Conciertos

Soraya

Soraya: hay personas que siguen cantándonos después de partir

Santiago

Teatro Nescafé de las Artes

2005

Conocí a Soraya después de uno de sus últimos conciertos. Años más tarde comprendí que aquel abrazo también había sido una despedida.

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Soraya: hay personas que siguen cantándonos después de partir

Hay artistas que admiramos por su talento.

Y hay otros que, sin conocerlos personalmente, terminan ocupando un lugar muy íntimo en nuestra historia.

Para mí, Soraya siempre fue una de esas personas.

Amaba su música.

Pero, sobre todo, amaba sus letras.

Tenían una honestidad difícil de encontrar.

No escribía para impresionar.

Escribía para decir la verdad.

Y eso siempre llega más profundo.

Las canciones de Soraya que me acompañaron

Sentía con todas mis vísceras aquellas canciones que hablaban de perder la fe, de levantarse y de seguir adelante cuando la vida parecía volverse demasiado difícil.

Sus letras hablaban de resiliencia, pero no desde la distancia.

Estaban escritas por una mujer que conocía el miedo, la enfermedad y la necesidad de encontrar fuerzas aun en los momentos más dolorosos.

Soraya vivió el cáncer que finalmente terminó por llevársela, después de haber visto también a otras mujeres de su familia enfrentar la misma enfermedad.

Quizás por eso sus canciones nunca me parecieron solamente canciones.

Había una verdad detrás de ellas.

Una experiencia vivida.

Una mujer intentando transformar el dolor en algo que pudiera acompañar también a otros.

Uno de los últimos conciertos de Soraya en Chile

Durante muchos años soñé con verla en vivo.

Ese sueño se cumplió en el Teatro Nescafé de las Artes, en Providencia.

Sin saberlo, estaba asistiendo a uno de los últimos conciertos que ofrecería antes de partir.

Llegué un poco antes de que comenzara el espectáculo.

Mientras esperaba, algunas personas de su equipo recorrían el teatro tomando fotografías del público.

Me llamó la atención.

Después comprendí que Soraya tenía la costumbre de proyectarlas durante el concierto.

Era una manera hermosa de recordar que la música no pertenece únicamente a quien la interpreta.

También pertenece a quienes la escuchan, la hacen parte de su historia y encuentran en ella palabras para emociones que no siempre saben explicar.

El ticket que me permitió conocerla

En algún momento reuní valor y pregunté si existía alguna posibilidad de conocerla.

Nunca imaginé la respuesta.

Una persona de su equipo sacó un pequeño ticket de su bolsillo y me lo entregó.

Era un pase para entrar al camarín.

Fui la primera persona en pasar.

Todavía recuerdo ese momento.

Pude abrazarla.

Pude decirle cuánto había significado su música para mí.

Y, sobre todo, pude agradecerle.

Existe una fotografía de ese instante.

Siempre sonrío cuando la veo.

Yo estaba completamente resfriada y sentía que tenía una cara terrible.

Pero eso nunca importó.

Lo que quedó registrado fue algo mucho más valioso: un encuentro que jamás imaginé vivir.

Un abrazo que también fue una despedida

Meses después, Soraya falleció.

Y aquella fotografía adquirió un significado completamente distinto.

Con el tiempo comprendí que pocas cosas son tan valiosas como tener la posibilidad de decirle a alguien, mientras aún puede escucharlo, cuánto ha significado para nuestra vida.

Muchas veces esperamos demasiado.

Pensamos que habrá otra ocasión.

Otra conversación.

Otro abrazo.

Pero la vida no siempre nos concede ese tiempo.

Quizás por eso aquel encuentro sigue ocupando un lugar tan especial en mi memoria.

Porque fue un regalo.

Y porque, sin saberlo, también fue una despedida.

Soraya, el cáncer de mama y la importancia del autocuidado

Su historia siempre me conmovió profundamente.

No solo por la extraordinaria artista que fue.

También por la mujer que enfrentó el cáncer de mama con una fortaleza inmensa y decidió transformar su propia experiencia en un llamado a la conciencia y a la prevención.

Esa parte de su historia tuvo siempre un eco muy especial para mí.

Mi viejita también enfrentó esa enfermedad.

Y conocer ambas historias me recordó algo que nunca deberíamos olvidar: el autocuidado no puede postergarse indefinidamente.

Hacernos los controles.

Escuchar el cuerpo.

Prestar atención a sus señales.

No dejar para después aquello que puede ayudarnos a proteger nuestra salud.

La prevención también es una forma de honrar la vida.

Las cuerdas rotas: la historia contada por Soraya

Todavía conservo Las cuerdas rotas, el libro en el que Soraya abrió su corazón para contar su historia.

Cada vez que vuelvo a algunas de sus páginas, encuentro la misma honestidad que percibía en sus canciones.

Hay personas cuya obra logra trascender el tiempo porque no habla únicamente de ellas.

Habla también de nuestros miedos.

De nuestras pérdidas.

De la necesidad de encontrar sentido.

Y de esa fuerza que aparece, a veces, cuando creemos que ya no nos queda ninguna.

La luna, Pueblito Viejo y mi propio recorrido

Hay un pequeño ritual que sigo repitiendo hasta hoy.

Cada vez que miro una luna llena, casi sin pensarlo, busco una de sus canciones.

Y siempre es Pueblito Viejo.

Entonces vuelvo, por unos minutos, a Chiguayante.

A mi infancia.

A mi viejita.

A los lugares donde todo comenzó.

Creo que, sin haberlo buscado, la luna terminó convirtiéndose en uno de los símbolos más importantes de mi vida.

Cada vez que la observo, suelo fotografiarla para guardar ese momento.

Después la comparto en mis redes junto a esa canción y vuelvo a cantar:

“Lunita consentida, colgada del cielo, como un farolito que puso mi Dios”.

Esa frase terminó representando mucho más que una canción.

Representa mi recorrido.

Mi infancia.

Mis afectos.

Mis pérdidas.

Y toda una vida intentando no olvidar el lugar del que vengo.

Entonces comprendo que algunas voces nunca desaparecen.

Simplemente encuentran otra forma de acompañarnos.

Mi reflexión

Con los años he descubierto que admirar a alguien también es agradecerle.

No necesariamente por haber cambiado el mundo.

Sino por haber cambiado, aunque fuera un poco, nuestra forma de mirar la vida.

Quizás por eso intento no dejar pasar la oportunidad de decirles a las personas cuánto han significado para mí.

Porque hay palabras que merecen ser dichas mientras todavía pueden ser escuchadas.

Palabras que, cuando llegan a tiempo, se convierten en uno de los recuerdos más hermosos que podemos conservar.

Soraya sigue acompañándome cada vez que escucho una de sus canciones.

Pero también cuando miro la luna.

Cuando recuerdo a mi viejita.

Cuando vuelvo a Chiguayante desde la memoria.

Y cuando entiendo que algunas personas, incluso después de partir, nunca dejan de cantarnos.

Hay palabras que, cuando se dicen a tiempo, se convierten en uno de los recuerdos más hermosos que podemos conservar.

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