque carezcamos de ambición, sino porque la imaginación también utiliza referencias.

Viajar amplía esas referencias.

Aquello que parecía gigantesco puede volverse apenas una alternativa posible; una idea que en nuestro contexto parecía demasiado compleja aparece resuelta en otro lugar de una manera que no habíamos considerado.

Eso no significa copiar.

De hecho, uno de los errores más fáciles sería regresar convencida de que algo funcionará igual simplemente porque funcionaba allá. Las diferencias culturales, económicas, regulatorias y de escala pueden volver absurda una reproducción literal.

Lo valioso está en otra parte.

Después de haber visto que algo puede hacerse de una manera diferente, ya no podemos volver a pensar exactamente dentro de los mismos límites.

La pregunta deja de ser “esto siempre se ha hecho así” y empieza a convertirse en “¿por qué lo hacemos así aquí?”.

Esa pregunta puede abrir muchísimo.

También aprendí a desconfiar de la fascinación

Viajar lejos produce fácilmente fascinación.

Hay arquitectura, comidas, sonidos, ritmos urbanos y costumbres capaces de capturar nuestra atención precisamente porque no se parecen a aquello que vemos todos los días. Frente a lo nuevo podemos caer en una tentación parecida a la que aparece frente a lo desconocido en sentido contrario: simplificar.

Solo que esta vez simplificamos positivamente.

Idealizamos.

Una experiencia agradable puede hacernos pensar que determinada sociedad resolvió mejor aquello que en la nuestra resulta problemático; una ciudad extraordinariamente eficiente en algo puede llevarnos a ignorar otras dimensiones mucho más complejas de la vida de quienes habitan ahí.

He intentado cuidar esa mirada.

No me interesa viajar para confirmar que un lugar es mejor o peor que otro, sino para comprender que cada realidad contiene tensiones que una visita breve apenas alcanza a rozar.

La belleza no elimina los problemas.

La eficiencia no significa que todo funcione bien.

Una tradición que nos conmueve como visitantes puede tener significados mucho más complejos para quienes viven dentro de ella.

Viajar con cierta humildad implica aceptar que veremos mucho y entenderemos poco comparado con alguien que ha vivido allí toda su vida.

Esa consciencia, lejos de quitar valor a la experiencia, la vuelve más interesante.

No necesito convertir lo que veo en una conclusión inmediata.

Puedo permitir que una pregunta regrese conmigo.

Lo antiguo y lo nuevo dejaron de parecerme opuestos

Una de las imágenes que más me quedaron de distintos recorridos por Asia fue la cercanía entre tiempos que, desde nuestra mirada occidental, a veces tendemos a ordenar como etapas sucesivas.

Lo antiguo no necesariamente había desaparecido para que pudiera existir lo nuevo.

Había lugares donde una tradición de siglos convivía con desarrollos tecnológicos extraordinarios sin que una cosa pareciera obligada a borrar completamente a la otra.

Esa convivencia me hizo pensar mucho.

En las empresas solemos hablar del cambio como si evolucionar exigiera desprenderse de todo aquello que pertenece al pasado; también existe el extremo contrario, donde proteger una identidad termina transformándose en resistencia frente a cualquier modificación.

La realidad puede ser bastante más rica.

Una tradición permanece viva no porque nadie la toque, sino porque encuentra una forma de seguir teniendo significado dentro de un mundo que cambió.

Algo parecido ocurre con las organizaciones y con las personas.

Hay partes de nuestra historia que merecen conservarse y otras que solo sobreviven porque nunca nos detuvimos a preguntar si todavía tienen sentido; aprender a distinguirlas es mucho más difícil que escoger entre tradición o modernidad.

Aquellos viajes no me entregaron una fórmula, pero sí una imagen que sigo recordando: se puede avanzar muchísimo sin necesidad de vivir avergonzada del lugar desde donde una viene.

La diferencia también revela prejuicios que una preferiría no tener

Viajar puede resultar incómodo de una manera muy útil.

Nos gusta pensar que somos personas abiertas, capaces de relacionarnos con culturas diferentes sin grandes prejuicios; después aparece una situación que no comprendemos y descubrimos la velocidad con que nuestra cabeza intenta clasificarla utilizando categorías conocidas.

Me ocurrió.

No necesariamente mediante grandes juicios, sino en pequeños pensamientos: esto es extraño, esto debería hacerse de otra manera, no entiendo por qué no dicen simplemente lo que quieren decir.

Detenerme ahí fue importante.

¿Extraño respecto de qué?

¿De mi propia costumbre?

¿Qué parte de mi incomodidad provenía realmente de un problema y cuál respondía simplemente a que yo no conocía el código?

Esas preguntas no obligan a considerar correcta cada práctica cultural que encontramos. Viajar no debería suspender nuestro criterio ni impedirnos cuestionar aquello con lo que genuinamente no estamos de acuerdo; lo que sí puede hacer es volvernos un poco más cuidadosos antes de confundir diferencia con error.

Esa lección terminó acompañándome en muchos otros ámbitos.

Las personas también tienen culturas propias, construidas por su familia, su generación, su profesión y su historia. Creemos estar hablando el mismo idioma y, aun así, podemos atribuir intenciones muy distintas a una misma conducta.

Quizás por eso después de viajar me volví todavía más consciente de la importancia de preguntar antes de completar aquello que no entiendo con una explicación inventada.

Estar lejos también modifica la mirada sobre el lugar al que una pertenece

Hay cosas de Chile que nunca había pensado demasiado hasta observar otros lugares.

Sucede algo curioso cuando una se aleja: aquello que siempre había formado parte del paisaje empieza a adquirir contornos más definidos. Algunas cosas se extrañan; otras dejan de parecer inevitables y aparecen aspectos de nuestra forma de vivir que una nunca había cuestionado porque no tenía una referencia distinta.

Viajar me hizo valorar cosas de mi país que probablemente daba por sentadas y, al mismo tiempo, regresar con menos paciencia frente a otras que había normalizado.

Esa combinación me parece saludable.

No me interesa una mirada donde todo lo extranjero es admirable ni otra donde las diferencias se utilizan para reafirmar que lo propio siempre es mejor.

Prefiero comparar con curiosidad.

¿Qué podemos aprender?

¿Qué no funcionaría aquí?

¿Qué hacemos nosotros de una manera que también tiene valor?

Esa última pregunta importa mucho.

Durante mucho tiempo América Latina ha mirado determinados lugares del mundo desde una posición donde pareciera que todo conocimiento relevante debe venir desde afuera. Viajar también puede corregir esa idea.

Una descubre cosas extraordinarias y regresa admirando mucho de lo que vio, pero también comprende que nuestras propias experiencias contienen conocimientos, respuestas y formas de vincularnos que merecen confianza.

Aprender de otro lugar no exige sentirse inferior frente a él.

Viajar sola dentro de una decisión

Hay otro aprendizaje menos visible que apareció en los viajes de trabajo: la distancia física vuelve algunas responsabilidades muy concretas.

Cuando estás lejos de casa y necesitas evaluar una propuesta, comprender una fábrica, revisar un producto o decidir si una relación comercial tiene sentido, no puedes depender permanentemente de que alguien conocido confirme tu lectura.

Puedes consultar.

Puedes enviar información.

Puedes buscar otra opinión.

Finalmente, sin embargo, existe un momento en que tienes que confiar en tu propio criterio.

Esa sensación me resultaba conocida porque había tomado decisiones importantes antes, aunque hacerlo en un contexto cultural distinto agregaba otra capa de incertidumbre.

No sabía todo.

A veces tampoco sabía exactamente qué no sabía.

Entonces adquiría especial importancia aquello que sí podía hacer: preguntar mejor, observar, revisar documentación, no tener vergüenza de reconocer una duda y resistir la presión interior de parecer completamente segura solo porque estaba ahí representando un negocio.

Esa experiencia fortaleció una forma de liderazgo que después entendí con mayor claridad.

La seguridad no consiste en actuar como si una supiera todo.

Muchas veces consiste en saber exactamente qué necesita averiguar antes de decidir y en aceptar cuándo, aun después de hacerlo, seguirá existiendo una parte de incertidumbre.

Viajar me puso muchas veces frente a ese límite.

Volver nunca es regresar exactamente al mismo lugar

Después de un viaje, la casa sigue ahí.

La ciudad conserva sus calles y los problemas que dejamos esperando probablemente continúan donde estaban; el correo vuelve a llenarse, aparecen reuniones y en pocos días podemos sentir que nunca nos fuimos.

Aun así, algo cambia.

No necesariamente de manera dramática.

Una nueva referencia queda disponible.

Hay sabores que permanecen, conversaciones que reaparecen meses más tarde y escenas cuya importancia una comprende recién cuando necesita pensar de otra manera.

Eso es lo que más valoro de viajar.

No acumular países.

Nunca me interesó convertir el mundo en una lista de lugares visitados.

Me interesa aquello que ocurre cuando una experiencia consigue desplazarnos un poco de nuestra propia manera de mirar.

Asia hizo eso conmigo.

Me mostró escalas que ampliaron mi idea de lo posible y formas de relación que me obligaron a observar antes de interpretar; también me recordó cuántas certezas pueden esconderse dentro de una costumbre y cuánto se aprende cuando dejamos de exigir que aquello que encontramos se parezca a lo que ya conocemos.

No volví queriendo imitar todo.

Volví haciendo mejores preguntas.

Y, con los años, he entendido que esa puede ser una de las formas más valiosas del aprendizaje.

Lo que realmente traje conmigo

No fueron solamente fotografías, productos, contactos ni recuerdos de lugares extraordinarios.

Regresé con una relación un poco diferente con la certeza.

Viajar tan lejos me recordó que puedo entrar a un lugar sin comprender completamente sus códigos y aprender a moverme dentro de él; que una diferencia no necesita resolverse inmediatamente y que observar con atención puede ser mucho más útil que apresurarse a demostrar cuánto sabemos.

También me enseñó que el asombro necesita humildad.

Podemos admirar algo sin idealizarlo, cuestionarlo sin sentirnos superiores y aprender de una cultura diferente sin apropiarnos de ella ni pretender comprenderla después de una visita.

Quizás eso sea lo que más permanece.

Cuando pienso en Asia no pienso en una única enseñanza porque tampoco hubo una sola Asia frente a mí. Pienso en experiencias distintas que compartieron algo: todas me obligaron, de una forma u otra, a salir de mi propia referencia.

Y salir de la propia referencia tiene una consecuencia que me sigue pareciendo extraordinaria.

El mundo se vuelve más grande, pero una también empieza a verse a sí misma con mayor perspectiva.

Descubre qué cosas llevaba por elección y cuáles simplemente porque nunca había conocido una alternativa; reconoce convicciones que se fortalecen al contrastarlas con otras formas de pensar y modifica aquellas que ya no resisten nuevas preguntas.

Por eso algunos viajes continúan mucho después de volver.

No porque permanezcamos mirando hacia el lugar que dejamos atrás, sino porque regresamos capaces de mirar de otra manera aquello que siempre había estado delante de nosotros.

Aracely Cretier

Empresaria, comunicadora, autora y fundadora de Club de Perros y Gatos.

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Este contenido tiene fines informativos y no reemplaza la evaluación de un médico veterinario. Cada animal necesita una revisión profesional individual.

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