Teatro

Brujas

Brujas

Buenos Aires

Por completar

2012

Ver Brujas en Buenos Aires me permitió comprender por qué el teatro sigue siendo parte de la vida cotidiana de una ciudad que valora profundamente a sus artistas.

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Brujas en Buenos Aires: una ciudad donde el teatro todavía se vive

Hay ciudades que se conocen por su arquitectura.

Otras, por su gastronomía.

Y hay ciudades que también se conocen por la manera en que viven la cultura.

Para mí, Buenos Aires pertenece a ese último grupo.

Cada vez que viajo, intento reservar una noche para ir al teatro. Me gusta sentir esa energía que se produce antes de que se abra el telón.

Las conversaciones del público.

Las personas buscando sus asientos.

La expectativa.

Ese instante en que una sala completa guarda silencio porque una historia está a punto de comenzar.

En uno de esos viajes fui a ver Brujas, una obra que llevaba muchos años formando parte de la historia del teatro argentino y que, en esa versión, contaba con la participación de Moria Casán.

Mi experiencia viendo la obra Brujas

No fui solamente porque estuviera Moria Casán.

También quería vivir una experiencia teatral en Buenos Aires y comprender por qué esa ciudad mantiene una relación tan cercana con sus escenarios.

Desde que llegué al teatro, algo me llamó la atención.

La sala estaba llena.

Había personas de distintas edades.

Parejas.

Familias.

Grupos de amigos.

No parecía tratarse de una ocasión excepcional. Ir al teatro era parte de la vida de quienes estaban ahí.

Y eso se sentía.

Cuando comenzó Brujas, entendí por qué una obra puede permanecer durante tantos años en la memoria del público.

Sobre el escenario aparecían mujeres con historias, personalidades y maneras distintas de enfrentarse a la vida.

Mujeres capaces de hacer reír, pero también de mostrar sus contradicciones, sus afectos y todo aquello que suele quedar escondido detrás de la imagen que proyectamos frente a los demás.

Moria Casán sobre el escenario

Ver a Moria Casán en teatro fue distinto a verla en televisión.

En el escenario no existe la posibilidad de repetir una escena.

No hay edición.

No hay distancia.

Todo ocurre frente al público.

Su presencia era innegable.

Pero lo que más me interesaba no era únicamente la figura conocida, sino observar cómo una actriz sostiene a su personaje durante toda una función y cómo se relaciona con las demás mujeres del elenco.

En el teatro, cada gesto importa.

Cada pausa.

Cada silencio.

Cada reacción frente a otra actriz.

Una puede percibir la experiencia, la concentración y el dominio del escenario de una manera que difícilmente se aprecia a través de una pantalla.

Una obra sobre mujeres, vínculos y paso del tiempo

Brujas me hizo pensar también en las relaciones entre mujeres.

En las amistades que atraviesan distintas etapas.

En las versiones que vamos construyendo de nosotras mismas.

Y en todo aquello que puede quedar pendiente, incluso después de muchos años.

Las obras que más me interesan no son necesariamente las que entregan respuestas.

Son aquellas que dejan preguntas.

¿Qué ocurre con los vínculos cuando pasa el tiempo?

¿Cuánto conocemos realmente a las personas que han formado parte de nuestra vida?

¿Cuántas cosas callamos para proteger una relación, una imagen o incluso una versión de nosotras mismas?

Entre el humor y las emociones que iban apareciendo en escena, Brujas permitía observar la vida de otras mujeres y, al mismo tiempo, pensar en la propia.

Para mí, eso es el verdadero teatro.

Entrar para conocer una historia ajena y salir habiendo reconocido algo de nosotros mismos.

La relación de Buenos Aires con el teatro

Más allá de la obra, hubo algo que volvió a impresionarme: la forma en que el público argentino vive el teatro.

Lo respeta.

Lo valora.

Lo incorpora a su vida cotidiana.

Existe una disposición real a sentarse, escuchar y dejarse llevar por lo que ocurre sobre el escenario.

Los actores también parecen vivir ese encuentro con una intensidad especial.

No se limitan a representar un personaje.

Lo habitan.

Y el público responde a esa entrega.

Ríe.

Se emociona.

Aplaude.

Permanece atento.

Se produce una relación entre la sala y el escenario que convierte cada función en una experiencia compartida.

El teatro no es un gasto

Cada vez que regreso a Chile, inevitablemente hago una comparación.

Tenemos actores y actrices extraordinarios.

Obras conmovedoras.

Directores de enorme talento.

Sin embargo, siento que todavía necesitamos construir una relación más cercana y constante con el teatro.

A veces escuchamos decir:

“No tengo dinero para ir”.

Y lo entiendo, porque no todas las personas tienen las mismas posibilidades.

Pero también veo que muchas veces destinamos recursos a experiencias que olvidaremos pocos días después.

Una obra, en cambio, puede seguir acompañándonos durante años.

Puede hacernos reír.

Incomodarnos.

Abrir una conversación.

Cambiar nuestra manera de observar un tema.

Eso no es simplemente un gasto.

También es una inversión en nuestra sensibilidad.

El arte como una experiencia compartida

Siempre he creído que una sociedad que valora el arte también aprende a comprender mejor a las personas.

Porque el teatro nos obliga a hacer algo que hoy parece cada vez más escaso:

Escuchar.

Observar.

Permanecer presentes.

Ponernos, aunque sea por unas horas, en el lugar de alguien distinto a nosotros.

Quizás por eso sigo buscando teatros cuando viajo.

No voy solamente para ver una obra.

Voy porque quiero volver a sentir ese momento en que una sala llena de desconocidos se reúne para compartir una historia.

Aquella noche fui a ver Brujas.

Pero también fui testigo de algo más amplio: una ciudad que continúa entendiendo que sus artistas y sus escenarios forman parte de su identidad.

Y ojalá algún día en Chile aprendamos a llenar nuestras salas con el mismo entusiasmo con que llenamos tantos otros espacios.

Porque nuestros artistas también merecen ser reconocidos.

No solamente cuando reciben un premio.

También cada vez que se suben a un escenario para entregarnos una parte de sí mismos.

Mi reflexión

Creo firmemente que el arte no es un lujo.

Es una necesidad.

Nos ayuda a comprender a los demás y, muchas veces, también a comprendernos mejor a nosotros mismos.

Brujas me recordó que detrás del humor, de las personalidades fuertes y de las historias que creemos conocer siempre puede existir algo más profundo.

También me confirmó que el teatro continúa siendo uno de los pocos lugares donde dejamos de mirar una pantalla para observar de verdad a otro ser humano.

Ojalá aprendamos a valorarlo como lo que realmente es:

Un espacio donde la cultura deja de ser un concepto y se transforma en una experiencia compartida.

Una sociedad que valora el arte también aprende a comprender mejor a las personas.

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