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Desarrollo y bienestar

Vivir en modo supervivencia sin darte cuenta

Hay etapas en las que una no se da cuenta de que está sobreviviendo porque sigue cumpliendo, resolviendo y avanzando. Mirar hacia atrás me permitió reconocer cuánto había organizado mi vida alrededor de la urgencia y cuánto necesitaba aprender a vivir sin esperar a que todo estuviera resuelto.

Muy pronto

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"Seguir funcionando no siempre significa estar bien; a veces solo significa que aprendimos a postergar aquello que necesitábamos sentir."

Hay etapas de la vida que una reconoce como difíciles mientras las está atravesando. Sabes que algo duele, que existe un problema o que estás enfrentando una situación excepcional; otras veces ocurre algo distinto: sigues funcionando con tanta normalidad que solo mucho después comprendes cuánto esfuerzo estabas haciendo para sostenerte.

A mí me pasó.

No recuerdo haber pensado alguna vez: estoy viviendo en modo supervivencia. Esa expresión llegó mucho después, cuando pude mirar hacia atrás y reconocer una forma de enfrentar la vida que durante años me había parecido simplemente responsabilidad. Había cosas que hacer, personas que dependían de mí, decisiones que tomar y problemas que no iban a desaparecer porque yo necesitara detenerme; aprendí a resolver lo que tenía delante y a continuar.

Funcionaba.

Y como funcionaba, durante bastante tiempo no vi razones para preguntarme a qué costo.

Podía levantarme, trabajar, ocuparme de otros, tomar decisiones, enfrentar dificultades y seguir construyendo; desde afuera, probablemente muchas etapas de mi vida podían leerse incluso como períodos de enorme fortaleza. Lo que hoy entiendo es que ser capaz de seguir no significa necesariamente estar viviendo con tranquilidad; a veces solo significa que una se volvió extraordinariamente buena administrando aquello que no puede permitirse sentir todavía.

No digo esto desde una definición clínica ni pretendo utilizar la expresión modo supervivencia para explicar retrospectivamente cada momento complejo de mi historia. Hablo de algo más personal: de esa forma de vivir en la que casi toda la energía está puesta en responder a lo urgente, sostener lo necesario y llegar al día siguiente, mientras las propias necesidades empiezan a ocupar siempre el último lugar.

Lo difícil es que una puede acostumbrarse.

Cuando resolver se convierte en la manera de estar en el mundo

Resolver fue una de mis grandes herramientas.

Me ayudó a atravesar situaciones que no podía postergar y a encontrar alternativas cuando quedarme inmóvil no era una posibilidad. Había aprendido a pensar rápido frente a un problema, separar temporalmente lo que sentía de aquello que necesitaba hacer y concentrarme en el siguiente paso; esa capacidad me permitió salir adelante muchas veces y sigue siendo una parte importante de quien soy.

El problema nunca fue saber resolver.

Fue no darme cuenta de cuánto había empezado a depender de hacerlo.

Cuando existe un problema concreto, la acción produce una sensación de avance. Podemos llamar, organizar, buscar información, tomar una decisión o construir un plan; mientras estamos ocupadas haciendo algo, hay menos espacio para sentir la incertidumbre de aquello que todavía no controlamos.

Creo que muchas veces encontré ahí una forma de protección.

Si estaba resolviendo, no estaba completamente indefensa.

Eso funcionaba especialmente bien en los momentos difíciles, pero con el tiempo podía extenderse también a la vida cotidiana. Había siempre algo por organizar, anticipar o mejorar; descansar se volvía más fácil después de resolver lo pendiente, aunque la lista nunca terminara realmente.

Así se instala una paradoja extraña: una puede desarrollar una enorme capacidad para hacerse cargo de la vida y, al mismo tiempo, perder poco a poco la capacidad de preguntarse cómo la está viviendo.

Yo sabía qué necesitaba hacer.

Me costaba mucho más saber qué necesitaba yo.

La normalidad puede esconder muchísimo esfuerzo

Mirando hacia atrás, hay períodos que me sorprenden.

No porque recuerde grandes escenas de quiebre, sino precisamente porque recuerdo haber seguido adelante con una aparente normalidad que hoy no sé si podría sostener de la misma manera.

Cumplía.

Esa palabra explica mucho.

Cumplía con el trabajo, con las responsabilidades, con quienes esperaban algo de mí y con aquello que yo misma consideraba que tenía que hacer. Si había un problema, encontraba espacio; si aparecía una nueva exigencia, reorganizaba lo anterior.

Existe cierto reconocimiento social para esa capacidad. A las personas que continúan funcionando en situaciones difíciles solemos considerarlas fuertes, disciplinadas o resilientes, y muchas veces lo son; lo que vemos menos es todo aquello que deben aplazar internamente para poder seguir haciéndolo.

Yo misma admiraba mi capacidad para resistir.

No me preguntaba demasiado si quería continuar resistiendo de esa forma.

Había desarrollado una especie de confianza en que podría soportar un poco más. Como ya había atravesado cosas difíciles, la siguiente parecía también manejable; si antes había podido, ¿por qué esta vez sería distinto?

Así la experiencia que debería ayudarnos a reconocer nuestros límites puede terminar utilizándose para empujarlos permanentemente.

Eso hice más veces de las que hoy considero razonables.

El cuerpo puede estar presente mientras una vive varios pasos adelante

Una de las características que reconozco en esas etapas es cuánto tiempo pasaba mentalmente en lo siguiente.

El problema que debía resolverse mañana.

La decisión que podía complicarse.

La conversación que tendría que enfrentar.

Los números que aún necesitaba revisar.

No era necesariamente ansiedad visible; muchas veces era planificación, responsabilidad y una forma de anticiparme que profesionalmente podía resultar muy útil. La dificultad aparecía cuando mi cabeza dejaba de distinguir entre aquello que realmente necesitaba prepararse y todo lo que simplemente podía ocurrir.

Siempre existía un escenario siguiente.

Eso hace difícil habitar completamente el presente.

Podía estar sentada en un lugar y mantener una parte de mí en varias conversaciones futuras; incluso en momentos tranquilos, mi cabeza podía continuar organizando cosas que todavía no estaban ocurriendo.

No creo que exista una vida completamente libre de preocupaciones ni quiero construir una versión idealizada donde estar presente signifique olvidarse de las responsabilidades. Lo que sí aprendí es que anticipar permanentemente tiene un costo.

Una mente que nunca deja de preparar la siguiente respuesta tampoco recibe demasiadas señales de que puede descansar.

Había necesidades que solo escuchaba cuando ya gritaban

Cuidarme nunca fue una idea completamente ajena; lo que ocurría es que mis necesidades tenían una jerarquía bastante particular.

Primero debía resolverse aquello que afectaba a otros.

Después lo urgente.

Luego lo importante.

Más adelante, si quedaba tiempo, podía aparecer yo.

Ese orden parecía responsable y, en determinados momentos, probablemente lo fue. La dificultad comenzó cuando dejó de ser una excepción y se convirtió en una estructura permanente.

Aprendí a escuchar el cansancio cuando ya era demasiado evidente.

La necesidad de silencio después de haber sostenido más estímulos de los que realmente podía procesar.

Las ganas de estar sola cuando ya no tenía energía para otra conversación.

El deseo de parar cuando parar empezaba a sentirse casi como una necesidad física.

Mientras las señales fueran pequeñas, podía ignorarlas.

Y como podía ignorarlas, pensaba que todavía no eran importantes.

Hoy veo la trampa con mucha claridad: esperar a que una necesidad se vuelva imposible de ignorar no demuestra que sepamos manejarla; demuestra que solo le damos permiso para existir cuando ya no podemos seguir postergándola.

Esa ha sido una de las cosas que he tenido que aprender de nuevo.

La fortaleza puede protegernos y también alejarnos de nosotras mismas

Siempre he tenido una relación ambivalente con la palabra fuerte.

Me representa.

He tenido que serlo muchas veces y sé que esa capacidad me permitió atravesar momentos que habrían resultado mucho más difíciles sin ella; no quiero renegar de una característica que forma parte importante de mi historia.

Lo que cambió es mi forma de medirla.

Antes asociaba fortaleza con resistencia: cuánto podía soportar, cuánto era capaz de seguir haciendo o cuán rápido conseguía recomponerme después de una situación difícil.

Hoy me interesa también otra pregunta.

¿Sé reconocer cuándo algo me está haciendo daño antes de tener que demostrar que puedo soportarlo?

Esa pregunta habría resultado bastante incómoda para una versión anterior de mí.

Porque hay una cierta seguridad en ser la persona que aguanta.

No necesitas admitir demasiado.

Puedes seguir adelante.

El problema es que resistir todo tampoco es una manera especialmente libre de vivir.

A veces la verdadera decisión no consiste en averiguar cuánto más podemos soportar, sino en aceptar que ya no queremos vivir de determinada manera aunque todavía seamos perfectamente capaces de hacerlo.

Emprender alimentó algunas de esas dinámicas

Una empresa siempre puede necesitar algo más.

Una decisión, otra hora de trabajo, una revisión, una conversación o una respuesta que parece no poder esperar hasta mañana. Cuando una tiene una enorme capacidad para involucrarse, existe el riesgo de que esa disponibilidad se vuelva una fuente aparentemente infinita de recursos para la organización.

Durante ciertas etapas trabajé así.

No porque alguien me obligara desde afuera; muchas veces era yo quien encontraba una manera de agregar una responsabilidad más. Sabía hacerlo, conocía el negocio y me parecía natural intervenir cuando algo necesitaba resolverse.

La empresa avanzaba.

Yo también.

Lo que no siempre veía era cuánto de ese funcionamiento descansaba sobre una lógica imposible de escalar: si algo faltaba, yo podía compensarlo.

Una persona puede compensar muchísimo.

No indefinidamente.

Con el crecimiento tuve que comprender que mi capacidad para sostener situaciones difíciles no podía convertirse en un modelo operativo; si un proceso solo funcionaba porque alguien estaba dispuesto a asumir permanentemente más de lo razonable, entonces el problema no era únicamente de esfuerzo.

Había que construir otra cosa.

Ese aprendizaje empresarial terminó devolviéndome también una pregunta personal.

¿Cuántas partes de mi vida estaba sosteniendo de la misma manera?

Hay una diferencia entre vivir y mantener todo funcionando

Esta fue una de las constataciones que más me removió.

Una puede tener una vida llena de actividad, proyectos, afectos y responsabilidades y, sin embargo, descubrir que buena parte de su energía está concentrada en mantener la estructura.

Que nada se caiga.

Que todos estén bien.

Que la empresa continúe.

Que las decisiones se tomen.

Que los problemas se resuelvan.

En ese estado es perfectamente posible avanzar.

Lo que empieza a desaparecer es otra cosa: la espontaneidad.

Hacer algo porque sí.

Quedarse en un momento sin pensar qué viene después.

Permitir que aparezca el deseo antes de preguntarse si es productivo, conveniente o compatible con todo lo demás.

A mí me costaba reconocer esa ausencia precisamente porque había muchas cosas ocurriendo.

No me faltaba vida en el sentido externo.

Me faltaba, a veces, sentir que yo estaba completamente dentro de ella.

Kapú tenía una forma de devolverme al presente

Hay algo de Kapú que comprendo mejor ahora que no está.

Para él mis urgencias tenían muy poca importancia.

Podía estar enfrentando una decisión que me parecía enorme y Kapú necesitaba salir, comer, acostarse o simplemente conseguir que lo mirara; no sabía qué reunión tenía al día siguiente ni cuántos asuntos llevaba abiertos en la cabeza.

Vivía en otro tiempo.

Y cuando estaba con él, muchas veces me obligaba a entrar un rato en ese tiempo.

No era una lección consciente, ni quiero convertir cada recuerdo suyo en una metáfora construida después de su partida. Era mucho más sencillo: él tenía necesidades concretas y una presencia que interrumpía naturalmente aquello que para mí parecía urgente.

A veces protestaba.

Otras le decía que esperara.

Pero finalmente estaba ahí.

Había que mirarlo.

Creo que no dimensioné completamente cuánto me ayudaba eso hasta que dejó de ocurrir.

Kapú tenía esa capacidad de devolverme a una escala más pequeña de la vida. Un paseo, una cama, un horario que para él era innegociable o simplemente estar juntos sin hacer nada que pudiera considerarse productivo.

Hoy extraño también esas interrupciones.

Me recuerdan que una vida no debería construirse únicamente alrededor de aquello que consigue mantener en pie.

No todo lo que parecía urgente lo era

Vivir demasiado tiempo respondiendo hace algo extraño con las prioridades.

Muchas cosas empiezan a sentirse urgentes porque llegan con urgencia ajena.

Un mensaje parece necesitar una respuesta inmediata.

Un problema de otra persona entra automáticamente en nuestra lista.

Una decisión que podría esperar unas horas ocupa la cabeza como si todo dependiera de resolverla en ese instante.

Yo fui muy receptiva a esa presión.

Quizás porque resolver rápido me daba tranquilidad y porque siempre sentí una gran responsabilidad frente a aquello que alguien esperaba de mí.

Con el tiempo tuve que aprender que la urgencia también necesita criterio.

No todo aquello que llega primero merece nuestra atención primero.

Y no toda persona que necesita algo de nosotras tiene derecho a acceder inmediatamente a nuestro tiempo.

Esta idea parece bastante sencilla, pero para mí significó modificar una forma profundamente instalada de relacionarme con la responsabilidad.

Podía responder después.

Podía dejar algo para mañana.

Podía decir que no.

El mundo no se detenía.

Esa constatación fue bastante liberadora.

Dejar de sobrevivir no significó que todo estuviera resuelto

Creo que por mucho tiempo imaginé que el descanso llegaría cuando desaparecieran los problemas.

Después de esta etapa.

Cuando la empresa estuviera más estable.

Cuando terminara aquello.

Cuando pudiera finalmente ordenar todo.

Es una promesa seductora porque parece razonable, aunque tiene un defecto importante: la vida nunca llega a quedar completamente despejada.

Siempre existe algo.

Una preocupación nueva sustituye a la anterior, alguien necesita ayuda, aparece otro proyecto o cambia una circunstancia que creíamos estable.

Si esperamos a que nada nos preocupe para permitirnos vivir con calma, quizás pasemos la vida completa esperando.

Eso fue algo que tuve que aceptar.

No necesitaba resolver mi existencia antes de empezar a disfrutarla.

Tenía que aprender a crear espacio dentro de una vida que seguiría teniendo responsabilidades, incertidumbre y momentos complejos.

Esa diferencia cambió mucho mi manera de pensar el bienestar.

No se trataba de llegar a una especie de lugar perfecto donde nada pudiera desordenarme; se trataba de dejar de organizar toda mi vida como si el desorden fuera siempre una emergencia.

Aprender a estar bien también puede sentirse extraño

Hay algo de lo que se habla poco.

Cuando una persona ha vivido mucho tiempo acostumbrada a resolver, la calma puede resultar extraña.

No necesariamente incómoda, pero sí desconocida.

De pronto no hay un problema inmediato y una parte de la cabeza empieza a buscarlo; existe tiempo libre y aparece la tentación de llenarlo. Incluso un día tranquilo puede generar esa sensación de que deberíamos estar aprovechándolo mejor.

Reconocí bastante de mí ahí.

El descanso no siempre me resultaba natural porque mi sistema interno parecía estar entrenado para otra cosa.

Hacer.

Avanzar.

Anticipar.

Por eso volver a una vida menos gobernada por la urgencia no consistió únicamente en eliminar tareas.

También tuve que aprender a tolerar el espacio.

A no llenarlo inmediatamente.

A descubrir qué quería hacer cuando ninguna necesidad ajena estaba definiendo la respuesta.

Puede parecer sencillo.

Para alguien acostumbrada a funcionar desde la responsabilidad, no siempre lo es.

No quiero convertir aquella versión de mí en un error

Cuando miro hacia atrás no quiero juzgarme desde lo que sé ahora.

Sería demasiado fácil.

Hubo etapas en las que esa capacidad de entrar en modo resolución fue exactamente lo que necesitaba. Me protegió, me permitió cuidar, construir y avanzar cuando las circunstancias exigían respuestas concretas.

No quiero quitarle valor.

Aquella mujer hizo lo que podía con lo que tenía.

Lo que sí puedo hacer hoy es evitar exigirle a mi presente que continúe viviendo como si todavía estuviera dentro de todas aquellas circunstancias.

Esa distinción me importa.

A veces conservamos estrategias mucho después de que terminó la situación que las hizo necesarias.

Seguimos anticipando.

Seguimos controlando.

Seguimos preparadas para resistir.

No porque el peligro continúe, sino porque nuestra manera de vivir se acostumbró a esperarlo.

Aprender a reconocer cuándo ya no necesitamos algunas de esas estrategias también forma parte de crecer.

Volver a elegir

Creo que salir de una lógica de supervivencia tiene menos que ver con una gran decisión y mucho más con recuperar lentamente la capacidad de elegir.

Elegir qué merece mi energía.

Cuándo una responsabilidad realmente me corresponde.

Qué conversaciones pueden esperar.

Cuándo necesito silencio.

Dónde quiero estar incluso si nadie necesita que esté ahí.

Para mí esa posibilidad de elegir es importante porque el modo supervivencia —al menos como yo lo experimenté— tiene algo profundamente automático.

Haces lo siguiente porque es lo siguiente.

Respondes porque preguntaron.

Resuelves porque puedes.

Continúas porque detenerte parece más difícil que seguir.

Cuando empiezas a preguntar qué quieres, aparece un espacio nuevo.

No siempre tengo una respuesta.

Eso también ha sido un aprendizaje.

Durante mucho tiempo estaba acostumbrada a saber qué debía hacer; descubrir qué deseo puede requerir una escucha mucho más lenta.

Vivir no debería sentirse permanentemente como estar llegando a tiempo

Hoy sigo teniendo responsabilidades.

Sigo siendo una persona intensa, comprometida con aquello que construye y capaz de trabajar muchísimo cuando algo le importa; no quiero convertirme en alguien distinta para demostrar que aprendí una lección.

Lo que quiero es poder reconocer cuándo esa capacidad está al servicio de mi vida y cuándo empieza a ocuparla completamente.

Hay una diferencia entre una etapa exigente y una vida organizada alrededor de la exigencia.

Entre atravesar una crisis y permanecer interiormente preparada para la siguiente incluso cuando todavía no existe.

Entre resolver porque corresponde y resolver porque no sabemos estar de otra manera.

Yo viví mucho tiempo sin formular esas diferencias.

Ahora las veo.

No significa que siempre sepa actuar en consecuencia. Todavía puedo llenarme de tareas, asumir demasiado o descubrir que llevo horas pensando en algo que podría haber esperado; los hábitos construidos durante años no desaparecen porque una comprenda su origen.

La diferencia es que ya no confundo automáticamente esa forma de funcionar con mi identidad.

Puedo ser responsable sin vivir permanentemente alerta.

Puedo construir sin sostenerlo todo.

Puedo preocuparme por las personas sin convertirme en responsable de cada cosa que sienten.

Y puedo descansar aunque todavía exista algo sin resolver.

Quizás eso sea lo que más cambió.

Antes pensaba que la tranquilidad llegaría cuando finalmente consiguiera poner toda mi vida en orden; hoy sé que la vida seguirá desordenándose de distintas maneras y que no quiero esperar hasta que eso deje de ocurrir para permitirme estar en ella.

Vivir en modo supervivencia me enseñó a salir adelante.

Lo que estoy aprendiendo ahora es algo diferente.

A no necesitar estar sobreviviendo para sentir que estoy haciendo las cosas bien.

Aracely Cretier

Empresaria, comunicadora, autora y fundadora de Club de Perros y Gatos.

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Este contenido tiene fines informativos y no reemplaza la evaluación de un médico veterinario. Cada animal necesita una revisión profesional individual.

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