Conciertos

Sinéad O’Connor

Sinéad O’Connor: el valor de ser fiel a la propia voz

Recoleta

Festival en Recoleta

2011

Un recuerdo de Aracely Cretier sobre Sinéad O’Connor, su voz inolvidable, el coraje de sostener sus convicciones y la autenticidad como una forma profunda de honestidad.

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Hay artistas que construyen una carrera intentando agradar.

Y hay otros que eligen vivir de acuerdo con sus convicciones, aunque eso les cueste la incomprensión, las críticas e incluso parte de su propio éxito.

Sinéad O’Connor fue una de esas mujeres.

Tuve la oportunidad de verla en vivo muchos años antes de su partida. Fue en un festival en Recoleta, sobre un escenario mucho más pequeño del que una imaginaría para una artista de su trayectoria.

Y, sin embargo, ahí estaba.

A pocos metros de nosotros.

Con la cabeza rapada, esa presencia imposible de confundir y una voz que seguía conservando la misma fuerza con la que había estremecido al mundo.

Cuando comenzó a cantar Nothing Compares 2 U, sentí que el tiempo se detenía.

Hay canciones que quedan ligadas para siempre a una generación. Basta escuchar sus primeras notas para volver a un momento, a una emoción, a la persona que una era cuando las conoció.

Pero hay voces que van todavía más allá.

La voz de Sinéad no solo pertenecía a una época. Era una de esas voces que parecen cargar algo difícil de explicar: fragilidad, rabia, dolor y una verdad que no intenta complacer a nadie.

Mientras la escuchaba, pensaba en lo profundamente incomprendida que había sido.

Durante años fue juzgada por levantar la voz, por cuestionar instituciones y por negarse a representar el papel que otros habían decidido para ella.

Yo crecí muy vinculada a la Iglesia Católica. La Iglesia fue parte importante de mi infancia, de mis creencias, de mis preguntas y también de muchas culpas que tardé años en comprender.

Por eso conocía bien la controversia que rodeó a Sinéad cuando decidió denunciar públicamente hechos que, en ese momento, muy pocas personas se atrevían siquiera a nombrar.

Recuerdo el impacto que causó.

Recuerdo también la dureza con que fue tratada.

Durante mucho tiempo, la conversación pareció concentrarse más en su gesto que en aquello que estaba intentando denunciar.

Con los años, muchas verdades que habían permanecido ocultas comenzaron a salir a la luz. Y entonces fue inevitable volver a mirar su historia desde otro lugar.

A veces la historia tarda demasiado en comprender a quienes se adelantaron a su tiempo.

No porque esas personas sean perfectas.

No porque debamos compartir cada una de sus decisiones o pensamientos.

Sino porque, en ciertos momentos, alguien tiene el coraje de pronunciar en voz alta aquello que muchos todavía no están preparados para escuchar.

Mientras la veía sobre ese escenario, yo no imaginaba todo lo que aún le tocaría vivir.

Tampoco imaginaba que, años después, recordaría ese concierto con una mezcla tan profunda de admiración y tristeza.

Hoy, cuando vuelvo a escuchar su música, pienso menos en la polémica y mucho más en la mujer.

En una artista profundamente sensible.

En sus luces y en sus sombras.

En sus heridas.

En sus contradicciones.

En una voz capaz de emocionar a millones de personas y, al mismo tiempo, en el costo que probablemente tuvo para ella vivir con una sensibilidad tan expuesta.

Tal vez por eso aquel concierto quedó tan grabado en mi memoria.

No solo porque escuché en vivo una de las canciones más hermosas de nuestra generación.

Sino porque tuve frente a mí a una mujer que, con todas sus fragilidades, nunca permitió que el miedo hablara más fuerte que sus convicciones.

Mi reflexión

Con los años he aprendido que la autenticidad tiene un precio.

Decir lo que una piensa, actuar de acuerdo con la propia conciencia y sostener una convicción cuando el mundo entero parece estar mirando hacia otro lado puede tener consecuencias muy dolorosas.

Y no todas las personas están dispuestas a asumirlas.

Admirar a alguien no significa pensar igual en todo. Tampoco significa negar sus contradicciones.

Significa ser capaz de reconocer el valor de quien se atrevió a usar su voz, incluso cuando hacerlo le costó mucho más de lo que los demás alcanzábamos a ver.

Porque nuestra voz no existe solamente para decir aquello que será bien recibido.

A veces también existe para nombrar lo incómodo, abrir preguntas y defender aquello que creemos verdadero.

Y quizás la honestidad consista precisamente en eso:

en no traicionarnos para ser aceptados.

Nuestra voz sólo tiene sentido cuando somos capaces de usarla con honestidad.

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