Conciertos

Roxette

Roxette: la música que todavía sabe volver a los catorce años

Santiago

Movistar Arena

2014

Ver a Roxette en vivo me devolvió a mis trece y catorce años, pero también me permitió admirar la fortaleza de Marie Fredriksson sobre el escenario.

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Roxette: la música que todavía sabe volver a los catorce años

Hay canciones que nos recuerdan un momento.

Las de Roxette tienen la capacidad de devolverme a toda una época.

Cuando las escucho, no pienso primero en un concierto.

Pienso en mis trece y catorce años.

En la etapa anterior a quedar embarazada.

En esas reuniones en la casa de algún amigo.

En los equipos de música sonando fuerte.

Y en aquellos bailes lentos que parecían eternos, mientras una miraba alrededor esperando que alguien se acercara para compartir una canción.

Era una época distinta.

Más simple.

Más inocente.

Las canciones de Roxette y mi adolescencia

Aquellos años también fueron una etapa muy importante de mi vida porque yo estaba profundamente vinculada a la Iglesia.

Mientras muchas personas recuerdan su adolescencia por una moda, una discoteca o algún lugar específico, yo la recuerdo como un tiempo de búsqueda.

Comenzaba a preguntarme quién quería ser.

Qué esperaba de la vida.

Qué significaban la fe, el amor, el futuro y todas esas palabras que, a los catorce años, todavía parecen contener respuestas definitivas.

Curiosamente, muchas de esas preguntas estuvieron acompañadas por la música.

Las canciones de Roxette estaban ahí.

Como también lo estaban las amistades.

Las conversaciones.

Los sueños.

Y esa sensación tan propia de la adolescencia de que toda la vida todavía estaba por delante.

El concierto de Roxette en el Movistar Arena

Muchos años después tuve la oportunidad de ver a Roxette en vivo en el Movistar Arena.

Fue profundamente emocionante.

No solo porque admiraba su música y porque cada canción despertaba recuerdos muy antiguos.

También porque sabía que estaba viendo a Marie Fredriksson, una mujer que había enfrentado durante años una enfermedad muy compleja y que, aun así, seguía sobre el escenario entregándose por completo.

Su voz seguía siendo reconocible.

Seguía teniendo esa capacidad de atravesar al público desde las primeras notas.

Sin embargo, su enfermedad había cambiado su cuerpo.

Ya no podía desplazarse sobre el escenario como antes.

Su movilidad era mucho más limitada.

Y, aun así, había algo mucho más grande que permanecía intacto.

Su manera de emocionar.

Marie Fredriksson y el valor de seguir cantando

Mientras la observaba, pensaba que algunos artistas terminan trascendiendo la perfección técnica.

Porque aquello que realmente llega al corazón no siempre es una nota impecable.

Es la verdad que alguien decide entregar.

Marie no necesitaba recorrer cada rincón del escenario para llenarlo.

Su presencia estaba en su voz.

En su historia.

En el esfuerzo que significaba estar ahí.

Y en la decisión de continuar compartiendo su arte, aun después de haber atravesado una de las pruebas más difíciles de su vida.

Poco tiempo después, Marie falleció.

Y aquel concierto adquirió para mí un significado completamente distinto.

Comprendí el privilegio que había sido verla.

No solamente como una cantante extraordinaria.

También como una mujer que eligió seguir haciendo aquello que amaba, incluso cuando su cuerpo ya no podía acompañarla de la misma manera.

La música como un puente entre distintos momentos de la vida

Cada vez que vuelvo a escuchar a Roxette ocurre algo curioso.

No regreso solamente a mi adolescencia.

También recuerdo a Marie sobre aquel escenario.

Entonces comprendo que la música tiene una forma muy especial de unir tiempos diferentes.

Puede devolvernos a una casa.

A una reunión.

A un baile lento.

A una versión de nosotros mismos que parecía haber quedado muy atrás.

Pero también puede recordarnos aquello que hemos aprendido con los años.

La fragilidad.

El paso del tiempo.

La resiliencia.

El valor de seguir adelante, aun cuando la vida cambia nuestros planes.

La misma canción puede acompañar a la adolescente que todavía no sabe lo que vendrá y a la mujer que ya ha recorrido una parte importante del camino.

Y, por unos minutos, hacer que ambas versiones se abracen.

Mi reflexión

Hay canciones que nunca envejecen porque crecieron junto a nosotros.

Con el paso de los años descubrí que la música no conserva solamente recuerdos.

También conserva emociones.

La ilusión.

La inocencia.

Los miedos.

Las preguntas.

Y aquella sensación de que todavía todo era posible.

Qué privilegio poder regresar, aunque sea por unos minutos, a esa adolescente que soñaba, bailaba lento y aún no imaginaba todo lo que la vida estaba a punto de regalarle.

Y también todo lo que tendría que enseñarle.

La música puede llevarnos al mismo tiempo hacia quienes fuimos y hacia quienes somos hoy.

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