Conciertos

Aerosmith

Aerosmith: las canciones que nunca dejan de tener veinte años

Santiago

Movistar Arena

2012

Un recuerdo de Aracely Cretier sobre Aerosmith, la canción Crazy, los conciertos en Movistar Arena y la forma en que la música guarda versiones felices de nosotros mismos.

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Hay artistas que admiramos.

Y hay otros que terminan formando parte de la banda sonora de nuestra propia vida.

Para mí, Aerosmith siempre ocupará ese lugar.

Tuve la fortuna de verlos en vivo tres veces. Las tres en el Movistar Arena.

Cada concierto fue distinto, pero hubo algo que nunca cambió: la emoción de escuchar a Steven Tyler cantar las canciones que me habían acompañado durante tantos años.

Y si hay una que mis amigas asocian inmediatamente conmigo, es Crazy.

Ellas lo saben.

Cada vez que suena, piensan en mí.

No sabría decir exactamente cuándo esa canción dejó de ser solo una canción y comenzó a formar parte de mi historia. Quizás ocurrió de a poco, como sucede con tantas cosas importantes.

Hay algo en su energía, en su libertad y en esa mezcla de fuerza y vulnerabilidad que siempre me hizo sentir profundamente conectada con ella.

Uno de los recuerdos más lindos que tengo ocurrió durante uno de esos conciertos.

Fui con mi hijo, Jean Paul.

En algún momento, mientras sonaba Crazy, él comenzó a grabarme.

Yo cantaba como si no existiera nadie más alrededor.

Completamente feliz.

Sin pensar cómo me veía, quién estaba mirando o qué ocurriría después. Solo estaba ahí, viviendo el instante.

Durante años guardé ese video.

Después cambié de teléfono.

Perdí fotografías, grabaciones y pequeños registros de distintas etapas de mi vida.

Y entre todo lo que desapareció, también se perdió ese momento.

Durante mucho tiempo sentí pena.

No solamente porque era un video de Aerosmith, sino porque Jean Paul había capturado una versión de mí que me gustaba recordar: libre, alegre, cantando sin ninguna preocupación.

Hoy ya no siento la misma tristeza al pensar que lo perdí.

Porque cada vez que vuelve a sonar Crazy, el concierto regresa.

Puedo verme cantando.

Puedo recordar a Jean Paul sonriendo mientras me grababa.

Puedo sentir nuevamente la energía del público, las luces, el ruido y esa felicidad tan simple que aparece cuando dejamos de pensar y nos entregamos por completo a lo que estamos viviendo.

Entonces comprendí que los recuerdos más importantes no siempre necesitan un archivo para seguir existiendo.

Algunos quedan guardados en un lugar al que ningún cambio de teléfono puede llegar.

Quizás esa sea una de las cosas más bonitas que nos regala la música.

Puede devolvernos a un lugar, a una persona o a una emoción con apenas unos acordes.

Han pasado muchos años desde aquel concierto.

Yo también he cambiado.

Mi vida es otra.

Y, sin embargo, basta con escuchar el comienzo de esa guitarra para que una parte de mí vuelva inmediatamente a ese momento.

A Jean Paul.

Al escenario.

A la mujer que cantaba sin pensar en nada más.

Y sonrío.

Porque hay canciones que envejecen con nosotros.

Pero, cuando vuelven a sonar, consiguen que por unos minutos tengamos otra vez veinte años.

Mi reflexión

Con el tiempo entendí que la música no guarda únicamente melodías.

También guarda versiones de nosotros mismos.

A veces creemos que estamos recordando una canción, pero en realidad estamos recordando quiénes éramos cuando esa canción se cruzó con nuestra vida.

La mujer que fuimos.

La persona que estaba a nuestro lado.

La alegría que todavía no sabíamos que algún día se convertiría en recuerdo.

Tal vez ese sea uno de los regalos más hermosos del arte: permitirnos regresar, aunque sea por unos minutos, a un instante en el que fuimos profundamente felices.

Y recordarnos que esa felicidad no desapareció por completo.

Todavía vive en nosotros.

Los recuerdos más importantes no siempre viven en un teléfono. Viven dentro de nosotros.

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